instantepropicio

(fragmento)

(…) Por ello mismo la norma primera y más importante que debemos aceptar, si queremos darle la vuelta al orden de las cosas, es la libertad de las mujeres. La situación de las mujeres en la sociedad es la muestra más monstruosa de la pequeñez y estupidez de los hombres; y de las mujeres mismas. El hombre menosprecia profundamente a la mujer y la cortesía que le manifiesta es una expresión de la hipocresía cuyo fin es ocultar la esclavitud en la que la mantiene. ¿La mujer ideal? Chistes y artimañas conversacionales de risa contenida para ocultar su torpeza e impotencia intelectual, bordado de iniciales familiares en los pañuelos y canciones al piano, porque también ella, al fin y al cabo, tiene derecho a entretenerse, si hasta los perros les dejamos de vez en cuando ladrar sin un motivo evidente. Una o dos veces por semana las podemos sacar a la calle; y ahí en el anonimato de la masa, que exhiban su exclusividad de canario; que ahueque el ala nuestro acólito, nuestro lacayo acicalado, un bárbaro que mantenemos para divertirnos. Su ropa es la negación del sentido común, la moda la convierte en un ser de una sociedad primitiva en una exposición colonial: plumas en la cabeza, un amuleto dorado en el cuello, un rostro sembrado de polvo mágico, párpados de colores, los lóbulos de las orejas cargados con aros metálicos, los pies deformados por un calzado ritual, los poros cegados por los óleos y olores más caprichosos. Y de todo esto extrae orgullo: en los cerebros de los esclavos la vanidad es una manifestación de la existencia social.

¡Y solo estoy hablando de Europa! Eche un vistazo a otros mundos, eche un vistazo a los africanos, a los mormones, a los musulmanes! Un hombre tiene varias esposas, pero una mujer sólo un hombre. Poliginia si, poliandria no. Un padre tiene el derecho legítimo a matar a su hija si le disgusta, pero nunca a un hijo; éste puede matar a su hermana si le disgusta. La infidelidad se castiga con la lapidación, es lo que exige la tradición. ¡Pase por la calles de Túnez! La mujer en público no puede descubrir ni un solo centímetro de su cuerpo, ni un solo pelo, ni un solo resplandor de los ojos. Cubierta de pies a cabeza discurre por la vida como una vergüenza del género humano a la que hay que sepultar en vida. ¡Una calle llena de momias andantes! El velo y varias capas de tela la protegen de la putrefacción, aún debe cocinar y parir para su hombre. Y de todo esto su marido saca fuerza y gozo: cuanto más muerta esté mi mujer, ¡más fuerte es mi dios!
No pido la igualdad de derechos para las mujeres, hablo de libertad. La igualdad de derechos sólo es otra reorganización de la sociedad de los hombres, una nueva reforma: permitamos a las mujeres que se parezcan a nosotros, permitámosles convertirse en asesinas, estrategas, políticas, seres irresponsables y egoístas y anhelantes de poder. Decid a la mujer que puede matar, ponedle un fusil en la mano y se convertirá en una criatura tan sanguinaria y menospreciable como el hombre.
¿Igualdad de derechos para las mujeres? Nuestro antiguo canario se convierte en oveja. Deja de trinar y empieza a balar, entonces estaremos unidos en estulticia y falta de libertad. Es lo que hoy día piden los que reivindican esta nueva doctrina, este nuevo ídolo que llaman feminismo.
No, no demos igualdad de derechos a las mujeres, facilitémosles la libertad. El día que la mujer se haga libre, será el alba de la revolución, cuyas consecuencias apenas conseguimos imaginarnos. Una mujer libre significa el fin de la religión, de la que en su falta de libertad es la partidaria más diligente. La mujer libre significa el fin de la sociedad en la que el fuerte oprime al débil, el fin de la prostitución, física o moral, el fin de la violencia. La mujer es presagio de una nueva humanidad, un primer paso hacia la victoria de lo humano sobre la persona.
¿Es todo ficción? Quizá. Admito que nunca he sido un buen profeta. Pero mientras la mujer sea “diferente” del hombre
mi esperanza persistirá. El hombre ha fracasado en todo aquello que ha acometido, demos una oportunidad a la mujer.
Y antes que nada: ¡suprimamos el matrimonio! Exonerada de tirano -pedante o complaciente, riguroso o débil, indiferente o solícito- la mujer alcanzará la conciencia de sí misma. ¡El matrimonio! ¡Rossi tiene toda la razón! Si pudiera salvar a la humanidad de una sola calamidad, molestia, religión, cólera, peste, propiedad privada, guerras, gobiernos, parlamentos o paladines del despertar nacional, escogería el matrimonio: fuente de falta de libertad, hipocresía e imbecilidad.(…)

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