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PETER PAN Y WENDY O EL DERECHO A LA FICCIÓN.

(…) El menosprecio a la ficción, muy antiguo, se prolongó a lo largo de los siglos y sigue incluyendo a muchos contemporáneos. Para ellos, lo imaginario es un opiáceo, un intento por esquivar el único lugar donde uno tendría que situarse, el de la realidad material. O bien lo ven como un recreo que proporciona a los niños la posibilidad de desahogarse antes de regresar a las cosas serias. Es como si Winnicott y el psicoanálisis no nos hubiera enseñado que lo que hacemos con seriedad y creatividad tiene su origen en el juego y la cultura que lo prolonga. Como si uno no pudiera ser a la vez soñador, lúcido, reflexivo y combativo. Como si no estuviéramos hechos también de nuestras ensoñaciones –no sólo en la infancia, sino durante toda la vida. No regresamos iguales del País de Nunca Jamás; nuestro ser retorna cambiado, ampliado. Algo de la ficción se queda en ese mundo, tal como esas hojas delante de la ventana que caen del traje de Peter, o esa sombra arrancada por la perra.

Como si se tratara de un eco, en su libro Netherland (cuyo título es tan afín al Never Land), Joseph O’Neill plantea la posibilidad de que la realidad sea “anexada benévolamente” por lo imaginario, “de tal manera que nuestros gestos cotidianos proyecten siempre una sombra secundaria procedente de otro mundo y que, en esos momentos en que nos sentimos propensos a apartarnos de los significados más plausibles y dolorosos de las cosas, encontremos alivio por el hecho de sentirnos vinculados a un sentimiento del mundo lejano y familiar, así como al lugar que ocupamos en él. Es la incompletud de la ensoñación la que acarrea los problemas –continúa diciendo el narrador–, el hecho de no tener “la cabeza lo suficientemente metida en las nubes”. (2)

El pequeño flautista facilita la transición hacia las nubes, hacia esa dimensión fundamental de la vida tan negada, tan menospreciada: lo que podría ser, lo que hubiera podido ser, ese otro mundo, lejano y familiar, que proyecta su sombra o su luz sobre nuestros gestos cotidianos. Acompaña hacia ciertos puntos de transición desde los cuales despeñarse hacia esta otra dimensión.
(…)

Mucho más que entregarnos un mensaje, la literatura nos abre un universo en el cual desplegarnos y constituir, a lo largo de nuestras lecturas, un País de Nunca Jamás, esta reserva poética y salvaje de la cual podremos echar mano toda la vida para proyectar en lo cotidiano un poco de belleza, de fábulas, de historias que tal vez nunca se realizarán, pero que sin embargo contribuyen a definirnos. Para dar forma a lugares en los cuales vivir y acondicionar habitaciones propias en las cuales pensar.

Por lo demás, las metáforas que emplean muchos lectores hacen pensar en Peter Pan y Wendy pues asocian la lectura con una isla lejana o una cabaña encaramada en un árbol, como queriendo avisar a los de abajo: aquí no podrán alcanzarme.

Peter Pan, ese analfabeto caprichoso que, tras haber escuchado historias en la ventana, sale volando para ir a contarlas a los niños perdidos (después de todo no era tan egoísta, ¿verdad?), es la figura misma del lector. O de la lectora.

Michèle Petit, en “Peter Pan y Wendy o el derecho a la ficción” (http://www.cuatrogatos.org/show.php?item=528)

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