Dos caminates encontraron un día en la arena una ostra que el oleaje acababa de lanzar a la orilla. Entrambos la devoraron con los ojos, se la muestran con el dedo; en cuanto al diente, surgió una agria disputa.
Agachábase ya uno para recoger la presa, cuando el otro le empuja y le dice:
-Falta por saber, amigo, cual de los dos disfrutará de este bocado; será el primero que lo haya visto, y el otro se contentará con mirarle.
-Si por esto ha de resolverse la diferencia -repuso su compañero-, a Dios gracias tengo muy buena vista.
-Tampoco yo la tengo mala, y juro por mi vida que yo la he visto primero.
-¡Pues si tu la has visto yo la he tocado!
En esto llega maese Glotón, y ambos le nombran juez de litigio. El dómine, gravemente, abre la ostra y la sorbe. Nuestros dos litigantes le contemplan asombrados. Terminada su comida, el juez improvisado les dice sentencioso:
-El tribunal decide daros a cada uno una valva, libre de costas, y que os separeís cada uno en paz con el otro.
Poned lo que cuesta litigar hoy en día; contad lo que luego les queda a muchas familias, y veréis que maese Glotón absorve los dineros, dejando únicamente a los litigantes las cáscaras y el saco.

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