Archivos para el mes de: abril, 2014

mariodesacarneiro

Poemas irremediables de Mário Sá-Carneiro *

Yo no soy ni yo ni el otro,
soy tan sólo algo intermedio:
pilar del puente del tedio
que va desde mí hasta el Otro.

GANAS DE DORMIR

Hilos de oro tiran de mí

levantándome en el polvo –

cada uno hacia su fin,

cada uno hacia su norte…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

-Ay, qué saudades de la muerte…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Quiero dormir… anclar…

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Arrancadme esta grandeza!

-¿Para qué me sueña la Belleza,

si no la puedo transmigrar?…

FIN

Cuando yo muera que batan latas,

que a dar saltos y piruetas empiecen,

que en el aire los látigos chasqueen,

¡que llamen payasos y acróbatas!

Que mi ataúd vaya sobre un burro

enjaezado a la andaluza…

A un muerto nada se le recusa,

¡y yo quiero a la fuerza ir en burro!

En Obra poética, Mario de Sá-Carneiro, Ed. Hiperión, 1998

Mário Sá-Carneiro

* Mário de Sá-Carneiro (Lisboa, 1890- París, 1916) fue un poeta, cuentista y novelista portugués, uno de los mayores exponentes del Modernismo en Portugal y uno de los más famosos miembros de la llamada Generación de Orpheu.

Junto con Pessoa y con José de Almada-Negreiros integró el primer grupo modernista portugués. Fue responsable de la edición de la revista literaria Orpheu (de la que tomó su nombre posteriormente esta generación poética), que constituyó un verdadero escándalo literario en su época. De hecho, apenas llegaron a salir dos números de la revista (en marzo y junio de 1915; el tercero, ya impreso, no llegó a publicarse), pese a lo cual hoy es considerada, merecidamente, como uno de los hitos de la literatura de Portugal.

Pese a no abandonar en su obra la métrica tradicional (redondillas, decasílabos, alejandrinos), la transformaba de manera personal mediante los ataques a la gramática, y por los juegos de palabras. En la primera etapa su estilo es más clásico, mientras que en una segunda fase, claramente nihilista, su poesía se impregna de una humanidad más auténtica, triste y trágica. Se suicidó el 26 de abril de 1916. Tenía tan sólo veintiséis años.

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Con el reflujo del océano de la vida

Walt Whitman (1819-1892)

” (…) Mientras recorro las playas que no conozco
mientras escucho la endecha
las voces de los hombres y mujeres náufragos
mientras aspiro las brisas impalpables que me asedian
mientras el océano, tan misterioso
se aproxima a mi cada vez más
yo no soy sino un insignificante madero abandonado por la resaca
un puñado de arena y hojas muertas
y me confundo con las arenas y con los restos del naufragio.
Oh! desconcertado, frustrado, humillado hasta el polvo
oprimido por el peso de mi mismo
pues me he atrevido a abrir la boca
sabiendo ya que en medio de esa verbosidad cuyos ecos oigo
jamás he sospechado qué o quién soy
a no ser que, ante todos mis arrogantes poemas
mi yo real esté de pie, impasible, ileso, no revelado
señero, apartado, escarneciéndome con señas y reverencias burlonamente amables
con carcajadas irónicas a cada una de las palabras que he escrito
indicando en silencio estos cantos y, luego, la arena en que asiento mis pies.
Ahora sé que nada he comprendido, ni el objeto más pequeño
y qué ningún hombre puede comprenderlo.
La naturaleza está aquí a la vista del mar
aprovechándose de mí para golpearme y para herirme
porqué me he atrevido a abrir la boca para cantar.

He oído lo que decían los charlatanes sobre el principio y el fin,
Pero yo no hablo del principio y del fin.
Jamás hubo otro principio que el de ahora, ni más juventud o vejez que las de ahora,
Y nunca habrá otra perfección que la de ahora,
Ni más cielo o infierno que éstos de ahora.
Instinto, instinto, instinto.
Siempre el instinto procreando el mundo.
Surgen de la sombra los iguales, opuestos y complementarios, siempre sustancia y crecimiento, siempre sexo,
Siempre una red de identidades, siempre distinciones, siempre la vida fecundada.
De nada vale trabajar con primor; cultos e ignorantes lo saben.
Seguro como lo más seguro, enclavado con plomo en las columnas, abrazado al poste firme,
Fuerte como un caballo, afectuoso, soberbio, ecléctico,
Yo y este misterio aquí estamos frente a frente.
Limpia y tierna es mi alma, y limpio y tierno es todo lo que no es mi alma,
Si falta uno de los dos, ambos faltan, y lo visible es prueba de lo invisible,
Hasta que se vuelva invisible y haya de ser probado a su vez.
Cada época ha humillado a las otras enseñando lo mejor y desechando lo peor,
Y yo, como conozco la perfecta justeza y la eterna constancia de las cosas,
No discuto, me callo, y me voy a bañarme para admirar mi cuerpo.
Hermoso es cada uno de mis órganos y de mis atributos, y los de todo hombre bello y sano,
Ni una pulgada de mi cuerpo es despreciable, y ni una debe ser menos conocida que las otras.
Me siento satisfecho: miro, bailo, río, canto;
Cuando mi amante compañero de lecho, que ha dormido abrazado a mí toda la noche, se va con paso quedo al despuntar el alba,
Dejándome cestas cubiertas con lienzos blancos que llenan con su abundancia mi casa,
Yo las acepto con naturalidad, ¿pues habría de tasarlas hasta el último céntimo para conocer exactamente el valor de su regalo?

¿Quién anda por ahí anhelante, místico desnudo?
¿Cómo es que saco fuerzas de la carne que tomo?
¿Qué es un hombre, realmente? ¿Qué soy yo? ¿Qué vosotros?
Cuanto diga que es mío deberás apropiártelo.
De otra forma, escucharme sería perder tu tiempo.
No voy gimoteando a través de la tierra:
Que los meses se pasan, que la tierra es fangosa, miserable y muy sucia.
Gemidos y plegarias serviles son remedios para enfermos e inválidos; quede el conformarse muy lejos de mi vida,
Yo me pongo el sombrero dentro y fuera de casa.
¿Por qué tengo que orar? ¿Y adorar y andar con ceremonias?
Después de escudriñar en los estratos, de analizarlo todo, de hablar con los expertos y calcular minucias,
He llegado a saber que el sebo más sabroso va adherido a mis huesos.
Me veo en todos, ninguno es más que yo, ni es menos un grano de cebada.
Sé que soy fuerte y sano,
Todo marcha hacia mí, constantemente,
Todo me escribe y debo descifrar lo que me dice.
Sé que soy inmortal.
Sé que mi órbita no podrá ser descrita con compás de artesano,
Que no me perderé como se apaga la espiral que en la sombra traza un niño con fuego de un carbón encendido.
Sé que soy venerable,
Y no fuerzo a mi espíritu a que explique o defienda,
Pues las leyes más fijas nunca piden disculpas
(Después de todo no soy más orgulloso que el cimiento que sustenta mi casa),

Existo como soy, con eso basta,
Y si nadie lo sabe me doy por satisfecho,
Lo mismo que si todos y uno a uno lo saben,
Hay un mundo al que tengo por el mayor de todos, que soy yo y que lo sabe,
Si llego a mi destino, ya sea hoy ya sea dentro de millones de años,
Puedo aceptarlo ahora o seguir aguardando, con igual alegría.
La base donde apoyo mis pies es de granito,
Me río cuando dicen que puede disolverse,
Porque conozco lo que dura el tiempo.

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HISTORIA DE LOS DOS QUE SOÑARON

Gustav Weil *

Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme) que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió, menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño a un desconocido que le dijo:

-Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla.

A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por el decreto de Dios Todopoderoso una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y lo llevaron a la cárcel. El juez lo hizo comparecer y le dijo:

-¿Quién eres y cuál es tu patria?

El hombre declaró:

-Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Yacub El Magrebí.

El juez le preguntó:

-¿Qué te trajo a Persia?

El hombre optó por la verdad y le dijo:

-Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que la fortuna que me prometió ha de ser esta cárcel.

El juez echó a reír.

-Hombre desatinado -le dijo-, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín. Y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol, una higuera, y bajo la higuera un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, has errado de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no vuelva a verte en Isfaján. Toma estas monedas y vete.

El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la higuera de su casa (que era la del sueño del juez) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto.

gustav weil

* Gustav Weil nació el 28 de abril de 1808, en Sulzburg, Alemania. Fue escritor, profesor, estudioso orientalista, y primer traductor del texto completo al alemán de “Las Mil y Una Noches”.
Weil publicó su “Historisch-Kritische Einleitung in den Corán “( Bielefeld y Leipzig , 1844 y 1878) como complemento a la traducción de Ullman del Corán, y la traducción de una de las fuentes originales de la biografía de Mahoma. La obra más completa de Weil es su “Geschichte der Chalifen”, que es prácticamente una elaboración de las obras originales de historiadores musulmanes, de los que estudió sus manuscritos, también trata de los egipcios y españoles Califates. En 1866 publicó “Geschichte der Völker Islamischen von zur Zeit Mohammed bis des Sultans Selim”, una introducción a la historia medieval de Oriente.
Murió el 29 de agosto de 1889, en Freiburg -im-Breisgau, Alemania.

nina hagen

 

EL PERRO DE NINA HAGEN

de Liliana Lara * (@lalilianalara)

Fue en las vacaciones de agosto de 1985. Mi hermano Guillermo y yo corríamos en círculo por la manzana de pocas casas y mucho verde. Íbamos en las bicicletas, yo en la roja, que era la mía y la más bonita. Él, en la azul, que era de papá y tenía unos 50 años. Papá no, la bicicleta. Papá, en cambio era joven y delgado -o por lo menos ahora yo lo veo así en las fotos anaranjadas del álbum familiar- con una sonrisa mas grande que su cara y unos dientes blanquitos. Había comprado aquella bicicleta usada, ya era vieja desde entonces, pero era -en sus palabras- una bicicleta profesional de carrera marca Ambrosio, un artículo para entendidos. A nosotros no nos decía nada aquel nombre, más que la obvia relación con el hambre. Y cuando le robaron la bicicleta verde a Guillermo, papá le dejó usar la suya, la Ambrosio, sin siquiera imaginar que de esta manera aquella antigüedad llegaría a su fin. Así, en una calurosa tarde de 1985 corríamos en las bicicletas por la manzana, en eternos círculos, sin carros que molestaran nuestro recorrido y con los perros de los vecinos en alborotada jauría. Fue esa misma tarde cuando escuchamos el disparo y yo creo que en ese mismo momento mi hermano tomó una decisión.

O tal vez la decisión la tomó esa misma noche, luego del disparo, la ambulancia y el gentío. La calle se llenó repentinamente de carros y sirenas. La calle que estaba en un suburbio campestre, en las afueras, en medio de la nada, lejos de la verdadera vida y el ruido de Maturín que en ese entonces era la ciudad más olvidada de toda Venezuela, sin embargo para nosotros era la metrópolis donde estaban los cines y los heladeros. Pero antes de que llegara el gentío, ocurrió el disparo. Un disparo que explotó de pronto y cuyo ruido retumbó en las matas de mango, repercutió en los morichales, se propagó en ondas por la sabana, tumbó las hojas secas de los almendrones, espantó a los murciélagos que dormían escondidos en las copas de los árboles, pero por sobre todas las cosas estremeció a mi hermano, quien cayó al suelo estrepitosamente, arruinando la Ambrosio y llorando con la boca muy abierta. Yo, en cambio, me quedé quieta como una estatua y pude ver el sonido, sus ondas en el aire y la caída de mi hermano en cámara lenta. Creo que hubo un silencio después que se posó por sobre todos los demás ruidos, porque no recuerdo el llanto de mi hermano, sino su boca muy abierta y su cara encarnada. Tampoco recuerdo los gritos de Nicolás, sólo cómo salía del jardín de los Suárez y corría hasta nosotros y movía los brazos como espantando moscas. Pensé que mi hermano había muerto, pero no vi su sangre. Luego pensé: “debo ser yo la muerta”, pero entonces pude moverme y escuchar el silencio de los perros.

Esa tarde mamá no estaba. Había ido a visitar al abuelo en el hospital y no había querido llevarnos. Luego se lamentaría muchísimo de no haber estado, de haber regresado tan tarde, pero eso sería mucho tiempo después y más por razones “políticas”, así, entre comillas, que sentimentales o dramáticas. La abuela, que no había querido visitar a su señor esposo como correspondería, pensó que se trataba del primer trueno de alguna tormenta repentina, de esas tan típicas de Maturín. Así, se quedó como si nada, leyendo El cielo es el límite, como siempre. También estaba muy pendiente de no olvidar que esa noche transmitían el Miss Venezuela y se había hecho unas notas que había puesto en la nevera, el espejo del baño, al lado del televisor, en la portada de El cielo es el límite, es decir, en todas las cosas que eran su mundo. Unas notas en papel amarillo fosforescente con cuidada caligrafía palmer en negro que decían: “Hoy, a las 7, el mis Venezuela”.

Y fue justamente esa noche, un poco después de las 7, en el Miss Venezuela, que la vimos por primera vez. El animador -debía haber sido Gilberto Correa, no me acuerdo- anunció con hinchada voz a una cantante alemana de opera rock que había venido a una gira en Latinoamérica y había tenido la bondad de incluir a Caracas en su itinerario. Una cantante con una fama internacional grandiosa, una deidad del novísimo bel canto, la señorita: Nina Hagen. Entonces salió una nube de humo rosa primero y luego aquella mujer. Mi hermano y yo mirábamos fijamente el televisor, ajenos momentáneamente a los acontecimientos de la tarde, mientras la abuela miraba intermitentemente el televisor y la ventana. O más a la ventana que al televisor. ¡No lo podía creer, por fin había pasado algo diferente en este campo de mierda y se lo había perdido!

Y se lo estaba perdiendo: por la ventana se veía un desfile de personajes trajeados de negro que entraban y salían de la casa de los Suárez. Había muchísimos carros, algunos incluso estacionados sobre la querida grama de papá. A la ambulancia y la policía de la tarde, sucedieron los carros de los amigos de la familia en la noche. La calle, que era angosta y llena de baches, apenas se daba basto ante tal avalancha y llegó al límite cuando surgió de la nada un carro lujoso y largo como una limosina. Ahí fue cuando la abuela no aguantó más y se fue dando un portazo. Mientras tanto en la televisión, entre el humo rosa tóxico se comenzaban a ver unos brazos como de cera blanca y unas piernas que nos parecían larguísimas.

Nicolás había escuchado el disparo de primero, o por lo menos eso era lo que él decía, como si los disparos pudiesen ser escuchados en fragmentos de tiempos diferentes y no fuesen un ruido seco con secuencias de ecos, pero en esencia un solo y único ruido. Como quien ve de primero alguna aparición, Nicolás había escuchado de primero porque estaba en el jardín de los Suárez justo en ese momento, nunca se sabrá por qué motivo. Escuchó la explosión y corrió hasta el lugar de los hechos. La puerta de la casa estaba cerrada, pero sin llave. Entró, atravesó el salón de muebles de lóbrega madera. Sabía a dónde tenía que dirigirse porque muchas veces había estado en el cuarto de los padres de Angelina, cuando ellos no estaban en casa, por supuesto. Los Suárez eran los únicos que tenían un reproductor de películas y muchas veces junto a Angelina habíamos visto allí películas “prohibidas” como La laguna azul. Corrían los tiempos en que pensábamos que Brooke Shield era la reina del porno y que nosotros ya habíamos visto todo lo que había que ver. No podíamos siquiera imaginar a Nina Hagen en el Miss Venezuela.

Ese día mi hermano pensó que le habían disparado. Tal como me contó no sé cuántos años después, cuando nos reencontramos, ese día Guillermo sintió el disparo en algún punto de su pecho -un boom justo en su corazón- y cayó al suelo destrozando la Ambrosio, la joya de papá. Estaba convencido de que estaba muerto, aunque podía llorar y sus lágrimas caían como gotas de lluvia sobre el asfalto. Y él también sintió el silencio y no se escuchó a sí mismo gritar y me vio desde el suelo, petrificada. Nicolás venía corriendo, aullaba palabras inaudibles, agitaba las manos, tenía los ojos desorbitados. De pronto volvió el sonido y lo escuchamos. Llamen a la policía, llamen a la policía, pero para entonces era demasiado tarde. Angelina, que lo había visto todo, estaba escondida entre las cayenas de su jardín. No lloraba, no hablaba y nunca más habló, pero como decía la abuela, Angelina tenía su “toque” en la cabeza desde mucho tiempo antes, tal vez desde que nació. Y allí se ponía a contar miles de historias sobre los Suárez -que era una familia de “abolengo”-, historias que ella condimentaba con algunos detalles de telenovelas. Si mamá reconocía alguna historia televisiva mezclada con sus historias “verídicas”, la abuela se excusaba diciendo que la televisión era un reflejo fiel de la realidad y que ella no tenía la culpa de eso. La televisión es una escuela -señalaba con autoridad- y luego agregaba con tristeza que si la televisión hubiese existido en su época, ella no hubiese sido la tonta que fue. Frase que era indescifrable para nosotros en aquellos días.

Y haciendo caso del consejo de la abuela, papá nos sentó frente al televisor ese día, o mejor dicho, al anochecer de ese día. Vean televisión hasta que quieran, vean la telenovela si les provoca, todo con tal de no tener que explicar, hablar, escuchar la historia del baño lleno de sangre, de la pistola en la mano de la madre de Angelina, de su cuerpo desnudo y frío sobre las baldosas azul marino. Cuando Nicolás entró al baño de los Suárez vio un lago negro y a la madre de Angelina flotando en él. Dejando de lado el regaño por la destrucción de su querida bicicleta Ambrosio, papá se fue a mirar lo que pasaba en la casa vecina. Entonces vio al ministro de cerca, pero no le dijo nada, para le eterna desdicha de nuestra madre.

No puedo evitar asociar a la madre de Angelina con Nina Hagen. Yo no vi aquel baño tenebroso, pero el relato de Nicolás se encargó de que la imagen se incorporara a mi memoria con la fuerza de las imágenes realmente vistas. Y con esa misma fuerza entró Nina Hagen a nuestras cabezas el mismo día del disparo, pero en cada uno de una manera distinta. A veces, si miro para atrás, veo a la alemana en ese baño en las afueras de Maturín, cantando esa misma canción que cantó en la elección de la Miss Venezuela, con esa misma cabeza de perro entre las piernas.

Aquel día o aquella noche en que mi hermano se dio cuenta de lo cercana que está la muerte y de la fragilidad de la vida, tomó una decisión que lo separó de la familia, pero no fue sino unos 10 años después cuando se decidió a embalar sus cosas e irse. Aquella noche nos sentaron frente al televisor, mientras afuera el mundo caía sobre los Suárez. Policías, periodistas, vecinos, hasta ese ministro y es allí cuando mamá se lamenta de haber llegado demasiado tarde como para poder apretarle la mano y pedirle una ayuda para papá o lo que sea.

Aquel disparo nos mostró que no habíamos visto todo lo que había que ver y luego el televisor se encargó de recalcarlo. Creo que era Gilberto Correa el que se deshacía en halagos hacia la deidad alemana que aun no había visto, ¿o sí la vio? Lo cierto es que nadie se la esperaba y las espigadísimas misses estaban aterrorizadas cuando el humo se disipó y vieron aquellos ojos sobrecargados de negro que las miraban con deseo. Nina, la diva, llevaba los senos cubiertos con una gasa blanca y en su sexo una gran cabeza de perro con la lengua afuera. Nina, blanquísima como la leche de la mujer amada, lamía con la lengua de su perro los talles esbeltos de las prístinas modelos. Nina, la cantante o la pornostar, se regocijaba escandalizando al prójimo y a mí y a mi hermano.

Hay un antes y un después de Nina Hagen y su perro en nuestras vidas. En mi vida, en la de mi hermano, en la de Nicolás y en la de la mismísima Angelina. Al día siguiente no parábamos de hablar del perro de Nina Hagen. Nicolás no nos creía porque no lo había visto, así que nos encargamos de nutrir la imagen con todo tipo de detalles del mismo modo que él lo había hecho con la escena del baño de la muerte. Era una especie de competencia por ver quien había visto más en la que ganaba Nicolás, por supuesto.

A los 3 días se nos prohibió hablar del tema (del baño, no del perro de Nina) y nos obligaron a entrar a aquella casa para darle el pésame a Angelina. Ella estaba pálida, como era de esperarse, pero para nuestra sorpresa no había derramado ni una sola lágrima. La abuela decía que eso tampoco era para sorprenderse: hasta que no hable, no va a llorar. A veces la abuela era sabia, pero ella decía que esa sabiduría se la debía a su libro, El cielo es el límite. Libro que leyó atentamente por lo menos durante los dos años que vivió con nosotros, tomando notas en una libreta azul, escribiendo citas en las hojitas fosforescentes, obligándonos a escuchar capítulos enteros luego de la cena. Mientras tanto el abuelo iba muriendo en una cama metálica del hospital. El día en que terminó la lectura exhaustiva y minuciosa de El cielo es el límite, luego de la muerte del abuelo, tiró el libro contra la pared y comenzó a llorar desconsoladamente. Si este libro hubiese existido en mi época, me habría divorciado de ipso facto- dijo.

Al cuarto día papá recordó la pérdida de su bicicleta. El guardafango parecía un acordeón y era imposible encontrar otro igual en una ciudad tan pequeña. Ya no los fabricaban, además. Un pedal se había desprendido de su base y se había incrustado en la rueda. La Ambrosio parecía una empanada metálica, por más que papá, martillo en mano, se empeñaba en enderezarla. Mi hermano recibió un castigo, no tan severo porque después de todo la destrucción de la bicicleta había sido producto del acontecimiento más impresionante del barrio.

A la semana el señor Suárez decidió sacar a Angelina de la ciudad. La mandaba a vivir con unos tíos en Caracas. Pondría en venta la casa, los muebles, el reproductor de videos, la hacienda, los carros. Se borraban de nuestra vida, pero el baño quedaba, azul y oloroso a cloro, frío y tétrico. Angelina, que no había visto a Nina Hagen, pero sí a su madre, se había confinado en un terco silencio. Nicolás se empeñaba en sacarle alguna palabra antes de que se fuera y la trajo una tarde hasta nuestra casa como quien trae una muñeca de goma. Un maniquí que arrastró hasta nuestro jardín y que depositó en la grama luego de un gran esfuerzo. Angelina era un armazón sin palabras. Se sentó y nos miró desde el azul profundo e indolente de sus ojos. Entonces mi hermano, según lo pautado, le contó el episodio de la Hagen. En otros tiempos ella se hubiese regocijado con la historia, hubiese pedido escucharla nuevamente, o simplemente no lo creería y querría pruebas. Pero nada de eso ocurrió, sólo su mirada tristísima se posó sobre nuestros ojos para de alguna manera hacernos sentir tan fuera de lugar. La idea fue de Nicolás -le dije yo- ya a mí me parecía que no te divertiría escuchar esta historia. Y ella repentinamente cerró los ojos y habló. Dijo que estaba bien, que de ahora en adelante sentía como si ella también hubiese visto a Nina Hagen y no a su madre. No a mamá. Eso dijo y volvió a su mutismo. Nosotros sentimos como si el cielo hubiese caído sobre nuestras espaldas, un peso muy grande que nos aplastó como a cucarachas, una gran pena.

Un mes después seguíamos hablando del perro de Nina Hagen. Nicolás comenzó en el liceo y creció de pronto. Ya no lo veíamos frecuentemente y cuando lo veíamos nos trataba con cierto desprecio. Había comenzado a fumar y se empeñaba en negar la existencia de la Hagen. Y como en Maturín no vendían ningún disco de ella y la televisión se había encargado de borrar esa página oscura de su historia, no teníamos forma de probarle que era verdad, que llevaba un perro en la entrepierna, que el perro era de peluche y tenía una lengua larguísima y roja. Que Nina Hagen era tan real como aquel disparo, como la sangre negra, como Angelina muda debajo de las cayenas. Pero mejor no recordarle esa escena, nos había recomendado la abuela. Y para él no existía Nina Hagen, pero el baño sí. Y de tanto negarlo, nos hacía buscar y buscar en las revistas de farándula que la abuela coleccionaba una pista o una señal que probara la existencia de la diva alemana, pero eran números anteriores a la fecha del Miss Venezuela, así que nunca hallamos nada. Un día le pregunté a mi hermano si no sería verdad lo que decía Nicolás, tal vez lo habíamos soñado, si hasta la misma Angelina había aceptado esa imagen como una invención para no recordar a su madre. Por eso, mil años después cuando nos reencontramos, Guillermo se alegró de verme en ese bar alemán donde le rendían culto y me mostró todas las imágenes posibles de la diva.

Hay un antes y un después de Nina y su perro en nuestras vidas. El mismo Nicolás, sin decirnos nada, trataba de encontrar a alguien que la conociera, escuchar alguna canción, ver algún video y fue así como llegó hasta Luis. La Hagen no pegaba en la radio, al menos no en las emisoras provinciales, pero Luis -que sabía todo lo que hay que saber porque estudiaba sociología en Caracas- la conocía y le trajo aquel famoso video y su primer cigarrillo de marihuana a un Nicolás engrandecido. Así fue como él encontró a Nina, mas no a Angelina. Él, que se ufanaba de ser el primero en todo, la recuerda en ese primer video de su vida (de la vida de Nicolás, no de Nina) sacando la lengua en medio de una cabellera naranja, moviéndose como una serpiente ella y su lengua. Los labios de negro, los ojos de negro, las uñas de negro, haciendo contraste con la blanquísima piel descubierta. La cámara hacía unos acercamientos rapidísimos a su rostro y luego se alejaba con igual velocidad, lo que daba un cierto toque sicodélico. Nicolás también buscaba a Angelina, en cada bocanada cada vez más habitual, en cada lista telefónica, en cada conversación de los vecinos, pero nunca se supo más de ella. Nunca la encontró.

¿Qué pasó conmigo después de NinaHagen? Aparte de soñarla en el baño de la muerte, creo que lo que realmente me causó más impresión fue lo que vi luego en mi propia casa. Un año después por fin dejamos de hablar del perro de Nina Hagen. Mejor dicho, un año después Guillermo dejó de hablar del perro de Nina Hagen. O dicho de una manera más clara: el perro de Nina Hagen dejó de estar en la boca de Guillermo, para estar en su sexo. Una noche calurosa y lenta papá y mamá no estaban -habían ido a bailar como solían hacerlo en esos tiempos-, la abuela roncaba sonoramente frente al televisor y yo me había quedado dormida en el sofá de semicuero, mi cara navegaba en un mar de sudor y baba. Esa noche Guillermo se encerró en su cuarto, se desnudó, se maquilló, se puso los tacones de mamá, uno de mis osos de peluches en su entrepierna y bailó. Como una serpiente su cuerpo y su lengua. Cantó y su voz era hermosísima como siempre, aquella voz que quebraba cristales de bohemia y empañaba los lentes de nuestra vieja maestra de piano. Bailó y cantó hasta advertir mi ojo en el espejo. El calor me había despertado.

Y otra vez sobrevino aquel silencio sobre nosotros. Lo recuerdo llorando esta vez con la boca cerrada, pero no recuerdo su llanto porque era muy silencioso. Entonces me di cuenta de que no era otro de sus juegos, que esta vez iba un poco más allá de pintarse una estrella negra en el ojo como el de Kiss. Recuerdo mi ojo estático en el espejo, otra vez quieta como una estatua. Recuerdo el miedo y lo grande del secreto que me obligué a mí misma a guardar. Recuerdo lo grande de la recién estrenada mudez de mi hermano. Desde entonces permaneció como cubierto por un impermeable de plástico transparente que aunque me permitía verlo, un poco desdibujado, no me dejaba entrar más allá de la superficie. Toda nuestra conexión se quebró de pronto, entonces pasó a ser otro de esos misterios de los adultos que siempre habíamos tenido que imaginar o investigar. Convertido en misterio en sí mismo, callado y cada vez más alejado, algunas veces nuestras miradas se encontraban, en medio de la cena o en medio de los regaños de mamá que se hacían cada vez más frecuentes en la medida en que crecíamos, y aún había ese algo que siempre habíamos compartido. El día que murió el abuelo, en medio del salón velatorio y con los ojos nublados de llanto, nos encontramos y un acuerdo tácito nos unió nuevamente: yo no debía preguntarle nada. El no tenía que contarme o explicarme lo que él mismo no entendía.

Años después, muchos años después, mi hermano se fue de la casa y perdimos todo contacto con él. Entonces me convertí en la única hija y me cayó la responsabilidad de unos padres envejecidos repentinamente. Siempre supe que su partida había sido decidida ese día del disparo, el día en que se dio cuenta de que la muerte nos ronda y nos obsequia imágenes indelebles. Y como uno se acostumbra a las ausencias, como a las muertes o a las enfermedades, la familia siguió su vida y su paulatina reducción. Si al principio mamá se preguntaba por el paradero de Guillermo y hasta quería contratar a un detective con la plata que no teníamos para que averiguara sus pasos, al rato comenzó a decir que se había ido a estudiar en el exterior y al creer su propia mentira, pudo dormir tranquila. La mentira de mamá abarcó al círculo familiar y a los vecinos, entonces vivimos sin preguntarnos nada hasta que una postal, luego de transcurrida más de una década, puso en nuestras manos su nueva dirección: 18 Hauptstrasse, 10961 – Berlín. Y desde entonces me fue encomendada la misión de viajar a buscarlo.

La familia, compuesta ahora sólo por dos personas, decidió por unanimidad mandar al miembro más joven, o sea, yo, en busca del hijo pródigo o prófugo que vaga por el mundo desde hace ya más de 10 años, para pedirle que regrese. Contarle que lo queremos, que la abuela y mamá murieron en su ausencia. Que papá rehizo su bicicleta con piezas que pidió por correo a la casa matriz de las Ambrosio en Italia y aunque no anda, sigue siendo una joya de museo. Que Nicolás cambió la casa de sus padres por unas líneas más de cocaína. Que a Angelina se la tragó la tierra definitivamente. Que el señor Suárez pagó a la gente del barrio para que no contaran la historia del baño a los nuevos ocupantes de su casa y así pudo finalmente venderla. Contarle de mí y un largo etcétera. Con esta misión salí por primera vez de Venezuela. Con este argumento me presenté a la mítica dirección en un Berlín que me daba miedo.

No era la dirección de una casa, sino de un bar. Dicen que Nina Hagen suele ir a ese bar en Schoneberg, cerca del parque Heinrich Von Kleist, donde le rinden culto. El bar está lleno de sus imitadores, hombres y mujeres que se reúnen todas las noches allí para mirar sus videos y que van vestidos como todas las versiones posibles de Nina. Dicen que ella también va de vez en cuando, imitándose a si misma. Entonces, de entre las Ninas reproducidas como por millones de espejos, hay una que es la original, pero nadie puede diferenciarla de sus copias, por eso, todas las Ninas se tratan con pleitesía y se adoran las unas a las otras.

En ese bar canta mi hermano y algunas veces repite sobre el escenario aquel baile que había ensayado con mi oso de peluche en las vacaciones de 1986, cuando ya nadie se acordaba del disparo.

Del libro: Los jardines de Salomón (Universidad de Oriente, 2008)

* Liliana Lara nació en Maracaibo, Venezuela, en 1966. Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Letras. Desde comienzos de los años noventa su trabajo discurre entre la literatura y el periodismo. Es autora de una vasta obra que incluye la poesía, el ensayo, la literatura infantil, el reportaje y el género testimonial. Su trabajo poético aparece incluido y reseñado en antologías en Rumania, España, Puerto Rico, Estados Unidos, México y Venezuela.
Residenciada en Israel desde el 2002, resultó ganadora de la mención Cuento de la XVI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre por su libro Los jardines de Salomón, escogido entre 28 obras por un jurado integrado por el ecuatoriano Raúl Pérez Torres y los venezolanos Milton Quero Arévalo y Luís Barrera Linares.

Liliana Lara

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Tomado del blog Segunda Cita

SÁBADO, 19 DE ABRIL DE 2014

No recuerdo…

No recuerdo dónde lo conocí. Puede haber sido gracias a Haydee Santamaría. Acaso coincidimos en alguna comida en casa de la amiga común, quizá en aquella en que fui embromado con una tortilla de plátanos maduros. Lo que sí tengo claro es que en septiembre de 1969, entre la treintena de libros que embarqué en el Playa Girón, había un Cien años de soledad que ya había leído un par veces.

Lo veo a flashazos, en distintos momentos. Un 31 de diciembre me invitó a una fiesta en la que estaban su amigo Fidel Castro y el actor norteamericano Gregory Peck. Hubo un momento, cercano a las 12 de la noche, en que me vi conversando con aquellos gigantes y me sentí desubicado.

La primera vez que estuve en su casa de México fui con Raúl Roa Kourí y mi hermana María, casados por entonces. Estaban de tránsito, camino a New York, donde estarían 6 años sirviendo a Cuba ante las Naciones Unidas. Fuimos por la mañana y pasamos algunas horas en el despacho del escritor, donde estaban algunos de sus libros, su máquina de escribir. Allí constaté que, tal y como se decía, sobre su mesa de trabajo había un un florero con una rosa amarilla. Creo que fue la primera vez que vi una rosa que parecía un sol. O la primera que reparaba en ella, iluminada por la mitología en torno al genio literario.

Hablamos de música. Uno de sus hijos estudiaba flauta. En algún lugar yo había leído que él escribía escuchando a Bach; pero aquella mañana nos dijo que entre sus partituras preferidas estaba el concierto para violín y orquesta de Sibelius. Revisó sus discos (con la ayuda de Mercedes) y me regaló una versión, que tenía repetida, dirigida por Von Karajan e interpretada por Christian Ferras. Antes de dármelo rotuló su nombre en la carátula, con plumón azul Prusia. Después me obsequió su novela más famosa, que yo casi me sabía de memoria. Hablamos también de cumbias y vallenatos, tema del que era experto. Concluyó la clase magistral con ejemplos en los que su nombre era mentado y, con cierta ternura, nos hizo escuchar una cumbia que lo increpaba por algo que no recuerdo. Finalmente me obsequió dos casetes, con selecciones personales. Aquellas cintas no me duraron mucho, porque le comenté a una periodista que las tenía y se las llevó, jurando muchas veces que sólo las quería para copiarlas y que enseguida me las devolvería. Ojos que te vieron. O más bien: oídos que te escucharon…

No recuerdo por qué un día me tocó llevarlo al centro campestre de Río Cristal, donde se iba a celebrar un almuerzo relacionado con el premio literario Casa de las Américas. Por el camino traté de hablar lo menos posible, para no meter la pata, pero acabamos comentando la separación de un matrimonio. Yo, sagitario imprudente, sentencié que era una desavenencia pasajera. Él me miró de una forma en la que pude reconocer, en el breve vistazo que le dirigí puesto que iba manejando, que sentía más congoja por mi optimismo que por la pareja distanciada. Puede que en el fondo yo pensara como él, y que sólo siguiera la costumbre totémica de expresar mis deseos y no lo que realmente sucedía. A veces me he equivocado, de diente para afuera, aunque de diente para adentro sepa que ejecuto un ritual que significa lo contrario. En aquel caso, en pocos días comprobé que su mirada de piedad tenía más peso que todas mis palabras. Y, además, comprendí que él no era adicto a mis ceremonias primitivas y que conocía mucho mejor que yo a personas que yo veía más a menudo.

Hace poco conté, a propósito de una canción de mi ultimo disco, la especial circunstancia de haber tomado un vuelo en el que sólo iba otro pasajero. Era hasta México, con escala en Cancún. Aquella tarde los cielos estaban cargados de oscuridades y nuestra soledad compartida, entre tantos asientos vacíos, propició el acercamiento. En aquel avión, que daba tumbos y bajones, el escritor me iba explicando –con una serenidad inconcebible– que a veces se le ocurrían ideas que no daban para novelas o cuentos, y que posiblemente eran canciones. En todo momento fui consciente de la fatalidad de que aquel encuentro ocurriera en circunstancias tan adversas, porque los incesantes sobresaltos no me permitían estar todo lo atento que deseaba. Luego, en Cancún, se llenó el avión, los cielos se aplacaron y el viaje dejó el misterio atrás, siendo menos propicio, aunque yo me despedí diciendo que iba a tratar de darle taller a algunas de las ideas –a veces relampagueantes– que tuve la suerte de escuchar. En un terrible hotel de Panamá hice un primer acercamiento que se perdió en la bruma, y sólo hace muy poco logré organizar algo cantable.

Cierta vez estuve una noche en su casa del DF y, a la hora de irnos, comprobamos que faltaba el carro en que habíamos llegado. Buena parte de aquella madrugada la pasó con nosotros en la comisaría, prestando declaraciones y tratando de ayudarnos. Otra noche, hace no mucho, fuimos al bar de una señora llamada Margarita, lleno de caricaturas, donde Sabina hacía gala de los tantos corridos y rancheras que se sabe. La última vez que fuimos a su casa cargó a Malva en la puerta de despedida.

Dejo constancia que la única vez que visité la hermosa Cartagena de Indias fue gracias a él, que me recomendó al Festival de Cine como jurado. Ni antes ni después he vuelto a entrar a un Casino. Aquel era propiedad de un amigo, señor que amablemente nos regaló unas fichas para que probáramos suerte en la ruleta. Yo le seguía las manos al dealer, a ver si las ocultaba bajo la mesa para apretar algún botón. Pero el hombre, quizá leyéndome la mente, daba un respetuoso paso atrás cada vez que la rueda de la fortuna empezaba a detenerse. Viendo lo rápido que dilapidé mi capital, el escritor, de un blanco impecable, se partía de la risa.

Voy a conservarlo así, sonriente, gozando de la vida, a lo mejor en la voluta de una idea que la insondable alquimia de su talento dejará en una ínfima reseña, algo que ni siquiera llegará a ser canción: acaso un insecto posado en un mantel, la pintura vahída de un bote surcando el río Magdalena, la nota disonante de un triste amolador de tijeras. Seguro así me sentiré alguito menos huérfano.

 

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Ángela Figuera *

NO QUIERO

No quiero
que los besos se paguen
ni la sangre se venda
ni se compre la brisa
ni se alquile el aliento.
No quiero
que el trigo se queme y el pan se estime.
No quiero
que haya frío en las casas,
que haya miedo en las calles,
que haya rabia en los ojos.
No quiero
que en los labios se encierren mentiras,
que en las arcas se encierren millones,
que en la cárcel se encierre a los buenos.
No quiero
que el labriego trabaje sin agua,
que el marino navegue sin brújula,
que en la fábrica no haya azucenas,
que en la mina no vean la aurora,
que en la escuela no ría el maestro.
No quiero
que las madres no tengan perfumes,
que las mozas no tengan amores,
que los padres no tengan tabaco,
que a los niños le pongan los Reyes
camisetas de punto y cuadernos.
No quiero
que la tierra se parta en porciones,
que en el mar se establezcan dominios,
que en el aire se agiten banderas,
que en los trajes se pongan señales.
No quiero
que mi hijo desfile,
que los hijos de madre desfilen
con fusil y con muerte en el hombro.
Que jamás se disparen fusiles,
que jamás se fabriquen fusiles.
No quiero
que me manden Fulano y Mengano,
que me fisgue el vecino de enfrente,
que me pongan carteles y sellos,
que dicten lo que es poesía.
No quiero
amar en secreto,
llorar en secreto,
cantar en secreto.
No quiero
que me tapen la boca
cuando digo “no quiero”.

* Ángela Figuera (1902-1984) fue una escritora española -vasca- nacida en Bilbao perteneciente a la poesía desarraigada** de la Primera Generación de Postguerra. Ángela Figuera actúa como intelectual disidente, crítica con el franquismo, que incluso llega a publicar en el extranjero cuando considera que la censura va a recortar su trabajo. Así se publica en 1958 en México “Belleza cruel”, libro que merecerá un prólogo del poeta exiliado León Felipe. Su lenguaje es sencillo, tratando siempre de que su mensaje llegue a las gentes. Su posición ideológica ha sido resumida por algún crítico como “existencialismo solidario”. Recibió los elogios de Juan Ramón Jiménez, León Felipe, Gabriel Aresti, Pablo Neruda, Max Aub y Carmen Conde, entre otros. Sus Obras completas se publicaron póstumas en 1986. Murió en Madrid, en 1984.

** El crítico y poeta Dámaso Alonso denominó poesía desarraigada, en contraposición a la poesía arraigada, a una de las principales corrientes de la lírica inmediatamente después de la Guerra Civil española. Esta corriente conectó desde el principio y claramente con la poesía impura de preguerra (Pablo Neruda, Rafael Alberti, Miguel Hernández, los surrealistas) y surgió en la década de 1940. Se caracterizó por el desarraigo existencialista, la angustia vital, el nihilismo y el vacío, sentimientos que vienen dados por distintas causas, pero la mayor sin duda la traumática experiencia de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.

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GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ:

Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

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Adiós.

En costa lejana
y en mar de Pasión,
dijimos adioses
sin decir adiós.
Y no fue verdad
la alucinación.
Ni tú la creíste
ni la creo yo,
«y es cierto y no es cierto»
como en la canción.
Que yendo hacia el Sur
diciendo iba yo:
«Vamos hacia el mar
que devora al Sol».
Y yendo hacia el Norte
decía tu voz:
«Vamos a ver juntos
donde se hace el Sol».
Ni por juego digas
o exageración
que nos separaron
tierra y mar, que son
ella, sueño y el
alucinación.
No te digas solo
ni pida tu voz
albergue para uno
al albergador.
Echarás la sombra
que siempre se echó,
morderás la duna
con paso de dos…
Para que ninguno,
ni hombre ni dios,
nos llame partidos
como luna y sol;
para que ni roca
ni viento errador,
ni río con vado
ni árbol sombreador,
aprendan y digan
mentira o error
del Sur y del Norte,
del uno y del dos!

Gabriela Mistral

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ESTE AMOR

Este amor
Tan violento
Tan frágil
Tan tierno
Tan desesperado
Hermoso como el día
Y malo como el tiempo
Cuando el tiempo es malo
Este amor tan verdadero
Este amor tan hermoso
Tan feliz
Tan alegre
Y tan irrisorio
Tembloroso de miedo como un elefante en la oscuridad
Y tan seguro de sí
Como un hombre tranquilo en medio de la noche
Este amor que inspiraba temor a los demás
Que los hacía hablar
Que los hacía palidecer
Este amor acechado
Porque nosotros los acechábamos
Acorralado herido pisoteado acabado negado olvidado
Porque nosotros los habíamos acorralado herido
pisoteado acabado negado olvidado
Este amor todo entero
Tan viviente aún
Y radiante de sol
Es el tuyo
Es el mío
El que fue
Ese amor siempre nuevo
Y que no ha cambiado
Tan verdadero como una planta
Tan trémulo como un pájaro
Tan cálido tan viviente como el verano
Podemos los dos
Ir y venir
Podemos olvidar
Y luego volver a dormirnos
Despertarnos sufrir envejecer
Dormirnos otra vez
Soñar con la muerte
Despertarnos sonreír y reír
Y rejuvenecer
Nuestro amor está allí
Terco como una mula
Viviente como el deseo
Cruel como la memoria
Tonto como las quejas
Tierno como el recuerdo
Frío como el mármol
Hermoso como el día
Frágil como un niño
Nos mira sonriendo
Y nos habla sin decir nada
Y yo lo escucho temblando
Y le ruego
Ruego por ti
Ruego por mí
Te suplico
Por ti por mí por todos aquellos que se aman
Y que son amados
Sí yo le ruego
Por ti por mí y por todos los otros
A quienes no conozco
Quédate allí
Allí donde estás
Allí donde estabas antes
Quédate allí
No te muevas
No te mueras
Nosotros los amados
Te hemos olvidado
Tú no nos olvides
Sólo a ti te teníamos en la tierra
No dejes que nos pongamos fríos
Mucho más lejos cada vez
Y no importa dónde
Danos señales de vida
Mucho más tarde en el rincón de un bosque
En la selva de la memoria
Aparece de pronto
Tiéndenos la mano
Y sálvanos.

(Paroles, 1945.)

Jacques Prévert (1900-1977), fue poeta, autor teatral y guionista cinematográfico francés asociado con el surrealismo. Sus obras tratan de la vida en París, utilizando neologismos, dobles significados, imágenes insólitas, momentos burlescos, cómicos e inesperados, con toques de humor negro o momentos eróticos. Los últimos años de su vida se dedicó a escribir letras para canciones y literatura infantil.

UN AÑO EN EL CABO DE HORNOS* de Paul Daniel Jules Hyades, 1885. (fragmento)

LOS YÁMANA Y LA MUERTE

No les gusta hablar de sus muertos y su repugnancia a ello es llevada tan lejos que no se puede obtener de ellos sino con gran trabajo el nombre de sus parientes y aun de su padre o madre muertos, lo que ocasiona serias dificultades o al menos la necesidad de cierta diplomacia, cuando se quiere indagar su filiación.
Este sentimiento explica sin duda su poca diligencia para dar un nombre a sus hijos. Saben perfectamente que el niño llevará el nombre del lugar de su nacimiento, pero no se deciden a aplicarle este nombre sino a la edad de dos años, cuando principia a andar. De esta suerte, si el niño muere en los dos primeros años, no tendrán que oír el nombre que les recordaría su pérdida. Es, sin embargo, difícil saber si esta costumbre oculta una superstición o simplemente la idea de evitar un pensamiento triste. Yo me inclino a darle esta última interpretación, porque a menudo he visto su actitud hacerse súbitamente grave y sombría desde que se hacía alusión delante de ellos a alguno de sus muertos, aun desde largo tiempo.
Jamas hablan de sus muertos, y sin embargo deben recordarlos a menudo, porque llevan duelo por mucho tiempo, bajo la forma de pinturas negras en la cara y una gran corona practicada en la parte superior de la cabeza. Algunas veces las mujeres, en recuerdo de los muertos de su familia, se ponen a derramar lágrimas y lanzar gemidos lastimeros, y esto sin ninguna causa exterior para explicar esa manifestación de sentimiento. En esta especie de culto por los muertos, o mejor en este recuerdo que se les conserva, hay una cuestión puramente tradicional, porque la muerte en sí misma no les infunde pavor. Yo he visto a hombres y mujeres, niños y viejos, manejar sin temor osamentas humanas exhumadas de sus tumbas, y hay buenas razones para creer, lo que los misioneros ingleses me han asegurado, que en el momento de la agonía, cuando el enfermo pierde el conocimiento, ellos lo ahogan apretándole la garganta para evitar mayores dolores, aun cuando se trata del padre o de la madre.

Fotografía: mujeres yámana, Chaoualuche Kipa y Kamanakar Kipa.

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* El Cabo de Hornos es el más austral de los tres grandes cabos del hemisferio sur del planeta y marca el límite norte del paso Drake, que separa a América de la Antártica o Antártida, y une el océano Pacífico con el océano Atlántico.