Por Jorge Ruedlinger
Remitente Patagonia

A unos 26 kilómetros al sur poniente de la Isla Grande de Chiloé está la Isla Guafo. De contorno irregular, tiene una superficie de unos 170 kilómetros cuadrados.

Es una isla casi virgen, que posee vertientes y lagunas de agua dulce y una biodiversidad de alto interés científico única en el mundo.  En un 70% está cubierta por bosque nativo de coigue, mañío, tineo y otras. La pueblan muchas aves como petreles, fardelas y pingüinos de Magallanes. El mar circundante es área de vida y alimento para las ballenas jorobadas y azules, lobo fino austral, nutria de mar y delfines.

Por el año 1910 y en un lugar costero cercano al actual del muelle, faro y estación meteorológica de la armada, la sociedad Ballenera AS Pacific, liderada por dos hermanos noruegos, August y Soren Christensen, instaló una planta faenadora, una filial de la que ya tenían en la isla de San Pedro, al nororiente.  

Era gente dura en un clima hostil, en donde la mano de obra se recibía sin hacer demasiadas preguntas. La actividad depredadora no sólo alcanzó a las ballenas, sino también a las loberías, en donde la presa favorita eran los lobeznos, por su piel. Eran ultimados a golpes. Los viejos marinos chilotes contaban que las lobas gemían igual que una mujer a la que le masacraban sus hijos.

Había pocas diversiones allí, y en las largas noches y domingos de lluvia y frío sólo el vino, el aguardiente y los naipes amenizaban el ocio. En los barcos habían llegado ratones, y los capturaban en aquellas antiguas jaulas de compuerta donde el animal quedaba atrapado por conseguir una carnada, le envolvían en la cola una tela impregnada en combustible, la prendían y los soltaban. Si luego se salvaba de los puntapiés, el pobre animal iba a morir lejos.

Tal fue el destino de un ratón en una noche de verano de 1912. Luego del jolgorio, la gente se fue a acostar.

Ese fue el último ratón.

Se presume que fue a morir bajo la leña adosada a la cocina. Cuando alguien alertó del incendio, apenas pudieron salvar con vida. Las grandes construcciones eran de madera, unas junto a otras o unidas por pasadizos de madera para capear el clima. El devastador incendio acabó con todo, y la empresa decidió no reconstruir.

¿A cuántos cientos o miles de ballenas y lobos salvó ese incendio?

Ciertamente, si algún día esos animales forman un sindicato, lo primero que deberían hacer es levantarle un monumento a ese ratón. 

Hoy, el hábitat de las ballenas y lobos y la isla misma pueden verse afectados. Aquellos por el intenso tráfico marítimo que supondría la explotación del carbón y ésta porque tal “labor productiva” arrasará en  un 40% la superficie de la isla por parte de la firma South World que ha confirmado la compra de las pertenencias mineras. La Federación Huilliche de Chiloé ha expresado su preocupación ya que la isla ha sido usada históricamente por esa etnia como refugio durante faenas de pesca.

Contra estos nuevos depredadores, ¿habrá otro ratón que salve a la Isla Guafo?

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