ACERCA DEL GUSTO.+

Algunos juicios no condenan más que a su autor. Cuando Wagner reprocha a Mozart su “falta de seriedad” no nos dice nada esclarecedor sobre Mozart, sino que, por el contrario, hace que descubramos de golpe de qué pie cojea Wagner.

Pero a veces un hombre de gusto puede rechazar una obra de calidad por una razón perfectamente respetable y conmovedora. El principe de Ligne poseía un cuadro de Salvator Rosa que representaba un desierto; se deshizo de él, pues le parecía que “un cuadro sin figuras se parece al fin del mundo”. El príncipe de Ligne amaba verdaderamente a sus semejantes, y precisamente por eso seguimos encontrándolo adorable. “El mal gusto lleva al crimen” decía Sthendal. No es falso, pero a esto habría que añadir que el buen gusto no lleva a menudo más que al salón de Madame Verdurin. El buen gusto tiene eso en común con el humor y la santidad, que no es posible alcanzarlo por medio de un esfuerzo de la voluntad: a partir del momento en que toma conciencia de sí mismo, se acabó. Por ejemplo, el gusto realmente muy exquisito, sabio e impecable de Bruce Chatwin acabó llevando a este talentoso “poseur” a lo más alto del ridículo. “El colmo de la pesadilla -dijo un día (sin reirse)- sería para mí tener que pasar una noche encerrado en la sala de los grandes Rubens de un museo”. Permítaseme que me carcajee.

Por contraste, qué tonificante resulta la reacción de W.H. Auden: mientras visitaba la villa toscana del gran connaiseseur, esteta e historiador (y traficante) de arte Bernard Berenson, donde cada pintura, cada cogadura, cada mueble, cada vaso y cada bidelot desmepeñaba su papel en la perfecta armonía de conjunto de formas y de colores, el poeta inglés dijo que le faltaba un último toque, y sugirió añadir sobre el sofá del salón un cojín de raso malva bordado con una inscripción en oro que dijera: “Recuerdo de Las Vegas”. Notad a este respecto que, a menudo, los pintores de genio abominan del buen gusto: Degas por ejemplo, lo consideraba un vicio; pero ya he aludido a esta cuestión en otra parte, y no querría repetirme aquí.
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Los límites de nuestro gusto definen nuestra sensibilidad de manera más clara y precisa de lo que podrían hacerlo nuestras predilecciones. La vieja amiga de Gide, “La Petite Dame” (María van Rysselberghe), refiere en sus apasionantes “Cuadernos” (mucho más llenos de vida que el Diario de su ilustre cómplice, pues, a diferencia de éste, ella era capaz de prestar verdadera atención al prójimo, cualidad no menos indispensable que la inteligencia, para quien lleva un diario íntimo) que a Malraux no le gusaba nada Montaigne y que, por lo demás, confesaba conocerlo muy mal. Gide atribuía esta reveladora falta de interés al hecho de que, en Montaigne, no se pone de relieve el heroísmo. (En otro lugar la Petite Dame revela que a Gide no le gustaban las películas de los Hermanos Marx, pero no saca ninguna conclusión de ello). Por una razón probablemente parecida a la que le alejaba de Montaigne, Malraux rezongaba ante la lectura de Proust, cuya empresa le pareciía bastante vana, ” la construcción de un monumento absurdo en un universo irrisorio” (Ya Claudel había tenido una reacción muy parecida: “Hay otras cosas en la vida aparte de ese pueblo de ociososy de sirvientes”) y le confiaba a Roger Stéphane: “Poned a lord Jim al lado de Guermantes, y veréis como se carga toda la porcelana” (Dicho sea entre paréntesis, esta última frase delata un curioso contrasentido en la interpretación del personaje de Conrad: lejos de ser heroico, este último es un soñador incurable, un veleidoso paralizado en el momento de la acción; y a uno le cuesta imaginarse a lord Jim rompiendo la vajilla en casa de los Guermantes).

Los juicios inapelables y las condenas arbitrarias acompañan habitualmente el ejercicio del genio creador, y no son de extrañar, pues, en el caso de un Malraux o de un Claudel. Lo que resulta chocante, en cambio, es encontrar esa falta de gusto en un crítico. Así, La Petite Dame, una vez más, nos informa de que Charles Du Bos no apreciaba a Mozart, y que no le gustaba Daumier (ni Balzac). ¡Da vértigo! Daumier y Mozart: ambos no tienen NADA en común, aparte de la enérgica autoridad de su genio. Una sensibilidad que consigue simultáneamente excluir a uno y otro de su campo de visión debe de adolecer de un ángulo muerto cuyo grado de obtusidad es realmente asombroso.

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