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Gabriel García Márquez dibujado por Turcios.

TRIBUTO

Rara vez he sentido envidia por algo o por alguien. Ni siquiera cuando los Reyes le trajeron a Héctor aquella número cinco de cuero que humillaba a la Pulpo que usábamos nosotros, o cuando Rubén se terminó quedando con Adriana, la más codiciada del curso. Sin embargo, debo admitirlo, cuando en la redacción de la revista “Gente” le avisaron a Sergio que viajaría hasta Colombia, un escozor húmedo me trepó por las mejillas.
“¿Tenés el pasaporte al día?” –me contó que le había preguntado el jefe. Sergio se encogió de hombros y dijo que no, que lo tenía vencido. “Bueno, entonces te vas ahora mismo a renovarlo –insistió el tipo-, porque tenés pasaje para el vuelo de mañana”.
¿Cómo no iba a sentir envidia? El motivo del viaje de mi compadre era el de entrevistar nada menos que a Gabriel García Márquez. Corría el año ’84, la Academia sueca lo había premiado hacía dos años, García Márquez se había vuelto una celebridad mundial y ahora mi amigo tendría la oportunidad de estar frente a frente con uno de mis escritores más admirado. A la vuelta, Sergio me daría más detalles de aquel encuentro: un dolor de muelas del colombiano por poco hace que la entrevista naufragase; García Márquez bajó de un auto esquivando charcos y lo invitó a subir a su oficina, un departamento de dos ambientes con vista al mar; le sugirió conversar sin grabador (“después tu memoria mejorará lo que yo haya dicho”); dejó deslizar que ya no volvería a visitar Argentina (“soy de la idea de que nunca hay que regresar a los lugares adonde uno fue feliz”) y finalmente terminó hechizándolo con su simpatía caribeña.
Desde entonces, ese ha sido mi García Márquez. El que Sergio Ciancaglini me contó que era. Un tipo con zapatos blancos, pantalón blanco y guayabera blanca, bajando sonriente de un Mercedes Benz para hablar tanto de literatura como de narcotráfico (que por ahí se deslizó finalmente la conversación). Ese y el que yo había descubierto en sus obras, desde luego.
Si uno cierra los ojos e imagina el rostro de alguna mujer que haya amado, es muy probable que la asocie con un sitio determinado. A mí me pasa lo mismo con buena parte de los libros que he leído. Así, “El túnel” es una tarde de domingo con aguacero en cierta pensión de malamuerte de la Avenida de Mayo. “El perseguidor”, de Cortázar, una noche con su madrugada en un local de comidas de la 9 de Julio. Pues bien, para mi memoria y sus caprichos, “Cien años de soledad” es una siesta en plena Rivadavia quilmeña, con su banco y su pérgola y su silencio pueblerino, hace casi cuarenta años. Resulta obvio que no pude haberla leído en una tarde, pero mi recuerdo quedó anclado para siempre en ese instante mágico en el que llegaba a Macondo el gitano Melquíades, arrastrando imanes y vidrios de colores, mapas de lugares imposibles y un pesadísimo astrolabio. Y cierta maravillosa concepción de la vida, porque para los magos de verdad todos los días son lunes, todos los meses marzo y la muerte un malentendido que puede tener remedio.

Fuente: Agenda del Sur, mayo 2014.

 

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