Archivos para el mes de: julio, 2014

Ilustración de Isabel Osma

Darío Jaramillo Agudelo *

Poemas de amor

Ese otro que también me habita,
acaso propietario, invasor quizás o exiliado en este cuerpo ajeno
o de ambos,
ese otro a quien temo e ignoro, felino o ángel,
ese otro que está solo siempre que estoy solo, ave o demonio
esa sombra de piedra que ha crecido en mi adentro y en mi
afuera,
eco o palabra, esa voz que responde cuando me preguntan algo,
el dueño de mi embrollo, el pesimista y el melancólico y el
inmotivadamente alegre,
ese otro,
también te ama.

Jaramillo

* Darío Jaramillo Agudelo es un poeta, novelista y ensayista colombiano (1947), considerado como uno de los mejores poetas de su país del último siglo. Su obra abarca la poesía, la prosa y el ensayo. Fue Premio Nacional de Poesía en 1978 y Premio de Novela Corta José María de Pereda en 2010.

Ilustración: Isabel Osma

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LAS REVISTAS LITERARIAS Y SUS CURIOSIDADES…

Rachilde era un gentilhombre sueco del siglo XVI que escribió libros de viajes. Luego, a fines del siglo XIX la escritora Marie Marguerite Vallete-Eymery se identificó de tal modo con este escritor que decidió adoptar su nombre como seudónimo literario.
Vallete, ya Rachilde, se instala en París donde colabora en varias revistas. Entre sus publicaciones se destaca “Señor Venus”, obra que escandalizó a la opinión pública por su argumento: la pasión de una mujer que ama como un hombre a su amante quien, a su vez, se comporta como una mujer. Rachilde pidió una autorización especial en la prefectura de policía para vestirse de hombre y se pasea con el cabello corto y su tarjeta personal que dice: “Rachilde: hombre de letras”. En 1889 se casa con Alfred Vallete, un secretario de redacción editorial con el que en 1890 dan a luz una de las más famosas revistas literarias de fines de siglo: “Le Mercure de France”.
Ella fue la encargada de los famosos “Mardis du Mercure” (Martes del Mercure), una tertulia por la que pasarían muchos de los más grandes escritores del siglo XX.
Como muchas otras revistas, el Mercure de France se lanzó a la publicación de libros. Entre sus publicaciones más destacadas están las primeras traducciones al francés de Nietzsche, los primeros trabajos de André Gide, Paul Claudel, Colette y Apollinaire. Más tarde llegarían más autores, como Henri Michaux, Pierre Reverdy, Pierre Jean Jouve, Louis-René des Forêts, Pierre Klossowski, Eugène Ionesco e Yves Bonnefoy.
En 1958, la empresa fue comprada por la gran editorial Gallimard.

sobretodo

Gonzalo Arango *

POEMA A MI SOBRENADA

El sobretodo es mi mejor amigo

bebemos vino de consagrar en los viñedos

y nos emborrachamos,

compartimos el amor con las mujeres.

Mi sobretodo es sensual y seductor.

en la cárcel era un colchón

en los prostíbulos era un refugio

con las manos hundidas en los bolsillos

que me salvaba del naufragio de los besos baratos.

(…)

Mi sobretodo es a veces el lecho del amor

en los sitios despoblados de la ciudad

tiene un oculto sabor de pecado prohibido.

Mi sobretodo es un gran honor.

tiene más historia que una alfombra mágica.

Yo lo consagro como el receptáculo privilegiado

donde algunas mujeres tendieron su columna vertebral

completamente desnudas

de cara al sol o a la noche.

Mi sobretodo es testigo de la ternura y el terror,

fue acariciado por manos sofocadas de mujer

y desgarrado por puñales de odio.

Mi sobretodo tiene quemaduras de tabaco

y huellas de disparos asesinos

y marcas sospechosas de labios rojos.

yo lo empeño por ocho pesos en los momentos de apuro,

mi sobretodo está saturado de sudor animal

tiene residuos de manchas de sangre y aceite…

sonidos vegetales.

Cuando no llueve y hace calor me lo quito

me hundo en la noche oscura y mojada

o me hundo en el día lleno de sol, seco.

Mi sobretodo es humano y feo

y todos los domingos guarda en sus bolsillos.

arango

* Gonzalo Arango (1931-1976) fue un escritor colombiano. Fue conocido por su excentricidad; en el año 1957 fundó el Nadaísmo, un movimiento con forma de protesta contra la precariedad de las sociedades. Su obra es amplia y variada, e incluye los poemarios “De la Nada al Nadaísmo” y “Fuego en el Altar”, los ensayos “Los camisas Rojas” y “El oso y el colibrí”, el cuento “Sexo y Saxofón” y la pieza de teatro “Nada bajo el cielorraso”.

 

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Eugenio Aguirre *

EL PERRO AMARILLO

En otoño, los crepúsculos de Angagua pueden tener matices dorados que no sólo estallan en los ojos sino que pringan las manos con un sudor grasoso que semeja la pátina de los santos estofados.

Girasoles del viento, las nubes se acuestan un poco más temprano que de costumbre para dejar que los rayos oblicuos del sol cobren impuesto en las cuestas de las montañas y se tuesten en parrillas de cobre, en peroles de bronce, hasta licuarse dentro de un crisol de ámbares, en el seno de un pecho ardiente, inflamado.

Es quizá por eso, porque las tonalidades de los colores de las milpas coinciden con los de sus pensamientos, que apenas pasando la fiesta de los Fieles Difuntos y la algarada que se brinda por los santos desconocidos, aparecen en el pueblo los templetes y los carros de un grupo de gitanos que desde siempre, mucho antes que la erupción, nos visitan durante un par de semanas.

Su presencia, y en esto casi todos estamos de acuerdo, nos provoca ansiedades y congojas que atenazan el corazón con la misma fuerza que las patas de un cangrejo; que, sin embargo, van desapareciendo con los días en un cambalache disparejo con la curiosidad y el asombro, gracias a la habilidad y diligencia con que los gitanos nos envuelven en sus suertes.

Los días se transforman con el horario del pandero y la gangosidad de una armónica, en abalorios de sorpresas. Adultos y niños, pudientes y menesterosos, sacan de quién sabe dónde el ahorro que han guardado para dar albricias al oso de las tundras, a la bailarina que tiene cintura de monedas, a esa mujer que baraja los porvenires, las jetas sonrientes de los reflejos de abundancia en los espejos, y los dimes y diretes de algunos amores desesperados y otros nomás de calentura.

Todos, ni siquiera el presidente municipal se salva, caemos en el hipnotismo de sus magias, sus trucos, la alborotada vendimia de los servicios que prestan detrás de la raya de lo razonable; porque nunca falla la recatada mujer que, con tal de ver los músculos oliváceos del gitano señorón y llevarlos a sus sueños inconfesables, afila el mismo cuchillo cocinero tres veces por temporada; ni el campesino que echa las ganas por la ventana y dilapida los adelantos que le ha dado su mediero en la hoguera donde el ombligo de la danzarina fulgura con la lascivia de un enorme culo; menos, aquel que lleva muchas estaciones apostándole al diez de bastos o a las copas que fueron cáliz de Carlomagno, o a las espadas filosas de Amadís de Gaula, con tal de conseguir los oros que le faciliten el viático para alcanzar a sus amigos tránsfugas del ilusorio otro lado, esa tierra prometida a los espaldas mojadas, y que acude fervorosa, religiosamente, a la tienda de doña Carmela con la esperanza de que ésta le dé el grial de la lotería, la astrología del Melate, el sagrado pálpito del Ráscale que se le resiste por más que acude a bailar al santuario del Cristo Ahumado de Chalma.

Angagua deambula, así, durante quince días como novia ilusionada y a la vez herida por entre las cacerolas pozoleras, los cazos chicharroneros, los atizadores de nylon, los brazos largos y fibrosos de las hembras húngaras, su bozo de esquivo beso, las cejas turbulentas, pobladas igual que bosques de encinos negros, de los varones que huelen a aceituna, y esos lunares de malvada geografía que hacen enloquecer y alucinar más fuerte que la adormidera, y que ya han dado sobrada prueba de la maldición que aqueja, en lo terreno y en la eternidad, a quien se atreve con ellos; tal le sucedió a Julián Bautista en noviembre del ochenta y dos.

Necio, por más que sus parientes se lo advirtieron con ejemplar enjundia, el hombre se empecinó en cortejar a la Lola que andaba todo el día por el pueblo palmeando y diciendo cantares para recolectar las monedas que le exigía la costumbre de la tribu, y que a él le parecía un ángel bajado del cielo para consuelo de la humanidad.

—¡Fíjense en los pelos que le salen por las cosqui­llas! —decía extasiado, mientras con sus manos repe­tía los cuencos de las axilas de la morena—. ¡Son del color de la olla de mi santa madre, idéntico que el barro de Tzintzuntzan! ¡Pero lo más bello, lo que más me calienta las ganas, es el lunar de obsidiana que tiene clavado junto a los labios! ¡Y juro que me lo he de comer entero, así me lleve la mera rechingada mama­cita del Chamuco a tiznarme la cola en los infiernos!

El clamor de su reto se escuchó bien y tronado por todas partes, no sólo en la piquera de los galleros y en la cantina de los herederos de don Serafín, sino también en el campamento de los gitanos, donde la Lola se dio por notificada y el patriarca, don Gregorio, arrojó un puñado de sal a la fogata donde calentaban un puchero y lanzó una maldición en un mero trabalenguas.

Esa misma noche Julián Bautista soñó con cuchillos largos, con puntas para descabezar ganado y con un hacha de mango con pelos brunos que oscilaba sobre su cabeza y que emitía un sonido chirriante muy parecido a la voz de la gitana que lo traía patas p’arriba.

El sueño lo supo su mamá, su mujer, su tío don Argumento Gutiérrez, mi primo, yo, todo Angagua, pues; y, por supuesto, los gitanos. Sin embargo, Julián no sólo no se aplacó sino que se enardeció igualito que un castillo de triquitraques y ya nunca dejó de perseguir a la Lola.

La palabreja, estoy seguro, salió de labios de don Gregorio. Lo presumo porque así la soltó la Lola en uno de sus recorridos. ¡Ese hombre está emperrado, joder; y no hay conjuro que lo detenga ni autoridad que le quite su designio! ¡Emperrado, Virgen de los Milagros! ¿Qué se le va a hacer?

Y nada se pudo. Julián se fue enjutando detrás de las amplias enaguas de la Lola, a la que seguía por las calles empedradas con la obstinación de un faldero, hasta que adoptó las cuatro patas. Su voz se hizo jadeo. Su bravata, ladridos. Su piel una maraña de pelos güeros, amarillentos y con manchas parecidas en su color a los de los sobacos de la hembra salerosa. Se emperró en serio y para siempre.

Los gitanos se fueron cuando comenzó a arreciar el frío y con ellos Julián Bautista o mejor el perro amarillo como todo el mundo dio en llamarle. Me dicen que regresó en el ochenta y tres y en el ochenta y cuatro, y que en esta última ocasión la Lola anduvo vendiendo unos cachorritos preciosos que parecían gotitas de miel de abeja.

EUGENIO AGUIRRE

* Eugenio Aguirre es escritor, ensayista y redactor de guiones nacido en México DF en 1944. Aguirre es un aventurero empedernido. Desde muy joven se lanzó a recorrer el mundo; así pudo conocer los osos Kodiak en Alaska, a lo lobos de Canadá, a los pingüinos del Estrecho de Magallanes y a los gusanos fosforescentes de las grutas de Nueva Zelanda.
Abogado, colaborador de varias publicaciones culturales y presidente de la Asociación de Escritores de México durante los años de 1984 a 1986, ha producido un total de 41 libros de los cuales 38 ya han sido traducidos al inglés, francés, alemán, portugués y macedonio.
Ha recibido premios como el Nacional de Literatura José Fuentes Mares, o la Gran Medalla de Plata de la Academia Internacional de Lutece.

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Me encanta leer revistas viejas. Y cuanto más viejas, mejor. A veces resultan algo así como un curso acelerado de Historia. Ayer, sin ir más lejos, me entretuve hojeando una “Siete Días” del 17 de junio del ’74. El presidente Perón viajaba a Paraguay para reunirse con Stroessner, la selección se aprestaba a jugar el mundial de Alemania, Osvaldo Bayer hablaba de “La Patagonia rebelde” y Borges recibía en su departamento a un cronista de la publicación de los Civita. El escritor tenía 75 años y vivía con su madre, de 98. El reportaje resulta muy inteligente porque el periodista también lo es. Borges dice cosas como estas:

– Alguien dijo alguna vez que yo no era un escritor argentino y luego tuvo que escribir una letra de tango. Creo que le puso “Mariposa nocturnal”. Eso quiere decir que no tenía la menor idea de lo que es un tango. Mis personajes, en cambio, son reales.

– Es verdad, tal vez mi libro sobre Evaristo Carriego haya contribuido a hacer de él un poeta mayor. Es que a veces es un misterio lo que pasa con los poetas menores: Carriego ha permanecido tal como sigue vigente García Lorca.

– Fui a afiliarme al Partido Conservador y hablé con el jefe del Partido. Le dije: “Vengo a afiliarme”, y me respondió: “Usted está loco, de todas maneras vamos a perder”. Y entonces armé una frase y le respondí: “A un caballero solo le interesan las causas perdidas…”

Ignoro por qué, a Borges le gustaba mostrar a un madre, casi centenaria, postrada en la cama. Yo mismo puedo dar fe. Lo concreto es que en un momento hace pasar al periodista a la habitación de doña Leonor. Cuando los va a presentar, se da este diálogo:

– Madre, estoy atendiendo a este periodista y quiere saludarte. Te voy a presentar al señor… perdón, no recuerdo su nombre…
– Mi nombre no tiene importancia…

Por fortuna, el reportaje lleva la firma de aquel periodista cuyo nombre carecía de importancia: Enrique Estrázulas*.

* Enrique Estrázulas (Montevideo, Uruguay, 1942) es un escritor, poeta, ensayista, dramaturgo, periodista y diplomático uruguayo. Publicó cinco libros de poesía, ocho novelas, cinco libros de relatos, cuatro ensayos y una obra de teatro. Su obra más conocida y difundida es la novela Pepe Corvina, con la que se inauguró como narrador en 1974. Sus obras fueron traducidas al francés, inglés, griego, alemán y portugués.

“El beso”. Germán Renko, autor del libro “Con las Alas en Llamas”

el beso

bosque
Luciano Lamberti *

LA CANCIÓN QUE CANTÁBAMOS TODOS LOS DÍAS

Me llamo Tomás, tengo treinta años, vivo con mi padre. Somos dos solitarios en una casa grande que se cruzan a horas insólitas y se tratan con respeto, pero podemos pasar días enteros sin vernos. Los jueves viene una señora que barre los pisos, lava los platos acumulados y deja brillantes los muebles. Tengo un hermano mayor, ingeniero en sistemas, que vive en las sierras con su familia, y a veces los vamos a visitar. Nos turnamos al volante, porque a mi padre se le cansa la vista. Salimos el sábado temprano y volvemos el domingo después del almuerzo, para no agarrar la ruta congestionada.

Pero lo que quiero contar es otra cosa. Algo que no le conté nunca a nadie.

Mi hermano, el de las sierras, no es el original. Es algo en el cuerpo de mi hermano, algo que lo reemplazó. Hace muchos años desapareció en el “bosquecito” y nunca volvió. Quiero decir: volvió, pero ya no era él. No es que estuviera distinto, o cambiado. Era otro, directamente. Otro que se metió en nuestra familia y la devoró por dentro.

Fue un 13 de abril. Me acuerdo bien de la fecha porque coincide con el cumpleaños de mi madre. Esa vez cayó domingo y comimos un asado en un parador, al borde de la ruta 9, yendo para Zenón Pereyra. Los domingos los asadores se llenaban de gente que estacionaba bajo los árboles y se pasaba el día entero ahí, oyendo el partido con la puerta del auto abierta, pero en ese domingo en particular no había casi nadie. Una pareja sola, que comió y se fue temprano.

Bueno, detrás de los asadores, cruzando un alambrado, estaba el bosquecito. Era un monte de esos árboles que se llaman siempreverdes, que habían nacido regados por la desembocadura del canal y cuyas hojas podridas formaban un colchón en el piso. Si uno se metía cien metros el lugar se ponía feo, con pedazos de vidrio emergiendo del barro, chapas podridas, perros muertos inflados por la descomposición y ratas del tamaño de un gato saliendo entre los escombros. De ahí vino lo que ocupó el cuerpo de mi hermano.

Hay una foto de esa tarde. La tengo cerca mientras escribo, porque marca el momento exacto en el que todo comenzó a deteriorarse. Ahí estamos los cuatro, frente los árboles, a un costado asoma la cola celeste del Dodge. Mi madre todavía es joven y tiene un ojo cerrado porque el sol le da en la cara. Un cigarrillo humea entre los dedos de mi padre. Mi hermano sonríe, con los auriculares del walkman colgados del cuello. Es una sonrisa maravillosa, una sonrisa que dice: mírenme, tengo diecisiete años, soy nuevo en el mundo, estoy lleno de brasas. Su sonrisa está congelada en esa foto: es la última vez que la vamos a ver.

Después de esa foto comimos la torta y mis padres se tiraron en las reposeras y se quedaron dormidos. Yo me senté contra un árbol y me puse a leer una revista de historietas. No vi lo que hacía mi hermano. Pasaron, no sé, diez o quince minutos. Entonces mi madre abrió los ojos y me preguntó por él, con las cejas fruncidas por la preocupación. A lo mejor había tenido una pesadilla, uno de sus “pálpitos”. Levanté los hombros: no sabía. Mi madre se acercó al alambrado y lo llamó. Gritó varias veces su nombre. Despertó a mi padre y lo llamamos entre los tres. Después oímos el chasquido de una rama al quebrarse y mi hermano salió de entre los árboles con el walkman puesto. Se quedó mirándonos. Recuerdo esa expresión y me da frío.

–Sacate eso de las orejas haceme el favor –lo retó mi madre.

Mi hermano tardó en reaccionar. Cuando lo hizo, movió la mano para sacarse los auriculares con un gesto que no era para nada suyo. Entonces sospeché que algo andaba mal, algo difícil de definir. Pero no dije nada, ¿qué iba a decir? Nos subimos al auto y volvimos a casa.

Al mes lo llevaron a un médico, el primero: el doctor Ferro. Le hizo radiografías de la cabeza y algunos exámenes, después habló con mis padres. Físicamente, dijo, mi hermano estaba bien, a lo mejor el problema tenía que ver con la adolescencia, la efervescencia hormonal, el rechazo del mundo, incluso la depresión, ¿quién no se deprime a los diecisiete años?

Así que les dio el número de un sicólogo, que habló con mi hermano y les repitió a mis padres el diagnóstico de Ferro: era un chico sano, perfectamente sano. Un poco callado, un poco retraído, pero sano.

–Usted no entiende –dijo mi madre–. Ese chico es otra persona. No es mi hijo.

El sicólogo levantó los hombros.

–La personalidad de su hijo está fluctuando por la edad. Va a tener que aceptarlo así.

Pero mi madre no lo aceptó. Lo llevó a otros médicos, a un homeópata, a un parasicólogo, a curanderas. La idea la obsesionaba. Con el tiempo comenzaría a perder el control de su vida: a fumar en exceso, a descuidar su aspecto personal, a sufrir largos períodos de insomnio en los que la idea rebotaba en su cabeza como una pelotita de pinball. Mi hermano era otro y ella no podía estar cerca. No soportaba su presencia. Antes era una pesada que lo despeinaba y le decía que estaba cada día más churro, cosas que hacen las madres con sus hijos, pero desde la tarde en el bosquecito no lo tocaba. Incluso le costaba estar cerca suyo: enseguida se ponía nerviosa. Lo mismo nos pasaba a mi padre y a mí: una parte de tu cuerpo sentía una repulsión instintiva hacia él. Ganas de irse lejos y no volver nunca.

No hablamos mucho del tema. Con mi padre recuerdo haberlo hablado una sola vez. Estábamos sentados en el auto, frente al pabellón de deportes donde yo tenía mi hora de gimnasia. Él había insistido en llevarme, aunque siempre me iba caminando o en bicicleta, y cuando me estaba por bajar me dijo que quería preguntarme algo. Pensó un rato:

–¿Vos te diste cuenta?

Hice que sí con la cabeza.

–Respira distinto –dije.

Yo compartía habitación con él y lo oía de noche.

–¿Cómo distinto?

–Distinto, raro. Respira como si fuera otra persona. Y a veces prendo la luz y está sentado en la cama, con los ojos abiertos. Me da miedo.

Mi padre se quedó callado un rato y al final dijo:

–Tu mamá está deprimida. Ayudala, no la hagas renegar, portate bien, ¿sí?

Estuve a punto de contarle de los sueños. Del sueño que había tenido la noche anterior. Pero preferí no hacerlo.

–Sí –le dije, y me bajé del auto.

Los sueños eran todos más o menos parecidos. Mi hermano andaba por la casa sin prender la luz ni hacer ruido. Se acercaba a las fotos colgadas en la pared y las miraba. Se acercaba a mi cama, se acercaba a la cama de mis padres, nos miraba. Sus ojos eran completamente negros. Después volvía a acostarse.

Mi madre también soñaba, pero no lo supe hasta mucho después. Soñaba con –como lo llamó– tu “verdadero hermano”. Mi verdadero hermano, me dijo, estaba en el interior de un pozo, en la tierra. Era un pozo muy profundo, la salida se veía como una moneda de luz en lo alto, y él se había roto las uñas tratando de trepar. Estaba flaco, se le notaban las costillas. Gritaba y gritaba.

–Me despierto angustiada, y le pido a Dios no soñar de nuevo con eso –me contó mi madre–. A veces Dios me escucha.

Un día mi madre lo miró y le dijo:

–¿Por qué no te vas?

–Tranquila –dijo mi padre.

Estábamos almorzando con la televisión prendida, era un sábado o un domingo. Mi hermano pinchó un raviol, se lo llevó a la boca y masticó sin quitar los ojos de la televisión.

–Yo sé quién sos. Lo sé muy bien –dijo mi madre, asintiendo.

–Tranquila –repitió mi padre.

Mi madre se levantó y fue a fumar al patio.

En ese entonces ya éramos una familia solitaria. Unos meses después del incidente del bosquecito los amigos de mi hermano dejaron de venir. No dieron explicaciones. Después mi madre se encontró con uno en la calle, que le dijo que quedarse solo con él le ponía la piel de gallina, y le mostró el brazo: recordarlo también le ponía la piel de gallina. Con los parientes pasó lo mismo. Incluso con algunos vecinos que antes siempre andaban dando vueltas por casa. Mi hermano los incomodaba. Así que también ellos dejaron de venir.

Yo me despertaba gritando por las noches y mi padre prendía la luz.

–¿Le hiciste algo? –le preguntaba a mi hermano.

Hablaba con violencia, como si estuviera a punto de pegarle una trompada.

Mi hermano se daba vuelta y se hacía el dormido.

No sé cuánto duró esta situación. Meses probablemente. Meses de comidas tensas, meses de mi madre llorando a escondidas en el lavadero, meses en los que todos preferíamos estar en cualquier parte menos en casa. Una mañana la portera vino al aula y habló con la maestra en voz baja, mirándome. Después la maestra me pidió que guardara los útiles. Mi padre me esperaba en la entrada. En su cara advertí que algo había pasado, algo feo.

–Tu mamá tuvo un ataque de nervios –me explicó en el auto, negando con la cabeza–. Quiso cortar a tu hermano con un cuchillo.

Después supe que mi madre había cometido el error de contarles, primero a la policía y después a un psicólogo su teoría sobre el cambio de mi hermano. Les explicó que había sido reemplazado por un espíritu que vive en la madera de los árboles, algo que había leído en alguna revista. El espíritu viviría en su cuerpo hasta desgastarlo, y luego saltaría a otro, y a otro, y a otro. Era como un parásito. Y lo que ella había hecho fue intentar liberarlo. Eso les dijo.

La llevaron a un hospital psiquiátrico y por quince días no nos dejaron verla. Se estaba estabilizando, le explicó el siquiatra a mi padre. Fuimos por primera vez un domingo a la tarde. Mi hermano tenía gasas pegadas con cinta en la cara y los brazos, porque en algunos cortes debieron hacerle puntos. Nos sentamos en una mesa de cemento, en el patio, mirando a las internas que recibían las visitas de sus familias.

Al rato una enfermera la trajo. Era una mujer corpulenta y llevaba a mi madre del brazo. Mi madre caminaba arrastrando los pies, con un equipo de jogging celeste y las manos extendidas, como si estuviera ciega. Cuando reconoció a mi hermano, a lo lejos, empezó a gritar y luchar en los brazos de la mujer. Tuvo que acercarse otra y entre las dos la sujetaron y le pusieron una inyección.

Desde entonces, sólo vamos mi padre y yo.

Vamos los domingos, y hace más de veinte años que repetimos el ritual. Le llevamos cigarrillos, chocolate, revistas. Mi madre está cada vez más ausente, más abandonada: cuando se inclina para hablarme al oído puedo oler la fetidez de su aliento, un olor denso, pesado. Siempre me dice lo mismo.

–No te vayas a quedar solo con ese. Es malo, está lleno de odio. Nos odia a los tres. Nos odia porque somos distintos. ¿Vos me entendés, mi amor?

Yo le digo que sí. Que entiendo.

Cada familia tiene su canción, la canción que canta todos los días. Una canción hecha de pequeños gestos que les permite vivir juntos, dejar pasar el tiempo, no pensar. Mientras se canta esa canción, el fuego arderá en alguna parte. Y si la canción se calla, la familia explota como una gran bomba y sus miembros son esparcidos como esquirlas en cualquier dirección. Por eso cantamos todos los días lo mismo: para permanecer juntos. Para que el fuego siga encendido.

Hace unos meses tuve que hacer un viaje en uno de esos colectivos lecheros. Fue desastroso: las luces individuales estaban rotas, el asiento no se inclinaba, la calefacción era excesiva. En algún momento desperté, ofuscado: el ómnibus estaba detenido en la terminal de un pequeño pueblo. Tenía tres plataformas y estaba casi a oscuras. En el piso grasiento había un perro dormido, y contra una columna un hombre de pie, con un gran bolso Adidas al hombro. Me acuerdo que pensé: qué deprimente vivir en un pueblo así. Y entonces volví a mirar al tipo y era mi hermano. Sentí una aguja helada en la columna vertebral: era mi hermano, era mi hermano, era el verdadero, con algunas hebras grises en el pelo y algunos kilos extra, pero era él, Dios y la Virgen Santa. Tendría que haberme puesto de pie, haber detenido el colectivo, haber gritado como loco, pero la verdad es que me quedé clavado al asiento. El colectivo empezó a retirarse de las plataformas y no pude hacer nada. Me tapé la cara y estuve así un buen rato, hasta que las luces del pueblo quedaron atrás y nos sumergimos en la oscuridad monstruosa de la ruta.

Ahora estamos sentados en el patio de su casa de las sierras, mi hermano y yo.

Es un domingo cualquiera, un domingo cálido que anuncia la cercanía del verano. Hace un rato que mi padre, la mujer de mi hermano y su hijo duermen la siesta adentro. Pero nosotros nos quedamos acá, bajo los árboles, mirando las montañas y oyendo el rumor de un arroyo que pasa cerca. Disfrutando de la tranquilidad. No hemos dicho una palabra en veinte minutos.

Miro a mi hermano. Él me mira.

¿Quién sos?, tendría que preguntarle. ¿Qué sos?

Pero prefiero no saberlo. Después de todo, es mi familia.

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* Luciano Lamberti es un escritor argentio nacido en San Francisco, Córdoba (Argentina). Es licenciado en Letras Modernas por la Universidad Nacional de Córdoba, escribe para distintos medios locales y nacionales y dicta el taller de escritura creativa del hospital neurosiquiátrico provincial de Córdoba. Este cuento está incluido en el libro “El loro que podía adivinar el futuro”, Editorial Nudista. Buenos Aires, 2012.

Píntura: Justin Gaffrey
píntura Justin Gaffrey

George Elliot *

CUANDO CALLAS

Cuando callas también hablas de ti mismo.

Cuando callas un secreto
conozco tu fidelidad de amigo.

Cuando callas tu propio dolor
conozco tu fortaleza.

Cuando callas ante el dolor ajeno
conozco tu impotencia y tu respeto.

Cuando callas ante la injusticia
conozco tu miedo y tu complicidad.

Cuando callas ante lo imposible
conozco tu madurez y dominio.

Cuando callas ante la estupidez ajena
conozco tu sabiduría.

Cuando callas ante los fuertes y poderosos
conozco tu temor y cobardía.

Cuando callas ante lo que ignoras
conozco tu prudencia.

Cuando callas tus propios méritos
conozco tu humildad y grandeza.

El silencio es el tiempo donde el sabio medita.
La cárcel de la que huye el necio.

Siembra para ser tú mismo…

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* George Elliot (1819-1880), seudónimo de la escritora británica Mary Anne Evans. Utilizó un nombre masculino para asegurar que su trabajo fuera tomado en serio. Fue editora de la revista Westminster Review, lo que le permitió frecuentar los círculos literarios y culturales de Londres. Comenzó a escribir en 1856, alcanzando gran éxito en la Inglaterra Victoriana.

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LA TÍA JOSEFA Y LOS POETAS

La tía Josefa, que no conoce a los poetas, dice haber visto los cuellos almidonados de sus camisas abrirse al estallido de una carcajada o de una mala palabra. A las seis de la tarde soltaba las cadenas del perro, allá en el patio de tomates, para que desfogara con saltos y aullidos la ira de estar encadenado durante todo el día. La tía Josefa, que nunca vio la cara de poeta alguno, dice que ellos le temen a los perros y a la sombra del árbol de tomate. Y dice que le toca lidiar con eso porque a los poetas les atrae el tinte de tinieblas de la estufa de carbón y el laberinto de las baldosas de la solana.

Ella no vio a los poetas apretar los dientes, pero imagina su rechinar cuando asoma la cara por la ventana de su cuarto, mira hacia el patio y ve lo crecidas que están las sombras. En las mañanas limpia la estufa y brilla las baldosas, para que el sol desentuma esa bruma de poeta que viene desde el cementerio. En las tardes pone la comida del perro a la sombra del árbol de tomate, y se sienta en la mecedora a ver cómo el sol extingue sus formas sobre las baldosas. La tía Josefa dice que allí es cuando presiente la llegada de los poetas. Y no se presiente ni con los ojos ni con los oídos, sino con los velos opacos que merodean las baldosas y entran a sus huesos para acompañarla a pasar la noche.

Cuando el perro se cansa de ladrarle a las sombras del árbol de tomate, la tía Josefa se va a la cama con esa neblina de poeta que corre desde el patio hasta el cementerio. La tía Josefa, jamás tocada por hombre ni poeta, desde la ventana lanza besos a la bruma.

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Alejandro Cortés González (Bogotá, 1977)es un poeta colombiano. Ha publicado Notas de inframundo (Novela, 2010) y Pero la sangre sigue fría (Poesía, 2012). Mereció el Premio Nacional de Literatura de la Universidad Central en las categorías Novela (2009) y Cuento (2011).

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Luz Méndez De La Vega *

VIRGO

Nada tengo que borrar
ni palabras
ni huellas
ni recuerdos.
No tengo que negar
las escondidas entregas
que grabaron nombres
en mi cuerpo.
(Espejismos frágiles
donde refugié
angustias,
no tengo que borrarlos)
Clara y fresca
presencia del amor
que busqué afanosa
fue limpio tránsito,
y, como la primera vez,
al encontrarte,
nítida broté:
agua de manantial jamás tocada.

luz mendez

* Luz Méndez de la Vega (1919-2012) escritora, periodista, actriz y poetisa guatemalteca.Fue catedrática de Literatura en la Universidad de San Carlos. Fue nombrada miembro de la Academia Guatemalteca de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española.
Como investigadora se concentró en rescatar la obra de mujeres escritoras de Guatemala.