Archivos para el mes de: agosto, 2014

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Dibujo: Tardi (Francia, 1946)

Fedosy Santaella *

COMO SI EL LOCO FUERA YO

Hoy en la mañana, una voz amable y correcta se me acercó bajo la lluvia.

—Hola, buenos días. Caballero, por favor, me presta su paraguas un momento, ya se lo devuelvo.

El hombre que hablaba venía con un periódico sobre la cabeza. Tendría unos cincuenta años, usaba bigotes gruesos y lentes, y también portaba una buena porción de canas. Tenía aspecto de persona seria. Pero por lo que acababa de decir, parecía no serlo. También cabía la posibilidad de que fuese un loco, de los tantos que sobran en la ciudad. Me quedé con esta última idea, y le respondí:

—Espérame ahí mismo que ya vengo.

Orgulloso de mi sagaz respuesta seguí mi camino. Por lo general, ante este tipo de situaciones, no encuentro qué decir o digo cualquier cosa y hago el ridículo. Pero esta vez yo iba con la frente en alto, y sentí que caminaba como caminaría Batman luego de propinarle una buena paliza a cinco villanos.

Media hora más tarde había terminado mi diligencia. Aún llovía afuera. Con el paraguas desplegado, regresé a la calle donde había estacionado. Era la misma calle donde el loco me había abordado. Y donde aún seguía, bajo la lluvia, muy mojado y con el periódico hecho papilla sobre su cabeza. Se hallaba en el sitio exacto donde le había dicho que esperara. Entre molesto, apenado y asustado, apresuré la caminata y me mantuve a distancia. Aun así el hombre me reconoció.

—¡Ya está de vuelta! ¡Muchas gracias! —me dijo con el gesto iluminado de beatífico agradecimiento—. ¿Ahora sí me presta el paraguas? De verdad, ya se lo devuelvo.

No le respondí, eché a correr hasta el carro, recogí el paraguas y me monté. Retrocedí, maniobré y pasé junto al hombre. Él me miraba asombrado, confundido, como si no pudiera creer lo que estaba pasando, como si el loco fuera yo.

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* Fedosy Santaella nació en Puerto Cabello, Venezuela, en 1970. Es Licenciado en Letras por la Universidad Central de Venezuela.
Ha publicado los libros de relatos Cuentos de cabecera, El elefante, Postales sub sole, Piedras lunares (Ediciones B), Ciudades que ya no existen e Instrucciones para leer este libro (Bid and Co. editor), así como las novelas Rocanegras (Ediciones B) y Las peripecias inéditas de Teofilus Jones, ésta última bajo el sello Alfaguara. También con Alfaguara publicó los libros de cuentos para niños y jóvenes Fauna de Palabras, Verduras y travesuras, Historias que espantan el sueño, Miguel Luna contra los extraterrestres y Pasapuertas.
Ha recibido múltiples premios. Algunos de sus cuentos han sido traducidos al inglés, al chino, al esloveno y al japonés.

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Miguel Angel Morelli

LA BANALIDAD DEL BIEN

Proso estas líneas apenas quince minutos después de haber regresado de una jornada de reflexión (perdón por el eufemismo) sobre “el mal y el psicoanálisis”. Como era de presumir, tantos los panelistas como la concurrencia provenía abrumadoramente del campo “psi”, aunque con algunos colados desde el lado de la filosofía. No hace falta que diga que tanto una disciplina como la otra me son del todo ajenas, de modo que durante lo que duraron las ponencias me limité a tratar de relacionar lo que iba escuchando con el único terreno que no me es del todo hostil: el de la literatura.
Así, escuché que uno de los expositores afirmó que la nuestra es una época de plena decadencia. Inmediatamente lo asocié con aquello que escribió Borges en “Nueva refutación del tiempo”: le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Después alguien habló de la importancia determinante de la función materna como constitutiva del orden -o el desorden- del sujeto. Y yo recordé a Samuel Beckett, que bajo la influencia de Carl Jung aseguraba tener recuerdos prenatales, que calificaba como de sofocamiento y asfixia («feelings of entrapment and suffocation») en el seno materno mismo. Beckett estaba convencido que aquel sentimiento suyo era propio de los nacidos incorrectamente («never properly born»).
Un rato más tarde otro panelista recordó cierta ingenioso frase de Plauto (“lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit”) que diecisiete siglos más tarde sería simplificada por Hobbes como “el hombre es el lobo para el hombre”. Fue ahí cuando recordé a Emile Cioran, cuándo no, que en su momento nos advirtió que recién hace muy poco que los humanos hemos comenzado a serlo, dejando atrás miles y miles de años de pura animalidad. En tal sentido, el bien y el mal son subjetividades, creaciones que le pertenecen a la cultura y que están en un todo ausentes en la naturaleza.
La jornada se cerró con la proyección del corto “El mal, ¿y el superyó?” Se trató de la mezcla, hábilmente realizada, de imágenes destinadas a trazar un paralelo entre dos de los personajes más significativos del siglo pasado: Adolfo Hitler (la encarnación misma del mal) y quien resultó su parodiador más mordaz, Charles Chaplin. Como es de prever, la propuesta fílmica recurrió a varios tramos de la película “El gran dictador”, que el genial humorista inglés escribió y dirigió en Estados Unidos cuando esa nación permanecía todavía neutral en el conflicto. Recordará el lector que la película narra las peripecias de un barbero judío, que luego de un sinfín de vicisitudes es confundido con el dictador Adenoid Hynkel (Hitler) y obligado a pronunciar un discurso. Lejos de la consabida arenga fanática, demencial, Chaplin/Hynkel realiza un llamado a la paz y la reconciliación entre los hombres, sin importar banderías, razas ni religiones. Hasta allí, lo esperable, lo que hoy llamaríamos políticamente correcto. Pero hubo en aquel largometraje un detalle que siempre me llamó la atención, y que tanto a la concurrencia como a los expositores del simposio pareció escapárseles: a medida que avanza en su discurso final, la parodia gana en fiereza, al punto de terminar resultado una suerte de espejo del discurso enloquecido del líder nazi. Se llama a la paz, pero con el gesto de un guerrero. Como si Chaplin el realizador, hubiera pretendido advertirnos –secretamente, como correspondía a un hombre de izquierdas en esos tiempos violentos- que la tentación de imponerle el bien al prójimo por la fuerza, no es sino la otra cara de la una moneda.
La filósofa Hannah Arendt asistió al juicio al jerarca nazi Adolf Eichmann esperando encontrar, teniéndolo cara a cara, la representación misma del horror. En su lugar halló un hombre como cualquier otro. Alguien que, desprovisto de toda culpa, podía pasar incluso por un ciudadano abnegado. Allí fue cuando amonedó una expresión decisiva a la hora de estudiar la cuestión: Arendth habló de la banalidad del mal. Claro que también el bien puede serlo. Solo hay que estar convencido de que la nuestra es la única verdad posible.

Fuente: AGENDA DEL SUR (N° 157, setiembre 2014)

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HOMBRE

Soy hombre, he nacido,
Tengo piel y esperanza.
Yo exijo, por lo tanto,
Que me dejen usarlas.
No soy Dios: soy un hombre
(Como decir un alga).
Pero exijo calor en mis raíces,
Almuerzo en mis entrañas.
No pido eternidades
Llenas de estrellas blancas.

Pido ternura, cena,
Silencio, pan y casa.
Soy hombre, es decir,
Animal con palabras.
Y exijo, por lo tanto,
Que me dejen usarlas.

Jorge Debravo, Turrialba, Costa Rica (1938-1967)

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Enrique Anderson Imbert *

EL FANTASMA

Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo… Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha…Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! – Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo – pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver – jaula vacía – y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
– ¡No entres! – gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
– ¡Cállate! ¡lo has echado todo a perder! – gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.
¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre.
Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.
Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas.
En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Si… ¡claro!… qué duda había. ¡Era tan natural !
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.
También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo “¡Adiós!” sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.

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* Enrique Anderson Imbert fue un escritor, ensayista, crítico literario y profesor universitario argentino. En 1947 comenzó a enseñar en la Universidad de Míchigan, donde permanecería hasta 1965. Ese año fue designado Profesor de Literatura Hispánica en la Universidad de Harvard, cargo que mantendría hasta su jubilación en 1980. Fue elegido miembro de la Academia Argentina de Letras en 1979. En 1984 recibió el Premio Konex – Diploma al Mérito por su trayectoria como cuentista. Murió en Buenos Aires, el 6 de diciembre de 2.000

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Anabela Garcia Pinto es doctora en Literatura Medieval por la Universidad do Minho, Portugal. Es investigadora integrante del Centro de Estudios Humanísticos de dicha universidad, e integrante de la Fundação para a Ciência e Tecnologia. Asimismo, es miembro de la International Arthurian Society desde 2006 y profesora de prtugués en la Cooperativa de Ensino Didáxis.
Autora de “Era uma vez um cervo” y “O mundo está a ver- Contos urbanos”, editados en 2011 y de “A vida é uma chávena de café”, en 2013. publicó en 2014 un ensayo, parte de su tesis doctoral, titulado “Mind Your Head”, originalmente escrita en portugués. En 2015 editará “Deus já regressou da Jamaica”.
Más información:

Anabela Garcia Pinto é doutorada em Literatura Medieval pela Universidade do Minho. É investigadora integrante do Centro de Estudos Humanísticos da Universidade do Minho e, como tal, inscrita na Fundação para a Ciência e Tecnologia. É igualmente membro da International Arthurian Society, desde 2006, tendo como tal participado em vários encontros internacionais para apresentação das suas investigações. Professora de Português na Cooperativa de Ensino Didáxis, concilia a investigação com a docência e a publicação de romances de ficção.
Com dois romances de ficção publicados em 2011 (“Era uma vez um cervo” e “O mundo está a ver- Contos urbanos”), e um romance publicado em 2013, “A vida é uma chávena de café”, encontra nas palavras dos livros, nas músicas e no cinema as suas formas de expressão para várias situações. Tem como vício a criação de bandas sonoras para a(s) sua(s) vida(s), ilustradas com um qualquer trailer de um filme visto com os olhos da curiosidade. Publicado em maio de 2014 tem um ensaio, parte da sua tese de doutoramento, “Mind Your Head”, originalmente escrita em português. Este ensaio de 238 páginas revisita a obra célebre do medievalista norte-americano Roger Sherman Loomis, analisando as vicissitudes da tese das origens célticas da matéria da Bretanha e as suas implicações na interpretação dos motivos nucleares do universo ficcional arturiano. Aí se dão respostas a várias perguntas: Sabia que o graal pode ter a sua origem no corno da abundância céltico? E que o rei Artur se limitava a não fazer nada enquanto os seus cavaleiros se desunhavam em combates e aventuras? E a mulher, esse ser tentação que povoava a literatura arturiana? Depois da publicação de 2014, seguir-se-á, no outono de 2015, o lançamento do conto “Deus já regressou da Jamaica”. Enquanto isto, encontra-se já a escrever a sua quinta obra de ficção, ainda sem nome, mas já com as personagens e os seus nomes escolhidos.

Anabela Garcia Pinto
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Álvaro Mutis

EL VIAJE

No sé si en otro lugar he hablado del tren del que fui conductor. De todas maneras, es tan interesante este aspecto de mi vida, que me propongo referir ahora cuáles eran algunas de mis obligaciones en ese oficio y de qué manera las cumplía.
El tren en cuestión salía del páramo el 20 de febrero de cada año y llegaba al lugar de su destino, una pequeña estación de veraneo situada en tierra caliente, entre el 8 y el 12 de noviembre. El recorrido total del tren era de 122 kilómetros, la mayor parte de los cuales los invertía descendiendo por entre brumosas montañas sembradas íntegramente de eucaliptos. (Siempre me ha extrañado que no se construyan violines con la madera de ese perfumado árbol de tan hermosa presencia. Quince años permanecí como conductor del tren y cada vez me sorprendía deliciosamente la riquísima gama de sonidos que despertaba la pequeña locomotora de color rosado, al cruzar los bosques de eucaliptos).
Cuando llegábamos a la tierra templada y comenzaban a aparecer las primeras matas de plátano y los primeros cafetales, el tren aceleraba su marcha y cruzábamos veloces los vastos potreros donde pacían hermosas reses de largos cuernos. El perfume del pasto “yaraguá” nos perseguía entonces hasta llegar al lugarejo donde terminaba la carrilera.
Constaba el tren de cuatro vagones y un furgón, pintados todos de color amarillo canario. No había diferencia alguna de clases entre un vagón y otro, pero cada uno era invariablemente ocupado por determinadas gentes. En el primero iban los ancianos y los ciegos; en el segundo los gitanos, los jóvenes de dudosas costumbres y, de vez en cuando, una viuda de furiosa y postrera adolescencia; en el tercero viajaban los matrimonios burgueses, los sacerdotes y los tratantes de caballos; el cuarto y último había sido escogido por las parejas de enamorados, ya fueran recién casados o se tratara de alocados muchachos que habían huido de sus hogares. Ya para terminar el viaje, comenzaban a oírse en este último coche los tiernos lloriqueos de más de una criatura y, por la noche, acompañadas por el traqueteo adormecedor de los rieles, las madres arrullaban a sus pequeños mientras los jóvenes padres salían a la plataforma para fumar un cigarrillo y comentar las excelencias de sus respectivas compañeras.
La música del cuarto vagón se confunde en mi recuerdo con el ardiente clima de una tierra sembrada de jugosasguanábanas, en donde hermosas mujeres de mirada fija y lento paso escanciaban el guarapo en las noches de fiesta.
Con frecuencia actuaba de sepulturero. Ya fuera un anciano fallecido en forma repentina o se tratara de un celoso joven del segundo vagón envenenado por sus compañeros, una vez sepultado el cadáver permanecíamos allí tres días vigilando el túmulo y orando ante la imagen de Cristóbal Colón, Santo Patrono del tren.
Cuando estallaba un violento drama de celos entre los viajeros del segundo coche o entre los enamorados del cuarto, ordenaba detener el tren y dirimía la disputa. Los amantes reconciliados, o separados para siempre, sufrían los amargos y duros reproches de todos los demás viajeros. No es cualquier cosa permanecer en medio de un páramo helado o de una ardiente llanura donde el sol reverbera hasta agotar los ojos, oyendo las peores indecencias, enterándose de las más vulgares intimidades y descubriendo, como en un espejo de dos caras, tragedias que en nosotros transcurrieron soterradas y silenciosas, denunciando apenas su paso con un temblor en las rodillas o una febril ternura en el pecho.
Los viajes nunca fueron anunciados previamente. Quienes conocían la existencia del tren, se pasaban a vivir a los coches uno o dos meses antes de partir, de tal manera que, a finales de febrero se completaba el pasaje con alguna ruborosa pareja que llegaba acezante o con un gitano de ojos de escupitajo y voz pastosa.
En ocasiones sufríamos, ya en camino, demoras hasta de varias semanas debido a la caída de un viaducto. Días y noches nos atontaba la voz del torrente, en donde se bañaban los viajeros más arriesgados. Una vez reconstruido el paso, continuaba el viaje. Todos dejábamos un ángel feliz de nuestra memoria rondando por la fecunda cascada, cuyo ruido permanecía intacto y, de repente, pasados los años, nos despertaba sobresaltados, en medio de la noche.
Cierto día me enamoré perdidamente de una hermosa muchacha que había quedado viuda durante el viaje. Llegado que hubo el tren a la estación terminal del trayecto me fugué con ella. Después de un penoso viaje nos establecimos a orillas del Gran Río, en donde ejercí por muchos años el oficio de colector de impuestos sobre la pesca del pez púrpura que abunda en esas aguas.
Respecto al tren, supe que había sido abandonado definitivamente y que servía a los ardientes propósitos de los veraneantes. Una tupida maraña de enredaderas y bejucos invade ahora completamente los vagones y los azulejos han fabricado su nido en la locomotora y el furgón.

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* Álvaro Mutis Jaramillo (1923-2013) fue un novelista y poeta colombiano de nacimiento, naturalizado mexicano. Es considerado uno de los escritores hispanoamericanos contemporáneos más importantes. A lo largo de su carrera literaria recibió, entre otros, el Premio Xavier Villaurrutia en 1988, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1997, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 1997, el Premio Cervantes en 2001 y el Premio Internacional Neustadt de Literatura en 2002. Murió en la Ciudad de México, el 22 de setiembre de 2013.

Dibujo de Juan Varela.
Ilustración: Juan Varela

Tove Jansson*

EL LIBRO DEL VERANO (fragmentos)

En el exterior de la isla, más allá de la roca desnuda, había una mancha de selva muerta. Estaba en el trayecto mismo del viento y durante muchos siglos hizo el intento de crecer desafiando las tormentas. Por ello adquirió aquella apariencia tan propia. Desde los botes que pasaban era evidente que cada uno de los árboles se estiraba, tratando de alejarse del viento, que todos ellos se agazapaban y se retorcían y muchos se arrastraban. Con el tiempo los troncos se quebraban o se pudrían y luego se hundían y los árboles muertos sostenían, o bien aplastaban, a los que estaban aún verdes en la copa. En conjunto formaban una maraña de resignación obstinada. El suelo brillaba de agujas pardas, salvo donde los abetos habían decidido reptar en lugar de erguirse, en una especie de frenesí, con su fronda verde y exuberante, húmeda y reluciente como la de una selva tropical. Esta selva se llamaba “la selva mágica”. Se había formado a sí misma con un esmero lento y laborioso, y el equilibrio entre supervivencia y muerte era tan delicado como inconcebible imaginar la menor alteración. Abrir un claro o separar los troncos podría llevar a la ruina de la selva mágica. No era posible desagitar los puntos pantanosos ni plantar nada detrás de la valla de árboles espesa y protectora. En el seno de esta espesura, en los lugares donde nunca brillaba el sol, vivían pájaros y pequeños animales. Cuando el tiempo era apacible, se oía el rumor de alas y de pasos menudos y apresurados, pero los animales nunca se dejaban ver.
(…)
Abuela, por su parte, se sentaba en la selva mágica y esculpía animales fantásticos. (…) Trabajaba sólo la madera vieja, que ya había descubierto su propia forma, es decir, veía y elegía los trozos de madera que expresaban lo que ella quería.
En una oportunidad encontró en la arena una vértebra blanca de gran tamaño. Era muy difícil de trabajar, pero de todos modos nunca habría sido posible hacerla más bonita de lo que era. La dejó, pues, sin cambiarla, en la selva. Encontró más huesos blancos o grises, todos traídos a la playa por la marea.
– ¿Qué estás haciendo?- le preguntó Sofía
– Estoy jugando- respondió abuela
Sofía se internó en la selva mágica y vio todo lo que había hecho abuela.
– ¿Es una exposición?- le preguntó
Abuela le dijo que nada tenía que ver con la escultura, que la escultura era algo muy distinto.
Las dos comenzaron a juntar huesos a lo largo de la playa.
Juntar es una tarea extraña, ya que no se ve nada, salvo lo que uno busca. Si juntamos frambuesas, vemos sólo las que están rojas, y si juntamos huesos, vemos sólo los que son blancos.
(…)
Sofía y abuela llevaban todo lo que encontraban a la selva mágica. Por lo general iban al atardecer. Decoraban el suelo bajo los árboles con arabescos de huesos que parecían ideogramas, y cuando se les acababan los diseños se sentaban un rato a conversar y escuchar los movimientos de los pájaros en la espesura. Una vez sorprendieron a una codorniz y otra vieron a una lechucita. Estaba posada en una rama y su silueta se dibujaba contra el cielo de la tarde. Nadie había visto nunca antes una lechuza en la isla…

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* Tove Marika Jansson (1914-2001) fue una escritora, ilustradora, historietista y pintora finlandesa en idioma sueco —el sueco es minoritario en Finlandia, pero se habla bastante en algunas zonas costeras—. Es particularmente conocida por su obra para niños y, sobre todo, por haber creado los personajes de la familia Mumin.
Tove Jansson dejó de escribir sobre los Mumin y se dedicó a la literatura para adultos. Sommarboken (El libro del verano, 1972) es su obra más conocida de ficción para adultos, y la única traducida al español.

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Poetas Clásicos: William Butler Yeats*

LA CANCIÓN DE ÆNGUS ERRANTE

Salí al bosque de avellanos,
Porque tenía un incendio en mi cabeza,
Y corté y pelé una rama de avellano,
Y enganché una baya al hilo;
Y mientras volaban las polillas blancas,
Y estrellas como polillas titilaban,
Eché la baya en el arroyo
Y atrapé una pequeña trucha dorada.

Después de dejarla en el piso
Fui a encender el fuego,
Pero algo susurró desde el suelo,
Y alguien me llamó por mi nombre:
Se había convertido en una muchacha de tenue brillo
Con flores de manzano en su cabello
Que me llamó por mi nombre y corrió
Y se desvaneció en el aire que aclaraba.

Aunque ya estoy viejo de vagar
Por tierras bajas y tierras montañosas,
Descubriré dónde se ha ido,
Y besaré sus labios y tomaré sus manos;
Y caminaré por la larga hierba de colores,
Y tomaré hasta el fin de los tiempos
Las plateadas manzanas de la luna,
Las doradas manzanas del sol.

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* William Butler Yeats (1865-1939) fue un poeta y dramaturgo irlandés, Premio Nobel de Literatura en 1923. Fue el fundador del Teatro Abbey y la Compañía de Teatro Nacional Irlandés.
Su poesía, a pesar de su espíritu innovador, generalmente se caracterizó por su cuidado formal, el simbolismo y ciertos toques que anticipan el surrealismo. Muere en 1939, en la localidad francesa de Menton a los 73 años.