Archivos para el mes de: septiembre, 2012

 

A tientas

Se retrocede con seguridad
pero se avanza a tientas
uno adelanta manos como un ciego
ciego imprudente por añadidura
pero lo absurdo es que no es ciego
y distingue el relámpago la lluvia
los rostros insepultos la ceniza
la sonrisa del necio las afrentas
un barrunto de pena en el espejo
la baranda oxidada con sus pájaros
la opaca incertidumbre de los otros
enfrentada a la propia incertidumbre
se avanza a tientas / lentamente
por lo común a contramano
de los convictos y confesos
en búsqueda tal vez
de amores residuales
que sirvan de consuelo y recompensa
o iluminen un pozo de nostalgias
se avanza a tientas/ vacilante
no importan la distancia ni el horario
ni que el futuro sea una vislumbre
o una pasión deshabitada
a tientas hasta que una noche
se queda uno sin cómplices ni tacto
y a ciegas otra vez y para siempre
se introduce en un túnel o destino
que no se sabe dónde acaba.

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cuadro barco de papel

El murmullo del vagón del tren repleto no te llegaba. Lo supe. Estabas inmersa en tu mundo interior hecho de hambre de ver mundo, más allá del horizonte mezquino hecho de tareas toscas, humildes, sacrificadas.
En tu boca el dulzor de una golosina y en tus manos el papel plateado, crujiente…
¡Por un instante todos los horizontes palpitaron en tus dedos deformes!
Minuciosamente diste forma a un barco diminuto al que coronaste con una banderita que, no dudo, tenía el color de tu ilusión.
Toda la fuerza de una hermosa quimera lloró en tu voz.
-¡Que lindo poder viajar y conocer todo el mundo!- dijiste en un susurro, casi sin verme, con ojos solo para tu barquito, que acunabas en las palmas de tus manos maltratadas.
¡Tus pobres manos, mar de tus ansias viajeras que impulsaban tu barco de ensueño!
Me quedé en silencio pensando, admirada, en la hermosura de tu alma sensible que, en precaria situación y con pesada carga de años, aún sabía forjarte un viaje de ensueño en tu barco de papel con banderita color ilusión.

 

¡De cuantas maravillas / pueblan el mundo, la mayor, el hombre! / Él en alas del noto entre la bruma / cruza la blanca mar, sin que le asombre / la hinchada ola de rugiente espuma. / Y a la Tierra también, la anciana diosa, /incansable, inm

ortal, ha domeñado / con sus ágiles mulas, yunta airosa, / que año tras año le hincan el arado.Él a las aves, cabecitas hueras, / a los monstruos del ponto y a las fieras, /ingenioso y sagaz, las redes tiende, / y nada de sus mallas se defiende. / Pararendir al animal que ronda / libre los campos, con primor se amaña, / y bajo el yugo domador sujeta / al resistente toro de montaña, / al potro hirsuto de cerviz inquieta.El lenguaje adquirió, y el pensamiento / que corre más que el viento, / y el temple vario en que el vivir estriba / del hombre en la ciudad. Con hábil treta /los flechazos del hielo astuto esquiva / y el chubasco importuno / que no dejan parar a cielo raso. / Su avance no detiene azar alguno, / y no hay dolencia que le salga al paso / que a soslayar no acierte. / De sólo un mal no escapa: de la muerte. SÓFOCLES, Antígona.

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Las aspiraciones de todo un siglo, culminaron por fin cuando una expedición al mando de Vasco de Gama atracó en el puerto de Calcuta el día 20 de mayo de 1498. Era la primera vez que un barco europeo había surcado las aguas indias, desde que los barcos romanos hicieron su último viaje desde Egipto.
Los comerciantes árabes de Calcuta no podían contener su rabia cuando comprobaron la presencia de los intrusos europeos.-Váyanse al diablo- exclamó uno de ellos al tropezar en el puerto con un oficial portugués.-Que es lo que están haciendo aquí?- Hemos venido en busca de especias y de cristianos- contestó el portugués.
El rey de Calcuta fue algo más acogedor. Se negó a firmar un tratado con el rey de Portugal, pero autorizó a Gama para que se llevase una pequeña carga de especias a cambio de oro y plata. Habían pasado más de MIL años desde que el último barco romano hubiese zarpado de la India, pero los indios no habían cambiado mientras tanto. Los portugueses, que habían pensado regatear con ellos a base de cuentas de cristal, espejuelos, campanillas y tela de lana, se quedaron chasqueados.
La desilusión de Gama por haber tenido que pagar su cargamento con monedas contantes y sonantes, se mitigó cuando comprobó el precio que obtuvo por sus especias, al término de su viaje de 24.000 millas para llegar a Lisboa. Una tercera parte de la tripulación original del barco había muerto, sin duda a causa del escorbuto, pero esto sólo significaba que ahora eran menos los que tenían que compartir los inmensos beneficios.
Una de las razones por las que Gama había puesto tanto interés en su empresa, era porque le había llegado la noticia (que no creía) de que Cristobal Colón había descubierto una nueva ruta hasta las Indias navegando hacia el oeste. Y es que el gran marino genovés pensaba que había llegado a las Indias y hasta el final de su vida insistó en que sus viajes realizados entre 1492 y 1503, no habían supuesto el descubrimiento de nuevas tierras (no había ningún lugar como América en la geografía de Tolomeo), sino que habia llegado a Cipango y a la tierra firme de Asia. Como prueba de sus hallazgos trajo consigo plantas silvestres desconocidas, que aqfirmó que eran las de la canela, el ruibarbo chino, y el coco (en realidad ninguna era lo que decía ser). Su obsesión le llevó a llamar a los nativos “indios”, y puso mucha atención en su lenguaje para descubrirles pronunciando alguna palabra en japonés. Una palabra que apuntó en su diario, y que habría de convertirse en una constante del vocabulario gastronómico, fue la de “caníbal”. Colón no había captado bien el sonido que le transmitió uno de los indios, y cuya versión correcta era la de “carib”. Los nativos del Caribe eran caníbales, pero sólo se comían a los enemigos que mataban en el transcurso de una batalla.

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MARCO POLO, COMERCIANTE EN ESPECIAS.

Marco Polo visitó por primera vez la corte de Kublai Khan en 1271, acompañado por su padre Marco y su tio Mateo. El joven Polo no sólo había recorrido la mayor parte de China y de Birmania, sino que habìa regresado a casa a través de las mismísimas islas de las especias (las Molucas), navegando por el sur del Mar de la China, atravesando el estrecho de Malaca, cruzando el océano Índico y subiendo por la costa occidental de la India hasta llegar al Golfo Pérsico. El propósito de este viaje había sido en principio el de conducir a una princesa mogol hasta su futuro esposo, el Khan de Persia. Cuando terminó el viaje sólo quedaban dieciocho de los viajeros que lo habían iniciado, incluyendo a los Polo, a la princesa y a uno de los enviados especiales de los mogoles. los demás habían muerto, es de suponer que de escorbuto, enfermedad ocasionada por la falta de vitamina C.
Cuando Marco Polo regresó a su casa de Venecia en 1295 era inmensamente rico, y si se hubiera decidido entonces a pasar el resto de su vida en el retiro dorado que le permitía la fortuna, probablemente hoy no estaríamos hablando de él, y nadie habría oído jamás ningún comentario sobre sus viajes. Pero en 1298 se desencadenó una guerra entre Venecia y su gran rival comercial, Génova. Marco Polo fue capturado en pleno mar mientras se encontraba al mando de su galera, y una vez en la cárcel, para entretener su aburrimiento, se dedicó a dictar a un companero de presidio los pormenores de sus viajes. Más adelante se transcribieron y se difundieron ampliamente, convitiendose en uno de los libros más influyentes que jamás se haya escrito.
Los contemporáneos de Marco Polo fueron bastante escépticos respecto a sus descripciones de las riquezas orientales. Le apodaban “Marco Millones”, pero no todos los italianos se rieron de su libro. Uno de ellos subrayó algunas frases sobre China como éstas: “allí hay una gran abundancia de jengibre, de nardo y de otras muchas especias. Cantón es el puerto al que arriban todos los barcos procedentes de la India, cargados de mercaderías valiosísimas…., les aseguro que por cada barco de pimienta que sale de Alejandría, o para cualquier otro destino del mundo cristiano, entran unos cien barcos en el puerto de Cantón”. Ese mismo lector, se trataba de Cristobal Colón, y ha dejado escrito su nombre en la solapa del libro que se conserva en Sevilla, leyó atentamente todo lo que relataba Marco Polo, y pensó en ello hasta convertirlo en una auténtica obsesión. Soñaba con encontrar una ruta hacia Cipango (Japón), donde los tejados de los palacios eran de oro.

Libro: La cuerda de los relojes limando el tiempo.
Antología de poetas de Puerto Madryn
Fondo Editorial Provincial. Secretaría de Cultura del Chubut.

No sé si me voy a ir todavía.
Me quedan aún algunas historias.

Por contar, contaría
De mi lactancia de nubes de limbo.
Del aire; mi elemento.
De mi extraña erudición de niño
Subproducto de ácidos y psicoactivos; y
De mi bondadosa sapiencia platónica,
Que no he perdido.

Contaría de mi primer desamor y
De todos mis olvidos.
De mi tierna perdición;
Mi nombradía en las calles;
Mi plan de autodestrucción; fallido.

Hablaría de mis circunstancias.
De mis descensos a los abismos
Y los colores que allí no vi.
De un vacío mas siniestro que el infierno;
El incendio de mi mente;
Mis cuarteles de averno
Y sus fuentes dee frescos venenos.

Contaría mis años y sus ocasos,
Que son lo único que tengo de verdadero.
Hablaría de mis sueños y no
De mis ilusiones, pura óptica y fracaso.
Mis sueños: terruño onírico
Donde discurre mi vera vida.

Contaría en un ultimátum de confesión,
Todo lo que no soy, es decir,
Todo el mundo, el universo entero.
No diría lo que no fui
Pues esto está contado con lo ajeno.

No aclamarán tambores mi presencia.
Ni habrá discursos patrios ya.

No vengo a ver vivir, ni a financiar mi muerte.

Vine a surgir sin brisa que me empuje
sin bronces que me auspicien.

Sabía del silencio y la impostura,
he conocido del corazón gimiente.

Compondré mis cancioones en sus jardines de otoño,
con sangre
y sello propio.

Y después:
luz desde agónicos ríos,
aguas de lluvia urgente de beber,
golpes de corazón pujando al tiempo

bailes -paganos- bailes que molesten.

Laifil, la abuela de Payún muerta en Tintica, había vivido largos años en un paraje al norte de Cruz Negra, en los primeros médanos del desierto.

Desterrada por los comentarios acerbos de un obispo, terminó confinada con su oficio de machi al sur, donde el mar lavaba su terrosa memoria.

Payún, sexto retoño de su hija soltera y de padre desconocido, vino al mundo con una barba tupida que le cubría todo el rostro uniéndose a un pelo lacio como ejambre de avispas negras.

Para Laifil fue la señal. Ese niño endeble, contrahecho, era el elegido por los dioses para se depositario del legado ancestral. Le costó caminar y adolescente, recién pudo pronunciar el nombre de su abuela, que desde que nació se apoderó de él y lo llevó a su choza solitaria.

Para se chaman se nace chaman.

Ella, que había viajado las cien leguas hasta Almejuelas para hacer llover luego de treinta años de sequía; que le pudo decir a Manuela Chávez, con solo “leer” en la clara de un huevo de gallina que su hombre estaba vivo y andaba cuatrereando por Miraflores y no muerto como dijeron los de la partida; fue ella que al cuarto mes de nacido le abrió al niño el tercer ojo, con el que Payún podría escrutar más allá de las cosas.

En su mollera, antes que el hueso crezca y cierre su cráneo pequeño, le puso el sagrado anillo de plata, puerta por ndonde pasará esa luz que sólo pueden recibir “los que no tienen sombra”, “los que sólo vieron sus rostros en los espejos de agua”, “los que caminan por el fuego”, “los que se lastiman y no sangran”, “los que saben encontrar la flor azul que hace ver a los ciegos”, “los que ven mas allá de los ojos”, “los que están siempre despiertos”…

Con el pasar de los días, el duro aprendizaje: uno a uno los nombres de las plantas curadoras; juntar un melincolahuén, esa agua sanadora que en neblina transpira la cascada; largos ruegos penitentes; el ayuno doloroso, con la lengua clavada al canelo patriarcal, para ver entre lágrimas las primeras visiones.

Hasta que un día, en el mismo sitio donde los dioses antiguos saben bajar trandformados en hualas, el iniciado enfrenta su prueba definitiva.

Acostado sobre un matrón, los brazos pegados al cuerpo, los ojos cerrados, los pies juntos y orientados al naciente. Ningún músculo se mueve. A su lado la vieja machi golpea el pequeño tambor acompañando un canto monocorde y misterioso.

Nada de lo que dice es palabra conocida.

A medida que se acelera el ritmo, su voz aguda aumenta el volumen de ese canto lastimero hasta que, como en un estertor eléctrico, se desploma como fulminada por un rayo.

En ese instante, al cuerpo de Payún le acomete un temblor hondo y una resolana brumosa desdibuja su figura dormida.

Poco a poco el cuerpo se volatiliza y un viento luminoso se lo lleva por encima de los árboles.

A esa misma hora en la playa de Tintica, otro Payún arrodillado, de cara al oeste- donde moran los difuntos- mira como el mar le devuelve a Laifil, su abuela muerta.

lobizón

ANTES QUE AMANEZCA

El menor de los Alvarez nació porque los padres se obstinaron, y como después diría todo el mundo y ellos lo reconocerían, fue un capricho y una forma de desafiar a Dios y de tener al Diablo.
Seis hijos varones habían tenido los Alvarez y debieron quedarse conformes. Sobre todo el padre, el padre debió admitir que hay yeguas y vacas que paren siempre machos, y hembras que paren siempre hembras pero éste no era el caso de su mujer y él debió resignarse a no tener una hija, porque todos y él más que nadie sabían que si era varón el séptimo estaba condenado por el destino. No porque antes hubiese nacido un lobizón en Campo del Banco, sino porque esto se sabía desde siempre.
Cuando nació el séptimo hijo de los Alvarez todo Campo del Banco supo que había un lobizón. Algunos ni esperaron que el muchacho creciera. No había cumplido un año cuando en el Almacén Iglesias se dijo que andaba una forma negra rondando la laguna. Esto se dijo una madrugada de domingo, cuando todos habían tomado bastante, lo suficiente al menos como para que cada uno comenzara a recordar algún miedo olvidado.
Y a partir de entonces todos lo vieron y lo volvieron a ver, algún viernes con luna, volviendo de algún lado. Unos decían que era un chancho y otros decían que era un zorro guará, pero más grande todavía. Las discusiones terminaban cuando llegaba el viejo Alvarez y la ginebra se volvía silenciosa, sórdida, tan silenciosa y sórdida que ni el viejo Alvarez la podía aguantar, y sin siquiera despedirse montaba su caballo y volvía de un galope.
El nunca lo vio. Vio sí muchas veces, demasiadas veces a su hijo arrinconado aparte, callado cuando todos hablaban, hundido en un mundo al cual ni él ni la madre ni los demás hijos querían aludir.
Porque el séptimo hijo de los Alvarez, al lobizón de los Alvarez como todos decían, nadie le dijo nunca nada. Pero no hizo falta que nadie se lo dijera para que él pudiera percibir que la gente había tendido algo en torno que lo separaba definitivamente. Desde chico se acostumbró y necesitó que le relegaran al silencio. Primero fue un poco difícil porque había dentro suyo una voz que quería hablar, quería comunicarse con los hermanos y con los padres y con la gente que cada vez menos llegaba a la casa. Pero después la voz fue acallándose.
Cada vez más hasta el momento en que parecía que iba a morir y fue entonces cuando encontró la noche.
Había luna esa vez y el menor de los Alvarez se había demorado como siempre silencioso en un rincón de la cocina. No sólo los padres y los hermanos dormían, era uno de esos momentos de la noche en que todos los ruidos se repliegan y los mismos animales nocturnos parecen suspenderse. Entonces, sin saber bien por qué, él salió a la noche. Se aventuró despacio, parándose primero en la puerta de la cocina, mirando hacia abajo adonde la luz lunar dibujaba su propia sombra. Y después caminó sin rumbo. Caminaba y se detenía y empezaba a decubrir que la noche también tenía su voz, el mismo silencio de la noche resuena y él podía oirlo y no era necesario hablar porque ya estaban hablando. No era hablar pero era mirar la luna y ver como encendía la silueta de los paraísos y después ver la sombra de los paraísos sobre la tierra iluminada. Y no solo la luz, eran también los ruidos que se filtraban al silencio, era las voces que lo llamaban y le respondían, y por fin no estaba solo.
Desde esa vez, desde esa noche, él esperó otras noches. Era suficiente que la luna creciera un poco y avanzara crecida desde las copas de los algarrobos. Esperaba, silencioso, hasta que los demás se iban a dormir, hasta que el padre se fuera a dormir, porque el padre había empezado a quedarse, a demorarse junto a él en las noches de luna.
El padre había dejado de ir al Almacén de Iglesias, y en las noches de luna se quedaba un largo rato junto al hijo, y después se iba a dormir pero se quedaba un largo rato junto a la cama y más tarde salía, calzaba antes el Colt a la cintura y salía a la noche pero no sentía mas ruidos que los pasos de su hijo por entre las sombras.
Hasta que una noche se dijo tiene que ser antes de que amanezca.
Porque él no quería saber si era chancho o guará, no hubiera soportado saberlo. Levantó el revólver y dijo: antes de que amanezca. Para que no sufra.

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