Archivos para el mes de: mayo, 2014

maya (1)
Maya Angelou *

LOS HOMBRES

Cuando era joven, solía mirar
Detrás de las cortinas
A los hombres que iban y venían por la calle. Hombres viejos, borrachos.
Hombres jóvenes, más ácidos que la mostaza.
Los veía. Los hombres siempre
Están yendo a alguna parte.
Ellos sabían que estaba ahí. Con quince
Años, y famélica.
Se paraban bajo mi ventana
Con los hombros en alto como los
Pechos de una adolescente,
Y la cola del traje palmeándoles
Las nalgas,
Los hombres.

Un día te toman con delicadeza
entre sus manos, como si
Fueras el último huevo crudo de la tierra. Después
Aprietan. Un poquito no más. El
Primer estrujón es agradable. Un abrazo rápido.
Suaves hasta tu indefensión. Un poquito
Más. Y empieza a doler. Te arrancan una
Sonrisa que patina en el miedo. Cuando
Se acaba el aire,
El cerebro te explota, estalla breve y ferozmente
Como la cabeza de un fósforo. Hecho trizas.
Es tu jugo
El que baja por sus piernas. Manchándoles los zapatos.
Mientras la tierra vuelve a enderezarse,
Y el gusto trata de retornar a la lengua,
Tu cuerpo ya se cerró. Para siempre.
No existen llaves.

Despues la ventana se cierra toda sobre
Tu mente. Ahí, detrás
Del oscilar de las cortinas, caminan los hombres.
Sabiendo algo.
Yendo a alguna parte.
Pero esta vez, nada más voy a
Pararme y mirar.

A lo mejor

 

* Maya Angelou tuvo una infancia muy sufrida. Y justo esa fue su inspiración: los abusos sexuales de los que fue víctima por parte del novio de su madre cuando tenía solo ocho años. Su madre era prostituta.
Todo este ambiente de conflicto y sufrimiento le dio un panorama diferente, por eso se convirtió en una visible activista defensora de los derechos humanos y las libertades civiles.
Contó pesares, miedos, llantos y penas, pero también risas, sueños y esperanzas que la acompañaron siempre.
Su primera novela vendió más de un millón de ejemplares en todo el mundo. Participó en el tributo a Nelson Mandela.

i latina

La i latina, de José Rafael Pocaterra * (1888-1955)

¡No, no era posible! andando ya en siete años y burrito, burrito, sin conocer la o por lo redondo y dando más que hacer que una ardilla.

—¡Nada! ¡Nada!— dijo mi abuelita—. A ponerlo en la escuela…

Y desde ese día, con aquella eficacia activa en el milagro de sus setenta años, se dio a buscarme una maestra. Mi madre no quería; protestó que estaba todavía pequeño, pero ella insistió resueltamente. Y una tarde al entrar de la calle, deshizo unos envoltorios que le trajeron y sacando un bulto, una pizarra con su esponja, un libro de tipo gordo y muchas figuras y un atadito de lápices, me dijo poniendo en mí aquella grave dulzura de sus ojos azules: —¡Mañana, hijito, casa de la señorita que es muy buena y te va a enseñar muchas cosas…!

Yo me abracé a su cuello, corrí por toda la casa, mostré a los sirvientes mi bulto nuevo, mi pizarra flamante, mi libro, todo marcado con mi nombre en la magnífica letra de mi madre, un libro que se me antojaba un cofrecillo sorprendente, lleno de maravillas! Y la tarde esa y la noche sin quererme dormir, pensé cuántas cosas podría leer y saber en aquellos grandes librotes forrados de piel que dejó mi tío el que fue abogado y que yo hojeaba para admirar las viñetas y las rojas mayúsculas y los montoncitos de caracteres manuscritos que llenaban el margen amarillento.

Algo definitivo decíame por dentro que yo era ya una persona capaz de ir a la escuela.

II

¡Hace cuántos años, Dios mío! Y todavía veo la casita humilde, el largo corredor, el patiecillo con tiestos, al extremo una cancela de lona que hacía el comedor, la pequeña sala donde estaba una mesa negra con una lámpara de petróleo en cuyo tubo bailaba una horquilla. En la pared había un mapa desteñido y en el cielo raso otro formado por las goteras. Había también dos mecedoras desfondadas, sillas; un pequeño aparador con dos perros de yeso y la mantequillera de vidrio que fingía una clueca echada en su nido; pero todo tan limpio y tan viejo que dijérase surgido así mismo, en los mismo sitios desde el comienzo de los siglos.

Al otro extremo del corredor, cerca de donde me pusieron la silla enviada de casa desde el día antes, estaba un tinajero pintado de verde con una vasija rajada; allí un agua cristalina en gotas musicales, largas y pausadas, iba cantando la marcha de las horas. Y no sé por qué aquella piedra de filtrar llena de yerbajos, con su moho y su olor a tierras húmedas, me evocaba ribazos del río o rocas avanzadas sobre las olas del mar…

Pero esa mañana no estaba yo para imaginaciones, y cuando se marchó mi abuelita, sintiéndome sólo e infeliz entre aquellos niños extraños, que me observaban con el rabillo del ojo, señalándome; ante la fisonomía delgadísima de labios descoloridos y nariz cuyo lóbulo era casi transparente, de la Señorita, me eché a llorar. Vino a consolarme, y mi desesperación fue mayor al sentir en la mejilla un beso helado como una rana.

Aquella mañana de “niño nuevo” me mostró el reverso de cuanto había sido ilusorias visiones de sapiencia… así que en la tarde, al volver para la escuela, a rastras casi de la criada, llevaba los párpados enrojecidos de llorar, dos soberbias nalgadas de mi tía y el bulto en banderola con la pizarra y los lápices y el virginal Mandevil tamborileando dentro de un modo acompasado y burlón.

III

Luego tomé amor a mi escuela y a mis condiscípulos: tres chiquillas feucas, de pelito azafranado y medias listadas, un gordinflón que se hurgaba la nariz y nos punzaba con el agudo lápiz de pizarra; otro niño flaco, triste, ojerudo, con un pañuelo y unas hojas siempre al cuello y oliendo a aceite; y martica, la hija del herrero de enfrente que era alemán. Siete u ocho a lo sumo: las tres hermanas se llamaban las Rizar, el gordinflón José Antonio, Totón, y el niño flaco que murió a poco, ya no recuerdo cómo se llamaba. Sé que murió porque una tarde dejó de ir, y dos semanas después no hubo escuela.

La Señorita tenía un hermano hombre, un hermano con el cual nos amenazaba cuando dábamos mucho qué hacer o estallaba una de esas extrañas rebeldías infantiles que delatan a la eterna fiera.

—¡Sigue! ¡Sigue rompiendo la pizarra, malcriado, que ya viene por ahí Ramón María!

Nos quedábamos suspensos, acobardados, pensando en aquel terrible Ramón María que podía llegar de un momento a otro… Ese día, con más angustia que nunca, veíamosle entrar tambaleante como siempre, oloroso a reverbero, los ojos aguados, la nariz de tomate y un paltó dril verdegay.

Sentíamos miedo y admiración hacia aquel hombre cuya evocación sola calmaba las tormentas escolares y al que la Señorita, toda tímida y confusa, llevaba del brazo hasta su cuarto, tratando de acallar unas palabrotas que nosotros aprendíamos y nos las endosábamos unos a otros por debajo del Mandevil.

—¡Los voy a acusar con la Señorita! —protestaba casi con un chillido Marta, la más resuelta de las hembras.

—La Señorita y tú… —y la interjección fea, inconsciente y graciosísima, saltaba de aquí para allá como una pelota, hasta dar en los propios oídos de la Señorita.

Ese era día de estar alguno en la sala, de rodillas sobre el enladrillado, el libro en las manos, y las orejas como dos zanahorias.

—Niño, ¿por qué dice eso tan horrible? —me reprendía afectando una severidad que desmentía la dulzura gris de su mirada.

—¡Porque soy hombre como el señor Ramón María!

Y contestaba, confusa, a mi atrevimiento:

—Eso lo dice él cuando está “enfermo”

IV

A pesar de todo, llegué a ser el predilecto. Era en vano que a cada instante se alzase una vocecilla:

—¡Señorita, aquí el “niño nuevo” me echó tinta en un ojo!

—Señorita, que el “niño nuevo” me está buscando pleito.

A veces era un chillido estridente seguido de tres o cuatro mojicones:

—¡Aquí…! Venía la reprimenda, el castigo; y luego más suave que nunca, aquella mano larga, pálida, casi transparente de la solterona me iba enseñando con una santa paciencia a conocer las letras que yo ditinguía por un método especial: la A, el hombre con las piernas abiertas —y evocaba mentalmente al señor Ramón María cuando entraba “enfermo” de la calle—; la O, al señor gordo —pensaba en el papá de Totón—; la Y griega una horqueta —como la de la china que tenía oculta—; la I latina, la mujer flaca —y se me ocurría de un modo irremediable la figura alta y desmirriada de la Señorita… Así conocí la Ñ, un tren con su penacho de humo; la P, el hombre con el fardo; y la & el tullido que mendigaba los domingos a la puerta de la iglesia.

Comuniqué a los otros mis mejoras al método de saber las letras, y Marta —¡como siempre!— me denunció:

—¡Señorita, el “niño nuevo” dice que usted es la I latina!

Me miró gravemente y dijo sin ira, sin reproche siquiera, con una amargura temblorosa en la voz, queriendo hacer sonrisa la mueca en sus labios descoloridos:

—¡Si la I latina es la más desgraciada de las letras… puede ser!

Yo estaba avergonzado; tenía ganas de llorar. Desde ese día cada vez que pasaba el puntero sobre aquella letra, sin saber por qué, me invadía un oscuro remordimiento.

V

Una tarde a las dos, el señor Ramón María entró más “enfermo” que de costumbre, con el saco sucio de la cal de las paredes. Cuando ella fue a tomarle del brazo, recibió un empellón yendo a golpear con la frente un ángulo del tinajero. Echamos a reír; y ella, sin hacernos caso, siguió detrás con la mano en la cabeza… Todavía reíamos, cuando una de las niñas, que se había inclinado a palpar una mancha oscura en los ladrillos, alzó el dedito teñido de rojo:

—Miren, miren: ¡le sacó sangre!

Quedamos de pronto serios, muy pálidos, con los ojos muy abiertos.

Yo lo referí en casa y me prohibieron, severamente, que lo repitiese. Pero días después, visitando la escuela el señor inspector, un viejecito pulcro, vestido de negro, le preguntó delante de nosotros al verle la sien vendada:

—¿Cómo que sufrió algún golpe, hija?

Vivamente, con un rubor débil como la llama de una vela, repuso azorada:

—No señor, que me tropecé…

—Mentira, señor inspector, mentira —protesté rebelándome de un modo brusco, instintivo, ante aquel angustioso disimulo— fue su hermano, el señor Ramón María que la empujó, así… contra la pared… —y expresivamente le pegué un empujón formidable al anciano.

—Sí, niño, sí ya sé… —masculló trastumbándose.

Dijo luego algo más entre dientes; estuvo unos instantes y se marchó.

Ella me llevó entonces consigo hasta su cuarto; creí que iba a castigarme, pero me sentó en sus piernas y me cubrió de besos; de besos fríos y tenaces, de caricias maternales que parecían haber dormido mucho tiempo en la red de sus nervios, mientras que yo, cohibido, sentía que al par de la frialdad de sus besos y del helado acariciar de sus manos, gotas de llanto, cálidas, pesadas, me caían sobre el cuello. Alcé el rostro y nunca podré olvidar aquella expresión dolorosa que alargaba los grises ojos llenos de lágrimas y formaba en la enflaquecida garganta un nudo angustioso.

VI

Pasaron dos semanas, y el señor Ramón María no volvió a la casa. Otras veces estas ausencias eran breves, cuando él estaba “en chirona”, según nos informaba Tomasa, única criada de la Señorita que cuando ésta salía a gestionar que le soltasen, quedábase dando la escuela y echándonos cuentos maravillosos del pájaro de los siete colores, de la princesa Blanca—flor o las tretas siempre renovadas y frescas que le jugaba tío conejo a tío tigre.

Pero esta vez la Señorita no salió; una grave preocupación distraíala en mitad de las lecciones. Luego estuvo fuera dos o tres veces; la criada nos dijo que había ido a casa de un abogado porque el señor Ramón María se había propuesto vender la casa.

Al regreso, pálida, fatigada, quejábase la Señorita de dolor de cabeza; suspendía las lecciones, permaneciendo absorta largos espacios, con la mirada perdida en una niebla de lágrimas… Después hacía un gesto brusco, abría el libro en sus rodillas y comenzaba a señalar la lectura con una voz donde parecían gemir todas las resignaciones de este mundo:

—Vamos, niño: “Jorge tenía un hacha…”

VII

Hace quince días que no hay escuela. La Señorita está muy enferma. De casa han estado allá dos o tres veces. Ayer tarde oí decir a mi abuela que no le gustaba nada esa tos…

—No sé de quién hablaban.

VIII

La Señorita murió esta mañana a las seis…

IX

Me han vestido de negro y mi abuelita me ha llevado a la casa mortuoria. Apenas la reconozco: En la repisa no están ni la gallina ni los perros de yeso; el mapa de la pared tiene atravesada una cinta negra; hay muchas sillas y mucha gente de duelo que rezonga y fuma. La sala llena de vecinas rezando. En un rincón estamos todos los discípulos, sin cuchichear, muy serios, con esa inocente tristeza que tienen los niños enlutados. Desde allí vemos, en el centro de la salita, una urna estrecha, blanca y larguísima que es como la Señorita y donde ella está metida. Yo me la figuro con terror: el Mandevil abierto, enseñándome con el dedo amarillo, la I, la I latina precisamente.

A ratos, el señor Ramón María que recibe los pésames al extremo del corredor y que en vez del saco dril verdegay luce una chupa de un negro azufroso, va a su encuentro y vuelve. Se sienta suspirando con el bigote lleno de gotitas. Sin duda ha llorado mucho porque tiene los ojos más lacrimosos que nunca y la nariz encendida, amoratada.

De tiempo en tiempo se suena y dice en alta voz:

—¡Está como dormida!

X

Después del entierro, esa noche, he tenido miedo. No he querido irme a dormir. La abuelita ha tratado de distraerme contando lindas historietas de su juventud. Pero la idea de la muerte está clavada, tenazmente, en mi cerebro. De pronto la interrumpo para preguntarle:

—¿Sufrirá también ahora?

—No —responde, comprendiendo de quién le hablo— ¡la Señorita no sufre ahora!

Y poniendo en mí aquellos ojos de paloma, aquel dulce mirar inolvidable, añade:

—¡Bienaventurados los mansos y humildes de corazón porque ellos verán a Dios!…

* José Rafael Pocaterra fue novelista, ensayista y poeta venezolano, considerado uno de los maestros del cuento venezolano del siglo XX.
Entre sus obras fundamentales se encuentran “Memorias de un venezolano de la decadencia” (1927), la mejor crónica escrita en su país sobre los sucesos trágicos del caudillismo de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. También escribió la novela “La casa de los Ábila” (1946), y varios de los relatos que integran su otra obra maestra: los “Cuentos grotescos”, libro al que pertenece este cuento. En su calidad de periodista y funcionario diplomático vivió en Estados Unidos y Canadá. Murió el 18 de abril de 1955

Imagen: Psique reanimada por el beso del amor
psique beso

Prête aux baisers résurrecteurs, Paul Eluard* (1895-1952)

Preparado para los besos resucitadores

Pobre de mí no puedo vivir en la ignorancia
Me hace falta ver escuchar y abusar
Escucharte desnuda verte desnuda
Para abusar de tus caricias

Por suerte o por desgracia
Conozco tu secreto de memoria
Todas las puertas de tu imperio
La de los ojos la de las manos
De los senos y de tu boca donde toda lengua se funde

Y la puerta del tiempo abierta entre tus piernas
La flor de las noches de verano en los labios del rayo
En el umbral del paisaje donde la flor ríe y flora
A la vez que guarda esa palidez de perla muerta
Dando tu corazón abriendo tus piernas

Eres como el mar acunas las estrellas
Eres campo de amor unes y separas
Los amantes y los locos
Eres el hombre el pan la sed la alta ebriedad

Y el matrimonio último entre sueño y virtud.

* Paul Eluard es el seudónimo de Eugène Grindel; Poeta francés, considerado el maestro de la poesía surrealista. Pasó también por el dadaísmo. Cultivó un lirismo muy personal y el fin de su poesía fue descubrir y revelar lo real. Tanto lo onírico como la acción llevan al poeta hacia el amor, a una comunicación fraterna. Éluard ha pasado a la historia como uno de los grandes maestros de la lírica francesa.

mariposas

Ana Martínez Casas *

SUEÑO DE UNA NOCHE DE OTOÑO

Tu sexo,
una mariposa negra.
Y no hay metáfora:
entró por la ventana
y fue a posarse
entre tus piernas.
Francisco Hernández, “Mariposa”

Comer alas de mariposa es un proceso extraño. Se te atoran entre los dientes y cuando sonríes puedes ver las hojuelas de colores embarradas en el sarro dental como diamantina.

En este lugar no existe el césped, sólo hay una capa crujiente de alas de mariposa monarca que cubre la tierra. Un día, los agricultores se hartaron de cultivar y cavaron tanto que creímos que el nife del mundo era una pelota de mariposas.

Así que, desde entonces, las ancianas tomaron montoncitos de alas crispadas y las usaron para hornear galletas con azúcar mascabado y nuez; pasteles Monarca o Mil Alas, cuya cubierta de dos centímetros de crema pastelera está corchada con las alitas filamentosas de tono ocre. Las obleas de invertebrado natural también son famosas, y cuando los jóvenes se besan, parecen aletear entre sus lenguas.

De niña, ayudé a una mariposa que tenía las alas rotas. La única viva que he visto en mi vida. La coloqué encima de una rosa parda y esperé a que volara hasta que me quedé dormida sobre el colchón anaranjado. Soñé que la Reina Mariposa, un hada con alas atigradas, me recompensaba convirtiéndome en ese insecto lepidóptero. Cuando desperté, la mariposa seguía ahí y la rosa tenía dos pétalos menos.

Cuando llueve, las alas lloran. Revolotean entre las gotas y se despedazan cual puré de calabaza con caramelo. El olor de las alas húmedas también es peculiar: huelen a lo que olería el musgo si fuera blanco.

Esa noche, las viejas me pidieron alas secas. Sólo había un lugar, entre los árboles decrépitos, donde los almohadones esponjados se marchitaban con la sal del viento.

No quería ir, era tarde, pero las antiguas insistieron. Dijeron que eran para Claude, que estaba embarazada. Tenía antojo, y no se le puede negar un antojo a una embarazada porque entonces el niño puede abrirse paso por su madre hasta morderle el corazón.

Yo no había visto a Claude desde que quedó preñada, pero de todos modos fui.

La lluvia me lamía los hombros mientras yo chupaba su almíbar. Abría la boca grande, y a veces tomaba entre las manos un poco del caldo de rocío y alas, y pensaba que las viejas deberían preparar té de mariposas.

Se escuchaban los besos pluviosos, los pasos mojados. La nada cosquilleaba mis oídos.

El aleteo me sacó de mi ensimismamiento y me di cuenta de que había llegado al templo otoñal.

El batir de las alas era un cascabel sordo, una campana opaca. Mariposas.

Quería ver una viva otra vez.

Corrí y pensé que las asustaría con mis movimientos torpes, pero la curiosidad desgarraba cualquier intento de silencio.

Cuando el sonido se volvió tan nítido que incluso pensé que podía ver los decibeles cristalinos como a las gotas de lluvia, miré hacia el lugar de donde procedía el poltergeist acústico, y me detuve bajo unos árboles de hojas muertas.

En un claro, vi a Claude recostada sobre la hierba de mariposas con la espalda descubierta. Estaba desnuda. La espalda y los hombros sostenían unos pechos pequeños, que a su vez sostenían dos pezones erguidos como granos de café. La piel opal se acentuaba con el cabello de miel tostada que se esparcía por el suelo; y sus ojos, manchados de blanco, tenían más pequeño el iris, botón de tierra, que el diámetro de los óvalos nimios. Sus pupilas eran movedizas como fantasmas; estaba inconsciente, en una lipiria. De entre sus pechos sobresalía el vientre voluminoso y de él, un ombligo perfectamente esférico, como una media luna blanqueada.

Me acerqué un poco más, y me escondí tras unos arbustos de hojarasca.

Había algo junto a Claude. No. Había algo encima de Claude. Era una enorme mosca negra, con miles de lunares blancos sobre el rostro, que metía en Claude su pene rojo y grueso, como su trompa que terminaba en espiral. Su lomo era cobrizo, y cada vez que el animal se movía, desprendía destellos metálicos.

No lograba distinguir la sustancia que lo cubría: no sabía si estaba repleto de alas monarca diminutas, que aleteaban rápidamente causando el zumbido; o si eran alas gigantescas, pero que daban la impresión de haber sido tazadas con la hoja de una navaja.

Era una mariposa.

Estuve a punto de gritar, mas no lo hice porque me di cuenta de que no estaba aterrorizada por lo que estaba viendo, sino porque mi cuerpo estaba respondiendo al estímulo del apareamiento. Mi entrepierna se humedecía, y mis pechos estaban tan hinchados que creí que rasgarían mi ropa.

Me estaba excitando al ver ese ritual: cómo las patas delanteras de la mariposa pisoteaban el cabello de Claude, cómo la mariposa lamía sus pezones y la trompa dejaba aguamiel en la punta de sus pechos.

Llevé una mano entre mis muslos, quería acariciar mis labios y meter la punta de un dedo. Mi respiración se entrecortó, sentí los chorros de sangre presionando mi clítoris. Entre jadeos, me acerqué al tronco de un árbol. Saqué la lengua y lamí el líquen marchito de la corteza, empapado de lluvia. Tomé un puño de alas secas que se escondían bajo las hojas de los arbustos, y me las llevé a la boca hinchada. Mastiqué las alas y mordí algo así como un pedazo de madera despostillada. Debió ser una rama.

De pronto, el sonido cesó, y lentamente un zumbido carrasposo contuvo mi aliento. Las alas del insecto se detuvieron, y expulsó el néctar de su falo hacia la vulva de Claude, al tiempo que el ombligo de ella sangraba. De la grieta de su ombligo brotaron miríadas de mariposas monarca minúsculas, que el gran insecto, el Rey de las Mariposas, devoraba con su trompa color cereza.

Entonces, una imagen aterradora embriagó mi cabeza: supe que Claude estaba muerta, y que su vientre había sido un capullo todos esos nueve meses.

Salí corriendo de ahí. Aunque no vi hacia atrás, imaginé al insecto siguiendo mis pasos, que mojaban y rompían las alas, volando hacia mí con su pene erecto y con forma de espiral.

Llegué a mi cuarto, y traté de calmar el temblor de mis piernas. Una gota del sudor de mi frente cayó y se mezcló con el charco de agua de lluvia y pedazos de alas que estaba a mis pies.

Me senté sobre la cama y escuché algo por la ventana. Volteé, y sobre una rosa parda, una mariposa monarca movía ligeramente sus alas.

Sobre mi almohada, dos pétalos.

* Ana Martínez Casas (Cuernavaca, México, 1990). es cuentista. Ha publicado en las revistas El puro cuento, 400 elefantes, Rawr!, Los habitantes de Moria y La Piedra, así como en la antología de cuentos Veinte cuentos para leer en… (EdicioneZetina, 2010). En 2009, participó en el Tercer Virtuality Literario Caza de Letras convocado por la Dirección de Literatura de la UNAM. Es autora del blog Mórtido (http://lunaencajada.blogspot.com/).

deslizia

Imagen

 

La férrea dureza de todas las debilidades.

La insistente valentía de todos los miedos.

La imaginaria fehaciencia de la realidad.

La madurez de sentimientos de toda infancia.

La creencia de saberlo todo de la ignorancia 

El continuo aprendizaje y, a la vez, enseñanza, de toda sabiduría.

La irrompible y liberadora atadura de una amistad.

La constante presencia de lo ausente en la melancolía.

La innecesaria causa de toda motivación.

La poderosa pobreza del dinero.

La estática movilidad de las ramas de un árbol.

La profunda libertad que da un abrazo.

La grandeza de hacerte diminuto.

La velocidad de un instante tranquilo

La estrepitosa caída de los párpados en unos ojos tristes.

El directo flechazo de la curvatura de una sonrisa.

La gracia y musicalidad de los bailes de letras.

La profunda esperanza de una mano alzada.

La perfecta entonación de las voces interiores.

La tranquila inquietud de poder verte.

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3gracias
Eliseo Diego (1920-1994)*

DEL OBJETO CUALQUIERA

“Un ciego de nacimiento tropezó, por casualidad, con cierto objeto que llegó a ser su única posesión sobre la tierra. No pudo nunca saber qué cosa fuese, pero le bastaba que sus dedos lo tocasen en un punto y, a partir de este principio, recorriesen el maravilloso nacer de las formas unas de otras en sucesivos regalos de increíble gracia. Pero en realidad no le bastaba, porque la parte que sabía no era más que la sed de lo perdido, y comprendiendo que jamás llegaría a poseerlo enteramente, lo regaló a un sordo, amigo suyo de la infancia, que lo visitó por casualidad una tarde.
-¡Qué hermosas muchachas!-, vociferó el sordo.
-¿Qué muchachas?-, gritó el ciego. -¡Ésas!-, aulló el sordo, señalando el objeto. Al fin comprendió que no se entenderían nunca de aquel modo y le puso al ciego el objeto entre las manos. El ciego repasó el peso familiar de las formas. -¡Ah, sí, las muchachas!-, murmuró. Y se las regaló al sordo.
El sordo se las llevó a la casa. Eran tres muchachas, cogidas de las manos. Gráciles e infinitas respondíanse las líneas de los cabellos, los brazos y los mantos. Eran de marfil casi transparente. Vetas de lumbre atravesábanla por dentro. El sordo, cuyos ojos eran de águila, sorprendió en el pedestal un resorte. Al apretarlo comenzaron a danzar las doncellas. Pero luego el sordo comprendió que jamás llegaría a poseerlas enteramente, y regaló las tres danzantes a un amigo que vino a visitarlo.
-¡Qué hermosa música!-, dijo el hombre, señalando a las doncellas. -¿Cómo?-, dijo el sordo. -¡La música de la danza!-, explicó el hombre. -Sí -dijo el sordo-, música entendí, pero no sabía que hubiese.- Y regaló al hombre las tres danzantes.
El hombre se las llevó a la casa. Era la música como el soplar del viento en las cañas: agonizaba y nacía de sí misma, y su figura eran las tres danzantes. Maravillado, el hombre contemplaba la perfecta unidad de la figura, la música y la danza. Pero luego comprendió que jamás llegaría a poseerlas enteramente y las regaló a un sabio que vino a visitarlo.
-¡Las Tres Gracias!-, exclamó el sabio. -¿Sabe usted lo que tiene? ¡Son las Tres Gracias que hizo Balduino para la hija del Duque de Borgoña!- El hombre comprendió que aquéllos eran los nombres del misterioso apartamento que había en los rostros de las danzantes. -Usted piensa en ellas-, confirmó, señalándolas. Y el sabio se llevó las Tres Gracias a su casa.
Allí, encerrado en su gabinete, las hacía danzar y les pensaba en alta voz los nombres verdaderos, las secretas relaciones de sus cuerpos en la danza y de la danza y los sonidos, el mágico nacimiento de sus cuerpos, hijos de la divinidad y el amor del artesano. Pero a poco murió el sabio, llevándose la angustiosa sensación de que jamás, por mucho que viviese, las poseería enteramente.
Su ignorante familia vendió las Tres Gracias a un anticuario, no menos ignorante, que las abandonó en el escaparate de los juguetes. Allí las vio un niño, cierta noche. Con la nariz pegada al vidrio se estuvo largo tiempo, amargo porque jamás las tendría. Así había de ser, porque, a poco de marcharse el niño a su casa, un incendio devoró la tienda, y, en la tienda, las Gracias.
Esa noche el niño las sonó al dormirse. Y fueron suyas, enteras, eternas.”

* Eliseo Diego fue un poeta, escritor y ensayista cubano nacido en La Habana. En 1942 publicó su primer libro, “En las oscuras manos del olvido”, un recopilación de relatos. Dos años más tarde apareció el primer número de la revista Orígenes, de la que Eliseo Diego fue uno de los fundadores junto a otros intelectuales de la época. Allí publicaría poesía, cuentos y artículos. Fue responsable del Departamento de Literatura y Narraciones Infantiles de la Biblioteca Nacional José Martí hasta 1970 y redactor de la revista Unión, órgano de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
Aunque comenzó escribiendo narrativa, fue en la lírica donde Diego descolló. Su poesía, siempre entintada de relatos oníricos que se entremezclan con la realidad y tratando temas como la trascendencia a pesar de la muerte o la soledad, es un desafío de palabra a lo efímero de la vida. Gabriel García Márquez lo definió como “uno de los más grandes poetas que hay en la lengua castellana”.
Obtuvo, entre otros, el Premio Nacional de Literatura de Cuba y el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. Falleció el primero de marzo de 1994 en la Ciudad de México.

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Roque Dalton *

LOS LOCOS

A los locos no nos quedan bien los nombres.

Los demás seres
llevan sus nombres como vestidos nuevos,
los balbucean al fundar amigos,
los hacen imprimir en tarjetitas blancas
que luego van de mano en mano
con la alegría de las cosas simples.

Y qué alegría muestran los Alfredos, los Antonios,
los pobres Juanes y los taciturnos Sergios,
los Alejandros con olor a mar!

Todos extienden, desde la misma garganta con que cantan
sus nombres envidiables como banderas bélicas,
tus nombres que se quedan en la tierra sonando
aunque ellos con sus huesos se vayan a la sombra.

Pero los locos, ay señor, los locos
que de tanto olvidar nos asfixiamos,
los pobres locos que hasta la risa confundimos
y a quienes la alegría se nos llena de lágrimas,
cómo vamos a andar con los nombres a rastras,
cuidándolos,
puliéndolos como mínimos animales de plata,
viendo con estos ojos que ni el sueño somete
que no se pierdan entre el polvo que nos halaga y odia?

Los locos no podemos anhelar que nos nombren
pero también lo olvidaremos…

* Roque Dalton (1935-1975) fue un poeta, ensayista, narrador, dramaturgo, periodista y revolucionario salvadoreño. Dalton fue un poeta comprometido. El primer libro que publicó fue Dos puñados de tierra, en 1955, escrito a cuatro manos con Otto René Castillo, ambos fundadores al año siguiente del Círculo Literario. En 1969 obtuvo el Premio Casa de las Américas, que ganó con su poemario Taberna y otros lugares.
Sus poemas han sido traducidos a diversos idiomas y su obra, objeto de numerosos estudios.

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Alphonse Daudet *

Wood’stown

El emplazamiento era soberbio para construir una ciudad. Bastaba nivelar la ribera del río, cortando una parte del bosque, del inmenso bosque virgen enraizado allí desde el nacimiento del mundo. Entonces, rodeada por colinas, la ciudad descendería hasta los muelles de un puerto magnífico, establecido en la desembocadura del Río Rojo, sólo a cuatro millas del mar.
En cuanto el gobierno de Washington acordó la concesión, carpinteros y leñadores se pusieron a la obra; pero nunca habían visto un bosque parecido. Metido en el centro de todas las lianas, de todas las raíces, cuando talaban por un lado renacía por el otro rejuveneciendo de sus heridas, en las que cada golpe de hacha hacía brotar botones verdes. Las calles, las plazas de la ciudad, apenas trazadas, comenzaron a ser invadidas por la vegetación. Las murallas crecían con menos rapidez que los árboles, que en cuanto se erguían, se desmoronaban bajo el esfuerzo de raíces siempre vivas.

Para terminar con esas resistencias donde se enmohecía el hierro de las sierras y de las hachas, se vieron obligados a recurrir al fuego. Día y noche una humareda sofocante llenaba el espesor de los matorrales, en tanto que los grandes árboles de arriba ardían como cirios. El bosque intentaba luchar aún demorando el incendio con oleadas de savia y con la frescura sin aire de su follaje apretado. Finalmente llegó el invierno. La nieve se abatió como una segunda muerte sobre los inmensos terrenos cubiertos de troncos ennegrecidos, de raíces consumidas. Ya se podía construir.

Muy pronto una ciudad inmensa, toda de madera como Chicago, se extendió en las riberas del Río Rojo, con sus largas calles alineadas, numeradas, abriéndose alrededor de las plazas, la Bolsa, los mercados, las iglesias, las escuelas y todo un despliegue marítimo de galpones de aduanas, de muelles, de entrepuertos, de astilleros para la construcción de los barcos. La ciudad de madera, Wood´stown -como se la llamó- fue rápidamente poblada por los secadores de yeso de las ciudades nuevas. Una actividad febril circulaba en todos los barrios; pero sobre las colinas de los alrededores, que dominaban las calles repletas de gente y el puerto lleno de barcos, una masa sombría y amenazadora se instaló en semicírculo. Era el bosque que miraba.

Miraba aquella ciudad insolente que había ocupado su lugar en las riberas del río, y de tres mil árboles gigantescos. Toda Wood’stown estaba hecha con su vida misma. Los altos mástiles que se balanceaban en el puerto, aquellos innumerables desniveles uno tras otro, hasta la última cabaña del barrio más alejado, todo se lo debían, tanto los instrumentos de trabajo como los muebles, tomando sólo en cuenta el largo de sus ramas. Por esto, ¡qué rencor terrible guardaba contra esta ciudad de ladrones!

Mientras duró el invierno, no se notó nada. Los habitantes de Wood’stown oían a veces un crujido sordo en sus techumbres y en sus muebles. De vez en cuando una muralla se rajaba, un mostrador de tienda estallaba en dos estruendos. Pero la madera nueva padece estos accidentes y nadie les daba importancia. Sin embargo, al acercarse la primavera -una primavera súbita, violenta, tan rica de savia que se sentía bajo la tierra como el rumor de las fuentes- el suelo comenzó a agitarse, levantado por fuerzas invisibles y activas. En cada casa, los muebles, las paredes de los muros se hinchaban y se veía en los tablones del piso largas elevaciones, como ante el paso de un topo. Ni puertas, ni ventanas, ni nada funcionaba. “Es la humedad -decían los habitantes- con el calor pasará”.

De pronto, al día siguiente de una gran tempestad que provenía del mar, y que trajo el verano con sus claridades ardientes y su lluvia tibia, la ciudad, al despertar, lanzó un grito de estupor. Los techos rojos de los monumentos públicos, las campanas de las iglesias, los tablones de las casas y hasta la madera de las camas, todo estaba empapado en una tinta verde, delgada como una capa de moho, leve como un encaje. De cerca parecía una cantidad de brotes microscópicos, donde ya se veía el enroscamiento de las hojas. Esta nueva rareza divirtió sin inquietar más; pero, antes de la noche, ramitas verdes se abrieron en todas partes sobre los muebles, sobre las murallas. Las ramas crecían a ojos vistas; si uno las sostenía un momento en la mano, se las sentía crecer y agitarse como alas.

Al día siguiente todas las viviendas parecían invernaderos. Las lianas invadían las rampas de las escaleras. En las calles estrechas, las ramas se enlazaban de un techo al otro, poniendo por encima de la ruidosa ciudad la sombra de avenidas arboladas. Esto se volvió inquietante. Mientras los sabios reunidos discutían sobre este caso de vegetación extraordinaria, la muchedumbre salía fuera para ver los diferentes aspectos del milagro. Los gritos de sorpresa, el rumor sorprendido de todo aquel pueblo inactivo daba solemnidad al extraño acontecimiento. De pronto alguien gritó: “¡Miren el bosque!”, y percibieron, con terror, que desde hacía dos días el semicírculo verde se había acercado mucho. El bosque parecía descender hacia la ciudad. Toda una vanguardia de espinos y de lianas se extendían hasta las primeras casas de los suburbios.

Entonces Wood’stown empezó a comprender y a sentir miedo. Evidentemente el bosque venía a reconquistar su lugar junto al río; sus árboles, abatidos, dispersos, transformados, se liberaban para adelantárselo. ¿Cómo resistir la invasión? Con el fuego se corría el riesgo de incendiar la ciudad entera. ¿Y qué podían las hachas contra esta savia sin cesar renaciente, esas raíces monstruosas que atacaban por debajo del suelo, esos millares de semillas volantes que germinaban al quebrarse y hacían brotar un árbol donde quiera que cayeran?

Sin embargo todos se pusieron bravamente a luchar con las hoces, las sierras, los rastrillos: se hizo una inmensa matanza de hojas. Pero fue en vano. De hora en hora la confusión de los bosques vírgenes, donde el entrelazamiento de las lianas creaban formas gigantescas, invadía las calles de Wood´stown. Ya irrumpían los insectos y los reptiles. Había nidos en todos los rincones, golpes de alas y masas de pequeños picos agresivos. En una noche los graneros de la ciudad fueron totalmente vaciados por las nidadas nuevas. Después, como una ironía en medio del desastre, mariposas de todos los tamaños y colores volaron sobre las viñas florecidas, y las abejas previsoras, buscando abrigo seguro en los huecos de los árboles tan rápidamente crecidos, instalaron sus colmenas como una demostración de permanencia y conquista.

Vagamente, en el gemido rumoroso del follaje se oían golpes sordos de sierras y de hachas; pero el cuarto día se reconoció que todo trabajo era imposible. La hierba crecía demasiado alta, demasiado espesa. Lianas trepadoras se enroscaban en los brazos de los leñadores y agarrotaban sus movimientos. Por otra parte, las casas se volvieron inhabitables; los muebles, cargados de hojas, habían perdido la forma. Los techos se hundieron perforados por las lanzas de las yucas, los largos espinos de la caoba; y en lugar de techumbres se instaló la cúpula inmensa de las catalpas. Era el fin. Había que huir.

A través del apretujamiento de plantas y de ramas que avanzaba cada vez más, los habitantes de Wood’stown, espantados, se precipitaron hacia el río, arrastrando en su huida lo que podían de sus riquezas y objetos preciosos. ¡Pero cuántas dificultades para llegar al borde del agua! Ya no quedaban muelles. Nada más que musgos gigantescos. Los astilleros marítimos, donde se guardaban las maderas para la construcción, habían dejado lugar a bosques de pinos; y en el puerto, lleno de flores, los barcos nuevos parecían islas de verdor. Por suerte se encontraban allí algunas fragatas blindadas en las que se refugió la muchedumbre desde donde pudieron ver al viejo bosque unirse victorioso con el bosque joven.

Poco a poco los árboles confundieron sus copas y bajo el cielo azul resplandeciente de sol, la enorme masa del follaje se extendió desde el borde del río hasta el lejano horizonte. Ni rastro quedó de la ciudad, ni de techos, ni de muros. A veces un ruido sordo de algo que se desmoronaba, último eco de las ruinas, donde se oía el golpe de hacha de un leñador enfurecido, retumbaba en las profundidades del follaje. Solamente el silencio vibrante, rumoroso, zumbante de nubes de mariposas blancas giraban sobre la ribera desierta, y lejos, hacia alta mar, un barco que huía, con tres grandes árboles verdes erguidos en medio de sus velas, llevaba los últimos emigrantes de lo que fue Wood’stown.

ARTE

El arte es la actividad realizada por el ser humano con una finalidad estética o comunicativa, mediante la cual expresa ideas, emociones o una visión del mundo, mediante diversos recursos, como los plásticos, lingüísticos, sonoros o mixtos. “La vida es un medio de expresión artística” (Beuys), destacando el aspecto vital, la acción. Así, todo el mundo es capaz de ser artista.

cebra

madryn amanecer

Vanesa Almada Noguerón *

(Texto ganador del Certamen Anual de Literatura Internacional LAIA – Octubre de 2013)

Ciertas estrofas-postales de las tierras blandas.

Había otro perfume que el mar repetía,
otro portal de balneario desnudo, otro Santo,
salpicado de sal atlántica y de médanos inflados.

Había otro tarareo de harmónica
pernoctando en la orilla,
que prometía epopeyas, apadrinaba edificios y amontonaba febreros
-confundidos a veces con la efervescencia náutica
en el vaivén de un muelle
o en el danzar derretido de las matas bosquejadas que forman los tamariscos-.

Había otro suelo calado de aguas de Gruta,
castillos de arena ilesos,
supervivientes épicos de sudestadas y de Fiestas Nacionales.

Había otro perfume a playa aceitunada,
otra vereda crecida, otro costal de almejas/ que el mar cuchicheaba.
Había otro barco amodorrado fantaseando corvinas rubias,
y otro poco de olores con viento norte.

Había otro recuerdo urgente,
otro virar en pausa/ de intrusos conocidos que juntan hojas de pino,
de carpas y parasoles que suspiran fuego,
de pasajeros perdidos

que vuelven a casa.

* Vanesa Almada Noguerón nace en la ciudad de La Plata (Buenos Aires, Argentina), en 1980. Tiene estudios en Letras y Gestión Cultural. Obtiene, en 2008, el 1º premio en el Certamen Internacional Poesía de las Américas por su cuento corto “Final”. En 2011, el Colectivo Portorriqueño Ó incorpora parte de su trabajo en prosa poética a la Antología de Escritores Latinoamericanos. En 2012, recibe el 1º premio en el género poesía por su obra “escalera servida”, otorgado por el Consejo Municipal de Cultura. Asimismo, la Firma Editorial “de los Cuatro Vientos” selecciona parte de su obra para integrar la Antología 2013 de “Poetas y Narradores Contemporáneos” y le otorga una mención distintiva por su texto poético “Apatía”. En Octubre de 2013, la Latin American Intercultural Alliance galardona su trabajo con el 1º premio de su Certamen Anual de Literatura Internacional, en el Queens Museum of Art de NY. En enero de 2014, es elegida finalista para el Premio Nacional de Literatura, en la ciudad de Tres de Febrero.

Foto: Silvia Etchaide, Puerto Madryn, Patagonia Argentina.