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Imagen: Fabrizio Dusi – Bla bla

Vengo de una familia de saltimbanquis: todos ellos charlatanes, desvergonzados, casi histriónicos. Era un destino inevitable no poseer características similares. Es más, supongo que hubiese sido una deshonra al apellido estar envuelto en un manto de introversión.
El silencio, es bien sabido, ha sido ensalzado durante generaciones como un arte, un regalo divino, un don inefable (nunca mejor utilizado el adjetivo), mientras que a la verborragia se la ha subestimado, emparentándola muchas veces con la mentira, el chisme, el chamuyo o la farsa. Que “es mejor ser rey de nuestros silencios” según Shakespeare, que para Confucio “el silencio es el único amigo que jamás traiciona”, que “la palabra es plata y el silencio es oro”, que “esto” y que “aquello”, ¡vamos que el mundo sería un lugar harto aburrido sin aquellos que se han enviciado del parloteo!, ¡vamos que un borracho sin la lengua floja no nos causaría risas y que si esos axiomas hubiesen sido ley, se nos hubiese privado de todos los Tato Bores y Enrique Pintis* que el uso desorbitado de la lengua nos ha sabido dar!
En el hogar de mi niñez estaba prohibido guardar un secreto, era una violación al código familiar no hablar hasta por los codos, era pasible de castigo quien no hablara con la boca llena, “¡cuidado!” -decía mi mamá- “que no se te olvide hablar con los extraños”. En mi hogar se ejercitaba el arte de romper el hielo, “la lechuza, la lechuza nunca hizo shh”, en mi casa todos hacían malabares para evitar la muerte. Bah, en realidad era una excusa para no tener minutos de silencio.

Rata Carmelito -Poesía y locura

* Tato Bores y Enrique Pinti: ambos monologuistas, actores y humoristas argentinos, de gran verborragia y agudos recitadores.

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