Borges_y_fanaticas
Foto: revista “Pájaro de fuego” nro 6, de abril de 1978

Miguel Angel Morelli

EL BORGES NUESTRO DE CADA DIA

Corría el año 1935. Enfermo de mal de amores, desencantado con la imagen del regordete cegatón que le devolvía el espejo, Borges decidió que era un buen momento para suicidarse. Evaluó posibilidades: la navaja resultaba, según su criterio, harto peligrosa y no garantizaba gran éxito; el cianuro podía venir adulterado, con lo que haría más larga la agonía (ignoraba que tres años después el propio Lugones agonizaría sin consuelo). Lo más efectivo, sin duda, era el revólver. Un solo balazo y se acabó. Entonces compró uno, calibre 22, en cierta armería de la calle Entre Ríos, y a la pasada -acaso para que la jugada resultase más literaria- una novela usada de Ellery Queen. Ya en Constitución, abordó el tren que habría de llevarlo al sur, a Adrogué. Porque el lugar elegido era el mismo adonde habían transcurrido muchas de sus vacaciones de infancia: el hotel Las Delicias.

Sin embargo el hecho no se consumó. ¿El motivo? Existen al menos cuatro conjeturas, a saber:

1 – Mario Paoletti, en “Las novias de Borges”, cuenta que sencillamente se quedó dormido (él, el gran insomne) y que al despertar ya había mudado de opinión. Sé de varios que suscriben esta tesis.

2 – Otros aseguran que lo primero que hizo al llegar fue llenar la bañera con agua hirviendo (cosa rara, porque nadie que se dispare un balazo en la sien muere desangrado), y que al intentar meterse se quemó los dedos del pie, con lo cual dio el salto que lo terminó de sacar del sopor suicida.

3 – Existen también quien sospechan que nada de esto ocurrió; que Borges, al conocer de los límites imprecisos entre la vida y la ficción, siempre supo que pensar en matarse equivalía a hacerlo, de modo que concluyó en que ya con el solo hecho de imaginarlo de alguna manera se había suicidado para siempre.

4 – Mi conjetura, en cambio, es otra: siempre supe que aquella noche hubo balazo, y una leve agonía que duró apenas unos segundos, y un silencio interminable, y finalmente un cadáver. Borges fue sepultado en la Recoleta, como correspondía a los de su clase, y cada cual volvió presuroso a sus asuntos. El otro Borges, el que le sobrevivió desde aquel infortunado invierno del ’35 y hasta junio del ’86, no fue más que un sueño, una invención colectiva. Borges es el nombre que le hemos dado los argentinos a una cierta manera de pensarnos, de polemizar, de contradecirnos. De algún modo fue necesario que Borges muriera aquella noche, allá en Adrogué, para que Borges pudiera venir a enseñarnos que el hombre no es más que un muerto que conversa con los muertos.

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