Dibujo de Juan Varela.
Ilustración: Juan Varela

Tove Jansson*

EL LIBRO DEL VERANO (fragmentos)

En el exterior de la isla, más allá de la roca desnuda, había una mancha de selva muerta. Estaba en el trayecto mismo del viento y durante muchos siglos hizo el intento de crecer desafiando las tormentas. Por ello adquirió aquella apariencia tan propia. Desde los botes que pasaban era evidente que cada uno de los árboles se estiraba, tratando de alejarse del viento, que todos ellos se agazapaban y se retorcían y muchos se arrastraban. Con el tiempo los troncos se quebraban o se pudrían y luego se hundían y los árboles muertos sostenían, o bien aplastaban, a los que estaban aún verdes en la copa. En conjunto formaban una maraña de resignación obstinada. El suelo brillaba de agujas pardas, salvo donde los abetos habían decidido reptar en lugar de erguirse, en una especie de frenesí, con su fronda verde y exuberante, húmeda y reluciente como la de una selva tropical. Esta selva se llamaba “la selva mágica”. Se había formado a sí misma con un esmero lento y laborioso, y el equilibrio entre supervivencia y muerte era tan delicado como inconcebible imaginar la menor alteración. Abrir un claro o separar los troncos podría llevar a la ruina de la selva mágica. No era posible desagitar los puntos pantanosos ni plantar nada detrás de la valla de árboles espesa y protectora. En el seno de esta espesura, en los lugares donde nunca brillaba el sol, vivían pájaros y pequeños animales. Cuando el tiempo era apacible, se oía el rumor de alas y de pasos menudos y apresurados, pero los animales nunca se dejaban ver.
(…)
Abuela, por su parte, se sentaba en la selva mágica y esculpía animales fantásticos. (…) Trabajaba sólo la madera vieja, que ya había descubierto su propia forma, es decir, veía y elegía los trozos de madera que expresaban lo que ella quería.
En una oportunidad encontró en la arena una vértebra blanca de gran tamaño. Era muy difícil de trabajar, pero de todos modos nunca habría sido posible hacerla más bonita de lo que era. La dejó, pues, sin cambiarla, en la selva. Encontró más huesos blancos o grises, todos traídos a la playa por la marea.
– ¿Qué estás haciendo?- le preguntó Sofía
– Estoy jugando- respondió abuela
Sofía se internó en la selva mágica y vio todo lo que había hecho abuela.
– ¿Es una exposición?- le preguntó
Abuela le dijo que nada tenía que ver con la escultura, que la escultura era algo muy distinto.
Las dos comenzaron a juntar huesos a lo largo de la playa.
Juntar es una tarea extraña, ya que no se ve nada, salvo lo que uno busca. Si juntamos frambuesas, vemos sólo las que están rojas, y si juntamos huesos, vemos sólo los que son blancos.
(…)
Sofía y abuela llevaban todo lo que encontraban a la selva mágica. Por lo general iban al atardecer. Decoraban el suelo bajo los árboles con arabescos de huesos que parecían ideogramas, y cuando se les acababan los diseños se sentaban un rato a conversar y escuchar los movimientos de los pájaros en la espesura. Una vez sorprendieron a una codorniz y otra vieron a una lechucita. Estaba posada en una rama y su silueta se dibujaba contra el cielo de la tarde. Nadie había visto nunca antes una lechuza en la isla…

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* Tove Marika Jansson (1914-2001) fue una escritora, ilustradora, historietista y pintora finlandesa en idioma sueco —el sueco es minoritario en Finlandia, pero se habla bastante en algunas zonas costeras—. Es particularmente conocida por su obra para niños y, sobre todo, por haber creado los personajes de la familia Mumin.
Tove Jansson dejó de escribir sobre los Mumin y se dedicó a la literatura para adultos. Sommarboken (El libro del verano, 1972) es su obra más conocida de ficción para adultos, y la única traducida al español.

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