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COMIENZO A SOSPECHAR

Todos sabemos que no existe nada menos serio ni nada más serio que las palabras.
Les asignamos en forma absolutamente arbitraria un poder inusitado, sobrehumano. Incluso hay gente dispuesta a matar y a morir por algunas de ellas, como “patria”, “bandera”, “mío”, “dios”, “amor”, “honor”, etcétera
Pero ellas no son más que unos pájaros traviesos desafiando su propia fragilidad para detenerse en el aire, aunque sea por un instante.

No tienen la culpa de nada.

No tengo ni me interesa tener una definición de poesía. Lo único que sé es que prefiero mil veces ser compañero del día en su agonía que un simple esperador de la medianoche. Prefiero ser un moridor que un vividor; un francotirador con mala puntería antes que un tirador escogido; un amante antes que un amo; un pervertidor antes que un traidor; un palabrista antes que un malabarista; un alacrán antes que una mariposa disecada.
Las palabras son como el sexo, no tienen una mera función reproductiva; también sirven para gozar y sufrir. Y a veces, cuando todo sale bien, vivir la dulce agonía de la pequeña muerte.

Comienzo a sospechar que este oficio consiste básicamente en sembrar ventanas.

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Mauricio Feller, poeta y periodista chileno

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