“LAMM”

Dejamos Berlín hace quince días, después de que el médico me pusiera al tanto del diagnóstico de Dagna. Se trata de una enfermedad terminal. Quiso hablar primero conmigo, me explicó que sería el más indicado para darle la noticia a mi esposa. Cuando le pregunté cuánto tiempo le quedaba me dijo que aproximadamente cinco meses, si todo iba bien, aunque podía ser mucho menos.
Volvía en el automóvil a casa, entre aturdido y colérico, y tomé la decisión de ocultar a Dagna el informe; resolví sacar los ahorros del banco y concretar la travesía por América que tanto habíamos postergado.
El avión nos llevó al aeropuerto de una ciudad llamada Neuquén. Allí nos esperaba el guía que había provisto la empresa en la que yo trabajaba: el señor Karl Meisnitzer. Era un judío alemán que vivía en Argentina desde hacía quince años. Aparentaba tener un minucioso conocimiento de la zona. Con Dagna veníamos de recorrer el camino del Inca. También sobrevolamos en avioneta las líneas de Nazca y luego fuimos hacia el sur en un vehículo especial hasta cruzar la frontera que separa Bolivia de Argentina. Compartimos la perplejidad de comprobar cómo la visión de la más absoluta pobreza también podía ser explotada como un atractivo turístico.
Ahora avanzábamos por la ruta en una camioneta todo terreno, atravesando una estepa que en algunos matices nos resultaba familiar. Karl iba dándonos información sobre los aspectos geológicos, climáticos. Y lo que nos interesaba aún más: describía a grandes rasgos las culturas indígenas que habían poblado la Patagonia, cuyas huellas en la actualidad se remitían a un puñado de asentamientos precarios. Le habíamos pedido especialmente que nos guiara por fuera de la ruta turística. No nos interesaban los centros vacacionales que habíamos visto en la folletería de la agencia de viajes, queríamos conocer de cerca la vida social en algún poblado virgen de europeos. Muchos de nuestros amigos habían venido hacia estas latitudes, pescado en los lagos, esquiado en las laderas nevadas, asistido a cotos de caza, y todo ello, testimoniado a través de sus fotos y filmaciones, nos había provocado cierta antipatía. Deseábamos conocer aquellos sitios en los que no se esforzaran por hacernos sentir como si todavía estuviésemos en Europa. Anoté en mi agenda los tres nombres que me indicó Karl, eran los pueblos que planeaba hacernos conocer. El primero se llamaba Chos Malal.
Llegamos a ese lugar antes del anochecer y quedamos alojados en un hotel que no tenía mucho que ver con la rústica fisonomía del pueblo. Nos explicó que, de alguna manera, no éramos los únicos que pretendían escaparse del circuito tradicional. Hablamos sobre los aspectos que diferenciaban a un turista de un viajero y reímos un poco. El lujo del hotel era elocuente. Mientras esperábamos, sentados en los sillones del hall, a que terminaran de prepararnos la habitación, tuve que sacar una vez más mi libreta porque Karl se anticipaba a contarnos las actividades que podíamos hacer en los dos días de estancia en Chos Malal. Había un museo —anoté media docena de nombres en mapuche, la lengua originaria de la zona—, senderos para recorrer a pie o en bicicleta, opción que descarté en los fueros de mi pensamiento por no poner en peligro la fortaleza que Dagna había demostrado hasta el momento. Quedaba lo que parecía ser el atractivo principal de la zona: la oportunidad de comer chivo al asador. Miramos a Karl con perplejidad y le preguntamos de qué se trataba. Él meditó un instante y finalmente, con cierto desencanto, nos confesó que no sabía cómo traducir la palabra “chivo” a nuestro idioma. Dijo que lo más parecido era lo que conocíamos como cordero. ¡Lamm!, pronunciamos al mismo tiempo con Dagna. Sí, pero cocinado de una manera especial, agregó.
Esa noche Karl se unió a nosotros en la mesa. Mientras compartíamos una tabla de quesos nos comentó que una de las heridas más tristes de aquella localidad tenía que ver con nosotros, los alemanes.
—En 1939 comenzó a hablarse de un complot según el cual el proyecto imperialista de Hitler llegaba hasta los confines de la Patagonia. Un periódico brasileño encabezó la denuncia de lo que luego fue llamada “la causa Müller”, que en pocas palabras propiciaba la ocupación nazi de estas tierras.
Jamás habíamos oído ni una palabra de aquello.
—Esto prosperó a medias —continuó Karl—, alcanzaron a llegar una decena de militares con sus familias y compraron algunas hectáreas, pero la derrota terminó dispersándolos. Por desgracia, durante el tiempo que estuvieron, pasaron algunas… cosas —señaló hacia la ventana del comedor que daba a la calle—. A pocos metros hay un campo, lo habrán visto, que fue adquirido por un general alemán de apellido Greiner. Construyó una casona que hoy no está, fue demolida por los lugareños. En ella Greiner, junto a los otros nazis que se estaban radicando en la zona, celebraban reuniones en las que ocurrían todo tipo de excesos. Después se supo que estaban vinculados con la comunidad secreta Vril, también conocida como la logia luminosa, lo cual explica en parte el motivo de sus prácticas en el afán de alcanzar la energía de la tierra, simbolizada por la serpiente Kundalini. Se servían de los paisanos que capturaban de noche, en los arreos, y practicaban el canibalismo con ellos. Además de otras atrocidades, supongo.
El cocinero fue a buscarnos a la mesa y nos condujo personalmente a un patio interno. Allí se estaba asando el chivito, diminutivo que usaban a menudo; un animal del tamaño y la forma de un perro grande, aferrado a una cruz metálica enterrada en el suelo, sobre un círculo de pequeñas brasas. “Al asador”, nos dijo señalando con el dedo. Karl, que en ese momento se acercaba hacia nosotros, explicó que era el nombre que se le daba a esa forma de cocción, y haciendo un gesto con la mano cerca de la boca nos dio a entender que el resultado iba a ser delicioso. Y en efecto lo fue. Tanto que, habiendo comido demasiado, me retiré de la mesa con un ligero malestar en el estómago. Dagna notó algo y me preguntó si me encontraba bien, pero le quité importancia al asunto y la tranquilicé tomándole la mano, mientras subíamos las escaleras camino a nuestra habitación.
Desperté sobresaltado en mitad de la noche. Me incorporé lentamente en la cama y consulté mi reloj, haciéndolo aparecer bajo un hilo de luz que la luna llena inmiscuía a través de los postigos de la ventana. Eran las cinco y media de la mañana.
Sabía que Dagna tenía el sueño muy profundo por los medicamentos que estaba tomando, y por ese motivo no tuve reparos en levantarme, abrigarme y salir. Sentía enormes ganas de fumar. Aquellas pocas horas de sueño me devolvieron a la vigilia como impulsado por un resorte. Pensé que podía tratarse de alguna pesadilla, de esas que luego no podemos recordar y que nos alteran al punto de obligarnos a abrir los ojos. Abajo encontré a un muchacho de rasgos aindiados, posiblemente el encargado de guardia. Sentado frente a un escritorio, pasaba las hojas de una revista de historietas. Tosí. Cuando me prestó atención intenté indicarle a través de unas señas que tenía la intención de salir por un momento. No obtuve ningún tipo de respuesta, sin embargo sus pequeños ojos no se apartaron de los míos hasta que di media vuelta y traspuse la puerta que daba a la calle de tierra.
Afuera estaba Karl, sentado sobre un palenque de madera parecido a los que se ven en los westerns norteamericanos. Nos saludamos con naturalidad, como si el hecho de encontrarnos, dos alemanes, a esas horas y en ese lugar, fuese absolutamente común.
—No podía dormir. Me temo que el… chivito —dije luego de recordar el nombre— no me ha caído muy bien.
—Lo lamento. Algunas comidas son más indicadas para digerir durante el día, pero esta gente nos espera siempre con el asado para la noche. Creo que tienen miedo de la competencia —se rió—. Es que en el pueblo, además del hotel, hay un pequeño restaurante y se disputan a los clientes.
—¡Se disputan los euros! —reí, y provoqué su risa.
—Usted se imagina que no podemos estar todos los días comiendo lo mismo.
Le di la razón, aunque en el fondo estaba seguro de que mi desvelo no tenía que ver sólo con la comida. Era lo más fácil que se me había ocurrido para explicar mi situación. Sentí un profundo bienestar cuando lo vi sacar un cigarrillo y encenderlo. Me convidó uno.
Karl expulsó el humo con prolijidad y me señaló con el dedo un sitio indeterminado en la oscuridad, explicando que allí, donde se visualizaba la fronda de sauces, era el lugar en el que había estado emplazada la casa de los nazis.
No me interesaba saber mucho más de aquella historia ni tampoco saber qué hacía Karl allí. Quizás espera a alguien, pensé, pero el silencio helado de la cordillera me llevó a descartar esa posibilidad. Un silencio que sólo era interrumpido por el ladrido de algún perro y el crepitar de nuestros cigarrillos. Imaginé que una caminata breve, mientras terminaba de fumar, me ayudaría a recobrar el sueño, así que lo saludé y le expliqué que volvía en un momento. Contra lo que suponía, Karl no me dio ninguna recomendación.
Caminé unos metros por la ancha calle de polvo y piedras hasta dejar atrás la última casa. A uno y otro lado se adivinaban algunos álamos apiñados. Miré en dirección a los sauces que había mencionado Karl. Al principio parecían ser unos bultos blancos que oscilaban al ras del suelo. A medida que me fui acercando a ellos, las imágenes fueron cobrando nitidez hasta revelarse como un grupo de animales desperdigados por ese terreno que había sido propiedad de los militares. Me rehusaba a llamarlos alemanes.
Eran chivos, o corderos, no podía distinguir la diferencia. Volteé hacia donde estaba el hotel, que había quedado unos doscientos metros atrás. El edificio de tres pisos tenía todas las luces de las habitaciones apagadas. Nuestro balcón también estaba a oscuras. Me pregunté si Dagna estaría asomada en aquel preciso instante, espiándome, ya que a la distancia, y por los colores chillones de mi campera, era muy posible que pudiera reconocerme.
Seguí avanzando hacia un alambrado que tenía cerca. Al verme caminar hacia ellos, los animales detuvieron su masticación y quedaron petrificados, observándome. Apoyé los brazos sobre un poste que estaba a la altura de mi cintura, y recién en ese momento, tan cerca de ellos, sentí que el malestar que me había poseído desde que abrí los ojos, unos minutos atrás, comenzaba a disiparse. En realidad le abría paso a otro tipo de estado.
De pronto, como si todo el viaje hubiese caído sobre mis espaldas, las comidas típicas, los aromas y sonidos primitivos, desde Perú hasta el fin del mundo, mi estómago y mi cabeza comenzaron a agitarse de una manera convulsiva, sin dolor, pero con la lógica de una erupción volcánica. No tuve tiempo siquiera para asustarme. Un zumbido acompañado de una fuerte presión sobre las sienes fueron el prólogo de lo que sentí en mi pecho después. Con un ruido ronco, el magma expulsado de mis entrañas trepó hasta chocar contra la pared interna de mis dientes; abrí la boca en dirección al suelo y perdí en poco tiempo todo lo que contenía mi estómago. Miré entre jadeos hacia donde estaban los animales. Seguían inmutables.
Los síntomas desaparecieron. Me limpié la boca con la manga de la campera y me sequé las lágrimas. El vómito formaba un charco sobre la tierra, y la luz plateada que inundaba el cielo nocturno le proveía la blancura de la leche. Dentro de él, algunos restos sólidos se sobresalían como las islas de un archipiélago. Algo circulaba entre ellos, unos puntos negros, pero no quise agacharme para averiguar qué era. Hormigas tal vez. Todo lo que importaba era dejar ese lugar, volver a mi habitación y desde la cama imaginar nuestro viaje de regreso. Desanduve el camino. Corriendo casi. Karl ya se había ido.
En la habitación encontré a mi mujer con la boca y los ojos exageradamente abiertos. Una de sus manos se crispaba apretando el borde de la sábana que había caído al piso. Cinco meses si todo va bien, tal vez menos.
Toqué su frente helada y salí al balcón. Tiritaba, presentía que iba a perder el conocimiento de un momento a otro. Afuera, en número cada vez mayor, unos bultos blancos se reunían en torno al poste que me había servido de apoyo, se disputaban algo.

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