mariposas

Ana Martínez Casas *

SUEÑO DE UNA NOCHE DE OTOÑO

Tu sexo,
una mariposa negra.
Y no hay metáfora:
entró por la ventana
y fue a posarse
entre tus piernas.
Francisco Hernández, “Mariposa”

Comer alas de mariposa es un proceso extraño. Se te atoran entre los dientes y cuando sonríes puedes ver las hojuelas de colores embarradas en el sarro dental como diamantina.

En este lugar no existe el césped, sólo hay una capa crujiente de alas de mariposa monarca que cubre la tierra. Un día, los agricultores se hartaron de cultivar y cavaron tanto que creímos que el nife del mundo era una pelota de mariposas.

Así que, desde entonces, las ancianas tomaron montoncitos de alas crispadas y las usaron para hornear galletas con azúcar mascabado y nuez; pasteles Monarca o Mil Alas, cuya cubierta de dos centímetros de crema pastelera está corchada con las alitas filamentosas de tono ocre. Las obleas de invertebrado natural también son famosas, y cuando los jóvenes se besan, parecen aletear entre sus lenguas.

De niña, ayudé a una mariposa que tenía las alas rotas. La única viva que he visto en mi vida. La coloqué encima de una rosa parda y esperé a que volara hasta que me quedé dormida sobre el colchón anaranjado. Soñé que la Reina Mariposa, un hada con alas atigradas, me recompensaba convirtiéndome en ese insecto lepidóptero. Cuando desperté, la mariposa seguía ahí y la rosa tenía dos pétalos menos.

Cuando llueve, las alas lloran. Revolotean entre las gotas y se despedazan cual puré de calabaza con caramelo. El olor de las alas húmedas también es peculiar: huelen a lo que olería el musgo si fuera blanco.

Esa noche, las viejas me pidieron alas secas. Sólo había un lugar, entre los árboles decrépitos, donde los almohadones esponjados se marchitaban con la sal del viento.

No quería ir, era tarde, pero las antiguas insistieron. Dijeron que eran para Claude, que estaba embarazada. Tenía antojo, y no se le puede negar un antojo a una embarazada porque entonces el niño puede abrirse paso por su madre hasta morderle el corazón.

Yo no había visto a Claude desde que quedó preñada, pero de todos modos fui.

La lluvia me lamía los hombros mientras yo chupaba su almíbar. Abría la boca grande, y a veces tomaba entre las manos un poco del caldo de rocío y alas, y pensaba que las viejas deberían preparar té de mariposas.

Se escuchaban los besos pluviosos, los pasos mojados. La nada cosquilleaba mis oídos.

El aleteo me sacó de mi ensimismamiento y me di cuenta de que había llegado al templo otoñal.

El batir de las alas era un cascabel sordo, una campana opaca. Mariposas.

Quería ver una viva otra vez.

Corrí y pensé que las asustaría con mis movimientos torpes, pero la curiosidad desgarraba cualquier intento de silencio.

Cuando el sonido se volvió tan nítido que incluso pensé que podía ver los decibeles cristalinos como a las gotas de lluvia, miré hacia el lugar de donde procedía el poltergeist acústico, y me detuve bajo unos árboles de hojas muertas.

En un claro, vi a Claude recostada sobre la hierba de mariposas con la espalda descubierta. Estaba desnuda. La espalda y los hombros sostenían unos pechos pequeños, que a su vez sostenían dos pezones erguidos como granos de café. La piel opal se acentuaba con el cabello de miel tostada que se esparcía por el suelo; y sus ojos, manchados de blanco, tenían más pequeño el iris, botón de tierra, que el diámetro de los óvalos nimios. Sus pupilas eran movedizas como fantasmas; estaba inconsciente, en una lipiria. De entre sus pechos sobresalía el vientre voluminoso y de él, un ombligo perfectamente esférico, como una media luna blanqueada.

Me acerqué un poco más, y me escondí tras unos arbustos de hojarasca.

Había algo junto a Claude. No. Había algo encima de Claude. Era una enorme mosca negra, con miles de lunares blancos sobre el rostro, que metía en Claude su pene rojo y grueso, como su trompa que terminaba en espiral. Su lomo era cobrizo, y cada vez que el animal se movía, desprendía destellos metálicos.

No lograba distinguir la sustancia que lo cubría: no sabía si estaba repleto de alas monarca diminutas, que aleteaban rápidamente causando el zumbido; o si eran alas gigantescas, pero que daban la impresión de haber sido tazadas con la hoja de una navaja.

Era una mariposa.

Estuve a punto de gritar, mas no lo hice porque me di cuenta de que no estaba aterrorizada por lo que estaba viendo, sino porque mi cuerpo estaba respondiendo al estímulo del apareamiento. Mi entrepierna se humedecía, y mis pechos estaban tan hinchados que creí que rasgarían mi ropa.

Me estaba excitando al ver ese ritual: cómo las patas delanteras de la mariposa pisoteaban el cabello de Claude, cómo la mariposa lamía sus pezones y la trompa dejaba aguamiel en la punta de sus pechos.

Llevé una mano entre mis muslos, quería acariciar mis labios y meter la punta de un dedo. Mi respiración se entrecortó, sentí los chorros de sangre presionando mi clítoris. Entre jadeos, me acerqué al tronco de un árbol. Saqué la lengua y lamí el líquen marchito de la corteza, empapado de lluvia. Tomé un puño de alas secas que se escondían bajo las hojas de los arbustos, y me las llevé a la boca hinchada. Mastiqué las alas y mordí algo así como un pedazo de madera despostillada. Debió ser una rama.

De pronto, el sonido cesó, y lentamente un zumbido carrasposo contuvo mi aliento. Las alas del insecto se detuvieron, y expulsó el néctar de su falo hacia la vulva de Claude, al tiempo que el ombligo de ella sangraba. De la grieta de su ombligo brotaron miríadas de mariposas monarca minúsculas, que el gran insecto, el Rey de las Mariposas, devoraba con su trompa color cereza.

Entonces, una imagen aterradora embriagó mi cabeza: supe que Claude estaba muerta, y que su vientre había sido un capullo todos esos nueve meses.

Salí corriendo de ahí. Aunque no vi hacia atrás, imaginé al insecto siguiendo mis pasos, que mojaban y rompían las alas, volando hacia mí con su pene erecto y con forma de espiral.

Llegué a mi cuarto, y traté de calmar el temblor de mis piernas. Una gota del sudor de mi frente cayó y se mezcló con el charco de agua de lluvia y pedazos de alas que estaba a mis pies.

Me senté sobre la cama y escuché algo por la ventana. Volteé, y sobre una rosa parda, una mariposa monarca movía ligeramente sus alas.

Sobre mi almohada, dos pétalos.

* Ana Martínez Casas (Cuernavaca, México, 1990). es cuentista. Ha publicado en las revistas El puro cuento, 400 elefantes, Rawr!, Los habitantes de Moria y La Piedra, así como en la antología de cuentos Veinte cuentos para leer en… (EdicioneZetina, 2010). En 2009, participó en el Tercer Virtuality Literario Caza de Letras convocado por la Dirección de Literatura de la UNAM. Es autora del blog Mórtido (http://lunaencajada.blogspot.com/).

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