Archivos para el mes de: octubre, 2013

Alfonsina Storni (1892-1938)

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DOS PALABRAS

Esta noche al oído me has dicho dos palabras
Comunes. Dos palabras cansadas
De ser dichas. Palabras
Que de viejas son nuevas.

Dos palabras tan dulces que la luna que andaba
Filtrando entre las ramas
Se detuvo en mi boca. Tan dulces dos palabras
Que una hormiga pasea por mi cuello y no intento
Moverme para echarla.

Tan dulces dos palabras
?Que digo sin quererlo? ¡oh, qué bella, la vida!?
Tan dulces y tan mansas
Que aceites olorosos sobre el cuerpo derraman.

Tan dulces y tan bellas
Que nerviosos, mis dedos,
Se mueven hacia el cielo imitando tijeras.
Oh, mis dedos quisieran
Cortar estrellas.

Alfonsina Storni fue una poeta, escritora y maestra argentina nacida en Suiza. El escritor uruguayo Horacio Quiroga tuvo una gran influencia en su carrera literaria. Intervino en la creación de la Sociedad Argentina de Escritores y su participación en el gremialismo literario fue intensa. Sus obras màs destacadas son: El dulce daño (1918), Languidez (1920), La inquietud del rosal (1916), Morir sobre los campos (1918), Irremediablemente (1919) y Ocre (1925)
El 23 de octubre de 1938 viajó a la ciudad de Mar del Plata y en la madrugada del martes 25, Alfonsina Storni abandonó su habitación y se dirigió al mar. Descubrieron su cadáver en la playa. La noche anterior al suicidio, escribió un poema dirigido a su hijo que llamó “Poema de despedida” y lo envió al diario “La Nación”.

Amor: Querer, enamorarse y amar.
Ángela María Ramos Nieto. @am_ramosnieto

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La primera definición de la palabra amor, cuya etimología es latina, se refiere, según la RAE, al “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”.

Pero la extensión de la palabra es tan amplia que comprende una gran variedad de definiciones. Por ello, a lo largo de la historia, la filosofía ha abordado este concepto desde diversas perspectivas. Según Edgar Morales, “hay casi tantas definiciones de amor como filósofos han existido”. Platón, a través de Eros, nos despierta el lado físico, sensible, corporal, según el cual podemos entender el amor como el deseo que busca completar su significación. Aristóteles nos ayuda a descubrir el lado espiritual y personal de la palabra: encontramos nuestro yo más profundo a través de los otros, acercándonos de esta manera al concepto de amistad. Recordemos que, para el filósofo, “amor es desear al otro todo lo que se considera bueno, no por uno mismo, sino por el otro”. Ambas perspectivas se complementan con el concepto de Ágape, que nos acerca a la visión cristiana del amor fraternal y, ante todo, incondicional.

Desde un punto de vista social, distinguimos entre amor egoísta (orientado hacia la consecución del placer o bienestar individual) y amor altruista (basado en el interés social o colectivo). Sin embargo, esta distinción provoca controversia: el altruismo y la generosidad pueden considerarse sinónimos en determinados contextos y no implican obligatoriamente una relación interpersonal entre los sujetos que los experimentan y el resto del colectivo. En otras palabras: podemos ser generosos con personas a las que no conocemos, con las que no hemos creado un vínculo afectivo.

Si la propia definición de “amor” es compleja, más complicado es entender el proceso de enamoramiento. Para la Literatura, solo existen tres grande temas: amor, vida y muerte. Los dos últimos citados giran en torno al primero. En muchos casos, la lejanía o imposibilidad de alcanzar al ser amado convertía el concepto de amor en realidad. En esto precisamente consiste la herencia del amor cortés literario: Es el reflejo de una manera de concebir el mundo que entronca directamente con la vertiente platónica de la filosofía; solo amamos aquello que se aleja de nuestras posibilidades. El amor, por consiguiente, es entendido desde esta óptica como un proceso de búsqueda, pero no de encuentro y, por tanto, deja de tener sentido en el instante en el que el ser amado es capaz de responder a la petición del amante. Opuesto a este concepto y presente también en la literatura, encontramos el amor místico, que alcanza su realización mediante la unión espiritual entre los amantes y que establece un claro paralelismo con el amor sexual en cuanto a fórmulas, tópicos y objetivo: fusión de dos seres para alcanzar la unidad.

La literatura nos muestra también cómo a lo largo de la historia el amor ha sido considerado una enfermedad cuyos síntomas eran fácilmente reconocibles: pérdida de apetito, insomnio, sudoración, taquicardia, necesidad obsesiva de ofrecer nuestros logros cotidianos y la consecución de nuestras metas al ser amado. Nuestro Quijote sufre la enfermedad del amor, encarnado éste en la imagen idílica de Dulcinea.

En esta andadura literaria del concepto, tampoco podemos olvidar el desenlace trágico, el amor frustrado, que conducía a la locura o al suicidio. La figura de la mujer ha jugado un papel determinante dentro de los clichés literarios. Pertenece a nuestro imaginario colectivo la instantánea de Melibea mientras se lanza al vacío al saber que ha perdido a su amado o el bello cadáver de Ofelia que flota plácidamente en el agua adornado con flores. El retablo de la mujer hermosa, joven y muerta, como consecuencia de una tragedia amorosa, se ha convertido en un clásico para el mundo de la pintura y del cine. Podemos echar un vistazo a los cuadros de la escuela prerrafaelita, por ejemplo, y repasar algunas de las mejores películas de nuestros tiempos para comprobar que existe una clara relación entre Literatura y Vida. En esta misma línea, el movimiento romántico surgido en el siglo XIX, perfiló el concepto como forma de vida: sin amor era imposible alcanzar un estado de auténtica plenitud y en ausencia de éste la vida dejaba de tener sentido. La muerte se convertía en la única salvación. Los héroes románticos pasearon con orgullo su culto exacerbado al sexo, reivindicaron la libertad y el individualismo por encima de cualquier otra premisa y nos dejaron un legado tan valioso que pervive actualmente en cualquier faceta artística.

Por otra parte, con respecto a la ciencia, podemos encontrar distintas vertientes. En primer lugar, la bilogía considera las relaciones de pareja como un estado evolucionado del instinto de supervivencia; la neurociencia hace especial hincapié en el hecho de que el cerebro segregue una serie de sustancias que actúan de manera similar a las anfetaminas y estimulan el centro de placer del cerebro. Sin embargo, la antropología delimita tres fases que abarcan desde el impulso sexual hasta el cariño o apego, siendo esta última etapa la que permite la existencia de una continuidad en las relaciones siempre que el deseo sexual no desaparezca. La antropóloga Helen Fisher, en su libro ¿Por qué amamos? destaca dos factores importantes: la cultura y el momento. Insiste, además, en que el impulso sexual puede derivar en amor de índole romántica y que se caracteriza por la atracción sexual, la necesidad de compartir gustos e intereses, la exclusividad y cierta dosis de posesión (lo que Fisher denomina “vigilancia de pareja”). Resulta curioso, según la antropóloga, cómo el ser humano es capaz de odiar y amar al mismo tiempo a la misma persona sin que ello conlleve, necesariamente, ningún tipo de trastorno psicológico en la conducta. Según la célebre antropóloga, ambos conceptos son la cara y la cruz de una misma moneda.

Por presentar tantas variantes diferentes y ser estudiado desde distintos enfoques, el amor es considerado como el pilar que sustenta las relaciones interpersonales. Sin embargo, al margen de la diversidad de significados que entraña la palabra, el ser humano suele identificar tres conceptos como sinónimos aunque realmente no lo son: Querer, enamorarse y amar. Las últimas tendencias en psicología subrayan que la principal causa de nuestros “fracasos emocionales” tiene su origen en la confusión y el desconocimiento de estos tres términos.

Queremos, según el psicólogo Walter Riso, cuando proyectamos sobre los demás la responsabilidad de cubrir nuestras carencias afectivas o “vacíos emocionales”. Por eso, si el otro no es capaz de cumplir nuestras expectativas, nos sentirnos decepcionados y solos. Resulta interesante recalcar este aspecto porque la soledad, individual o compartida, se ha convertido en una de las grandes epidemias de nuestro siglo. El hombre moderno arrastra el estigma de que triunfan aquellos que viven en compañía y termina, en muchos casos, renunciando a sus anhelos y deseos más profundos para alcanzar un estado de felicidad compartida que solo existe de una manera aparente, pero no real. Paradójicamente, la necesidad de que nos quieran, así como el precio que estamos dispuestos a pagar por ello termina alejándonos de la propia realización personal y, en definitiva, de la felicidad. Aunque la imagen que proyectamos de cara a la galería sea justo la contraria.

Por otra parte, muchas de las relaciones de pareja concluyen porque el ser humano se empeña en identificar enamoramiento con amor. Ambos estados no son excluyentes, sino complementarios, pero en muchas ocasiones las relaciones se acaban cuando finaliza la fase de enamoramiento, de pasión exacerbada. Por el contrario, la duración del amor puede ser ilimitada y, aunque debe contener el deseo sexual que caracteriza al enamoramiento, sólo amamos de una forma real cuando nos sentimos plenos, realizados y satisfechos con nosotros mismos. Solo si somos cómplices de nuestro propio bienestar emocional podremos contribuir al bienestar de nuestra pareja.

Por tanto, es fácil enamorarse porque siempre encontraremos en factores externos un reflejo de nuestro lado más bello, de aquello que anhelamos ser o disfrutar y sentiremos una fuerte atracción física por alguien. Por el contrario, el proceso de amar es mucho más complejo. Como apuntaba Erich Fromm, “el amor es un arte, una acción voluntaria que se emprende y se aprende”. Nuestra capacidad de amar no depende del otro, sino de nosotros mismos, de nuestra manera de concebir el mundo que nos rodea, de adaptarnos a él y aprender a disfrutarlo. Y es precisamente ahí donde reside el problema: En la aceptación de que la responsabilidad de ser feliz es una tarea individual. Por consiguiente, cada vez que volcamos nuestras frustraciones en otra persona dejamos de amar. Amamos cuando entendemos el verdadero significado de la palabra independencia y somos capaces de apreciar, en nosotros mismos y en el otro, virtudes o cualidades reales, no idealizadas. Como expresaba magistralmente Pedro Salinas en su libro La voz a ti debida, la clave para aprender a amar consiste en descubrirle a otro ser humano cualidades que ni él mismo sabe que tiene, pero que nosotros vemos porque, previamente, hemos sido capaces de vernos. “Es que quiero sacar de ti tu mejor tú/ese que no te viste y que yo veo”. Dicho de otro modo: solo cuando aprendemos que nuestra propia vida es lo más valioso que poseemos, somos capaces de descubrir la grandeza del ser humano en los demás. Entonces podremos respetar, admirar y compartir la felicidad que entraña formar parte de una unidad armónica. Porque el auténtico amor es un proceso de autodescubrimiento que nos permite compartir el placer de encontrarnos y merece la pena alcanzar las más altas cotas en este arte. Ya lo dijo el maestro Ovidio: “Todo amor grande encierra una pasión por lo Absoluto”.

Ángela María Ramos Nieto es Profesora de Lengua castellana y Literatura.

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GENTE NECESARIA
de Hamlet Lima Quintana

Hay gente que con solo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales,
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente,que con solo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas.
Que con solo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca
llega hasta todos los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después, como si nada.

Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe, que a la vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria.

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Hamlet Lima Quintana nació en 1923 en Morón, provincia de Buenos Aires. Fue un poeta argentino, autor de más de cuatrocientas canciones entre ellas la popular “Zamba para no morir”. Desde Buenos Aires, Hamlet Lima Quintana componía canciones que acompañaron al movimiento artístico y cultural denominado Nuevo Cancionero (1962), que integraban también el poeta mendocino Armando Tejada Gómez y el músico Oscar Matus. Artistas de la talla de Mercedes Sosa y Horacio Guarany interpretaron sus composiciones. Falleció el 21 de febrero de 2002 en Buenos Aires.

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MUJER TOMANDO SOPA

Me digo:
sube y baja la cuchara
plena – vacía
traza su órbita
carga-descarga
arriba-abajo

Todo se come, digo
en el fondo del plato,
se agrandan,
se contraen órbitas desmesuradas,
en el vaivén,
en el límite del oleaje,
la boca urge entreabierta
y
trago…
Esto no va a acabar, me digo
sopa interminable.
Trago filos de cuchillos
tallos cercenados
trigo golpeado, resbaladizo
Salpica
cae desde el borde lo incontenido
sube el vapor
las lágrimas saladas no hacen ruido,
en el estómago
la pleamar ahoga
Un esfuerzo más, me digo
la mano mecánica oye,
ejecuta hasta dar con el fondo

Qué buena niña, dicen
en tanto Dios sigue atizando el fuego
la gran olla borbotea
ciénaga donde todo cabe
Sólo quiero tirar el mantel
Sólo quiero tirar el mantel
desbaratar el rito

En tanto sigue la mesa sosteniéndose
sobre las cuatro patas de su historia.

Beatriz Piedras

La palabra sopa –al igual que sus cognatos sop, soup en inglés, soupe en francés, zuppa en italiano—, procede del germánico occidental suppa que se refería a una rebanada de pan sobre la que se vertía un caldo. Fue posteriormente latinizado en suppa, en torno a los años 500 d. C., conservando su sentido original. A lo largo de la Edad Media pasó a definir a la vez los trozos de pan que se cortaban para remojar en un caldo, y el mismo caldo o líquido que se espesaba con pan.
La sopa es una preparación culinaria que consiste en un líquido con sustancia y sabor. En algunos casos posee ingredientes sólidos de pequeño tamaño sumergidos en su volumen. Una de sus características principales es que se ingiere con cuchara. Si no tuviera ingredientes sólidos (vegetales o productos cárnicos) se considera un caldo alimenticio, base de todas las sopas. Si se clarifica será un consomé. La sopa suele proceder de una preparación culinaria con evaporación, como es el cocido, o mediante retención de vapores: estofado. Tradicionalmente, se puede espesar añadiendo al final de la cocción pan o cereales como el arroz, fideos o pasta menuda.

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César Vallejo
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El momento más grave de la vida

Un hombre dijo:
-El momento más grave de mi vida estuvo en la batalla del Marne cuando fui herido en el pecho.
Otro hombre dijo:
-El momento más grave de mi vida, ocurrió en un maremoto de Yokohama, del cual salvé milagrosamente,
refugiado bajo el alero de una tienda de lacas.
Y otro hombre dijo:
-El momento más grave de mi vida acontece cuando duermo de día.
Y otro dijo:
-El momento más grave de mi vida ha estado en mi mayor soledad.
Y otro dijo:
-El momento más grave de mi vida fue mi prisión en una cárcel del Perú.
Y otro dijo:
-El momento más grave de mi vida es el haber sorprendido de perfil a mi padre.
Y el último hombre dijo:
-El momento más grave de mi vida no ha llegado todavía.

César Vallejo (Perú, 1892-1938)

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Juan José Arreola nació en 1918 en Ciudad Guzmán, Jalisco, México. Es uno de los escritores más reconocidos no sólo por su peculiar sentido del humor y su habilidad para borrar las fronteras entre la realidad y la fantasía, sino también por la precisión de sus metáforas. Heredero de la estética vanguardista, supo darle un vigor sorprendente al género del micro-relato en textos en los que retrató conversaciones literarias, juegos de escrituras y magias irrepetibles. Murió el 3 de diciembre de 2001 en Guadalajara, Jalisco (México).

EL GUARDAGUJAS de Juan José Arreola
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El forastero llegó sin aliento a la estación desierta. Su gran valija, que nadie quiso cargar, le había fatigado en extremo. Se enjugó el rostro con un pañuelo, y con la mano en visera miró los rieles que se perdían en el horizonte. Desalentado y pensativo consultó su reloj: la hora justa en que el tren debía partir.

Alguien, salido de quién sabe dónde, le dio una palmada muy suave. Al volverse el forastero se halló ante un viejecillo de vago aspecto ferrocarrilero. Llevaba en la mano una linterna roja, pero tan pequeña, que parecía de juguete. Miró sonriendo al viajero, que le preguntó con ansiedad:

-Usted perdone, ¿ha salido ya el tren?

-¿Lleva usted poco tiempo en este país?

-Necesito salir inmediatamente. Debo hallarme en T. mañana mismo.

-Se ve que usted ignora las cosas por completo. Lo que debe hacer ahora mismo es buscar alojamiento en la fonda para viajeros -y señaló un extraño edificio ceniciento que más bien parecía un presidio.

-Pero yo no quiero alojarme, sino salir en el tren.

-Alquile usted un cuarto inmediatamente, si es que lo hay. En caso de que pueda conseguirlo, contrátelo por mes, le resultará más barato y recibirá mejor atención.

-¿Está usted loco? Yo debo llegar a T. mañana mismo.

-Francamente, debería abandonarlo a su suerte. Sin embargo, le daré unos informes.

-Por favor…

-Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones contenidas en las guías y que pasen efectivamente por las estaciones. Los habitantes del país así lo esperan; mientras tanto, aceptan las irregularidades del servicio y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.

-Pero, ¿hay un tren que pasa por esta ciudad?

-Afirmarlo equivaldría a cometer una inexactitud. Como usted puede darse cuenta, los rieles existen, aunque un tanto averiados. En algunas poblaciones están sencillamente indicados en el suelo mediante dos rayas. Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder. Yo he visto pasar muchos trenes en mi vida y conocí algunos viajeros que pudieron abordarlos. Si usted espera convenientemente, tal vez yo mismo tenga el honor de ayudarle a subir a un hermoso y confortable vagón.

-¿Me llevará ese tren a T.?

-¿Y por qué se empeña usted en que ha de ser precisamente a T.? Debería darse por satisfecho si pudiera abordarlo. Una vez en el tren, su vida tomará efectivamente un rumbo. ¿Qué importa si ese rumbo no es el de T.?

-Es que yo tengo un boleto en regla para ir a T. Lógicamente, debo ser conducido a ese lugar, ¿no es así?

-Cualquiera diría que usted tiene razón. En la fonda para viajeros podrá usted hablar con personas que han tomado sus precauciones, adquiriendo grandes cantidades de boletos. Por regla general, las gentes previsoras compran pasajes para todos los puntos del país. Hay quien ha gastado en boletos una verdadera fortuna…

-Yo creí que para ir a T. me bastaba un boleto. Mírelo usted…

-El próximo tramo de los ferrocarriles nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona que acaba de gastar su inmenso capital en pasajes de ida y vuelta para un trayecto ferroviario, cuyos planos, que incluyen extensos túneles y puentes, ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.

-Pero el tren que pasa por T., ¿ya se encuentra en servicio?

-Y no sólo ése. En realidad, hay muchísimos trenes en la nación, y los viajeros pueden utilizarlos con relativa frecuencia, pero tomando en cuenta que no se trata de un servicio formal y definitivo. En otras palabras, al subir a un tren, nadie espera ser conducido al sitio que desea.

-¿Cómo es eso?

-En su afán de servir a los ciudadanos, la empresa debe recurrir a ciertas medidas desesperadas. Hace circular trenes por lugares intransitables. Esos convoyes expedicionarios emplean a veces varios años en su trayecto, y la vida de los viajeros sufre algunas transformaciones importantes. Los fallecimientos no son raros en tales casos, pero la empresa, que todo lo ha previsto, añade a esos trenes un vagón capilla ardiente y un vagón cementerio. Es motivo de orgullo para los conductores depositar el cadáver de un viajero lujosamente embalsamado en los andenes de la estación que prescribe su boleto. En ocasiones, estos trenes forzados recorren trayectos en que falta uno de los rieles. Todo un lado de los vagones se estremece lamentablemente con los golpes que dan las ruedas sobre los durmientes. Los viajeros de primera -es otra de las previsiones de la empresa- se colocan del lado en que hay riel. Los de segunda padecen los golpes con resignación. Pero hay otros tramos en que faltan ambos rieles, allí los viajeros sufren por igual, hasta que el tren queda totalmente destruido.

-¡Santo Dios!

-Mire usted: la aldea de F. surgió a causa de uno de esos accidentes. El tren fue a dar en un terreno impracticable. Lijadas por la arena, las ruedas se gastaron hasta los ejes. Los viajeros pasaron tanto tiempo, que de las obligadas conversaciones triviales surgieron amistades estrechas. Algunas de esas amistades se transformaron pronto en idilios, y el resultado ha sido F., una aldea progresista llena de niños traviesos que juegan con los vestigios enmohecidos del tren.

-¡Dios mío, yo no estoy hecho para tales aventuras!

-Necesita usted ir templando su ánimo; tal vez llegue usted a convertirse en héroe. No crea que faltan ocasiones para que los viajeros demuestren su valor y sus capacidades de sacrificio. Recientemente, doscientos pasajeros anónimos escribieron una de las páginas más gloriosas en nuestros anales ferroviarios. Sucede que en un viaje de prueba, el maquinista advirtió a tiempo una grave omisión de los constructores de la línea. En la ruta faltaba el puente que debía salvar un abismo. Pues bien, el maquinista, en vez de poner marcha atrás, arengó a los pasajeros y obtuvo de ellos el esfuerzo necesario para seguir adelante. Bajo su enérgica dirección, el tren fue desarmado pieza por pieza y conducido en hombros al otro lado del abismo, que todavía reservaba la sorpresa de contener en su fondo un río caudaloso. El resultado de la hazaña fue tan satisfactorio que la empresa renunció definitivamente a la construcción del puente, conformándose con hacer un atractivo descuento en las tarifas de los pasajeros que se atreven a afrontar esa molestia suplementaria.

-¡Pero yo debo llegar a T. mañana mismo!

-¡Muy bien! Me gusta que no abandone usted su proyecto. Se ve que es usted un hombre de convicciones. Alójese por lo pronto en la fonda y tome el primer tren que pase. Trate de hacerlo cuando menos; mil personas estarán para impedírselo. Al llegar un convoy, los viajeros, irritados por una espera demasiado larga, salen de la fonda en tumulto para invadir ruidosamente la estación. Muchas veces provocan accidentes con su increíble falta de cortesía y de prudencia. En vez de subir ordenadamente se dedican a aplastarse unos a otros; por lo menos, se impiden para siempre el abordaje, y el tren se va dejándolos amotinados en los andenes de la estación. Los viajeros, agotados y furiosos, maldicen su falta de educación, y pasan mucho tiempo insultándose y dándose de golpes.

-¿Y la policía no interviene?

-Se ha intentado organizar un cuerpo de policía en cada estación, pero la imprevisible llegada de los trenes hacía tal servicio inútil y sumamente costoso. Además, los miembros de ese cuerpo demostraron muy pronto su venalidad, dedicándose a proteger la salida exclusiva de pasajeros adinerados que les daban a cambio de esa ayuda todo lo que llevaban encima. Se resolvió entonces el establecimiento de un tipo especial de escuelas, donde los futuros viajeros reciben lecciones de urbanidad y un entrenamiento adecuado. Allí se les enseña la manera correcta de abordar un convoy, aunque esté en movimiento y a gran velocidad. También se les proporciona una especie de armadura para evitar que los demás pasajeros les rompan las costillas.

-Pero una vez en el tren, ¡está uno a cubierto de nuevas contingencias?

-Relativamente. Sólo le recomiendo que se fije muy bien en las estaciones. Podría darse el caso de que creyera haber llegado a T., y sólo fuese una ilusión. Para regular la vida a bordo de los vagones demasiado repletos, la empresa se ve obligada a echar mano de ciertos expedientes. Hay estaciones que son pura apariencia: han sido construidas en plena selva y llevan el nombre de alguna ciudad importante. Pero basta poner un poco de atención para descubrir el engaño. Son como las decoraciones del teatro, y las personas que figuran en ellas están llenas de aserrín. Esos muñecos revelan fácilmente los estragos de la intemperie, pero son a veces una perfecta imagen de la realidad: llevan en el rostro las señales de un cansancio infinito.

-Por fortuna, T. no se halla muy lejos de aquí.

-Pero carecemos por el momento de trenes directos. Sin embargo, no debe excluirse la posibilidad de que usted llegue mañana mismo, tal como desea. La organización de los ferrocarriles, aunque deficiente, no excluye la posibilidad de un viaje sin escalas. Vea usted, hay personas que ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasa. Compran un boleto para ir a T. Viene un tren, suben, y al día siguiente oyen que el conductor anuncia: “Hemos llegado a T.”. Sin tomar precaución alguna, los viajeros descienden y se hallan efectivamente en T.

-¿Podría yo hacer alguna cosa para facilitar ese resultado?

-Claro que puede usted. Lo que no se sabe es si le servirá de algo. Inténtelo de todas maneras. Suba usted al tren con la idea fija de que va a llegar a T. No trate a ninguno de los pasajeros. Podrán desilusionarlo con sus historias de viaje, y hasta denunciarlo a las autoridades.

-¿Qué está usted diciendo?

En virtud del estado actual de las cosas los trenes viajan llenos de espías. Estos espías, voluntarios en su mayor parte, dedican su vida a fomentar el espíritu constructivo de la empresa. A veces uno no sabe lo que dice y habla sólo por hablar. Pero ellos se dan cuenta en seguida de todos los sentidos que puede tener una frase, por sencilla que sea. Del comentario más inocente saben sacar una opinión culpable. Si usted llegara a cometer la menor imprudencia, sería aprehendido sin más, pasaría el resto de su vida en un vagón cárcel o le obligarían a descender en una falsa estación perdida en la selva. Viaje usted lleno de fe, consuma la menor cantidad posible de alimentos y no ponga los pies en el andén antes de que vea en T. alguna cara conocida.

-Pero yo no conozco en T. a ninguna persona.

-En ese caso redoble usted sus precauciones. Tendrá, se lo aseguro, muchas tentaciones en el camino. Si mira usted por las ventanillas, está expuesto a caer en la trampa de un espejismo. Las ventanillas están provistas de ingeniosos dispositivos que crean toda clase de ilusiones en el ánimo de los pasajeros. No hace falta ser débil para caer en ellas. Ciertos aparatos, operados desde la locomotora, hacen creer, por el ruido y los movimientos, que el tren está en marcha. Sin embargo, el tren permanece detenido semanas enteras, mientras los viajeros ven pasar cautivadores paisajes a través de los cristales.

-¿Y eso qué objeto tiene?

-Todo esto lo hace la empresa con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros y de anular en todo lo posible las sensaciones de traslado. Se aspira a que un día se entreguen plenamente al azar, en manos de una empresa omnipotente, y que ya no les importe saber adónde van ni de dónde vienen.

-Y usted, ¿ha viajado mucho en los trenes?

-Yo, señor, sólo soy guardagujas1. A decir verdad, soy un guardagujas jubilado, y sólo aparezco aquí de vez en cuando para recordar los buenos tiempos. No he viajado nunca, ni tengo ganas de hacerlo. Pero los viajeros me cuentan historias. Sé que los trenes han creado muchas poblaciones además de la aldea de F., cuyo origen le he referido. Ocurre a veces que los tripulantes de un tren reciben órdenes misteriosas. Invitan a los pasajeros a que desciendan de los vagones, generalmente con el pretexto de que admiren las bellezas de un determinado lugar. Se les habla de grutas, de cataratas o de ruinas célebres: “Quince minutos para que admiren ustedes la gruta tal o cual”, dice amablemente el conductor. Una vez que los viajeros se hallan a cierta distancia, el tren escapa a todo vapor.

-¿Y los viajeros?

Vagan desconcertados de un sitio a otro durante algún tiempo, pero acaban por congregarse y se establecen en colonia. Estas paradas intempestivas se hacen en lugares adecuados, muy lejos de toda civilización y con riquezas naturales suficientes. Allí se abandonan lores selectos, de gente joven, y sobre todo con mujeres abundantes. ¿No le gustaría a usted pasar sus últimos días en un pintoresco lugar desconocido, en compañía de una muchachita?

El viejecillo sonriente hizo un guiño y se quedó mirando al viajero, lleno de bondad y de picardía. En ese momento se oyó un silbido lejano. El guardagujas dio un brinco, y se puso a hacer señales ridículas y desordenadas con su linterna.

-¿Es el tren? -preguntó el forastero.

El anciano echó a correr por la vía, desaforadamente. Cuando estuvo a cierta distancia, se volvió para gritar:

-¡Tiene usted suerte! Mañana llegará a su famosa estación. ¿Cómo dice que se llama?

-¡X! -contestó el viajero.

En ese momento el viejecillo se disolvió en la clara mañana. Pero el punto rojo de la linterna siguió corriendo y saltando entre los rieles, imprudente, al encuentro del tren.

Al fondo del paisaje, la locomotora se acercaba como un ruidoso advenimiento.