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Miguel Angel Morelli

LA BANALIDAD DEL BIEN

Proso estas líneas apenas quince minutos después de haber regresado de una jornada de reflexión (perdón por el eufemismo) sobre “el mal y el psicoanálisis”. Como era de presumir, tantos los panelistas como la concurrencia provenía abrumadoramente del campo “psi”, aunque con algunos colados desde el lado de la filosofía. No hace falta que diga que tanto una disciplina como la otra me son del todo ajenas, de modo que durante lo que duraron las ponencias me limité a tratar de relacionar lo que iba escuchando con el único terreno que no me es del todo hostil: el de la literatura.
Así, escuché que uno de los expositores afirmó que la nuestra es una época de plena decadencia. Inmediatamente lo asocié con aquello que escribió Borges en “Nueva refutación del tiempo”: le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Después alguien habló de la importancia determinante de la función materna como constitutiva del orden -o el desorden- del sujeto. Y yo recordé a Samuel Beckett, que bajo la influencia de Carl Jung aseguraba tener recuerdos prenatales, que calificaba como de sofocamiento y asfixia («feelings of entrapment and suffocation») en el seno materno mismo. Beckett estaba convencido que aquel sentimiento suyo era propio de los nacidos incorrectamente («never properly born»).
Un rato más tarde otro panelista recordó cierta ingenioso frase de Plauto (“lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit”) que diecisiete siglos más tarde sería simplificada por Hobbes como “el hombre es el lobo para el hombre”. Fue ahí cuando recordé a Emile Cioran, cuándo no, que en su momento nos advirtió que recién hace muy poco que los humanos hemos comenzado a serlo, dejando atrás miles y miles de años de pura animalidad. En tal sentido, el bien y el mal son subjetividades, creaciones que le pertenecen a la cultura y que están en un todo ausentes en la naturaleza.
La jornada se cerró con la proyección del corto “El mal, ¿y el superyó?” Se trató de la mezcla, hábilmente realizada, de imágenes destinadas a trazar un paralelo entre dos de los personajes más significativos del siglo pasado: Adolfo Hitler (la encarnación misma del mal) y quien resultó su parodiador más mordaz, Charles Chaplin. Como es de prever, la propuesta fílmica recurrió a varios tramos de la película “El gran dictador”, que el genial humorista inglés escribió y dirigió en Estados Unidos cuando esa nación permanecía todavía neutral en el conflicto. Recordará el lector que la película narra las peripecias de un barbero judío, que luego de un sinfín de vicisitudes es confundido con el dictador Adenoid Hynkel (Hitler) y obligado a pronunciar un discurso. Lejos de la consabida arenga fanática, demencial, Chaplin/Hynkel realiza un llamado a la paz y la reconciliación entre los hombres, sin importar banderías, razas ni religiones. Hasta allí, lo esperable, lo que hoy llamaríamos políticamente correcto. Pero hubo en aquel largometraje un detalle que siempre me llamó la atención, y que tanto a la concurrencia como a los expositores del simposio pareció escapárseles: a medida que avanza en su discurso final, la parodia gana en fiereza, al punto de terminar resultado una suerte de espejo del discurso enloquecido del líder nazi. Se llama a la paz, pero con el gesto de un guerrero. Como si Chaplin el realizador, hubiera pretendido advertirnos –secretamente, como correspondía a un hombre de izquierdas en esos tiempos violentos- que la tentación de imponerle el bien al prójimo por la fuerza, no es sino la otra cara de la una moneda.
La filósofa Hannah Arendt asistió al juicio al jerarca nazi Adolf Eichmann esperando encontrar, teniéndolo cara a cara, la representación misma del horror. En su lugar halló un hombre como cualquier otro. Alguien que, desprovisto de toda culpa, podía pasar incluso por un ciudadano abnegado. Allí fue cuando amonedó una expresión decisiva a la hora de estudiar la cuestión: Arendth habló de la banalidad del mal. Claro que también el bien puede serlo. Solo hay que estar convencido de que la nuestra es la única verdad posible.

Fuente: AGENDA DEL SUR (N° 157, setiembre 2014)

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