Archivos para el mes de: abril, 2013

Y ME ENJAMBRO DE TI

A solas con la noche
El techo se llena de pupilas
Las palabras se apuñalan entre ellas
Un enigma procura descifrarse a sí mismo

Las horas se olvidan de pasar
Las mariposas vuelan con los ojos vendados
La vecina de arriba gime su fiesta de amor
Yo te siento dormir y me enjambro de ti

Afuera, una ambulancia hace sonar su sirena
Va de prisa a recoger a un sueño
recién atropellado
por el camión recolector de basura

Y yo aquí……
estafado por los dioses
equivocado de espejos
gozando esta venganza de vivir

Desterrado
Descielado
Desmuellado
Desnudado

Pero contigo estoy
a salvo de nada
y por lo mismo
a salvo de todo

Mauricio Feller.
Me enjambro de ti
Imagen: L’origine du monde 2012, David Agenjo, España. Sitio Web del artista: http://davidagenjo.artelista.com/es/

Texto: Mauricio Feller

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ANTES DEL COMIENZO

Ruidos confusos, claridad incierta
Otro día comienza.
Es un cuarto en penumbra
y dos cuerpos tendidos.
En mi frente me pierdo
por un llano sin nadie.
Ya las horas afilan sus navajas.
Pero a mi lado tú respiras;
entrañable y remota
fluyes y no te mueves.
Inaccesible si te pienso,
con los ojos te palpo,
te miro con las manos.
Los sueños nos separan
y la sangre nos junta:
somos un río de latidos.
Bajo tus párpados madura
la semilla del sol.
El mundo
no es real todavía,
el tiempo duda:
sólo es cierto
el calor de tu piel.
En tu respiración escucho
la marea del ser,
la sílaba olvidada del Comienzo.

Octavio Paz.
Octavio Paz

Regresando a Ítaca

“Ítaca es la patria de los que al igual que yo son contemplativos, enamorados, extraviados, poetas, navegantes sin rumbo, pobres de espíritu: Itaca es lugar de bienaventuranza. Los que navegan hacia Itaca no llevan palmas, ni cayado, no son peregrinos, ni romeros; quienes buscamos a Itaca llevamos el regreso en nuestro corazón y sentimos profunda nostalgia, el dolor del navegante que está perdido en medio de la mar; y hemos tenido que pasar por las fauces de Escila y Caribdis, hemos renunciado al poder que nos concedía la Maga Circe, hemos rechazado la inmortalidad y hasta hemos sabido despedir a Nausícaa, para siempre, mirándola a los ojos. Hemos descendido al Hades, hemos abrazado a la Madre y nos hemos quedado solos, pues a Itaca se llega solo, nadie te puede llevar, nadie te puede, si quiera, señalar el Camino, solo la luz y guía “que en mi corazón arde”…

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Ojos Gitanos (Silvia Etchaide)

El relieve de tu mirada acosa mi indefinida esclavitud.
Exhalo el agotado aire que me queda e imagino tus bellos ojos, muy cerca.
Sigo en la ausencia de mi misma, exenta de las voces enloqueciendo en mi mente.
Epíteto justo el de mi rostro al espejo mostrando piedras sin movilidad moldeadas por las aguas.

Agobio profundo el de ésta cárcel ambigua que me sulfura con prisa, con tanta prisa y cautela.
Atrapada en el recinto del suceso.
Anticipando el fracaso, la prescripción inevitable del dolor.

Y muy lejos de mi, tus ojos gitanos.
Con brillitos de emoción de lunes que sabe a tristeza vanidosa recorriendo cristales escondidos, miradas desencontradas, otros ojos malhechores acosando y molestos.
Y tus ojos de cielo limpio abrazando mi pena, embrujando mi dolor, apaciguando mi desesperación.
Tus ojos gitanos tan lejos y en mi corazón.

“EL INDIANO”
María Ordóñez García
La Coruña, el mar

La Coruña, noviembre de 1898

La lluvia golpeaba incesantemente los cristales de mi habitación mientras yo intentaba escribir mi carta de despedida. El inicial chaparrón se había ido apagando hasta convertirse en un murmullo sereno, acompasado, como los latidos de mi corazón. Dos habitaciones más allá, mi padre libraba su última batalla con esta vida, entre estertores y delirios de moribundo. La casa era un continuo ir y venir de criados, familiares, amigos y algún que otro conocido morboso que se complacía de nuestra ruina. Madre odiaba que yo empleara deliberadamente ese término, pero era el exacto. Como a mí ya no me importaban ni mi futuro ni las habladurías, podía usarlo sin que me embargase la pesadumbre que solía ensombrecer su rostro cuando lo escuchaba en mis labios.

Algunos días antes habían llegado al puerto de la ciudad cuarenta y cuatro vapores con aproximadamente veinte mil repatriados, enfermos leves y graves, que fueron atendidos en los hospitales militares y en nuestro sanatorio. Era el fracaso de un país que perdía irremediablemente sus colonias en América, y que recogía así los últimos pedazos de su maltrecho orgullo. Al mismo tiempo, mi mundo se desplomaba con menos estruendo, pero con similar fatalismo.

El germen de mi propia ruina se había sembrado mucho antes de que nuestra deriva social y económica fuese evidente. Mi padre ya había perdido el dinero y mi dote, pero todavía gozábamos de cierto beneplácito social. Yo tenía dieciocho años, era una niña rebelde que contrariaba a su madre y sus hermanas por el mero placer de hacerlo. Mientras mis dos hermanas mayores buscaban con desesperación un marido dispuesto a prescindir de dote, yo ya sabía que mis posibilidades eran tan reducidas como el aire que me proporcionaba el corsé.

La Coruña era una ciudad hermosa y liberal, encerrada entre verdes colinas y bañada por un océano virulento y muy azul, con temperaturas suaves todo el año y una humedad que, lejos de molestarme, me resultaba deliciosa. En aquel entonces, nosotros nos acabábamos de mudar a una de las galerías de La Marina, que habían sido construidas en un osado alarde arquitectónico que combinaba a la vez madera, metal y espejos, y que Emilia Pardo Bazán había calificado de “insípidas grilleras modernas”. Habían sido diseñadas principalmente para nuevos ricos, en su mayor parte burguesía industrial y comercial, y mi padre había arrendado una de ellas a un diputado. La luz del sol centelleaba sobre la superficie acristalada de la fachada, y debo reconocer que a mí me encantaba, pero era la única satisfecha con nuestra nueva ubicación.

Él era indiano, hijo de un hermano de mi padre, por tanto mi primo. Su padre había sido un hacendado del que había heredado una considerable fortuna amasada en Cuba, y había regresado ese mismo año a la patria para instalarse en un pazo en mitad del campo. Con él había traído un ejército de criados y suscitó tras de sí una considerable envidia. Su porte galante, su soltería y sus veintinueve años le hicieron también blanco de todas las jovencitas que se encontraban en edad casadera. A mí no se me cautivaba fácilmente y él lo hizo en un segundo. Todavía no sé si fueron sus largas pestañas, sus ojos almendrados y su sonrisa torcida cuando dijo que él no era de los que se casaban, o tal vez mi acusada inocencia, lo que me precipitó al vacío. Le gustaba llamar la atención: vestía pantalones ceñidos, levitas de paño, camisas blancas de lino, cuellos almidonados y anudados con pañuelos, relucientes botas y sombreros de copa alta. La primera vez que atrajo mi interés fue en la misa de domingo de la iglesia de San Nicolás, donde nos invitó a la fiesta que celebraba con motivo de su cumpleaños. Hasta la fecha la única persona que a mí me había fascinado había sido Juana de Vega, a la que había tenido oportunidad de conocer brevemente siendo una niña, y cuyo recuerdo atesoraba como el mejor de mi existencia. Hasta él.

Envió uno de sus carruajes para que nos recogiera, y éste nos condujo a la casa más lujosa que yo jamás había visto. El laberíntico jardín tenía vistas al océano, y la casa contaba además con una capilla, un hórreo y un palomar. Era una construcción gigantesca con varios balcones exteriores y once habitaciones dispersadas por toda la estructura, con paredes de piedra y madera noble, y luminosos ventanales. El comedor era lo suficientemente amplio para recibir a todos los asistentes y aquella noche se llenó con el barullo de las conversaciones.

No tardé en convertirme en su amante. Aunque yo no era especialmente bella, lucía con bastante desparpajo el polisón de mis vestidos y todos sus encajes, que él se encargó de retirar con la maestría del amante más experimentado. No me eran ajenos sus flirteos y correrías con otras damas de alta sociedad, pero la pasión, febril e irracional, se impuso arrastrándome a su cama en un remolino de caricias. Los dedos de sus manos me arrebataban el corsé devolviéndome el aliento, y mis labios trémulos correspondían a sus besos mientras enredaba su voz melosa en mi oído y susurraba: “Tes o meu corazón nas túas mans”. Su voluntad de hombre sin ataduras se mantuvo firme durante una década, y ese otoño había anunciado su compromiso con una dama que le doblaba la edad y el patrimonio.

No se puede condenar a las mariposas a vivir en las sombras, y por eso asumí mi destino escribiendo la carta que él recibiría cuando ya fuese demasiado tarde.

Las furiosas aguas del océano Atlántico me acogieron con un abrazo opresivo y helado. El dolor físico no consiguió acallar el de mi corazón quebrado en mil esquirlas de cristal. Las olas espumosas me zarandearon de uno a otro lado, y me ahogaron al fin en la sal de mis propias lágrimas.

“AMANTES”
de Julián Beccaria
Publicado por Tela de Rayón

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Ella y yo estábamos tirados en quién sabe dónde, quién sabe cuándo. Y mirábamos las estrellas y nos reíamos, entre besos y miradas e inseguridades.Esas inseguridades de no saber qué va a pasar con cada inconcluso sentimiento del cuerpo, o de no saber cuándo la muerte nos alejaría, aunque supiéramos quesería físicamente y no de verdad. La única verdad que teníamos en ese momento es que estábamos ahí, el uno con el otro, fundiéndonos en un silencio armonioso, diciéndonos todo sin pronunciar palabra. Riéndonos de tener la dichosa desdicha de haber nacido y respirar, y de habernos cruzado y de respirarnos. Qué simpleza tan rebuscada esconden esos momentos planceteros en los que me salgo de mi cuerpo para irme a deambular a tus sueños, y tal vez a los de algún vecino, si sobra tiempo. Y ese día no existía el tiempo, solo existíamos nosotros incontextualmente abrazados, observándonos, oliéndonos,sintiéndonos el alma pura e invisible que nos brotaba del corazón del otro,como conociéndonos después de conocernos, como liberándonos transitoria e inmemoriosamente para fundirnos descalzos en esa cosita rara que nos aturdía pero nos gustaba, y que no podíamos describir pero nos habían contado que se llamaba amor. Y no nos arriesgábamos a encasillarlo con palabras, ese lenguaje tan útil e inútil, tan inexacto: lo encasillábamos con besos, tocándonos cada segundo del cuerpo en cada centímetro del tiempo que estuvimos allí. Maldito tiempo que perdura en la ansiedad y se vuela ante nuestros atónitos ojos cuando luchamos por enjaular esos momentos para que no terminen nunca. Y dejábamos las letras y las palabras y los lenguajes para después, cuando bajáramos de la luna y del embelesamiento y de los pensamientos y de las certidumbres. Las dejábamos para cuando volviéramos a ser inconclusos, para cuando volviera la duda, pero en ese momento, de un segundo o de mil años, no las necesitábamos, no necesitábamos más que vernos, y hasta incluso sin mirarnos, para entender todos y cada uno de nuestros miedos, y un poquito también, aunque fuera más difícil,todas o algunas de nuestras sutiles certezas.

LO COLECTIVO.

HDP4/temporada 2
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Cientos de miles de personas caminando para el mismo lado, en la misma calle, conforman un colectivo? En principio me animaría a decir que no, que lo que define un colectivo es la intención, algunos objetivos comunes o por lo menos algunos intereses.
Lo colectivo se opone a lo individual. Pero también -y creo que es tanto o mas importante- a la soledad. El individuo, acciona desde sus impulsos/necesidades y en tanto satisfechas, se retira -como en la cena soñada- a hacer la digestión. Es uno y su estómago, o su deseo, o su -finalmente- egoismo.
Los colectivos expresan articulaciones. Redes más o menos estables, acciones conjuntas, búsquedas y experiencias que exceden el estómago propio o la pasión en solitario. Son fundamentalmente espacios constituidos para ser, con otros. Lo que no implica perder la individualidad. Sino por el contrario, son la sumatoria de singularidades puestas en busca de un objetivo superior.
Con otros. Juntos pero no revueltos.
Hacer con otros, otra marca de nuestra especie. No somos un cardúmen que dibuja volutas en el océano. Los peces que se mueven en cardúmen, tienen como finalidad proteger la especie, desde ese volumen que logran, cuando algún predador los ataca, atrapará sólo los de la periferia, pero el grueso del agrupamiento seguirá su marcha, asegurando así una población que permita la perpetuación de la especie.
Tribus urbanas, grupos de pertenencia, movimientos por intereses, partidos políticos, etnias, ongs., hinchadas, club de fans, tienen objetivos muy diferentes al del cardumen. Algunos se arman desde orígenes comunes. Algunos son definidos por el horror, o el espanto. A otros el amor a la especie o a otras especies. Otros el deseo de acceder al poder, al dinero o posiciones. A otros las necesidades. Los sueños. Las ansias de cambiar lo injusto. Pero a diferencia de los cardúmenes, no existe ese colectivo total, al que todos nos sumamos, copiando exactamente el movimiento del especímen de al lado, escapando a un predador.
No siempre lo colectivo es el producto de conjugar lo mejor, en pos de una idea u objetivo. A veces, lo colectivo toma la forma de lo siniestro. O les recuerdo expresiones tales como el nazismo o algunas iglesias, u otros fanatismos como las hinchadas.
Lo colectivo, lo que viaja junto, el bondi(1) de sentimientos y acciones es una experiencia que si no la viviste, te faltan dos materias para recibirte de humano. La paciencia que se pone en juego en toda construcción, domar la voluntad en pos de objetivos que no siempre son tal y como uno los quiere, son cosas que nos permiten trascender. Dejar huella, unos en otros, generar conciencia colectiva a partir de lo que dejo, anónimamente, en ese resultado general.
Lo colectivo, la marea que borra nombres, pero escribe las páginas más intensas de lo humano. Para bien y para mal.
El colectivo mas grande, la inmensa mayoría del planeta: los nadies. Números, cifras masivas. Volúmenes teóricos que se dividen, multiplican, suman y restan según la necesidad. Kilos de carne.
Pero desde hace pocos años, en esa calesita sin sortija que es la historia humana, los nadies se escriben con mayúscula. En estos confines,sus necesidades empezaron a tener nombre propio. Y las operaciones matemáticas más usuales pasaron a ser las sumas. Que discutimos las vías, por supuesto. Pero alca al carajo(2) es un grito de guerra que no lo olvidademos jamás.
Quienes dividen, tienen dos o tres tácticas, que los viejos fulboleros sabedores de jugar a la ley del orsai(3) desbaratan con sólo dar un paso al frente, juntos.
Si no lo entendiste, apelá a algún conocido de ese inmenso colectivo nacional en el que abundan directores técnicos y que te lo explique.

(1) Bus.
(2) Tratado de libre comercio que intentó imponer G. Bush y que Nestor Kirchner y Hugo Chavez denostaron en el histórico discurso de la ciudad de Mar del Plata, Argentina.
(3) Offside, fuera de juego.

Facebook: Hdp Hijodeunpuerto Radiociudadcientocincopuntouno
Radio : FM Ciudad 105.1 Miertcoles de 21 a 23 hrs, Puerto Madryn, Chubut, Repùblica Argentina.

Fuente: DIOS NO EXISTE. Administrador: Pablo Naveira.

Esclavos Primitivos y Supersticiosos

El ser humano no comprende el mundo sino por medio de su capacidad cognitiva. Las emociones, al igual que los sentidos, son sólo un medio de experimentación; no de conocimiento. Todo objeto imaginado es real en un sentido parcial, dentro de la mente de quien lo imagina, e irreal en un sentido más objetivo; en la realidad demostrable. Aquí se contraponen dos concepciones antagónicas, lo verificable: objetivo, concreto y tangible, y aquello que es real sólo de un modo conceptual: subjetivo, incomprobable e intangible. En este sentido, la concepción de la realidad se torna ambigua. Esto es consecuencia de nuestra percepción del mundo, una basada no sólo en la razón, sino también en las emociones.

Hemos aprendido que nuestra concepción de la realidad se construye en la mente, a partir de la percepción de nuestros sentidos. Epicuro llamó “criterios de evidencia” a dichas sensaciones. En ellas, él suponía que el hombre basa sus representaciones mentales; dado que no podemos conocer lo que no percibimos. Por tal medio, Epicuro dedujo que lo “espiritual” o inmaterial, de hecho, no existe. Sostuvo además, que todo lo existente, la naturaleza corpórea o material; está formado por átomos, idea que propusiera primeramente Leucipo de Mileto. También Aristóteles afirma que todo conocimiento comienza con la experiencia. Creía que gracias a la acción del intelecto, podemos conocer las formas universales presentes en las cosas particulares.

Aristóteles también postuló que sin representaciones sensibles no se puede pensar, y que todo conocimiento comienza con la percepción; para luego llevar a cabo una abstracción que permita la captación de la realidad misma. Es así precisamente como notó que durante los eclipses lunares, al posarse la sombra de la Tierra sobre la Luna, ésta presenta bordes curvos, y dedujo que la Tierra debía ser esférica. De la misma manera, a través de la percepción y la deducción lógica, Eratóstenes calculó el perímetro de la Tierra en 39.614 kilómetros, siendo de 40.008 kilómetros la cifra conocida en la actualidad. Bajo el mismo criterio: teorización y deducción, Anaximandro definió la idea de la Evolución de los seres vivos, sosteniendo que, los vertebrados, incluidos los seres humanos, descendían de los peces. Propuso también la primera aproximación a la teoría heliocéntrica, deduciendo que el Sol, la Luna y los planetas rodeaban a la Tierra.

Irónicamente, más de 2500 años después, la humanidad perpetúa criterios acordes con seres primitivos y supersticiosos. Los parámetros del sentido común, se ven opacados por sistemas de pensamiento que, como Nietzsche nos diría, nos remiten a un accionar subordinado a la aceptación del mandato incuestionable del amo; tal como criaturas cuyo discernimiento se anula ante una autoridad irrevocable. He aquí la insignificancia en su máxima expresión, la ignorancia autoimpuesta de la que Aristóteles nos hablara; afirmando que sólo se es culpable de dicha condición, cuando uno mismo es su causante.

Nota: Para Aristóteles (384 – 322 AEC), el objeto de conocimiento es la cosa en sí, compuesta de materia (particular) y forma (universal). El conocimiento, no es una construcción anterior a la razón, sino el fruto del esfuerzo conjunto de los sentidos y el entendimiento.
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Otra vez el insomnio en su hora justa, ni más ni menos, y las voces anónimas deslizándose en la partitura. Estás circunstancias no corresponderían a ser experimentadas, o quizás sí, someterse y entablar diálogo con aquellos aullidos que no enuncian nada más que ruidos. Pero no puedo crear tal patología del ser esquizofrénico, detrás de mí hay una cierta cantidad de ojos observándome. Y no sólo observan, en sus miradas tienen un juicio de exterminio.
Justamente ayer me crucé con el loco que vive sobre la calle Avellaneda. Iba hablando abnegadamente con no sé quien, sus gestos se disparaban a un interlocutor inexistente. Hice que toda la situación fuese indiferente y seguí circulando.  Entendía que no podía involucrarme en su mundo, lo llevaba tan sujeto con sus manos que a la menor intervención me hubiese estrangulado. Uf… un suspiro no es suficiente para cambiar las cosas. En el suspiro uno…

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RELIGIÓN CON DOS DIOSES

Mauricio Feller

El amor es siempre una religión
que tiene dos dioses
y sólo dos creyentes
que pagan puntualmente el diezmo
y a menudo mucho más que eso

Se hastían comiendo hostias
y se emborrachan bebiendo mutuamente de sus sangres y fluidos

Van casi a diario a una iglesia
horizontal
que queda por el pasillo a la izquierda
y leen evangelios que ellos mismos escriben en las sábanas

Tienen miles de mortales y hermosos pecados, pecadillos y simples faltas
que tan sólo se pueden confesar de noche
a obscuras, con la lámpara apagada
piel a piel
lengua a lengua
beso a beso
gemido a gemido

Pero jamás se arrodillan
ante nadie
ni se arrepienten
de nada

El amor es siempre una religión
que tiene dos dioses
sólo dos creyentes
dos demonios
y un ángel ciego

amantes
Imagen: Embrace – Lovers II, 1917, Egon Schiele, Austria