Archivos para el mes de: marzo, 2014

Jean-Pierre Augier -Né 1941 France 3

Mario Morales

“Nos Une” (fragmento de “La distancia infinita”)

Nos une
el silencio que no hemos dicho,
los días infinitos, la lluvia, la tristeza,
la ternura y sus ojos ciegos, pero azules.

Nos une
Algo oscuro como delirio y cenizas,
como la palabra adiós cuando la soledad calla
pero vence.

¿Sabes lo que es la vida
cuando se ama pero estamos solos?
Es no poder decirlo
y ser una herida sin respuesta.

Es abrir los brazos
y encontrar la ausencia
y escribir nada mas que un eco, una campana de oro sepultada en la bruma.
Es gritar la palabra recuerdo
en la mitad de un beso, en la mitad de un verso
tan violento y tan inútil como todo el recuerdo.

Es amarnos
con el corazón vacío
como un pájaro cuando nace.

Pero amarnos hasta el fin,
en la soledad,
en el día interminable
aniquilado.

Mario Morales, Argentina, 1936-1987.

Rinoceronte

El gran rinoceronte se detiene. Alza la cabeza. Recula un poco. Gira en redondo y dispara su pieza de artillería. Embiste como ariete, con un solo cuerno de toro blindado, embravecido y cegado, en arranque total de filósofo positivista. Nunca da en el blanco, pero queda siempre satisfecho de su fuerza. Abre luego sus válvulas de escape y bufa a todo vapor.

(Cargados con armadura excesiva, los rinocerontes en celo se entregan en el claro del bosque a un torneo desprovisto de gracia y destreza, en el que sólo cuenta la calidad medieval del encontronazo.)

Ya en cautiverio, el rinoceronte es una bestia melancólica y oxidada. Su cuerpo de muchas piezas ha sido armado en los derrumbaderos de la prehistoria, con láminas de cuero troqueladas bajo la presión de los niveles geológicos. Pero en un momento especial de la mañana, el rinoceronte nos sorprende: de sus ijares enjutos y resecos, como agua que sale de la hendidura rocosa, brota el gran órgano de vida torrencial y potente, repitiendo en la punta los motivos cornudos de la cabeza animal, con variaciones de orquídea, de azagaya y alabarda.

Hagamos entonces homenaje a la bestia endurecida y abstrusa, porque ha dado lugar a una leyenda hermosa. Aunque parezca imposible, este atleta rudimentario es el padre espiritual de la criatura poética que desarrolla, en los tapices de la Dama, el tema del Unicornio caballeroso y galante.

Vencido por una virgen prudente, el rinoceronte carnal se transfigura, abandona su empuje y se agacela, se acierva y se arrodilla. Y el cuerno obtuso de agresión masculina se vuelve ante la doncella una esbelta endecha de marfil.

Juan José Arreola, México (1918-2001)

Cesar

IDUS DE MARZO

En el calendario romano, los idus de marzo correspondían al decimoquinto día del mes de Martius. Los idus eran días de buenos augurios que tenían lugar los días 15 de marzo, mayo, julio, y octubre, además del decimotercer día el resto de los meses del año.
La fecha es famosa porque Julio César fue asesinado por Bruto en el idus de marzo del año 44 a. C.. Según el escritor griego Plutarco, César había sido advertido del peligro, pero había desestimado la advertencia:
Lo que es más extraordinario aún es que un vidente le había advertido del grave peligro que le amenazaba en los idus de marzo, y ese día cuando iba al Senado, Julio César encontró al vidente y riendo le dijo: «Los idus de marzo ya han llegado»; a lo que el vidente contestó compasivamente: «Sí, pero aún no han acabado».
Al margen de su carrera política y militar, César destacó como orador y escritor. Redactó, al menos, un tratado de astronomía, otro acerca de la religión republicana romana y un estudio sobre el latín, ninguno de los cuales ha sobrevivido hasta nuestros días. Las únicas obras que se conservan son sus Comentarios de la Guerra de las Galias y sus Comentarios de la Guerra Civil. Se conoce el desarrollo de su carrera como militar y gran parte de su vida a través de sus propias obras y de los escritos de autores como Suetonio, Plutarco, Veleyo Patérculo o Eutropio.

paracelso

Quizás porque adivinaba la ambigüedad de la naturaleza, germen de transformaciones perpetuas y perpetua transformación en sí misma, Paracelso encontró a su propio yo en una estatua.
La historia comenzó en Basilea, bajo las frígidas estrellas azules, luego de una agotadora jornada quemando libros clásicos de medicina y gritando en alemán su esotérica teoría de “astrum in corpore”, tan difícil de aceptar para los burgueses y los escolásticos enceguecidos.
Esa noche Paracelso vagaba sin rumbo, pensando el alquimia, panaceas y espíritus ígneos o acuático, y preguntándose si valía la pena convencer a los hombres de su estrecha relación con el orden cósmico total. Caminaba por una estrecha calle, cuando una puerta abierta le llamó la atención. Parecía que lo invitaba a entrar en el oscuro corredor. Y dejándose guiar por las fuerzas tenebrosas, Paracelso se internó en las sombras, tanteando las paredes para no tropezar en el piso desigual, hasta que divisó, luego de un recodo, la luz mortecina de las siete velas de un candelabro. El candelabro estaba en una habitación cuadrada, alta y sin ventanas. La amarilla luz temblequeante mostraba una estatua, quizás modelada en cera, en la que Paracelso reconoció cada uno de sus rasgos, sus propios ojos alucinados, las venas verdosas que surcaban sus largas manos flacas. No se sorprendió: todo podía suceder y, sin duda, todo sucedía. Se dedicó pues a examinar con atención la estatua, vestida también como él, con un ropón basto y humilde. Forzando la vista notó que sobre la frente, escritas como por la levísima punta de un alfiler, se destacaban unas palabras: “phantasia, imagiantio, speculatio, agnata fides”. Siguió observando minuciosamente y en el dorso de la mano que la estatua tendía pudo descifrar algo más: “Soy tan grande como Dios; Êl es tan pequeño como yo; no puede nada sobre mí; yo bajo Él nada soy”. Paracelso leyó la frase una, dos y tres veces. Después alzó los ojos, porque presentía que la sonrisa de la estatua le estaba dirigida. Y, al sonreír a su vez, aceptó la transmutación; sintió entonces como su cuerpo se iba enfriando, endureciendo e inmovilizando, y vio como el que fuera estatua cobraba vida y se alejaba hasta desaparecer por el largo corredor, llevándose para siempre sus dudas y sus convicciones, dejándolo solo y mudo y por fin eternamente unido a sí mismo.
Los que después fueron sus discípulos, los que lo amaron, los que lo odiaron, los que lo vilipendiaron, los que lo ensalzaron, nunca supieron que el verdadero maestro era una estatua inmóvil en una casa secreta de Basilea, y que quien le brindaba tanta filosofía sagaz, tanta inquietud astrológica, tanta magia y tanta sabiduría… era nada más y nada menos que una estatua de cera atormentada y tal vez mortal.
“Alterius non sit, qui suus esse potest.”