Laifil, la abuela de Payún muerta en Tintica, había vivido largos años en un paraje al norte de Cruz Negra, en los primeros médanos del desierto.

Desterrada por los comentarios acerbos de un obispo, terminó confinada con su oficio de machi al sur, donde el mar lavaba su terrosa memoria.

Payún, sexto retoño de su hija soltera y de padre desconocido, vino al mundo con una barba tupida que le cubría todo el rostro uniéndose a un pelo lacio como ejambre de avispas negras.

Para Laifil fue la señal. Ese niño endeble, contrahecho, era el elegido por los dioses para se depositario del legado ancestral. Le costó caminar y adolescente, recién pudo pronunciar el nombre de su abuela, que desde que nació se apoderó de él y lo llevó a su choza solitaria.

Para se chaman se nace chaman.

Ella, que había viajado las cien leguas hasta Almejuelas para hacer llover luego de treinta años de sequía; que le pudo decir a Manuela Chávez, con solo “leer” en la clara de un huevo de gallina que su hombre estaba vivo y andaba cuatrereando por Miraflores y no muerto como dijeron los de la partida; fue ella que al cuarto mes de nacido le abrió al niño el tercer ojo, con el que Payún podría escrutar más allá de las cosas.

En su mollera, antes que el hueso crezca y cierre su cráneo pequeño, le puso el sagrado anillo de plata, puerta por ndonde pasará esa luz que sólo pueden recibir “los que no tienen sombra”, “los que sólo vieron sus rostros en los espejos de agua”, “los que caminan por el fuego”, “los que se lastiman y no sangran”, “los que saben encontrar la flor azul que hace ver a los ciegos”, “los que ven mas allá de los ojos”, “los que están siempre despiertos”…

Con el pasar de los días, el duro aprendizaje: uno a uno los nombres de las plantas curadoras; juntar un melincolahuén, esa agua sanadora que en neblina transpira la cascada; largos ruegos penitentes; el ayuno doloroso, con la lengua clavada al canelo patriarcal, para ver entre lágrimas las primeras visiones.

Hasta que un día, en el mismo sitio donde los dioses antiguos saben bajar trandformados en hualas, el iniciado enfrenta su prueba definitiva.

Acostado sobre un matrón, los brazos pegados al cuerpo, los ojos cerrados, los pies juntos y orientados al naciente. Ningún músculo se mueve. A su lado la vieja machi golpea el pequeño tambor acompañando un canto monocorde y misterioso.

Nada de lo que dice es palabra conocida.

A medida que se acelera el ritmo, su voz aguda aumenta el volumen de ese canto lastimero hasta que, como en un estertor eléctrico, se desploma como fulminada por un rayo.

En ese instante, al cuerpo de Payún le acomete un temblor hondo y una resolana brumosa desdibuja su figura dormida.

Poco a poco el cuerpo se volatiliza y un viento luminoso se lo lleva por encima de los árboles.

A esa misma hora en la playa de Tintica, otro Payún arrodillado, de cara al oeste- donde moran los difuntos- mira como el mar le devuelve a Laifil, su abuela muerta.

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