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LA MUJER DEL VIENTO.
Por Héctor Raúl Ossés
Remitente Patagonia

Me pregunto cuándo se trazó la línea divisoria; cuál es el origen de ese rencor ancestral, de esa desconfianza de género; me gustaría saber qué cataclismo atávico generó esta frontera entre el varón y la mujer. Cuándo apareció la superioridad masculina junto con el desdén por la mujer. En qué momento, en qué remolinos, en qué convulsión de la humanidad, el varón se quedó con el poder (si es que alguna vez existió el matriarcado).
En alguna parte del planeta, si se nace mujer, se la descarta. En alguna parte de este planeta, hoy mismo, se acostumbra extirpar el clítoris y labios mayores y menores. Buena parte de la humanidad vendaba los pies fracturados de las niñas para que crecieran sólo hasta el punto exacto que las hacía atractivas al gusto de los hombres.
Todos los días hay una noticia de femicidio. Hay varones que no matarían una mosca pero que —sin embargo— son capaces de golpear y son capaces de matar a una mujer. Algunas veces la infidelidad —presunta o verdadera— se cobra al contado en la piel y en los huesos de la mina*. Y no hablo de ningún varón en particular ni de ningún grupo en especial. El mandato está entre los pliegues y repliegues del inconsciente. No es lo mismo la vieja, que una mina. Cuando se escribió que la mujer salió de una costilla del varón ya hacía mucho tiempo que el poder estaba en manos de los hombres.
El Día Internacional de la Mujer, un porcentaje en el parlamento, todas las leyes de igualdad de género van mitigando, de a poco, el furor masculino. Hablo de América Latina en especial; pero cito también la Ley Integral contra la violencia de género que se votó en España. Sobre África, alcanza con ver la película “Flor del Desierto” acerca de la modelo que planteó en las Naciones Unidas la castración genital femenina.
Necesitaríamos un SúperFreud que acostara a la mismísima Humanidad en el diván.

La bisabuela Juana.

En 1910 una mujer, mi bisabuela, condujo una migración entre Las Lajas (Neuquén) y Cañadón Verde (Santa Cruz). Eran los Mendoza. Viajaron a lo largo de lo que hoy sería la Ruta 40, el camino de los pueblos originarios. Acompañada por el cometa Halley, y por sus hijos Clodomiro, Carmen, Juan, Florentino; y Delmira, Aurora, Zoila, Elcira; arrearon vacas y ovejas y caballos para poblar la Estancia Sol de Mayo, que todavía existe en Paso Roballos. Juana Ortega de Mendoza fue el punto de unión entre todos esos muchachos y muchachas, entre todas las reses, los carros y las carretas. Y ella se instaló como una reina en la casa principal de Sol de Mayo.

El viaje de María Stich.

En una nota del año 2008 cité por primera vez a María Stich y su receta del strudel[1] con los ingredientes que permite la escasez. Era una receta nacida de las privaciones pero plena de amor, de sencillez. Porque un strudel puede ser más que sus ingredientes.
María nació en San Julián en 1915. Al estallar la guerra, su esposo —maestro de alemán— se alistó como voluntario. Así que junto con María y los hijos de ambos se instalaron en Europa; pero fueron perdiendo contacto a raíz de la generalización del conflicto. Entonces María decidió volver a la Argentina, probablemente sin decirle nada a él. Deambuló por Francia y parte de Alemania: me contaron que en ocasiones amarraba a sus hijos a la cintura para no perderlos entre las aglomeraciones de los refugiados.
De regreso a la Patagonia, instalada en el hotel Avenida sobre la ruta de ripio entre San Julián y Gobernador Gregores, durante muchos años cocinó para los viajeros. A la noche, me dice Estela Stich, solía fascinarlos con historias de la guerra. Dejó un libro escrito; y sus hijos, Herbert y Harry —los niños del cordón a la cintura de María— vivieron el resto de su historia en la Argentina.
Juana Ortega y María Stich. Estas mujeres me emocionan, me estremecen. Sus historias son diferentes y similares. En un mundo de hombres ambas tuvieron la facultad de unir, de llevar del cuerpo hacia afuera la fortaleza infinita del cordón umbilical.

[1] Pones harina en corona sobre la mesa. Si tienes huevos pones huevos (si no tienes no pones). Agregas grasa de cerdo. Si no tienes de cerdo pones de gallina, si no tienes de gallina pones aceite y si no tienes nada no pongas nada, pero no pongas manteca. Dejas descansar la masa en lugar tibio (mientras más descansa mejor); luego pones un trapo en la mesa y comienzas a estirar la masa con las manos, nunca con palo. Adentro pones manzana; si no tienes manzana pones ruibarbo, si no tienes ruibarbo cualquier otra fruta, pero pon una fruta. Luego pones nueces picadas (si tienes) y pasas de uvas (si no tienes no pones nada). Arriba pones pan rallado dorado en manteca (si tienes) si no, dorado en grasa, pero no lo dores en aceite. Agregas canela, azúcar o jengibre (o lo que tengas)”. Una versión oral de Marcela Álvarez, en Gobernador Gregores, (año 2000/2001).
*Mujer

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