Revista Literaria
nietzsche-e-schopenhauer
Miguel Angel Morelli

BARBAROS

Cuenta la leyenda (y a las leyendas siempre hay que creerles) que un buen día paseaba el joven Friedrich Nietzsche por Leipzig cuando descubrió, en una librería de viejo, un libro cuyo título le llamó la atención: “El mundo como voluntad y representación”. Lo firmaba un tal Arthur Schopenhauer, a quien Nietzsche conocía de mentas, pero todavía no había leído. Dado como era a escuchar voces bestiales que le susurraban al oído, parece que esta vez el consejo que recibió fue provechoso: “Llévatelo a tu casa”. Durante los siguientes catorce días el futuro autor de “Así habló Zaratustra” se dejó arrastrar por la endiablada potencia del filósofo de Dánzig. Tanto que procuró no acostarse antes de las dos de la mañana y levantarse no después de las seis, cosa de leer el máximo posible. Durante todo el tiempo que duró la lectura, confesaría más tarde Nietzsche, estuvo bajo el influjo de una poderosa excitación nerviosa, una suerte de barbarie. Excitación que tampoco terminaría ahí: acabado “El mundo como voluntad…” arremetió contra la “Historia del materialismo”, de Lange, que habría de ser el primer libro que abordaría en clave schopenhaureana: la del hombre como voluntad de poder.

Schopenhauer, es sabido, había reducido a tres las categorías de Kant: el tiempo, el espacio y la causalidad. Tres cosas en las que sin duda estaría pensando Jorge Luis Borges cuando escribió aquel maravilloso “Poema Conjetural” que yo descubrí, una tarde de otoño, en cierta librería de lance de la calle Corrientes. Si no me equivoco el lugar se llamaba “Moro” (o “Del Moro”) y quedaba a metros de la pizzería Guerrín. Lo que no es un detalle menor: comprar un libro usado (el presupuesto no daba para nuevos) e ir a leerlo en compañía de una sabrosísima porción de muzza era, por aquella época, una suerte de aventura dionisíaca, de bacanal desmesurado.

“Poema Conjetural” es, de todos los suyos, el más personal de los poemas borgeanos. Y acaso el más estudiado, aunque no sé si el mejor comprendido. Como sabemos, se trata del monólogo interior de uno de sus antepasados, el doctor Francisco Laprida, antes de morir a manos de los montoneros de Aldao el 22 de setiembre de 1829. Allí Laprida se queja amargamente de su destino, el de un hombres de leyes (“Yo, que estudié las leyes y los cánones, / yo, Francisco Narciso de Laprida, / cuya voz declaró la independencia / de estas crueles provincias…”) que encuentra finalmente su sino brutal a manos de la barbarie. Claro que hacia el final hay una leve insinuación, una confesión: “(…) pero me endiosa el pecho inexplicable / un júbilo secreto: al fin me encuentro / con mi destino sudamericano”.

Está claro: Borges envidia el destino de Laprida. Sabe que no se puede ser sudamericano (en su caso, un poeta sudamericano) sin debatirse entre la civilización y la barbarie, sin poder eludir la violencia de un continente desmesurado y torrencial. Un continente, en fin, que hubiera hecho las delicias de aquel Nietzsche que en una librería encontró en un libro antiguo la clave de lo por venir.
Fuente: “Agenda del Sur”, Quilmes, agosto 2013

“Poema conjetural”, de Jorge Luis Borges

El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir:

Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí… Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

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