VERSIONES

de Martín Yacachury

Un hombre cava un pozo en medio de la nada. Con ritmo parejo y como desobedeciendo al cansancio, el pico sube y baja, solo se detiene para cambiarlo por la pala y quitar la tierra del hoyo.
Se seca el sudor con el pañuelo del cuello, el que vuelve a colocarse, parsimoniosamente.
Otro hombre lo mira de lejos, tomando mate. Piensa: -Alguien más que quiere llenarse de plata buscando oro en ese valle. Nunca nadie encontró nada, se dijo. Y entre sonrisa socarrona y mate, siguió oteando el horizonte, como para disimular la curiosidad.
Desde la barda, en el caserío, se asoma una mujer que busca a sus hijos. Al ver al excavador, se acuerda que muchos forasteros estaban cayendo al pueblo, y que este sería uno de esos. Que seguramente estaba trazando el replanteo para hacerse la casa.
Los hijos de la señora, entretenidos como estaban, cada tanto le lanzaban una piedra cerca para mantenerlo sobre aviso que lo estaban escoltando. Entre ellos apostaban que el desconocido iba a poner un árbol, porque seguro quería sombra cuando se hiciera la casa.
La vieja del comisario detuvo su escoba y apoyada en ella imaginaba al pobre hombre buscando agua de ese modo.
Los minutos pasaban, el agujero crecía, y las versiones imaginadas eran tantas como habitantes tenía el pueblo.
Que buscaba un tesoro escondido producto de un atraco a un almacén de ramos generales. Que seguramente iba a hacer un tanque australiano para darle agua a los animales que va a traer más tarde.
Que la medida del pozo indicaba que seguramente iría a poner una manga. Que los criaderos de ranas necesitaban de zanjas más largas.
En eso, mientras todo el pueblo entraba al atardecer agitando versiones, el hombre, se fue despacio por la huella entre los molles. Al rato, volvió empujando una carretilla cubierta con una lona, tambaleando, como quien empuja algo que está por encima de sus posibilidades.
Llegó al borde, corrió la lona, y el cuerpo inerte de un perro de grandes dimensiones explicó en un instante todo. Lo bajó con cuidado, y las paladas se sucedieron una a una en coincidencia con la caída de las versiones. Una palada, una vergüenza que emerge, una mirada que busca otro destino.
La vieja sigue barriendo. El mate se enfrió, entonces el fisgón se mete en la casa. Los pibes dejan de tirar piedras y se alejan hacia los gritos de su madre, que ya está dentro del rancho.
Ningún árbol, ninguna sombra, ningún tesoro, ninguna construcción, ningún tanque australiano, ningunos animales. Ningún criadero de ranas. Ningún extraviado minero.
Solo un perro viejo, una carretilla, una lona ajada, un pico, una pala, y el último adiós en la única versión posible. Que no se lo coman los jotes.
¿Cuantas veces las versiones son más frondosas, más ricas en matices que el original? Toda escena, admite múltiples versiones. Pero sólo una, es la que explica el universo en un gesto.

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