paracelso

Quizás porque adivinaba la ambigüedad de la naturaleza, germen de transformaciones perpetuas y perpetua transformación en sí misma, Paracelso encontró a su propio yo en una estatua.
La historia comenzó en Basilea, bajo las frígidas estrellas azules, luego de una agotadora jornada quemando libros clásicos de medicina y gritando en alemán su esotérica teoría de “astrum in corpore”, tan difícil de aceptar para los burgueses y los escolásticos enceguecidos.
Esa noche Paracelso vagaba sin rumbo, pensando el alquimia, panaceas y espíritus ígneos o acuático, y preguntándose si valía la pena convencer a los hombres de su estrecha relación con el orden cósmico total. Caminaba por una estrecha calle, cuando una puerta abierta le llamó la atención. Parecía que lo invitaba a entrar en el oscuro corredor. Y dejándose guiar por las fuerzas tenebrosas, Paracelso se internó en las sombras, tanteando las paredes para no tropezar en el piso desigual, hasta que divisó, luego de un recodo, la luz mortecina de las siete velas de un candelabro. El candelabro estaba en una habitación cuadrada, alta y sin ventanas. La amarilla luz temblequeante mostraba una estatua, quizás modelada en cera, en la que Paracelso reconoció cada uno de sus rasgos, sus propios ojos alucinados, las venas verdosas que surcaban sus largas manos flacas. No se sorprendió: todo podía suceder y, sin duda, todo sucedía. Se dedicó pues a examinar con atención la estatua, vestida también como él, con un ropón basto y humilde. Forzando la vista notó que sobre la frente, escritas como por la levísima punta de un alfiler, se destacaban unas palabras: “phantasia, imagiantio, speculatio, agnata fides”. Siguió observando minuciosamente y en el dorso de la mano que la estatua tendía pudo descifrar algo más: “Soy tan grande como Dios; Êl es tan pequeño como yo; no puede nada sobre mí; yo bajo Él nada soy”. Paracelso leyó la frase una, dos y tres veces. Después alzó los ojos, porque presentía que la sonrisa de la estatua le estaba dirigida. Y, al sonreír a su vez, aceptó la transmutación; sintió entonces como su cuerpo se iba enfriando, endureciendo e inmovilizando, y vio como el que fuera estatua cobraba vida y se alejaba hasta desaparecer por el largo corredor, llevándose para siempre sus dudas y sus convicciones, dejándolo solo y mudo y por fin eternamente unido a sí mismo.
Los que después fueron sus discípulos, los que lo amaron, los que lo odiaron, los que lo vilipendiaron, los que lo ensalzaron, nunca supieron que el verdadero maestro era una estatua inmóvil en una casa secreta de Basilea, y que quien le brindaba tanta filosofía sagaz, tanta inquietud astrológica, tanta magia y tanta sabiduría… era nada más y nada menos que una estatua de cera atormentada y tal vez mortal.
“Alterius non sit, qui suus esse potest.”

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