Archivos para el mes de: febrero, 2013

DESPÓTICAS CURIOSIDADES:

Lo que es inimitable en el autócrata es su sentido candoroso del poder. Después de todo, los déspotas son menos cínicos que crédulos. Ved, por ejemplo, esta anécdota en las “Memorias de Shostakovich”: un general de Nicolás I tenía una hija; ésta se casó con un húsar en contra de la voluntad de su padre. Éste pidió al zar que tomara cartas en el asunto, y Nicolás I promulgó de inmediato dos decretos: el primero anulando el matrimonio y el segundo ¡restableciendo la virginidad de la muchacha!
Simon Leys.
Nicolas I

REVANCHA.

Me miras, reconozco esa mirada indiscreta.
No me daña, no me preocupa,
no me produce reacción.
La vida lo hizo.
Magnifiqué tu ser y en mi error te amé con locura,
a más no poder.
Me reconozco ahora pero no a vos…
ya no creo en tus palabras porque son el eco
de un pasado que no quiero oír.
Me entrego a la distancia que nos separa.
He sido una heroína en mis sueños,
me he visto fantástica.
Así que, hombre del pasado,
esa es mi revancha.
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EL PUMA Y EL PASTOR – Pablo Rojas Paz

El alba era una ceniza de luz en el aire. Como en la elevación de la misa, el sol de dorada blancura subía repintando de rojo el perfil de los montes. La noche se iba de puntillas y la luz era una insinuación morada en el leve relumbre de la escarcha. Un rumor de himno surgía del seno profundo de las cosas. Con voces de mar lejano la brisa del alba venía despertando el paisaje. Los árboles se limpiaban de sombras y se escuchaba el balido de los hatos cercanos. De pronto, de dentro del rancho salió una voz amanecida secreteada.

-Hijo, hay que traer las cabras al corral.

El chango se restregó los ojos, se calzó sus ojotas, se metió su poncho cortón, se puso su sombrero y partió. La mañana triunfante se alegraba en las flores nuevas de aquella primavera precoz. Lauro extrajo de su flauta de caña el son favorito. Y los altos montes se lo devolvieron en mil ecos repetidos. La luz iba colgando banderolas en la copa de los árboles más altos. Había un penetrante olor a menta, a poleo, a cedrón, a malva. Los balidos eran cada vez más cercanos. El desparramado rebaño iba juntándose al amparo de la música al igual que las nubes empujadas por el viento. Un pájaro en un molle contaba su dicha y la del agua recibiendo la luz. Las abejas eran pequeños resplandores de oro sobre las diminutas flores silvestres. Los torrentes acrecentaban sus rumores con la luz de la mañana.

Lauro se detuvo para observar los movimientos de una serpiente que se arrastraba entre las piedras. Cuando el pastor moduló en su flauta los cristalinos sones, el ofidio detuvo su andar e irguió la cabeza para escuchar mejor. Y fue así que el paisaje y su vida eran una música atenta. La brisa correteaba en los pastos. A lo lejos cantaba la perdiz. Toda la dulzura del mundo se había hecho matiz en la flor, zurear en la paloma, frescura en el pastizal, suavidad en el helecho, canción apenas modulada de la brisa en las altas copas. Y toda esa dulzura musical y perfecta parecía anidarse en la flauta del pastor.
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Un súbito bramido rasgó la calma musical del paisaje. Lloró la paloma y se aquieto el arroyo. En el azul añil apresuraban su viaje las nubes de nácar. Las cabras asustadas se dispersaban entre confusos balidos. Un puma había saltado desde la espesura hacia el breñal. Un nuevo bramido fue trueno rebotando en los collados. El miedo pánico cristalizó el aire. A Lauro, el pequeño pastor, le impresionaron por igual el bramido y el tamaño de la fiera. “Hoy vi un gato grande”, le había dicho a la madre la vez primera que viera un puma. Y le tiró un hondazo; la fiera se enardeció al recibir la pedrada en la frente. Pero Lauro se acercó resueltamente, y recogiendo una piedra del suelo se la arrojó para ahuyentarlo. La fiera describió un arco en el aire y cayó sobre Lauro desgarrándole el pecho de profundas heridas. El pequeño pastor lanzó un grito profundo y desesperado que el aire cristalino llevó a la lejanía.

La madre de Lauro, que yacía enferma de chucho, oyó el grito y presintió todo. La propia desesperación le dio fuerzas inauditas. Se levantó de la cama ardida de fiebre. Tomó unas boleadoras y un puñal que fueran de su marido. Se echó un poncho a los hombros y partió hacia el punto de donde venían los rumores. Su denuedo se enardeció más cuando vio que el puma estaba bebiendo la sangre del muchacho que lanzaba gemidos estertóreos. Aquella mujer se convirtió en un grito penetrante, agudo, surgiendo del seno profundo de la tierra e irguiéndose hasta el cielo: “¡Mhijo! ¡Mhijo!” Y avanzando hacia el puma le clavó tres veces el puñal en el lomo. El animal se irguió para abalanzarse sobre la mujer. Y ésta le tiró las boleadoras a la cabeza. El cráneo del puma resonó con los golpes de la piedra, pero esto no impidió que llegara de un manotazo al pecho de la madre, quien, a su vez, pudo clavarle el puñal junto al corazón.

Al son de la flauta y el bombo los llevaron a enterrar al filo de la madrugada. Los niños pastores hicieron unas andas con sus toscos cayados, y en ellas, sobre el cuero del puma, pusieron los despojos de Lauro. Una estrella federal de sangre y fuego creció perenne junto a la cruz. Sobre la tumba de la madre lloró por siempre la bumbuna.

El bramido del puma y el llanto de la paloma, el gemir del pastor y el grito de la madre, se disolvieron para siempre en la música montañesa. Y a la hora en que la tarde es una niña dormida a los pies de la luna, un sutil canto de flauta borbotea como un ojo de agua en la quietud fragante.

PABLO ROJAS PAZ, El caballo del ciego, y otros cuentos. Buenos Aires, Huemul, 1970

“Las manos” (Cuento) de Enrique Anderson Imbert
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En la sala de profesores estábamos comentando las rarezas de Céspedes, el nuevo colega, cuando alguien, desde la ventana, nos avisó que ya venía por el jardín.
Nos callamos, con las caras atentas. Se abrió la puerta y por un instante la luz plateada de la tarde flameó sobre los hombros de Céspedes.
Saludó con una inclinación de cabeza y fue a firmar. Entonces vimos que levantaba dos manos erizadas de espinas.
Trazó un garabato y sin mirar a nadie salió rápidamente.
Días más tarde se nos apareció en medio de la sala, sin darnos tiempo a interrumpir nuestra conversación. Se acercó al escritorio y al tomar el lapicero mostró las manos inflamadas por las ampollas del fuego.
Otro día -ya los profesores nos habíamos acostumbrado a vigilárselas- se las vimos mordidas, desgarradas. Firmó como pudo y se fue.
Céspedes era como el viento: si le hablábamos se nos iba con la voz.
Pasó una semana. Supimos que no había dado clases. Nadie sabía donde estaba. En su casa no había dormido.
En las primeras horas de la mañana del sábado una alumna lo encontró tendido entre los rododendros del jardín. Estaba muerto, sin manos. Se las habían arrancado de un tirón.
Se averiguó que Céspedes había andado a la caza del arcángel sin alas que conoce todos los secretos. Quizá Céspedes estuvo a punto de cazarlo en sucesivas ocasiones. Si fue así, el arcángel debió de escabullirse en sucesivas ocasiones. Probablemente el arcángel creó la primera vez un zarzal, la segunda una hoguera, la tercera una bestia de fauces abiertas, y cada vez se precipitó en sus propias creaciones arrastrando las manos de Céspedes hasta que él, de dolor, tuvo que soltar. Quizá la última vez Céspedes aguantó la pena y no soltó; y el arcángel sin alas volvió humillado a su reino, con manos de hombre prendidas para siempre a sus espaldas celestes.
Vaya a saber!

ACERCA DEL GUSTO.+

Algunos juicios no condenan más que a su autor. Cuando Wagner reprocha a Mozart su “falta de seriedad” no nos dice nada esclarecedor sobre Mozart, sino que, por el contrario, hace que descubramos de golpe de qué pie cojea Wagner.

Pero a veces un hombre de gusto puede rechazar una obra de calidad por una razón perfectamente respetable y conmovedora. El principe de Ligne poseía un cuadro de Salvator Rosa que representaba un desierto; se deshizo de él, pues le parecía que “un cuadro sin figuras se parece al fin del mundo”. El príncipe de Ligne amaba verdaderamente a sus semejantes, y precisamente por eso seguimos encontrándolo adorable. “El mal gusto lleva al crimen” decía Sthendal. No es falso, pero a esto habría que añadir que el buen gusto no lleva a menudo más que al salón de Madame Verdurin. El buen gusto tiene eso en común con el humor y la santidad, que no es posible alcanzarlo por medio de un esfuerzo de la voluntad: a partir del momento en que toma conciencia de sí mismo, se acabó. Por ejemplo, el gusto realmente muy exquisito, sabio e impecable de Bruce Chatwin acabó llevando a este talentoso “poseur” a lo más alto del ridículo. “El colmo de la pesadilla -dijo un día (sin reirse)- sería para mí tener que pasar una noche encerrado en la sala de los grandes Rubens de un museo”. Permítaseme que me carcajee.

Por contraste, qué tonificante resulta la reacción de W.H. Auden: mientras visitaba la villa toscana del gran connaiseseur, esteta e historiador (y traficante) de arte Bernard Berenson, donde cada pintura, cada cogadura, cada mueble, cada vaso y cada bidelot desmepeñaba su papel en la perfecta armonía de conjunto de formas y de colores, el poeta inglés dijo que le faltaba un último toque, y sugirió añadir sobre el sofá del salón un cojín de raso malva bordado con una inscripción en oro que dijera: “Recuerdo de Las Vegas”. Notad a este respecto que, a menudo, los pintores de genio abominan del buen gusto: Degas por ejemplo, lo consideraba un vicio; pero ya he aludido a esta cuestión en otra parte, y no querría repetirme aquí.
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Los límites de nuestro gusto definen nuestra sensibilidad de manera más clara y precisa de lo que podrían hacerlo nuestras predilecciones. La vieja amiga de Gide, “La Petite Dame” (María van Rysselberghe), refiere en sus apasionantes “Cuadernos” (mucho más llenos de vida que el Diario de su ilustre cómplice, pues, a diferencia de éste, ella era capaz de prestar verdadera atención al prójimo, cualidad no menos indispensable que la inteligencia, para quien lleva un diario íntimo) que a Malraux no le gusaba nada Montaigne y que, por lo demás, confesaba conocerlo muy mal. Gide atribuía esta reveladora falta de interés al hecho de que, en Montaigne, no se pone de relieve el heroísmo. (En otro lugar la Petite Dame revela que a Gide no le gustaban las películas de los Hermanos Marx, pero no saca ninguna conclusión de ello). Por una razón probablemente parecida a la que le alejaba de Montaigne, Malraux rezongaba ante la lectura de Proust, cuya empresa le pareciía bastante vana, ” la construcción de un monumento absurdo en un universo irrisorio” (Ya Claudel había tenido una reacción muy parecida: “Hay otras cosas en la vida aparte de ese pueblo de ociososy de sirvientes”) y le confiaba a Roger Stéphane: “Poned a lord Jim al lado de Guermantes, y veréis como se carga toda la porcelana” (Dicho sea entre paréntesis, esta última frase delata un curioso contrasentido en la interpretación del personaje de Conrad: lejos de ser heroico, este último es un soñador incurable, un veleidoso paralizado en el momento de la acción; y a uno le cuesta imaginarse a lord Jim rompiendo la vajilla en casa de los Guermantes).

Los juicios inapelables y las condenas arbitrarias acompañan habitualmente el ejercicio del genio creador, y no son de extrañar, pues, en el caso de un Malraux o de un Claudel. Lo que resulta chocante, en cambio, es encontrar esa falta de gusto en un crítico. Así, La Petite Dame, una vez más, nos informa de que Charles Du Bos no apreciaba a Mozart, y que no le gustaba Daumier (ni Balzac). ¡Da vértigo! Daumier y Mozart: ambos no tienen NADA en común, aparte de la enérgica autoridad de su genio. Una sensibilidad que consigue simultáneamente excluir a uno y otro de su campo de visión debe de adolecer de un ángulo muerto cuyo grado de obtusidad es realmente asombroso.

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CASIOPEA era la esposa del rey Cefeo de Etiopía y madre con él de Andrómeda, cuya belleza ella ensalzaba por encima de la de las Nereidas. Este orgullo fue la causa de todas sus desgracias, pues Poseidon tras las órdenes de Zeus envió al monstruo Ceto al país que devastó sus tierras, y al que Andrómeda atada a una roca iba a ser entregada sacrificada para salvar a estas tierras.

Perseo se enamora con locura de la joven cautiva y antropomorfica a Medusa para vencer a la bestia. Perseo, logra matar a la bestia y acepta casarse con Andrómeda para que los dos quedaran rey y reina de la nación de Argos tras la muerte de Casiopea y la de Cefeo. Casiopea alardeaba de superar a las Nereidas en belleza, y por esta razón se le representaba, cuando era situada entre las estrellas, como vuelta de espaldas. En unas imágenes está sosteniendo un espejo, símbolo de su vanidad, mientras que en otras sostiene una hoja de palma, un simbolismo que no está aún esclarecido.

Casiopea es una de las constelaciones compiladas en el catálogo estelar de Tolomeo, el “Almagesto”, del siglo II, fácilmente reconocible por sus cinco estrellas brillantes que forman una “M” sobre el horizonte norte. Señala a la estrella Polar apuntando desde sus extremos de la M o W, tiene al otro lado al Gran Carro de la Osa Mayor.

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DOLOR DE MUNDO. Silvia Etchaide. Foto: Silvia Etchaide.

Dolor de mundo me escupís el cuerpo
me decepcionas la suerte.
Me acostás sobre el lodo y yo estiro
los brazos, le grito al infierno, cierro los puños
porque no te deseo.
No te abrazo, camino descalza en el fuego
por vos y no me quemo.
Dolor de mundo me llamas
y no me encuentro para vos.
No me convenzo, mi amor te destruye
es mi guarida, mi encierro.
…la luz que me desnuda no es tuya,
es del deseo…
…los brazos que me cubren son cálidos
como de viento…
Dolor de mundo en el carajo guardo el miedo.
Hay muchos como yo que no se paran,
que sienten la energía, que te destruyen
llegando a las lindes del pensar…
Que no te tienen miedo.
Dolor de mundo agobiante, enfermo,
decepcionas mi suerte.
sacudís mis sueños y acá estoy, detrás de los espejos…
Siempre te sorprendo.
Y no te des vuelta nunca,
a lo mejor te beso.

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de Mariela Flores Torres.

Tres razones. Tres canciones.
“Una jaula fue a buscar a un pájaro”. F. Kafka

A veces es la culpa la promotora del llamado. Otras, el simple deseo indómito, es que gozar es tan parecido al amor. Pero, hay al menos una tercera razón, y es la de querer seguir conectado. Más aun: mantener el vínculo a costa de uno mismo, del otro y de todos. Mantener el vínculo por qué, no sé, pero mantenerlo, mantener el vínculo cómo, ni idea, pero estar presente y esperar que el otro lo esté.
Ambigüedades como esas de querer sin querer.
Eva quiere sin querer a Adrián. Ella está con él porque aún no se ha enamorado nunca, pero como no conoce al amor siente que sí. Cree que estar enamorada es eso de estar con alguien porque sí y vivir un proyecto. Y así ella transcurre. Él, en cambio, la ama. Él no puede despertarse sin amar.
Julia quiere sin querer a Damián. Y aunque ella ya no está con él, sigue dramáticamente enamorada. Julia tiene el corazón hecho añicos. Ella quiere olvidarlo pero sigue flotando entre rechazos.
Un(a ve)z fue y volvió.
Me gustaría ser ave para ser libre.
Me gustaría ser ave para ir y volver.
Me gustaría ser ave para buscar mi propia jaula.
Un- a-ve(z) fue a buscar su jaula
de flores.
Ave, Eva, Julia, jaula.

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Soy breve.

 

Mi extensión coincide al término de tus palabras.

Mi capacidad extingue en la punta de tus dedos en donde culmina tu abrazo.

Me recuesto en mi hombro para recordarte un instante… mi visión se opaca ante el brillo de la claridad de tu mirada…y si sigo más allá ya no estarás.

Dualidad extraña la de mi pasión acongojada en este día caluroso.

Es un ensayo del amor, somos curiosos, somos alborotados.

Debo ser breve para sentirte antes que te alejes nuevamente.

Debo ser el contorno consciente de tu paisaje para que cuando ya no esté puedas mirarme y pueda seguir siendo tu abrazo.

Mi coherencia me despide.

Mi aire se reduce a tu respiración que no encuentro y es que soy breve como la expiración del aire que me mata si no lo advierto.

Soy la espuma que se deshace en la orilla del mar que no puedo ver.

 Solo eso.

Soy tan breve como la vida.

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SIETE PERPETUIDADES
de Editorial Argenta

Hay siete perpetuidades en mi esencia.

En el rincón de mi oreja
se esconde la primera.
Dulce olor marchito en el lóbulo que cuelga
el silencio y el sonido,
como péndola de lo que se recuerda.
La segunda como estampilla
es un grabado en la azotea;
mis ojos dos estanques
con gotas siempre en sus vidrieras.
La palma de mi mano
es la tercera.
Manchada con tinta
y en el centro de su muñeca
un estambre de hilos
que urden con sangre las letras.

Hay siete perpetuidades en mi esencia.

La cuarta de ellas
se encuentra en la cabeza.
Es cruel cuando emite ideas,
cuando alucina o cuando piensa.
Le gusta sentirse libre
a pesar de que en mí es presa.
La derecha de mi pecho
envuelve la quinta perpetua.
Una especie de baúl
carcomido por la existencia,
anida en un hondo resquicio
plagado de ramas, redes y puertas;
una caracola parece su vestíbulo,
anticuario con viejas perlas.

Hay siete perpetuidades en mi esencia.

La sexta.
¡Ay, la sexta!
¡La perforación en mi costado,
la válvula que me alimenta!
El aire que respiro,
fogonazo para no perder la pelea.
El limbo de mi caída
es la séptima esencia.
La boca por la que supura
la herida que no cierra,
la vertiente por la que desciende
el calvario de mi pena,
la ponzoña que adormece,
el bálsamo de mi anestesia.

Hay siete perpetuidades.
La octava es tu ausencia.