Archivos para el mes de: noviembre, 2012

shutterstock_210811084

LOS OLORES DE TEODORA CASTRO

El cadáver de Teodora Castro sigue oliendo a sexo a pesar de llevar muerta más de cinco años. Desde que ella falleció, su cuerpo permanece de la misma manera: incorrupto, con ese olor penetrante, denso y con un fuerte poder afrodisíaco. Estoy muy cerca de ella, mucho más de lo que ustedes podrían imaginar. Abro la nevera donde lleva todo ese tiempo olvidada y la consigo ver envuelta en un plástico protector. Teodora murió muy joven, con tan solo 25 años. Nadie supo la causa de su muerte. Y les cuento toda esta historia porque ahora me toca a mí averiguarlo.
Me llamo Jorge Rodríguez Armero y trabajo en el Hospital Doce de Octubre como médico especialista en el departamento de Anatomía Patológica. Desde que un compañero me contó el suceso, estoy obsesionado con ella. Quiero averiguar el origen de la fragancia que despide su cuerpo.
Teodora llevaba más de un mes sin vida cuando la hallaron muerta. La putrefacción no había hecho mella en ella. Sus tejidos se mantenían intactos, puros y rosados. Teodora estaba muerta y su piel desprendía cierto aroma erótico que nadie pudo describir.
La encontraron desnuda con un cuchillo y una patata podrida entre sus manos. Parece que la muerte le vino a la hora de preparar el almuerzo. En el momento más cotidiano del día. Era muy reveladora la visión y el contraste de la patata descompuesta en su mano inerte y sin corromper.
Al aparecer el cadáver, avisaron al juzgado y no tardó en presentarse el juez encargado de investigar la muerte de Teodora. El magistrado, que era un hombre casado y de férreas convicciones religiosas, tuvo que abandonar el lugar antes de ordenar el levantamiento del cadáver.
Se fue porque no pudo soportar la poderosa atracción sexual que le provocaba la contemplación de la muerta. Curiosamente, dos meses después, ese juez se pegó un tiro en el ojo izquierdo y nadie pudo averiguar la causa.
El cadáver siguió mucho tiempo allí, en su casa, esperando a que alguien se atreviera a desafiar esa extraña maldición. Nadie quiso tocarla porque la sola visión o contacto con su cuerpo experimentaba en los presentes un primitivo apetito suicida y un deseo libidinoso carnal e incontrolado.
El cuerpo incorrupto de Teodora olía a un penetrante y denso sudor sexual que incitaba el instinto más perverso.
Los que estuvieron en el lugar de los hechos se percataron de ese extraño fenómeno y lo vivieron personalmente. Cuando se acercaban a su cuerpo experimentaban una desaforada actividad genital que casi provoca que algunos de los presentes acabaran en una sangrienta orgía.
Teodora llevaba en la nevera más de cinco años sin que nadie se atreviera a practicarle la autopsia. No hubo forense capaz de hacérsela. Todos tenían miedo. Solamente con mirarla cualquier piel experimentaba un aumento sensitivo y erótico. La temperatura corporal subía lentamente induciendo cierto sofoco que, incluso, acababa provocando en los más débiles un extraño impulso suicida.
Mi trabajo como especialista en el hospital me ha facilitado los trámites necesarios. Hace tiempo que quiero analizar los restos de Teodora. A ella la tienen clasificada como el sujeto 1.201. Lleva todos estos años congelada en una especie de sarcófago a 20 grados bajo cero. En su ficha ya desgastada por el tiempo se puede leer en letras un poco borrosas: “Teodora Castro Sánchez. Causa de la muerte: desconocida”.
Hoy he venido a verla y a comprobar si todo lo que me han contado sobre ella es verdad o son supercherías de enfermeras del turno de noche. La tengo delante de mí. Está envuelta en un plástico transparente para evitar ese fuerte olor que transforma al más puritano en un putón irredento.
Es muy bella. No sé si murió sonriendo pero, al verla, diría que sus labios dibujan un tibio gesto que traza en su cara cierta ironía. Tiene unos pechos pequeños y bien formados y una voluptuosa cadera. Sus piernas son delgadas y mantiene firmes sus hermosos muslos. El plástico no puede evitar que siga oliendo a sexo.
Al abrir el cajón, a pesar de estar el cuerpo congelado, se ha notado desde el primer instante esa agradable fragancia erótica. Es algo tenue que apenas se percibe, pero que entra directamente por la nariz y se incrusta en la pituitaria con una aspereza firme y agresiva.
Ahora tendría que abrirla desde el esternón y todo su abdomen para averiguar las posibles causas de su muerte. Después le rajaré la cabeza para analizar sus sesos, pero quiero esperar un poco y contemplarla. Antes de alterarla, de destruir su belleza.
Su olor me invade, me crea cierto dulzor en la boca y una leve pulsación sanguínea en las sienes. Quiero dejarme llevar por ese perfume. Es imposible que la ciencia no haya podido explicar este fenómeno. Que una persona muerta despida la esencia que desprenden los amantes cuando hacen el amor.
Tengo que quitar el plástico y para ello me han recomendado que me ponga una mascarilla de oxígeno para evitar el hechizo que ya me está dominando.
Tengo que liberarme de la mascarilla y comprobar su estado. Sé que corro cierto riesgo pero tengo que hacerlo. No puedo examinarla así. Me aparto la válvula de oxígeno y la esencia de Teodora entra en mi cerebro. Es difícil de describir. No es olor a muerta. Es el perfume de la vida. Es un aroma impregnado de saliva, besos y caricias.
Ella me está tocando, lo veo, lo siento. Pero está muerta, inerte, sonriéndome desde el más allá. Quiero volver a ponerme el oxígeno para escapar de su encanto pero ya no puedo, porque realmente estoy tendido en una camilla. En la nevera de al lado.
Estoy inerte con esa puñetera etiqueta que desde hace años me hace cosquillas en el dedo y en la que se puede leer: “doctor Jorge Rodríguez Armero. Causa de la muerte: suicidio. Sujeto clasificado con el número 1.202”.
Gonzalo Pérez Ponferrada

LA PAZ DE MOWSLE BARTON

Crefton Lockyer estaba cómodamente sentado, con una comodidad tanto de cuerpo como de alma, en la pequeña parcela de tierra, mitad huerta y mitad jardín, que lindaba con el corral en Mowsle Barton. Después del estrés y el ruido de largos años de vida de ciudad, el reposo y la paz de la granja rodeada de colinas impresionaban sus sentidos con una intensidad casi dramática. El tiempo y el espacio parecían perder su sentido y su brusquedad; los minutos se deslizaban en horas y las praderas y las tierras no cultivadas se inclinaban a media distancia, suave e imperceptiblemente. Yuyos salvajes del seto se extendían por el florido jardín, y plantas trepadoras y arbustos de jardín hacían incursiones por el corral y el sendero. Gallinas adormecidas y patos solemnes y preocupados se sentían igualmente en casa en el corral, la huerta o la carretera; nada parecía pertenecer definitivamente a ninguna parte; hasta las tranqueras no permanecían necesariamente en sus goznes. Y sobre toda la escena flotaba el sentido de una paz que tenía en ella una cualidad casi mágica. Por la tarde se sentía que siempre había sido de tarde y debía siempre seguir siéndolo; en el crepúsculo uno sabía que nunca podría haber sido otra cosa que crepúsculo. Crefton Lockyer estaba cómodamente sentado en el rústico asiento debajo de un viejo níspero, decidiendo que aquí estaba el anclaje de su vida que su mente había imaginado con tanto afecto y por el que últimamente sus fatigados y sacudidos sentidos habían tan a menudo suspirado. Se establecería permanentemente entre esa gente simple y cordial, aumentando gradualmente las modestas comodidades de que le gustaría rodearse, pero adaptándose lo más posible a su modo de vivir.
A medida que maduraba lentamente esa resolución en su mente, una mujer anciana vino cojeando con pasos inciertos a través de la huerta. La reconoció como un miembro de la casa de campo, la madre o posiblemente la suegra de Mrs. Spurfield, su actual ama de llaves, y rápidamente elaboró un comentario agradable para hacerle. Ella se anticipó: -Hay algo escrito con tiza en la puerta de allá. ¿Qué es? Hablaba con una voz apagada e impersonal, como si el asunto hubiese estado en sus labios por años y fuera mejor librarse de él. Sus ojos, sin embargo, miraban impacientemente por encima de la cabeza de Crefton a la puerta de un pequeño granero que constituía el puesto de avanzada de una línea de dispersos establecimientos de campo.
“Martha Pillamon es una vieja bruja”, fue el anuncio que respondió a la mirada inquisitiva de Crefton, y él vaciló un momento antes de dar mayor publicidad al enunciado. Por todo lo que sabía en contrario, podría ser la propia Martha a quien estaba hablando. Era posible que el apellido de soltera de Mrs. Spurfield hubiese sido Pillamon. Y la flaca y marchita anciana a su lado podía ciertamente cumplir los requisitos locales en cuanto al aspecto externo de una bruja. –Es algo acerca de alguien llamada Martha Pillamon –explicó cautelosamente. –¿Qué dice? –Es muy irrespetuoso –dijo Crefton–; dice que ella es una bruja. Semejantes cosas no deberían escribirse. –Es verdad, cada una de las palabras –dijo la mujer con considerable satisfacción, añadiendo una nota descriptiva especial por cuenta propia, “el viejo sapo”. Y mientras se iba cojeando a través de la granja, chilló con su voz cascada: –¡Martha Pillamon es una vieja bruja! –Oyó usted lo que dijo? –murmuró una voz débil y enojada desde alguna parte detrás del hombro de Crefton. Volviéndose rápidamente, vio otra vieja, flaca, amarilla y arrugada, y evidentemente muy disgustada. Obviamente, ésa era Martha Pillamon en persona. La huerta parecía ser un paseo favorito para las mujeres mayores de la vecindad. –Es mentira, es una mentira pecaminosa –continuó la débil voz–. Es Betsy Croot quien es la vieja bruja. Ella y su hija, la sucia rata. Las hechizaré, a esas viejas pesadas. Mientras se iba rengueando, sus ojos percibieron la inscripción en tiza en la puerta del granero. –Qué está escrito allí arriba? –preguntó volviéndose hacia Crefton. –Vote por Soarker –respondió, con el abyecto atrevimiento del pacificador entrenado. La vieja rezongó, y sus murmullos y su desvaída pañoleta roja se perdieron gradualmente entre los troncos. Crefton se levantó y se dirigió a la granja. De algún modo gran parte de la paz parecía haberse esfumado de la atmósfera. El alegre movimiento de la hora del té en la vieja cocina de la granja, que Crefton había encontrado tan agradable en tardes anteriores, parecía haberse agriado hoy y convertido en una desasosegada melancolía. Había un silencio lento y pesado alrededor de la mesa, y el propio té, cuando Crefton lo probó, era un insípido, tibio brebaje, que habría quitado el espíritu festivo de un carnaval.
-Es inútil quejarse del té -dijo rápidamente Mrs. Spurfield, mientras su huésped miraba su taza con un aire de amable interrogación. La pava no quiere hervir, ésa es la verdad del asunto. Crefton fue hacia el hogar, donde ardía un fuego insólitamente fuerte bajo una gran pava negra, que emitía por el pico una delgada espiral de vapor, pero por lo demás parecía ignorar la acción de la rugiente llamarada debajo de ella. -Ha estado allí durante más de una hora, y no quiere hervir -dijo Mrs. Spurfield, añadiendo a modo de una completa explicación: –Nos han embrujado. -Martha Pillamon lo ha hecho -dijo inesperadamente la anciana madre.- Le haré la misma jugada al viejo sapo. La hechizaré a ella. -Debe hervir a tiempo -protestó Crefton, ignorando las sugerencias de influencias malignas.- Tal vez el carbón está húmedo. -No hervirá a tiempo para la cena ni para el desayuno de mañana, aun cuando usted dejara el fuego encendido toda la noche- dijo Mrs. Spurfield. Y así fue. Los habitantes de la casa subsistieron con platos fritos y asados, y una vecina amablemente les preparó el té y lo envió en un estado moderadamente caliente. -Supongo que nos abandonará ahora que las cosas se han puesto incómodas -observó Mrs. Spurfield en el desayuno-; hay personas que lo abandonan a uno tan pronto como se produce algún inconveniente.
Crefton negó apresuradamente todo cambio inmediato de planes; observó, sin embargo, que la anterior cordialidad de maneras se había en gran medida perdido en la casa. Miradas sospechosas, malhumorados silencios o discursos cortantes se habían puesto a la orden del día. En cuanto a la anciana madre, estaba todo el día sentada en la cocina o en el jardín, murmurando amenazas y hechizos contra Martha Pillamon. Había algo al mismo tiempo terrorífico y lastimoso en el espectáculo de esos frágiles fragmentos de humanidad, que consagraban sus últimas vacilantes energías a la tarea de hacerse desgraciadas las unas a las otras.
El odio parecía ser la única facultad que había sobrevivido con un vigor e intensidad no disminuidos mientras todo lo demás caía en una ordenada y simétrica decadencia. Y la parte extraña de ello era que un horroroso y enfermo poder parecía destilarse de su despecho y sus maldiciones. Ninguna medida de explicación escéptica podía eliminar el hecho indudable de que ninguna pava ni cacerola alcanzaría el punto de hervor sobre el fuego más ardiente. Crefton adhirió el mayor tiempo posible a la teoría de algún defecto en el carbón, pero un fuego de leña producía los mismos resultados y cuando una pequeña pava sobre un hornillo de alcohol, que pidió por un transporte de carga, mostró la misma obstinada negativa a hervir, sintió que se había puesto súbitamente en contacto con un maligno e indescifrable aspecto de fuerzas ocultas. A millas de distancia, a través de una apertura entre las colinas, podía captar vistas de un camino por el que algunas veces pasaban automóviles, pero aquí, a tan poca distancia de esa última civilización, había una vieja casa frecuentada por murciélagos, donde algo inconfundiblemente semejante a la brujería parecía tener un dominio muy real.
Pasando a través del jardín de la granja en camino a las sendas más lejanas, donde esperaba recapturar el confortable sentido de paz que faltaba en la casa y en el hogar -especialmente en el hogar-, Crefton se cruzó con la anciana madre, sentada murmurando para sí misma en el asiento debajo del níspero. “Que se hunda cuando nada, que se hunda cuando nada”, repetía una y otra vez, como un niño repite una lección aprendida a medias. Y de tanto en tanto estallaba en una risa aguda, con una nota de malicia en ella que no era agradable de oír. Crefton se alegró cuando se encontró fuera del alcance de ese sonido, en la quietud y el retiro de los senderos con tupida vegetación que parecían no conducir a ninguna parte; uno, más estrecho y profundo que el resto, atrajo sus pasos y se sintió casi fastidiado cuando descubrió que era realmente una carretera en miniatura que conducía a una vivienda humana. Una cabaña que parecía abandonado, con una porción de un descuidado cultivo de repollos y unos pocos viejos manzanos haciendo ángulo con un rápido arroyo que se ensanchaba por una cierta extensión, constituyendo un estanque de decentes proporciones antes de escurrirse nuevamente con rapidez a través de los sauces que habían detenido su curso. Crefton se recostó contra un tronco y miró a través de los agitados remolinos del estanque a la humilde casita frente a él; el único signo de vida lo daba una procesión de deslucidos patos que marchaban en fila india hacia el borde del agua. Hay siempre algo más bien emocionante en la manera en que un pato cambia en un instante de un lento y torpe anadeante sobre la tierra, a un gracioso nadador flotante sobre las aguas, y Crefton esperó con cierta concentrada atención para ver al líder de la fila arrojarse en la superficie del estanque. Tuvo conciencia al mismo tiempo, con un curioso instinto de advertencia, de que estaba por pasar algo extraño y desagradable. El pato se arrojó con confianza al agua e inmediatamente se hundió bajo la superficie. Su cabeza apareció por un momento y se hundió nuevamente, dejando una serie de burbujas en su estela, mientras que sus alas y sus patas revolvían el agua en un impotente remolino de aleteos y patadas. El ave estaba obviamente ahogándose. Crefton pensó al principio que se había enredado en algunos yuyos, o estaba siendo atacado desde abajo por una rata de agua. Pero ninguna sangre flotaba en la superficie y el cuerpo salvajemente sacudido seguía el circuito de la corriente del estanque sin el impedimento de ningún enredo. Un segundo pato se había arrojado al estanque, y un segundo cuerpo luchaba, revolcándose y retorciéndose bajo la superficie. Había algo particularmente lastimoso en la vista de los jadeantes picos que aparecían de tanto en tanto sobre la superficie, como en una aterrada protesta ante esta traición de un elemento confiable y familiar. Crefton vio con algo semejante al horror cómo un tercer pato se posicionaba en la orilla y se zambullía, para compartir el destino de los otros dos. Se sintió casi aliviado cuando el resto de la bandada, tardíamente alarmados por la conmoción de los cuerpos que se ahogaban lentamente, se enderezaron con sus tensos cuellos estirados y se alejaron de la escena de peligro, graznando con una nota profunda de inquietud mientras se marchaban. En el mismo momento, Crefton se dio cuenta de que no era el único ser humano que observaba la escena; una encorvada y marchita anciana, en quien reconoció enseguida como Martha Pillamon, de siniestra reputación, había venido cojeando por el sendero de la cabaña hasta el borde del agua, y miraba fijamente el horripilante remolino de pájaros moribundos que iban en una terrible procesión alrededor del estanque. De pronto su voz emitió un agudo chillido de trémula furia:
-Es Betsy Croot quien lo hizo, la vieja rata. Le haré un hechizo, ya verán. Crefton se fue sigilosamente, inseguro de si la mujer había notado su presencia. Aun antes de que proclamara la culpabilidad de Betsy Croot, el encantamiento que ésta había murmurado entre dientes: “Que se hunda cuando nada”, había relampagueado un instante en su mente. Pero era la amenaza final de un hechizo vindicativo lo que llenaba su mente de recelos, excluyendo todo otro pensamiento o fantasía. Sus facultades racionales ya no podían permitirle desechar las amenazas de esas viejas mujeres como simples altercados fútiles. La familia de la casa de Mowsle Barton despertaba el desagrado de una vindicativa anciana, que parecía capaz de materializar sus rencores personales de una manera muy práctica, y no podía saberse qué forma tomaría su venganza por tres patos ahogados. Como miembro de la casa, Crefton podía encontrarse involucrado en algún castigo general y altamente desagradable debido a la ira de Martha Pillamon. Por supuesto, sabía que estaba dejándose llevar por fantasías absurdas, pero el comportamiento de la pava sobre el hornillo de alcohol y la subsiguiente escena en el estanque lo habían acobardado considerablemente. Y la vaguedad de su alarma se sumaba a sus terrores; cuando uno ha introducido lo Imposible en sus cálculos, sus posibilidades se hacen prácticamente ilimitadas.
Crefton se levantó temprano, según su costumbre, a la mañana siguiente, después de una de las noches menos descansadas que había pasado en la granja. Sus agudizados sentidos rápidamente detectaron esa sutil atmósfera de que las cosas no están del todo bien que se cierne sobre una casa condenada. Las vacas habían sido ordeñadas, pero estaban amontonadas en el corral, esperando impacientemente que se las llevara al campo, y las aves recordaban importuna y quejumbrosamente la tardanza en la hora de alimentarlas; la bomba del corral, que por lo común producía una música discordante a intervalos frecuentes temprano en la mañana, estaba siniestramente silenciosa. En la misma casa había un ir y venir de pisadas ligeras, una explosión y apagamiento de voces apresuradas, y una larga, incómoda inquietud. Crefton terminó de vestirse y se dirigió a la estrecha escalera. Pudo oír una voz monótona y quejosa, una voz de la que se había apoderado un temeroso susurro, y reconoció a la hablante como Mrs. Spurfield. -Con seguridad se marchará -decía la voz-, hay quienes se escapan tan pronto como se produce una desgracia real. Crefton sintió que era uno de ésos, y que había momentos en que era aconsejable responder al tipo. Volvió a su habitación, juntó y empacó sus pocas pertenencias, puso sobre la mesa el dinero para pagar su alojamiento y se fue por una puerta del fondo que daba al corral. Una multitud de aves se precipitó esperanzadamente detrás de él; zafando de su interesada atención, se apresuró al resguardo de establos, pocilgas y heniles hasta alcanzar el sendero al fondo de la granja. Una caminata de pocos minutos, que sólo el peso de su maleta de viaje impedía que se transformara en una fuga no disimulada, lo llevó a unas carretera principal, donde el carrero de la mañana pronto lo alcanzó y lo llevó velozmente a la vecina ciudad. En un recodo del camino tuvo una vista final de la granja; los viejos techos a dos aguas y graneros de paja, la desprolija huerta y el níspero, con su asiento de madera, se veían con una claridad casi espectral en la temprana luz de la mañana y sobre todo ello se cernía ese aire de posesión mágica que Crefton había una vez confundido con la paz. El movimiento y el ruido de Paddington Station golpeó sus oídos con un bienvenido saludo protector. -Muy malo para nuestros nervios, todo este correr y apurarse -dijo un compañero de viaje-; denme la paz y la tranquilidad del campo. Crefton mentalmente renunció a su parte del deseado bien. Un atestado, brillantemente sobreiluminado music-hall, donde una vigorosa orquesta brindaba una exuberante versión de 18121, se acercaba más a su ideal de un sedante para los nervios.

instantepropicio

(fragmento)

(…) Por ello mismo la norma primera y más importante que debemos aceptar, si queremos darle la vuelta al orden de las cosas, es la libertad de las mujeres. La situación de las mujeres en la sociedad es la muestra más monstruosa de la pequeñez y estupidez de los hombres; y de las mujeres mismas. El hombre menosprecia profundamente a la mujer y la cortesía que le manifiesta es una expresión de la hipocresía cuyo fin es ocultar la esclavitud en la que la mantiene. ¿La mujer ideal? Chistes y artimañas conversacionales de risa contenida para ocultar su torpeza e impotencia intelectual, bordado de iniciales familiares en los pañuelos y canciones al piano, porque también ella, al fin y al cabo, tiene derecho a entretenerse, si hasta los perros les dejamos de vez en cuando ladrar sin un motivo evidente. Una o dos veces por semana las podemos sacar a la calle; y ahí en el anonimato de la masa, que exhiban su exclusividad de canario; que ahueque el ala nuestro acólito, nuestro lacayo acicalado, un bárbaro que mantenemos para divertirnos. Su ropa es la negación del sentido común, la moda la convierte en un ser de una sociedad primitiva en una exposición colonial: plumas en la cabeza, un amuleto dorado en el cuello, un rostro sembrado de polvo mágico, párpados de colores, los lóbulos de las orejas cargados con aros metálicos, los pies deformados por un calzado ritual, los poros cegados por los óleos y olores más caprichosos. Y de todo esto extrae orgullo: en los cerebros de los esclavos la vanidad es una manifestación de la existencia social.

¡Y solo estoy hablando de Europa! Eche un vistazo a otros mundos, eche un vistazo a los africanos, a los mormones, a los musulmanes! Un hombre tiene varias esposas, pero una mujer sólo un hombre. Poliginia si, poliandria no. Un padre tiene el derecho legítimo a matar a su hija si le disgusta, pero nunca a un hijo; éste puede matar a su hermana si le disgusta. La infidelidad se castiga con la lapidación, es lo que exige la tradición. ¡Pase por la calles de Túnez! La mujer en público no puede descubrir ni un solo centímetro de su cuerpo, ni un solo pelo, ni un solo resplandor de los ojos. Cubierta de pies a cabeza discurre por la vida como una vergüenza del género humano a la que hay que sepultar en vida. ¡Una calle llena de momias andantes! El velo y varias capas de tela la protegen de la putrefacción, aún debe cocinar y parir para su hombre. Y de todo esto su marido saca fuerza y gozo: cuanto más muerta esté mi mujer, ¡más fuerte es mi dios!
No pido la igualdad de derechos para las mujeres, hablo de libertad. La igualdad de derechos sólo es otra reorganización de la sociedad de los hombres, una nueva reforma: permitamos a las mujeres que se parezcan a nosotros, permitámosles convertirse en asesinas, estrategas, políticas, seres irresponsables y egoístas y anhelantes de poder. Decid a la mujer que puede matar, ponedle un fusil en la mano y se convertirá en una criatura tan sanguinaria y menospreciable como el hombre.
¿Igualdad de derechos para las mujeres? Nuestro antiguo canario se convierte en oveja. Deja de trinar y empieza a balar, entonces estaremos unidos en estulticia y falta de libertad. Es lo que hoy día piden los que reivindican esta nueva doctrina, este nuevo ídolo que llaman feminismo.
No, no demos igualdad de derechos a las mujeres, facilitémosles la libertad. El día que la mujer se haga libre, será el alba de la revolución, cuyas consecuencias apenas conseguimos imaginarnos. Una mujer libre significa el fin de la religión, de la que en su falta de libertad es la partidaria más diligente. La mujer libre significa el fin de la sociedad en la que el fuerte oprime al débil, el fin de la prostitución, física o moral, el fin de la violencia. La mujer es presagio de una nueva humanidad, un primer paso hacia la victoria de lo humano sobre la persona.
¿Es todo ficción? Quizá. Admito que nunca he sido un buen profeta. Pero mientras la mujer sea “diferente” del hombre
mi esperanza persistirá. El hombre ha fracasado en todo aquello que ha acometido, demos una oportunidad a la mujer.
Y antes que nada: ¡suprimamos el matrimonio! Exonerada de tirano -pedante o complaciente, riguroso o débil, indiferente o solícito- la mujer alcanzará la conciencia de sí misma. ¡El matrimonio! ¡Rossi tiene toda la razón! Si pudiera salvar a la humanidad de una sola calamidad, molestia, religión, cólera, peste, propiedad privada, guerras, gobiernos, parlamentos o paladines del despertar nacional, escogería el matrimonio: fuente de falta de libertad, hipocresía e imbecilidad.(…)

Unos de los libros ineludibles de la historia de la Literatura: va aqui la historia que Scheherazada relató al Rey Schahriar en la noche 394°.
Esta es traducción directa y literal del árabe, por el Dr. J.C. Mardrus. (Se la dedica a Paul Valery).

barca arabe

Cuenta que una noche el califa Harún Al-Raschid, presa del insomnio, hizo llamar a su visir Giafar Al-Barmaki, y le dijo: “¡Tengo oprimido el pecho, y deseo ir a pasearme por las calles de Bagdad, y llegar hasta el Tigris, para ver si paso la noche distraido!” Giafar contestó oyendo y obedeciendo, al punto se disfrazó de mercader, tras de ayudar al califa a que se disfrazara de lo mismo y de llamar al portaalfanje Massrur para que les acompañara disfrazado como ellos. Luego salieron del palacio por la puerta secreta, y empezaron a recorrer lentamente las calles de Bagdad, silenciosas a aquella hora, y de esta guisa llegaron a la orilla del río. En una barca amarrada, vieron a un viejo barquero
que se disponía a arroparse en su manta para dormir. Se acercaron a él, y después de las zalemas, le dijeron: “¡Oh jeque! deseamos de tu amabilidad que nos lleves en tu barca para pasearnos un poco por el río, ahora que hace fresco y es deliciosa la brisa! ¡Y he aquí un dinar por tu trabajo!” Y el interpelado contestó con acento de terror en la voz: “¿Sabéis lo que pedís, señores? Por lo visto no concéis la prohibición. ¿No veis venir hacia nosotros el barco en que se halla el califa con todo su séquito?” Preguntaron muy asobrados: ¿Estás seguro de que ese barco que se acerca lleva al propio califa?” El otro contestó: “¡Por Alá! ¿y quién no conoce en Bagdad la cara de nuestro califa? ¡Sí, mis señores, es el mismo, con su visir Giafar y su portaalfanje Massrur! ¡ Y mirad con ellos a los mamelucos y a los cantores! Oid como grita el pregonero de pie en la proa: “Prohibido a grandes y pequeños, a jóvenes y viejos, a notables y plebeyos, pasearse por el río! ¡A quien contravenga esta orden se le cortará la cabeza o será colgado del mástil de su barco!”
Al oir tales palabras…
En este momento de su narración, Scheherazada vió aparecer la mañana, y se calló discretamente.

La deuda esta saldada,
El veredicto dicho,
Las furias aplacadas.
La peste está detenida.
Los destinos hechos;
Gira la llave y traba la puerta,
Dulce es la muerte para siempre.
Ni elevadas esperanzas, ni antiguos disgustos,
Ni odios mortales pueden entrar.
Todo está ahora seguro e inalterable;
Ni los dioses pueden sacudir el Pasado;
Vuela – hacia la puerta adamantina
Clausurada para siempre.
Nadie puede volver allí,
Ni un ladrón muy atildado,
Ni Satán con un truco espléndido
Pueden filtrarse por la ventana, fisura o agujero,
Para anudar o desatar, agregar lo que faltaba,
Insertar una página, fraguar un nombre,
Mejorar o terminar lo que está cerrado,
Alterar o enmendar un hecho eterno.

RALPH WALDO EMERSON.

musas

En la mitología griega, Mnemósine o Mnemosina (en griego antiguo Μνημοσύνη Mnēmosýnē, de μνήμη mnếmē, ‘memoria’), a menudo confundida con Mneme, era la personificación de la memoria. Esta Titánide era la hija de Gea y Urano, y la madre de las Musas con Zeus.
En la Teogonía de Hesíodo, los reyes y los poetas recibían el poder de hablar con autoridad por su posesión de Mnemósine y su especial relación con las Musas. También se cuenta que Zeus se unió a Mnemósine nueve noches consecutivas y así engendró a las nueve Musas, que nacieron en un parto múltiple.
Mnemósine también era el nombre de un río del Hades, opuesto al Lete, de acuerdo con una serie de inscripciones funerarias griegas del siglo IV a. C. escritas en hexámetros dactílicos. Las almas de los muertos bebían del Lete para así no poder recordar sus vidas anteriores cuando se reencarnaban. Los iniciados eran animados a beber del río Mnemósine cuando morían, en lugar de hacerlo del Lete. Estas inscripciones podrían estar relacionadas con una religión mistérica secreta, o con la poesía de Orfeo.
Similarmente, a aquellos que deseaban consultar al oráculo de Trofonio en Beocia se les hacía beber alternativamente de dos fuentes llamadas «Lete» y «Mnemósine». Un procedimiento similar se describe en el mito de Er al final de La República de Platón.
Su equivalente romana era la diosa Moneta, aunque también se utilizaba su nombre griego.

Ermita del hereje

SABERES Y CONVICCIONES

 

Sé que las democracias son gran escenario voraz

que manipula con hilos silentes  la fe de la especie,

que detrás del retablo sollozan agrias marionetas,

que algunos prestidigitadores mueven las batutas

donde  pululan sueños como inconsciente general.

 

Sé que no somos más que pequeños pujos de amor

cuando los obuses y no las masas pintan la historia

y que figuras ubícuas enseñan clave del Down Jones,

esa parlotera campanilla que desde Bajo Manhattan

rubrica sentencias sin que tiemble ni una sola mano.

 

Sé que tengo timbre de poseso, que debería cultivar

papel moneda color esperanza y efigies de patriotas

para viajar de primera en crucero por los siete mares,

proclamando ahíto en prosa “qué pleno eres instante”

o que “mientras casco aguante pueden llover misiles”.

 

Sé que el calentamiento global funde los valores al ser

y cada noche se anotan especies con tinta…

Ver la entrada original 77 palabras más

Dos caminates encontraron un día en la arena una ostra que el oleaje acababa de lanzar a la orilla. Entrambos la devoraron con los ojos, se la muestran con el dedo; en cuanto al diente, surgió una agria disputa.
Agachábase ya uno para recoger la presa, cuando el otro le empuja y le dice:
-Falta por saber, amigo, cual de los dos disfrutará de este bocado; será el primero que lo haya visto, y el otro se contentará con mirarle.
-Si por esto ha de resolverse la diferencia -repuso su compañero-, a Dios gracias tengo muy buena vista.
-Tampoco yo la tengo mala, y juro por mi vida que yo la he visto primero.
-¡Pues si tu la has visto yo la he tocado!
En esto llega maese Glotón, y ambos le nombran juez de litigio. El dómine, gravemente, abre la ostra y la sorbe. Nuestros dos litigantes le contemplan asombrados. Terminada su comida, el juez improvisado les dice sentencioso:
-El tribunal decide daros a cada uno una valva, libre de costas, y que os separeís cada uno en paz con el otro.
Poned lo que cuesta litigar hoy en día; contad lo que luego les queda a muchas familias, y veréis que maese Glotón absorve los dineros, dejando únicamente a los litigantes las cáscaras y el saco.

Hace rato que encuentro tu mirada tirada en las baldosas de los patios,mirándome, persiguiéndome.

Decidí buscar más huellas mirándola y mirándote para comprender por fin que sos lo que creía y lo que creo que sos.

Hace un rato que el café quedó frío sobre la mesa y nadie quiso tomarlo y está muy bien.

Está muy bien.

Hay un retorno en el pensamiento del que quiere repetir y hay vacío inmenso en el de aquél que quiere olvidar.

Permiso conciencia. No voy a dejarte.

Podes iluminar,mas no retroceder el camino que estoy caminando…hoy es hoy y tu mirada también es parte de esta parte.

La ambigüedad obliga a elegir.

La elección trastoca el paso en pensamiento…y la verdad en estos casos no es preciso pensar, más bien sentir.

Hace rato…

Hace rato te siento.

el-tesoro-de-amale-salha-encuentra-26-perlas-en-una-ostra.jpg

 

Roberto Bubas
BUSCA TU PERLA

Sumérgete en el lago. Sus aguas te hostigarán al principio con su frío. Gélidas y punzantes como agujas de acero, intentarán desalentarte durante unos instantes que te parecerán eternos. No desesperes ni malgastes tu energía nadando hacia la orilla. Bucea hacia el corazón del lago, hacia el campo de ostras que cobija en su lecho de arena. Encuentra la tuya y ábrela. No te será difícil hallarla pues tiene en su coraza las cicatrices de todas tus batallas, y la perla que contiene es el fruto de las contingencias que has sabido enfrentar. ¿Puedes verla? Es tuya, tómala. Es la invaluable y única perla de tus dones.

de Awkan, El libro azul