Archivos para el mes de: julio, 2013

Julio Cortázar

RAYUELA (fragmento).

Dibujo: Andrés Casciani.
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“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. “

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Revista Literaria
morelli
Carta verídica de Facundo Morelli

“Mamá”

Voy a decir dos o tres cosas muy personales. Si a alguno le molesta, si a alguno no le interesa, si a alguno le parece desubicado… váyase por favor a la puta que lo parió que yo invito. Voy a decir dos o tres cosas muy personales, aunque siempre que digo algo es personal, incluso cuando cito a otros, incluso cuando digo cosas como “¡Qué frío, carajo!”. No digan que no avisé…

Hoy hace seis años mi vieja decidió que no valía la pena. Y hoy es el día del ritual y todos andamos para la mierda, o nos hacemos los boludos. Hoy hace frío, como hace seis años… el día más frío. Por si alguno no sabe y no entendió… acá va: Hoy se cumplen seis años de que mi vieja se suicidó, se tiró de un décimo piso. Ya sé que parece broma. A mí también me causa risa, de hecho… y horror, sí. El último cumpleaños de mi mamá fue el 9 de Julio de 2007, el día que nevó en Buenos Aires. Y se mató el 22. Yo estaba sentado cuando me enteré, y me quedé sentado un ratito más, y luego me paré y no volví a sentarme sino hasta algunos años después. Y no pude volver a pararme por un largo, largo rato. Cuando pienso en el entierro, una mañana soleada, recuerdo eso de Jaime Roos de “lo más negro que hay es un coche fúnebre cuando llueve” y recuerdo que cuando enterraron al papá de mi amigo Guille el día era una mierda, nublado, lluvioso. Estábamos Guille, su hermano mayor y yo. Un triste honor que sin embargo agradezco. Fue la primera vez que fui tan adulto, tan solitariamente responsable. Escribo esto, todo de corrido, mientras espero que hierva el agua para los fideos, en la casa que me vio crecer, en la casa en que mi madre hizo nido y en la que yo no supe hacer nido después. Espero que hierva el agua porque la vida sigue, porque la vida siguió y si siguió fue en parte por lo último que me enseñó mi madre… y eso quería decirles, y eso es lo más personal, y eso es lo que merece ser público, y el resto son circunstancias, cosas mías, de mi familia, de la vida… de esta que es sólo mía. Acá va: Mi mamá estaba muerta, en un cajón, que íbamos a exhibir para que nadie pensara que era una broma (aunque mamá nunca tuvo mucho sentido del humor, o sí lo tenía -y mucho- pero diferente y esa es otra historia) y… bueno, decía que mamá estaba en un cajón que íbamos a exhibir, porque de eso se trata un velorio, y mi hermana estaba desconsolada y todos estaban desconsolados y yo estaba desconsolado pero me tocaba hacerme el pelotudo y me hice el pelotudo y fui a verla, o a ver el cuerpo mejor dicho, a ver que tan destrozada estaba, a ver si estaba bien mostrarla así, a ver si dejaba que mi hermana la viera y que Miguel (que también es otra historia) la viera. O sea… me tocaba cuidar de mi madre, cuidar su imagen, su última imagen, ante los demás y me tocaba cuidar de los míos ante el posible trauma de entrar y ver algo que mejor no ver. Entré y vi el cadaver. Y fue horrible. No, no, no. No es que haya sido horrible ver el cadaver de mi madre. Fue horrible no ver nada de mi madre en el cadaver. Mamá no estaba en esa habitación en que sí estaba, en cambio, su cuerpo… aunque tampoco era su cuerpo. Era parecida, pero no era mamá. Era parecida pero no tanto. No había nada horrible, salvo que no había en el cadaver nada de la persona que se suponía velaríamos, mi madre. Salí y le dije a mi hermana que mejor no entrara, que mejor no hiciéramos velorio, o que lo hiciéramos a cajón cerrado, que total ya fue, que ya está. Quiso entrar a ver, y entró. Salió y me dijo que puta madre, que esta mina ni muerta era fea, que estaba tan hermosa como siempre. La velamos. Todos se despidieron de ella, le besaron las mejillas o la frente. Yo no, yo no me despedí. Mi mamá no estaba ahí. El alma existe.

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de Aldo Luis Novelli

MOTOCHORROS

Hace 22 años iba caminando por el barrio una noche y dos pibes en una moto me arrebataron el morral “tiren los libros, quédense con el resto” les grité, pero siguieron su huida con el flaco botín.
Recuerdo que sufrí la perdida de “Tres rosas amarillas” de R. Carver y “100 poemas” de Bukowsky durante un mes.
Después se sucedieron los días y los años.
La semana pasada vi en TV, como un tipo, personal de seguridad de alguna empresa, mataba a dos pibes por la espalda que en moto le habían intentado robar la bolsa del súper.

Anoche presenté mi último libro.
Se acercó un hombre elegantemente vestido con mi libro para que se lo firmara. Escribí un comentario formal y lo firmé.
Entonces sacó del portafolio unos libros y me preguntó si podía regalármelos.
“Por supuesto, gracias” le dije.
“Uno lo escribí yo” me dijo.
Me los dejó y se fué.
Abrí el libro y leí la dedicatoria: “Gracias maestro, usted cambió mi vida hace 20 años”.
Los otros dos eran “Tres rosas amarillas” de R. Carver y “100 poemas” de Bukowsky.

Ernest Hemingway nació el 21 de julio de 1899. En 1919 comenzó su trabajo como periodista en el “Toronto star”, se casó con Elizabeth Richardson en 1920 y se trasladó a París dos años después. En 1923 nació su primer hijo. Hemingway tuvo diversos empleos, viviendo en un piso austero y humilde y teniendo problemas económicos. En 1925 comenzó a ser conocido en Estados Unidos y cambia su situación, separándose de su mujer y trasladándose a Estados Unidos en 1928 con su segunda esposa. Al estallar la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Ernest Hemingway es destinado al mar de Las Antillas y luego a Europa como corresponsal de guerra, formando parte del desembarco en Normandía (Francia). Retoma la escritura en 1950 y dos años después aparece “El viejo y el mar”, novela por la que recibe un premio Pulitzer en 1953 y un año más tarde el Premio Nobel de Literatura por el conjunto de su obra. El 2 de julio Ernest Hemingway se disparó con una escopeta y acabó con su vida, no llegándose a establecer fehacientemente si fue buscado o en forma accidental.
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EL MAR CAMBIA

-Está bien -dijo el hombre-. ¿Qué decidiste?

-No -dijo la muchacha-. No puedo.

-¿Querrás decir que no quieres?

-No puedo. Eso es lo que quiero decir.

-No quieres.

-Bueno -dijo ella-. Arregla las cosas como quieras.

-No arreglo las cosas como quiero, pero, ¡por Dios que me gustaría hacerlo!

-Lo hiciste durante mucho tiempo.

Era temprano y no había nadie en el café, con excepción del cantinero y los dos jóvenes que se hallaban sentados en una mesa del rincón. Terminaba el verano y los dos estaban tostados por el sol, de modo que parecían fuera de lugar en París. La joven llevaba un vestido escocés de lana; su cutis era de un moreno suave; sus cabellos rubios y cortos crecían dejando al descubierto una hermosa frente. El hombre la miraba.

-¡La voy a matar! -dijo él.

-Por favor, no lo hagas -dijo ella. Tenía bellas manos y el hombre las miraba. Eran delgadas, morenas y muy hermosas.

-Lo voy a hacer. ¡Te juro por Dios que lo voy a hacer!

-No te va a hacer feliz.

-¿No podías haber caído en otra cosa? ¿No te podrías haber metido en un lío de otra naturaleza?

-Parece que no -dijo la joven-. ¿Qué vas a hacer ahora?

-Ya te lo he dicho.

-No; quiero decir, ¿qué vas a hacer, realmente?

-No sé -dijo él-. Ella lo miró y alargó una mano-. ¡Pobre Phil! -dijo.

El hombre le miró las manos, pero no las tocó.

-No, gracias -declaró.

-¿No te hace ningún bien saber que lo lamento?

-No.

-¿Ni decirte cómo?

-Prefiero no saberlo.

-Te quiero mucho.

-Sí; y esto lo prueba.

-Lo siento -dijo ella-; si no lo entiendes …

-Lo entiendo. Eso es lo malo. Lo entiendo.

-¿Sí? -preguntó ella-. ¿Y eso lo hace peor?

-Es claro -la miró-. Lo entenderé siempre. Todos los días y todas las noches. Especialmente por la noche. Lo entenderé. No tienes necesidad de preocuparte.

-Lo siento…

-Si fuera un hombre…

-No digas eso. No podría ser un hombre. Tú lo sabes. ¿No tienes confianza en mí?

-¡Confiar en ti! Es gracioso. ¡Confiar en ti! Es realmente gracioso.

-Lo lamento. Parece que eso es todo lo que pudiera decir. Pero cuando nos entendemos, no vale la pena pretender que hacemos lo contrario.

-No, supongo que no.

-Volveré, si quieres.

-No; no quiero.

Después no dijeron nada por un largo rato.

-¿No crees que te quiero, no es cierto? -preguntó la joven.

-No hablemos de tonterías.

-Realmente, ¿no crees que te quiero?

-¿Por qué no lo pruebas?

-Haces mal en hablar así. Nunca me pediste que probara nada. No eres cortés.

-Eres una mujer extraña.

-Tú no. Eres un hombre magnífico y me destroza el corazón irme y dejarte…

-Tienes que hacerlo, por supuesto.

-Sí -dijo ella-. Tengo que hacerlo, y tú lo sabes.

Él no dijo nada. Ella lo miró y extendió la mano nuevamente. El cantinero se hallaba en el extremo opuesto del café. Tenía el rostro blanco y también era blanca su chaqueta. Conocía a los dos y pensaba que formaban una hermosa pareja. Había visto romper a muchas parejas y formarse nuevas parejas, que no eran ya tan hermosas. Pero no estaba pensando en eso, sino en un caballo. Un cuarto de hora más tarde podría enviar a alguien enfrente para saber si el caballo había ganado.

-¿No puedes ser bueno conmigo y dejarme ir? -preguntó la joven.

-¿Qué crees que voy a hacer?

Entraron dos personas y se dirigieron al mostrador.

-Sí, señor -dijo el cantinero y atendió a los clientes.

-¿Puedes perdonarme? ¿Cuándo lo supiste? -preguntó la muchacha.

-No.

-¿No crees que las cosas que tuvimos y que hicimos pueden influir en nuestra comprensión?

-“El vicio es un monstruo de tan horrible semblante” -dijo el joven con amargura- que… -no podía recordar las palabras-. No puedo recordar la frase -dijo.

-No digamos vicio. Eso no es muy cortés.

-Perversión -dijo él.

-¡James! -uno de los clientes se dirigió al cantinero-. Te ves muy bien.

-También usted se ve bien, señor -replicó al cantinero.

-¡Viejo James! -dijo el otro cliente-. Estás un poco más gordo.

-Es terrible la manera como uno se pone -contestó el cantinero.

-No dejes de poner el coñac, James -advirtió el primer cliente.

-No. Confíe usted en mí.

Los dos que se hallaban en el bar miraron a los que se encontraban en la mesa y después volvieron a mirar al cantinero. Por la posición en que se encontraban les resultaba más cómodo mirar al encargado del bar.

-Creo que sería mejor que no emplearas palabras como esa -dijo la muchacha-. No hay ninguna necesidad de decirlas.

-¿Cómo quieres que lo llame?

-No tienes necesidad de ponerle nombre.

-Así se llama.

-No -dijo ella-. Estamos hechos de toda clase de cosas. Debieras saberlo. Tú usaste muchas veces esa frase.

-No tienes necesidad de decirlo ahora.

-Lo digo porque así te lo vas a explicar mejor.

-Está bien -dijo él-. ¡Está bien!

-Dices que eso está muy mal. Lo sé; está muy mal. Pero volveré. Te he dicho que volveré. Y volveré en seguida.

-No; no lo harás.

-Volveré.

-No lo harás. A mí, por lo menos.

-Ya lo verás.

-Sí -dijo él-. Eso es lo infernal, que probablemente quieras volver.

-Por supuesto que lo voy a hacer.

-Ándate, entonces.

-¿Lo dices en serio? -no podía creerle, pero su voz sonaba feliz.

-¡Ándate! -dijo el hombre. Su voz le sonaba extraña. Estaba mirándola. Miraba la forma de su boca, la curva de sus mejillas y sus pómulos; sus ojos y la manera cómo crecía el cabello sobre su frente. Luego el borde de las orejas, que se veían bajo el pelo y el cuello.

-¿En serio? ¡Oh! ¡Eres bueno! ¡Eres demasiado bueno conmigo!

-Y cuando vuelvas me lo cuentas todo -su voz le sonaba muy extraña. No la reconocía. Ella lo miró rápidamente. Él se había decidido.

-¿Quieres que me vaya? -preguntó ella con seriedad.

-Sí -dijo él duramente-. En seguida. -Su voz no era la misma. Tenía la boca muy seca-. Ahora -dijo.

Ella se levantó y salió de prisa. No se volvió para mirarlo. Él no era el mismo hombre que antes de decirle que se fuera. Se levantó de la mesa, tomó los dos boletos de consumición y se dirigió al mostrador.

-Soy un hombre distinto, James -dijo al cantinero-. Ves en mí a un hombre completamente distinto

-Sí, señor -dijo James.

-El vicio -dijo el joven tostado- es algo muy extraño, James. -Miró hacia afuera. La vio alejarse por la calle. Al mirarse al espejo vio que realmente era un hombre distinto. Los otros dos que se hallaban acodados en el mostrador del bar se hicieron a un lado para dejarle sitio.

-Tiene usted mucha razón, señor -declaró Jame,.

Los otros dos se separaron un poco más de él, para que se sintiera cómodo. El joven se vio en el espejo que se hallaba detrás del mostrador.

-He dicho que soy un hombre distinto, James -dijo. Y al mirarse al espejo vio que era completamente cierto.

-Tiene usted :muy buen aspecto, señor -dijo James-. Debe haber pasado un verano magnífico.

FIN

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Salvador Garmendia *

INFIERNO A LA BROASTER

El chapuzón del último cadáver echado por la borda de babor, provocó un sonido todavía más lúgubre que los anteriores. Fue un sonido aceitoso de lodo blando, cosa natural al haber descargado un peso semejante en aquellas aguas adormecidas y espesas tras varios días de calma exasperante. Cumplida esa tarea que ya no volvería a reclamar sus fuerzas, el anciano Capitán reanuda su caminata por el puente. El crujido amplificado de sus pisadas regula cavilosamente su paseo como la marcha entrecortada de un segundario, mientras alrededor de él —habiendo cesado por completo los murmullos del agua y del viento—, brotan y se multiplican los ruidos secretos que parten de la osamenta del navío, crujido y notas quejumbrosas, breves estiramientos y sonoros retumbos producidos en la oscuridad de las bodegas que han sido entregadas a cuenta de las ratas. Durante los dos últimos días, él ha dejado por completo de pensar en la inesperada calamidad que como un sueño pendulante y monótono había exterminado a la tripulación entera en el término de una semana. Día tras día, hora tras hora los atacados por la extraña peste, se precipitaron de lo alto de la maroma, rodaron por la inclinación de la cubierta o quedaron inmóviles en sus literas, como si un agujazo los hubiera alcanzado en alguna fibra desconocida, hundiéndolos enseguida en la oscuridad de la muerte. Al pánico o la natural inquietud de las primeras horas siguió, por incomprensible reacción de aquellos desamparados, una como tozuda indiferencia, cierta obcecada obstinación en parecer ajenos, quizás insensibles al acontecimiento, encerrándose de esa manera en el marco de sus propios sentidos, como si para cada uno de ellos existiera una atmósfera particular que anulara toda posibilidad de roce o comunicación; y esta empecinada actitud, contra la cual el viejo Capitán no supo levantar un dedo, así como los derribaba en sus literas embrutecidos de cansancio, apenas lo negro de las aguas se fundía con el aire y el cielo, igualmente los lanzaba desde las primeras horas de cada día al desempeño de sus labores de rutina, y aun a muchas pequeñas tareas de refacción o de limpieza que en una circunstancia como aquella debieran parecer superfluas. Semejante conducta los hacia permanecer durante horas, sordos y empecinados en medio del sopor casi letal del clima y la desazón de la calma, sin cesar un momento en su actividad, cada cual en lo suyo, evitando cruzar una mirada, una palabra y sin siquiera volver una vez la cabeza cuando el pesado ruido de un cuerpo, al sacudir el maderaje de cubierta, indicaba que se había producido un nuevo blanco… y era el propio Capitán quien debía alzar en sus brazos el cuerpo desgonzado y devolverlo al mar. Mas ahora que se ha quedado solo en su devastado país; ahora que ya no lo perturban el temor, el celo de la vigilancia, la atención constante de sus ojos de águila, la acechanza —sin un solo parpadeo ni la más mínima desatención— de su mano derecha siempre lista a saltar al mango del cuchillo; ahora, aprisionado por la calma que se torna más densa por momentos, otras turbaciones y vagos malestares van despertando dentro de él, al igual que pesados cuerpos que hubieran recobrado el movimiento, todavía embrutecidos y sordos. Aquellas figuras de su mente, las crueldades y las injurias inferidas, los crímenes y vejaciones, la rapiña y el hurto a mansalva, parecían caminar a tientas, tropezar entre si o mirarse unas a las otras entre temerosas y asombradas, mientras el Capitán iba dejando de escuchar los ruidos subyacentes de la embarcación, los susurros y pequeños crujidos del maderaje para sentirse más y más envuelto en la algarabía de su propio cerebro, donde venían a confundirse las más vertiginosas imágenes. Un agrio roce de cuchillos, un destello de carnes abiertas, el silbo de los latigazos o el espeso chapoteo de la sangre en sus botas, eran visiones a veces corpóreas, o eran destellantes alucinaciones, que se trababan rasgándose o desfigurándose al precipitarse por los agujeros de la memoria, entre los aullidos del tormento y las súplicas de los condenados. Sintiéndose desfallecer y pensando ser víctima de la insolación, el Capitán cerró los ojos y apoyó un momento la frente en el madero tibio del bauprés, hasta que toda aquella pavorosa confusión fue sustituida por un golpe de sol que le asombró los párpados, un aire seco con aroma de brea y salazones, que una vez más entraba al cuarto apenas su mujer abría de par en par la doble romanilla de la ventana que miraba al puerto y un tropel de pisadas sacudía los tablones de la escalera, unos segundos antes de que sus dos pequeños hijos vinieran a caer en sus brazos. Repentinamente animado con estas visiones, el Capitán corrió a su camarote y lleno de excitante lucidez escribió unas líneas suplicando el perdón de quienes había abandonado hacía treinta años, sin que volviera a tener noticias de ellos. Colocó entonces el papel en una botella que selló y lacró antes de arrojarla suavemente a las aguas. El objeto se sumergió por unos instantes en aquel mar de cera derretida para asomar de nuevo el vientre y permanecer en el mismo lugar inmóvil. Dos días más tarde, el Capitán se inclinaba por milésima vez sobre la borda y veía de nuevo su correo como un pez muerto, aboyado en el agua estancada. Sólo si prolongaba aquella observación un rato largo, era posible que un rápido parpadeo le alterara la frente, si la botella a medias sumergida como en un último reflejo de vida se estremecía pesadamente y golpeaba en el casco. El pavor de las noches sin sueño lo dejó al fin tendido sobre el puente, bajo el cordaje negro de la maroma donde el sol centuplicaba sus reflejos hasta fundirse en una flama roja. Derretidos sus huesos y sus fibras, ya no pudo volver a incorporarse. Supo entonces que la muerte le libraba de toda sensación que no fuera aquel descenso ingrávido cada vez más negro y profundo. —Desciendo a los infiernos— pensó por última vez el Capitán y en ese momento sintió que se posaba en algo duro amoldado a su cuerpo y el calor de una llama le subió a las barbas. —He llegado —se dijo, a tiempo que su mente se aclaraba insuflándose de un vigor juvenil. Abrió los ojos y vio ante él las llamas ágiles de la chimenea de su casa alzándose del rojo vivo de las brasas. Su mujer bajaba la escalera abrumada por la carga de la preñez. Los objetos familiares, la paz de aquel pequeño reino de pesadas maderas, lo aburría. Un aliento quemante de poder sofocaba el alma del hombre de treinta años que, al acabar aquel invierno, emprendería el gran viaje proyectado durante tanto tiempo, cuyo final —una flama rojiza, los huesos y las fibras derretidos, un descenso cada vez más profundo y oscuro— volvería a fundirse al comienzo allí, junto a la chimenea de su casa, abrasado por la ansiedad, el deseo, la fiebre del dominio y del poder, de una vez por todas, para siempre.

Salvador Garmendia, escritor y cuentista venezolano. 1982, jurado del concurso literario, Julio de 1999

Salvador Garmendia, escritor y cuentista venezolano. 1982, jurado del concurso literario, Julio de 1999

* Salvador Garmendia  (1928-2001) escritor venezolano; narrador, cronista, guionista de radio y televisión. Publicó numerosas obras. En 1989 fue honrado con el Premio Juan Rulfo de Radio Francia Internacional y ese mismo año recibió el Premio Nacional de Literatura en Venezuela.

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Caricatura: Andrès Casciani, Mendoza, Argentina.

LO NUESTRO

Amamos lo que no conocemos, lo ya perdido.
El barrio que fue las orillas.
Los antiguos, que ya no pueden defraudarnos, porque son mito y esplendor.
Los seis volúmenes de Schopenhauer, que no acabaremos de leer.
El recuerdo, no la lectura, de la segunda parte del Quijote.
El oriente, que sin duda no existe para el afghano, el persa o el tártaro.
Nuestros mayores, con los que no podríamos conversar durante un cuarto de hora.
Las cambiantes formas de la memoria, que está hecha de olvido.
Los idiomas que apenas desciframos.
Algún verso latino o sajón, que no es otra cosa que un hábito.
Los amigos que no pueden faltarnos, porque se han muerto.
El ilimitado nombre de Shakespeare.
La mujer que está a nuestro lado y que es tan distinta.
El ajedrez y el álgebra, que no sé.

Jorge Luis Borges

¡Chist!
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Anton Chejov

Iván Krasnukin, periodista de no mucha importancia, vuelve muy tarde a su hogar, con talante desapacible, desaliñado y totalmente absorto. Tiene el aspecto de alguien a quien se espera para hacer una pesquisa o que medita suicidarse. Da unos paseos por su despacho, se detiene, se despeina de un manotazo y dice con tono de Laertes disponiéndose a vengar a su hermana:

-¡Estás molido, moralmente agotado, te entregas a la melancolía, y, a pesar de todo, enciérrate en tu despacho y escribe! ¿Y a esto se llama vida? ¿Por qué no ha descrito nadie la disonancia dolorosa que se produce en el alma de un escritor que está triste y debe hacer reír a la gente o que está alegre y debe verter lágrimas de encargo? Yo debo ser festivo, matarlas callando, e ingenioso, pero imagínese que me entrego a la melancolía o, una suposición, ¡que estoy enfermo, que ha muerto mi niño, que mi mujer está de parto!…

Dice todo esto agitando los brazos y moviendo los ojos desesperadamente… Luego entra en el dormitorio y despierta a su mujer.

-Nadia -le dice-, voy a escribir… Te ruego que no me molesten, me es imposible escribir si los niños chillan, si las cocineras roncan… Procura que tenga té y… un bistec, ¿eh?… Ya lo sabes, no puedo escribir sin té… El té es lo que me sostiene cuando trabajo.

Aquí nada es resultado del azar, del hábito, sino que todo, hasta la cosa más insignificante, denota una madura reflexión y un programa estricto. Unos pequeños bustos y retratos de grandes escritores, una montaña de borradores, un volumen de Belinski con una página doblada, una página de periódico, plegada negligentemente, pero de manera que se ve un pasaje encuadrado en lápiz azul, y al margen, con grandes letras, la palabra: “¡Vil!” También hay una docena de lápices con la punta recién sacada y unos cortaplumas con plumas nuevas, para que causas externas y accidentes del género de una pluma que se rompe no puedan interrumpir, ni siquiera un segundo, el libre impulso creador… Krasnukin se recuesta contra el respaldo del sillón y, cerrando los ojos, se abisma en la meditación del tema. Oye a su mujer que anda arrastrando las zapatillas y parte unas astillas para calentar el samovar. Que no está aún despierta del todo se adivina por el ruido de la tapadera del samovar y del cuchillo que se le caen a cada instante de las manos. No se tarda en oír el ruido del agua hirviendo y el chirriar de la carne. La mujer no cesa de partir astillas y de hacer sonar las tapas redondas y las puertecillas de la estufa. De pronto, Krasnukin se estremece, abre unos ojos asustados y olfatea el aire.

-¡Dios mío, el óxido de carbono! -gime con una mueca de mártir-. ¡El óxido de carbono! ¡Esta mujer insoportable se empeña en envenenarme! ¡Dime, en el nombre de Dios, si puedo escribir en semejantes condiciones!

Corre a la cocina y se extiende en lamentaciones caseras. Cuando, unos instantes después, su mujer le lleva, caminando con precaución sobre la punta de los pies, una taza de té, él se halla, como antes, sentado en su sillón, con los ojos cerrados, abismado en su tema. Está inmóvil, tamborilea ligeramente en su frente con dos dedos y finge no advertir la presencia de su mujer… Su rostro tiene la expresión de inocencia ultrajada de hace un momento. Igual que una jovencita a quien se le ofrece un hermoso abanico, antes de escribir el título coquetea un buen rato ante sí mismo, se pavonea, hace carantoñas… Se aprieta las sienes o bien se crispa y mete los pies bajo el sillón, como si se sintiese mal o entrecierra los ojos con aire lánguido, como un gato tumbado sobre un sofá… Por último, y no sin vacilaciones, adelanta la mano hacia el tintero y, como quien firma una sentencia de muerte, escribe el título…

-¡Mamá, agua! -grita la voz de su hijo.

-¡Chist! -dice la madre-. Papá escribe. Chist…

Papá escribe a toda velocidad, sin tachones ni pausas, sin tiempo apenas para volver las hojas. Los bustos y los retratos de los escritores famosos contemplan el correr de su pluma, inmóviles, y parecen pensar: “¡Muy bien, amigo mío! ¡Qué marcha!”

-¡Chist! -rasguea la pluma.

-¡Chist! -dicen los escritores cuando un rodillazo los sobresalta, al mismo tiempo que la mesa. Bruscamente, Krasnukin se endereza, deja la pluma y aguza el oído… Oye un cuchicheo monótono… Es el inquilino de la habitación contigua, Tomás Nicolaievich, que está rezando sus oraciones.

-¡Oiga! -grita Krasnukin-. ¿Es que no puede rezar más bajo? No me deja escribir.

-Perdóneme -responde tímidamente Nicolaievich.

-¡Chist!

Cuando ha escrito cinco páginas, Krasnukin se estira de piernas y brazos, bosteza y mira el reloj.

-¡Dios mío, ya son las tres! -gime-. La gente duerme y yo… ¡sólo yo estoy obligado a trabajar!

Roto, agotado, con la cabeza caída hacia a un lado, se va al dormitorio, despierta a su mujer y le dice con voz lánguida:

-Nadia, dame más té. Estoy sin fuerzas…

Escribe hasta las cuatro y escribiría gustosamente hasta las seis, si el asunto no se hubiese agotado. Coquetear, hacer zalamerías ante sí mismo, delante de los objetos inanimados, al abrigo de cualquier mirada indiscreta que le atisbe, ejercer su despotismo y su tiranía sobre el pequeño hormiguero que el destino ha puesto por azar bajo su autoridad, he ahí la sal y la miel de su existencia. ¡De qué manera este tirano doméstico se parece un poco al hombre insignificante, oscuro, mudo y sin talento que solemos ver en las salas de redacción!

-Estoy tan agotado que me costará trabajo dormirme… -dijo al acostarse-. Nuestro trabajo, un trabajo maldito, ingrato, un trabajo de forzado, agota menos el cuerpo que el alma… Debería tomar bromuro… ¡Ay, Dios es testigo de que si no fuera por mi familia dejaría este trabajo!… ¡Escribir de encargo! ¡Esto es horrible!

Duerme hasta las doce o la una, con un sueño profundo y tranquilo… ¡Ay, cuánto más dormiría aún, qué hermosos sueños tendría, cómo florecería si fuese un escritor o un editorialista famoso o al menos un editor conocido!…

-¡Ha escrito toda la noche! -cuchichea su mujer con gesto apurado-. ¡Chist!

Nadie se atreve a hablar ni andar, ni a hacer el menor ruido. Su sueño es una cosa sagrada que costaría caro profanar.

-¡Chist! -se oye a través de la casa-. ¡Chist!

FIN

Arte, Literatura y Ciencia

Hemos hablado en el post anterior acerca de las dificultades de la cultura griega para concebir la idea del cero; de la Nada disfrazada de número. Por no mencionar el vacío (Nada disfrazada de espacio) o el no-ser (Nada disfrazada de existencia). En fin, que los griegos no podían imaginar el cero, y mucho menos los números negativos. Dicen por ahí, que hasta incluso Kant continuaría poniendo en duda la condición de números de los negativos. Pues bien, nos cuenta Emmanuel Lizcano en su libro Metáforas que nos piensan, que para la misma época en que los griegos padecían su particular horror vacui, “… los algebristas chinos de la época de los primeros Han operaban con el mayor desparpajo con un número cero y unos números negativos que el imaginario griego no podía -literalmente- ni ver”. Y es que en la tradición china, el juego de oposiciones entre lo

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Noticias de la frontera, de Miguel Hidalgo
07/ 07/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado
Publicado en el blog Ficción breve venezolana.
segunda guerra (30)
Noticias de la frontera

Uno

Hoy he dado de baja a un guerrillero. Se dejó ver detrás de los matorrales y no lo perdoné. Un solo disparo. Limpio y certero. La bala perforó casco, cráneo y cerebro. Quedó despatarrado, a escasos treinta metros del campamento. Le colgaba la lengua y tenía los ojos muy abiertos y en blanco. Era muy joven, casi un niño. El Mayor reunió al resto del pelotón y me felicitó frente a todos. Carajo, Salcedo, te enseñamos bien, dijo. ¡Sí, señor!, dije. Vaya que eres una verdadera máquina asesina, dijo. ¡Sí, señor!, grité con mi mejor aliento patriótico. ¿Qué borramos?, preguntó el Mayor. ¡Guerrilleros!, gritamos todos al unísono. El Mayor vio el cuerpo en el suelo y dijo guerrilleros un coño. Estos pelados de ahora son puros malandros secuestradores. Narcos de pacotilla. Los guerrilleros ya no existen. Yo mismo los borré a toditos en los sesenta.

Así estuvimos un rato, hasta que el Mayor nos mandó a seguir con lo nuestro. A dos cabos que tenían castigo encima los encomendó a deshacerse del cadáver. Uno de ellos lo tomó por los brazos. El otro por las piernas. Se estaba haciendo de noche cuando terminaron el trabajo.

Luego comenzó a llover. Y luego escampó.

Dos

Una vez le pasó algo al cabo Juan Toro. Era mediodía y la estábamos pasando bien. Marcano, un recluta de Barinas, coló en las barracas una botella de guarapita de parchita casera y un radio viejo. Sólo logramos sintonizar un partido entre el Deportivo Táchira y el Caracas Fútbol Club. Ninguno de nosotros sabía ni papa de fútbol pero igual nos instalamos a escuchar el partido entero. Hicimos apuestas. Como yo era el único de la capital, puse las manos al fuego por el Caracas. El resto le fue al Táchira. Resultado final: tres a cero. Gané tres cajetillas de cigarros, trescientos pesos colombianos y una Playboy que le terminé canjeando a Marcano por un yesquero con linterna. Ya estábamos bien puestos cuando el Mayor entró en la barraca.

–A formarse –rugió.

Así hicimos.

Caminó entre nosotros mirándonos uno a uno. Llevaba un manojo de papeles.

–Correspondencia –dijo el Mayor. Y empezó a repartir sobres a medida que mencionaba nuestros nombres.

Cada quien cogió lo suyo. Y aquí es donde viene lo de Toro. Su mujer le mandó una serie de fotos. Estaba tan emocionado que las compartió con nosotros. En las primeras, la mujer salía vestida con jeans y franelilla, acostada en la cama haciendo diferentes poses. Dos fotos después, aparecía quitándose la franelilla. Dos más adelante, los jeans. Así continuó hasta que quedó desnuda. El pelotón completo gritó barbaridades. Toro, que por alguna extraña razón nos seguía mostrando a su mujer desnuda, pasó foto tras foto como si nada.

–Es un bombón, ¿dígalo? –decía.

Luego vino el desastre. En una foto apareció un tipo al que no se le veía la cara. Dos fotos después el tipo le metía el miembro en la boca a la mujer de Toro. Dos más y procedía a empalarla en cuatro patas. Y en las últimas cinco el tipo le pasaba el pene entre las tetas y le acababa en el pecho. Toro dejó caer el montón de fotos. Tuvo una rabieta de mil infiernos y volteó su catre y el de Contreras. Entre varios lo inmovilizamos y lo llevamos afuera para que no echara abajo toda la barraca. Gritaba y lloraba con los ojos desorbitados. Pasó una hora antes de que se calmara. El Mayor le dio dos semanas de permiso a Toro para que fuera a un psicólogo del ejército que hacía consultas en San Cristóbal.

Todo aquello parecía un mal chiste por lo del apellido de Toro.

El montón de fotos lo botamos, aunque un día Marcano me confesó que se había guardado unas cuantas para cuando le dieran ganas de hacerse una pajita.

A todas éstas nunca supimos si las fotos las mandó la mujer o el tipo al que no se le veía la cara.

Toro regresó a la semana. Parecía más tranquilo y hasta se le veía con ánimo. En dos días partiríamos a la línea de fuego en la frontera con Colombia. La vaina pelúa, como le gustaba decir al Mayor. Y aunque nadie mencionó más el asunto, aunque todo parecía haber vuelto a la normalidad, sabíamos que Toro no podía ser el mismo.

Tres

El Teniente estaba muy enfermo. Se cansaba cada cien pasos y le costaba respirar. También vomitaba todo lo que comía. Pero lo peor de todo era su diarrea. No avanzábamos si quiera un minuto sin que tuviera que detener la marcha y perderse en los matorrales para vaciar lo que le quedaba en el intestino. A veces llegaba a nuestros oídos el trompeteo de sus nalgas, y si la dirección del viento era desfavorable también llegaba a nuestras narices un olorcito como a azufre. Cuando al fin volvía, pálido y empapado en sudor, retomábamos nuestra marcha. Al ritmo que íbamos, nunca peinaríamos la zona como se nos había ordenado.

El Teniente le echaba la culpa al último guiso que preparó Becerra, el cabo encargado de la comida.

–Maldita carne de perro –decía al borde de un desmayo.

Como dejó de comer y de tomar agua, se deshidrató y se debilitó con rapidez. La arremetida de antibióticos que le propinó el paramédico no fue suficiente. Comenzó a quejarse de unas puntadas en el abdomen y de que se le dormían los brazos y las piernas. Hicimos contacto con la base. No mandarían el Cougar AS-565 hasta dentro de tres días. Todas las unidades aéreas estaban en vuelos de reconocimiento en Apure y no iban a sabotear la labor por una simple diarrea. El Teniente ordenó armar el campamento ahí mismo donde estábamos. Hicimos todo lo que mandó y nos resignamos a esperar más órdenes. La mandadera finalmente lo agotó y a las 1800 horas cayó en coma profundo.

Terminó mi guardia y me fui a dormir. No pude hacerlo por mucho tiempo. Oí gritos. Me levanté listo para la batalla y agarré el fusil. Salí de la carpa. El pelotón entero estaba reunido afuera mirando al Teniente que se retorcía en el suelo y se restregaba las manos en el trasero. Bonilla y Da Sousa, que eran los que estaban haciendo la guardia en ese momento, vieron que el Teniente había salido de su carpa para hacer pupú por enésima vez. Parece que se le olvidó llevar el papel toilet y se limpió con lo primero que tenía a la mano. Tuvo tan mala leche que lo que encontró fue una planta que causa urticaria cuando hace contacto con la piel. Algo así como hiedra venenosa.

El Teniente se quejaba y arrastraba el culo por el piso. Justo cuando pensábamos que las cosas no podían empeorar, se desmayó. Parecía una lagartija patas arriba. Se había puesto tan blanco que se le veían las venas del cuello y del pecho. Estaba brilloso por el sudor y la luz de la luna. Lo dimos por muerto pero al rato abrió los ojos y balbuceó un par de oraciones. Creo que le oí decir «Llévenme a mi casa», pero es poco probable que el Teniente dijera eso.

Cuatro

Enviudé hace unos meses. Un ejercicio de maniobras con granadas de mano salió inexplicablemente mal y me quedé solo. Se suponía que debíamos hacer un hueco en la tierra, quitarle el seguro a una granada, contar hasta tres en voz alta, embocar la granada en el hoyo y tirarnos boca abajo, de modo que nuestros pies quedaran bordeando el hueco y nuestras cabezas lo más lejos posible, a salvo del estallido. La idea era coordinar cada paso con tu compañero. Tu vida dependía de él y la suya de ti. Cada uno tenía un turno de accionar la granada y ponerla en el hueco. Yo fui el primero y todo salió a la perfección. Lo malo vino cuando le tocó a Fajardo, mi esposa. La explosión de la primera granada nos había dejado los oídos pitando y las piernas adoloridas. Fajardo quitó el seguro. Gritó uno, dos y tres y embocó la granada en el agujero. Nos lanzamos sobre nuestros estómagos. Todo parecía que iba a salir bien, pero algo pasó. Algo que hasta el sol de hoy nadie sabe cómo pudo suceder. La granada estalló. Sentí piedritas y tierra cayendo sobre mi cabeza. Como a lo lejos oí un grito de agonía. Era Fajardo. Tenía un pedazo de metal caliente enterrado en el cuello. Se le iba metiendo más y más hasta la garganta. Fajardo se retorció como un puerco degollado. El paramédico llegó un poco tarde. Yo me había quedado pasmado, sobreponiéndome de la impresión; pero en cuestión de segundos vacié mi cantimplora sobre el cuello de mi esposa. Sonó exactamente como cuando se enfría el metal al rojo vivo. Del agujero en su cuello se descosió un hilo de humo. De repente dejó de moverse. El paramédico le buscó el pulso. Yo estaba ahí, mirando a Fajardo, con aquel metal en su garganta, tieso y con los ojos apuntando hacia la estratosfera. El paramédico intentó varias cosas, pero no pudo hacer nada.

Así fue que me quedé viudo.

La idea de los matrimonios fue del Sargento Urribarri. Consistía en una ceremonia que además de mantener arraigado el compañerismo y el trabajo en equipo, era una forma de humillarnos y malearnos a su manera. Cada soldado debía tener una esposa. Esa esposa era otro soldado. Ya casados, debían estar siempre juntos, pasara lo que pasara. Hasta que la muerte los separe, decía el Sargento. Para que nos quedara bien clara la idea, nos ofició una boda. Pero en vez de vestir traje, vestimos el uniforme y cargamos con el equipo reglamentario completo. En vez de desfilar por el altar, nos hicieron trotar bajo la lluvia por horas y cumplir circuitos en el campo de obstáculos. En vez de aquella basura de «¿aceptas en matrimonio, para amar y para honrar a fulanita de tal?», el Sargento nos hizo formar en filas de a dos y escupió a todo gañote «Escuchen, cagarrutas, el hombre que tienen a su lado es la mugre en sus uñas. Cada uno tiene que meter en su cabeza lo siguiente: Sólo él salvará tu vida. Sólo tú salvarás su vida. Desde este momento está ligado a ti por un vínculo de muerte. Es la ley de la guerra. En el nombre de esta patria y en el nombre de los muchos que morirán en el campo de batalla; les ordeno que se unan en santo matrimonio. Ahora pueden besarse». Con besarse, el Sargento quería decir que nos demostráramos lealtad con un golpe en el estómago. Fajardo me encajó el puño a la altura del ombligo y me dejó sin aire. Tuve sólo unos segundos para recuperarme. Cuando lo hice, le coloqué un derechazo en toda la boca del estómago entonando un frenético grito de guerra. Así que estábamos casados. Hasta que la granada mató a Fajardo.

Estar casado con otro soldado significaba vivir las veinticuatro horas del día junto a él. Había reglas básicas. Ningún miembro del matrimonio podía separarse más de cinco metros del otro. Debían estar siempre juntos. Compartías litera con él, comías con él, ibas al baño con él, trotabas en las mañanas con él. Tu pareja podía estar vomitando el desayuno entre los matorrales, podía estar hecho polvo en el piso de las letrinas, llorando por noticias que llegaban de casa, pasara lo que pasara, no podías alejarte de él. De lo contrario, había severas represalias. Un día, en la cola del comedor, Fajardo se alejó de mí unos metros más de los recomendados. Cuando nos dimos cuenta ya era demasiado tarde. El Sargento nos hizo botar el arroz con imitación de Spam. Además de quedarnos sin almuerzo, nos tocó limpiar el despacho del Sargento. No sé si fue el hambre, pero tuve el atrevimiento de preguntarle al Sargento por qué nos hacía casarnos así. «¿No le parece un poco gay, Sargento?», agregué al final. Fajardo me golpeó con el codo para que cerrara el pico, pero el Sargento me respondió con calma.

–Cabo, el campo de batalla resguarda un secreto. Yo le voy a decir cuál es. Es el amor. Aquí nadie quiere soldados enyucándose en las literas y en las duchas. Aquí sólo manejamos fines militares. Si un soldado entra en combate, donde sabe muy bien que de un balazo le pueden sacar las tripas por el culo, lo hace con una idea en mente: salir vivo de ahí, ¿cierto? No sólo eso. Más importante es que su compañero también sobreviva y que él es capaz de arriesgar hasta su propia vida para que así sea. ¿Sabía que los soldados romanos y griegos batallaban junto a sus amantes, para sentir una motivación heroica superior a la política y a la militar? Esa motivación heroica no era más que el amor que sentían por el hombre que estaba a su lado. ¿Conocen la historia de Patroclo y Aquiles?

Fajardo y yo movimos la cabeza de lado a lado.

–Burros –dijo el Sargento.

Señaló una hilera de libros en la estantería detrás de su escritorio. Paseé mi vista por los títulos en los lomos. La Ilíada de Homero, El arte de la guerra de Sun Tzu, cinco volúmenes de Adiós al Séptimo de Línea de Jorge Inostrosa Cuevas, un tomo de El Toqui Pelantaru: Guerrero de la Conquista y una edición bilingüe de Tempestades de acero de Ernst Junger.

–Todo eso y mucho más está aquí, soldados –dijo el Sargento Urribarri–. Cuando entiendan eso, sus enemigos serán polvo.

Mi nueva esposa no pudo llegar en peor momento. A mí me decían El Viudo tras lo sucedido con Fajardo. El sobrenombre no me gustaba ni un poquito. Me había tocado pasar parte del entrenamiento solo. Para mí no hubo misericordia. El Sargento Urribarri se ensañó conmigo. Me exprimió los glóbulos blancos. La narcoguerrilla no te dará tregua, infeliz; me gritaba al oído cada vez que podía. ¿Por qué habríamos de dártela aquí?

Yo estaba rabioso.

Se llamaba Marcos Elías Romero. Alguien empezó a llamarlo Romerito y así se quedó. Era mi pareja, así que tuve que pegarle en el estómago y él a mí. Fue la peor primera impresión en la historia de las malas primeras impresiones. Era un tapón de 1,56 con actitudes de boy scout. De lejos se veía que jamás iba a encajar en el batallón. Miró la barraca como con asco, se tiró de bruces en la parte baja de la litera y dijo que cualquier cosa era mejor que quedarse en Caracas cortando matas en el Círculo Militar o pintando de blanco los árboles de Los Próceres.

Tenía unas costumbres bastante molestas. Por ejemplo, le gustaba entrar en las duchas cacareando como gallina y luego mirar a los lados pretendiendo que no había sido él. O cuando se echaba el desodorante, bailaba haciendo el paso del robot y cantaba guopechíe guoperó. En las noches le gustaba hablar de su familia en Caripito. Yo no le prestaba mucha atención y terminaba adormilado, escuchando como a lo lejos, una señal difusa, algo sobre su hermana que había abortado dos veces bebiendo kerosén.

Luego comprendí que yo no era el único descontento con Romerito. Una madrugada, el resto del batallón le dio la bienvenida. Lo sujetaron con correas y le afeitaron las cejas. Sentí que la litera se agitaba allá abajo, pero permanecí ajeno en la parte de arriba, fingiendo dormir plácidamente.

A la mañana siguiente, en el desayuno, mi nueva esposa me reclamó por no haberlo defendido. Clavé la cucharilla en lo que parecía ser cereal de avena sobre mi tazón. Me llevé una buena porción a la boca. Luego miré la cara sin cejas de Romerito. Mastiqué y tragué. Romerito me sonrió. Y en su sonrisa vi que nada de aquello tenía el menor sentido.

Cinco

Nuestro campamento estaba en un rincón olvidado de Apure, a pocos kilómetros del Arauca. En los tres meses que llevábamos ahí, ninguno había visto a una mujer. Las de las revistas no contaban. De tanto uso se arrugaban y se manchaban con hongos o se deshacían por la humedad o por el sol. Las mujeres de papel sólo saben desvanecerse, dijo el cabo Oviedo en un arranque poético al que todos respondimos aaaaay vaaaale.

También fue Oviedo quien dijo conocer un truco para hacerse una paja calidad. Así decía él, porque era llanero de Acarigua, y allá le dicen calidad a las cosas buenas.

–Cuando no hay papo a la vista –dijo Oviedo– se usa una concha de plátano.

Todos reímos sin prestarle mucha atención. Él se metió en la selva a buscar plátanos. Volvió a la media hora con cara de satisfacción.

A Muñoz se le ocurrió preguntarle un día cómo era eso de las pajas con plátanos. Oviedo explicó. Iba más o menos así:

Uno agarra un plátano. Lo pela, pero no mucho. Digamos que la piel se le baja hasta la mitad. Luego se extrae el plátano dejando la concha vacía. Si uno quiere se come el plátano o si prefiere, lo bota. Da igual. Entonces te forras el chaparro con la concha, te la aprietas bien con la mano de tu preferencia y te haces tu paja calidad. Aquello se siente como una mujer de verdad. Lubricada y azucarada. En eso consistía, según Oviedo.

Dos días después partimos a la línea que divide el Arauca y Apure. Un río que mantiene a distancia las hermanas repúblicas. Cruzas el río y ya estás en Colombia. A pocos kilómetros de nuestro destino, nos encontramos con una zona arrasada. En el sitio estaba otro pelotón veneco. A cargo estaba un Teniente de apellido Lobo con cara más bien de conejo.

El Teniente Lozada hizo el saludo milico.

–¿Novedades? –preguntó el Teniente Lozada.

El Teniente Lobo hizo una mueca extraña.

–No se lo van a creer –dijo con naturalidad.

Esperábamos que nos dijera que se acabaron los conflictos y que la guerrilla había devuelto a todos los secuestrados y se habían rendido prometiendo no entrar más nunca en nuestro territorio.

–Mujeres –dijo el Teniente Lobo.

Lo primero que pensamos fue que había un burdel cerca. Me imaginé en una hamaca, fajado encima de una india anémica. Tierna, jadeante y sudorosa. Me mordí los labios.

–Un pelotón de mujeres vuelto mierda –siguió explicando el Teniente Lobo.

La emoción del pelotón se esfumó de inmediato.

–Nos las encontramos de vainita. Íbamos al filo del Arauca cuando cayó el cabo Tovar de un trallazo en el ojo. Como era actividad hostil en nuestro territorio, respondimos con todo. Dieron pelea, las zánganas. Las bañamos con plomo y con los M66 pero igual nos llevó una hora borrarlas. No supimos que eran mujeres sino cuando cesó el fuego y fuimos a ver los cadáveres. Eran unas veinte o treinta. Son raros esos pelotones de mujeres. Las FARC usan estos escuadrones especiales para otras cosas. Traslado de rehenes, negociaciones y cosas por el estilo. Casi nunca las mandan al frente. Casi nunca las hacen cruzar a nuestro lado.

Las caras del otro pelotón estaban borrosas. Eran rostros perdidos en un punto lejano y oscuro. Algo había cambiado en ellos, pero no está dentro de mis posibilidades decir qué.

Seis

Yo ni estudiaba ni trabajaba y me la pasaba en la calle vagueando. Un buen día me agarraron los de la Guardia. Me enlataron en un camión con otro montón de sátrapas, me llevaron al Círculo Militar y me pelaron el coco. Me clavaron la cara en el fondo de una poceta y un tenientucho que se creía Patton me dijo «Te jodiste, carajito. Te vas pa’ la frontera a defender tu patria».

Terminé en La Guajira, donde el calor es volcánico. Para volverse loco y morirse, en ese orden. Si no te matan los narcos o la mafia guajira, te mata el calor.

Por eso decidí escaparme.

Una noche me tocó hacer guardia junto a Arrechedera, un recluta que era chingo. Le conté mi plan y al principio le pareció una burrada, pero luego no le pareció ni tan mala idea y quiso venirse conmigo.

Dejamos nuestros puestos a las 2300 horas. Escalamos un cerrito que quedaba detrás del lugar más apartado del campamento, más allá de las letrinas. Luego atravesamos una planicie sin tener muy claro adónde íbamos. Trotamos hasta que amaneció. Arrechedera llevaba consigo hojas de coca y las masticamos para mantener el ritmo. Estábamos tan desquiciados y éramos tan idiotas que queríamos pasarnos a Colombia caminando. Como era de esperarse, nos perdimos. Pero bien perdidos. Nos topamos con un laguito de agua apestosa y se nos ocurrió caminar guiándonos por su orilla. De vez en cuando veíamos horcones de palafitos abandonados.

Esa noche, cuando ya me estaba arrepintiendo de haberme arrastrado al condenado chingo y esperaba que de un momento a otro nos encontraran los narcos y nos fusilaran, perdimos el conocimiento y nos desplomamos, desmayados sobre nuestros morrales.

Abrí los ojos de cara al cielo. El sol comenzaba a hacer de las suyas. Arrechedera estaba sentado en un tronco seco viéndome sin parpadear. Junto a él había un indio viejo que también me observaba. Mi primer impulso fue agarrar el fusil. Arrechedera me pidió calma y el indio echó una carcajada de otro mundo. Es un chamán wayuú, dijo Arrechedera. Dice que sintió nuestros espíritus rondando anoche por aquí. Los dejamos libres cuando nos dormimos y por eso supo dónde estábamos. Según el chamán, que hablaba un castellano atropellado, nuestros espíritus pedían ayuda y estaban molestos con el universo. Por eso respondió a su llamado, para arreglarlos. A mí todo aquello me parecían patrañas. El viejo era un esqueleto sucio. Tendría como mínimo noventa y nueve años. Usaba una túnica tejida y muchos collares de semillas y caracoles. Sólo tenía un diente amarillento y todo picado. Me recordaba a Joselo cuando hacía de indígena en el canal ocho.

Arrechedera estaba en trance. El chamán le había pintado unos círculos en la frente con ceniza y le había descubierto el pecho, donde había más círculos y signos. Me puse de pie. Me habían quitado las botas y las medias. También tenía el torso desnudo. El chamán me hizo señas para que me sentara. Al principio me pareció una mala idea y le pregunté a Arrechedera qué era lo que estaba pasando, pero el muy imbécil respondió algo que no comprendí. El chamán se hacía entender mejor en su wayuú que ese chingo de mierda. Insistió en que me sentara y así hice. Estaba cansado y aturdido y no tenía ánimos de hacer nada. El chamán agarró ceniza de un tizón que había en el piso y me dibujó círculos y signos en la cara, en la frente y en todo el pecho y la espalda. Su dedo se sentía áspero haciendo trazos en mi piel. Pensé que ya había terminado y estaba dispuesto a pararme, vestirme y seguir la marcha cuando me contuvo para que permaneciera sentado. Arrechedera seguía muy quieto. Me veía con fascinación. Le grité una grosería para que despabilara. El chamán me puso el dedo en la boca y me siseó para que me callara y dijo algo en wayuú. Luego sacó unos manojos de matas y raíces, colocó unas cuantas en una totuma, agregó aguardiente de palma y mezcló todo con una piedra hasta que quedó un líquido espeso de color azafrán. Me hizo tomar el brebaje. Sentí mi garganta en carne viva y luego un picor espumeante que disipaba el sabor a tierra y a verdura cruda. El chamán me pidió que cerrara los ojos y que repitiera una frase en wayuú. Estuve así un rato, repitiendo una y otra vez aquel mantra, hasta que comencé a sentirme muy borracho.

Lo que vino después es un poco confuso. Sé que el chamán cantó por horas y nos tocaba la frente. Y cuando lo hacía temblaba y exhalaba bocanadas de aire. Luego hizo unos movimientos que parecían una especie de baile y nos hizo dar vueltas y más vueltas. Me mareé mucho. Fue ahí cuando nos hizo ponernos de pie y nos llevó al lago. Entramos hasta que el agua nos llegó a la cintura. El chamán comenzó a mojarnos la cabeza y el cuerpo para limpiarnos la ceniza. Nunca paró de cantar y de decir cosas en wayuú. Después salimos del agua. Nos volvimos a sentar y bebimos más brebaje. El chamán siguió cantando sin parar por horas, hasta que Arrechdera y yo fuimos quedándonos dormidos otra vez, en completa paz con el universo.

Despertamos al mismo tiempo. Aún no había amanecido. Sólo había un destellito de luz en el cielo y estaba fresco el aire.

Sentía la boca seca y el estómago estragado. Los pómulos y los hombros me ardían. Sin embargo tenía una sensación de vigor en la cabeza y en el pecho. Arrechedera se veía igual. Estaba tan acelerado que fue mucho más difícil comprender lo que decía. El chamán no estaba por ninguna parte. En el piso había una bolsa tejida. Dentro había frutas secas, una botella de aguardiente de palma y dos figuras de barro. Parecían guerreros. Teníamos puestos unos collares de caracoles y semillas como los del chamán, que sonaban con cada paso que dábamos. Nos vestimos y retomamos nuestra huída. Ya nos importaba poco si nos moríamos de hambre o de sed o si nos agarraban los narcos. Ni siquiera sabíamos si estábamos en territorio colombiano o venezolano. Simplemente caminamos por el crisol que es La Guajira, con la única idea de que a donde sea que fuésemos, estaríamos mucho mejor que en cualquier otra parte.

Caracas, 2009

Arte, Literatura y Ciencia

Por lo general la mentira suele asociarse con actitudes mezquinas, y la experiencia nos muestra que hay en esto una buena cuota de verdad. Hablar bien de la mentira, o más aun hacer una apología, puede parecer algo obsceno y hasta casi grotesco. Pero la mentira no es sólo una cuestión moral; la mentira tiene aspectos que exceden lo moral y es allí donde aparece su verdadero poder transformador. Es entonces cuando ciertas cuestiones acerca de la mentira adquieren otro sentido. ¿La mentira es lo opuesto a la verdad? ¿Podemos construir verdades basadas en mentiras? ¿Puede la mentira ayudarnos a comprender el mundo? Analizaremos aquí diversos aspectos de la mentira y veremos que en determinados contextos no sólo no es mala sino que es deseable y hasta necesaria.

La mentira tiene una cara moral, ética, que todos conocemos y con la que nos topamos a diario; y otra extramoral mucho menos…

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