Archivos para el mes de: febrero, 2015

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Miguel Mihura *

EL MAR

Cuando se dieron cuenta del olvido, todos lloraron como perros.
El pueblo entero gimió desconsolado. Aquello era la ruina. Era el hambre. Era la muerte. No era para menos. Veréis lo que pasaba, niños míos.
Aquel pueblecito pesquero era un verdadero pueblecito pesquero. En él solamente vivían, con sus mujeres, rudos pescadores de cachimba y barba; miles de pescadores que solamente ese oficio tenían: pescadores, marineros, gente de mar. En las tiendas del pueblo, como en todas las tiendas de los pueblos pesqueros, solamente vendían aparejos y redes y bidones de brea, y pies desnudos de pescadores, y palabras fuertes, envueltas, como bombones, en el papel de plata del aguardiente. Había también una preciosa playa llena de brisa, con casetas de baño preparadas para los veraneantes alegres. También había cangrejos, y mojama, y bacalao. (Pero el bacalao ya era algo caro). Había, en fin, de todo lo que hay en esos pintorescos pueblecitos de pescadores. Lo único que no había era mar. Se les había olvidado ponerlo. En el lugar donde debía estar el mar, había una montaña con pinos y gente debajo comiendo tortilla, que había salido quemada. No tenía mar aquel pueblo y el mar más próximo estaba a setecientos kilómetros de distancia. En Cádiz.
Cuando los pescadores de aquel pueblo se dieron cuenta de este olvido, lloraron como perros muertos. Aquello era la ruina. El hambre. El mausoleo. Los pescadores de aquel pueblo de pescadores sólo sabían pescar, y no podían porque no tenían mar y ni siquiera lo habían visto nunca.
Ya que el que hizo los pueblos, o el Gobierno, no se lo había puesto al lado, como debía, pensaron en hacerlo ellos por su cuenta. Toda el agua que había en los botijos y en las palanganas de la mañana la echaron en un hoyo que hicieron en el monte. Pero no salía bien el mar. Lo más difícil y lo que no podían conseguir era poner salada el agua. Esto era imposible.
Los pescadores se pasaban todo el día en las puertas carcomidas de las tabernas, sin saber qué hacer, muertos de hambre y de indignación. Y ni siquiera les quedaba el recurso de irse a cazar al campo, pues, como ya hemos dicho, aquello era un pueblo exclusivamente de pescadores.
Todas las tardes iban al muelle a ver si por casualidad les habían puesto ya el mar, con la misma ilusión y temor que van los niños al gallinero a ver si las gallinas han puesto un huevo. Pero no lo habían puesto. No lo ponían nunca…
¡Qué asco! ¡Qué asco!
Aumentaba el hambre. Miles de criaturas morían de inanición. Las mujeres daban aullidos de espanto. Era graciosísimo. Daba mucha risa aquello.
Nuevamente fue una Comisión de pescadores a charlar un rato con el ministro de Marina, que era el que tenía que poner el mar.
-Pónganos de una vez el mar, señor ministro, si es que nos lo va usted a poner. No podemos trabajar. Nos morimos de hambre.
-Por ahora es imposible -argüía el ministro-. Ya no nos queda mar. No tenemos ni una gota de agua de que disponer. Todo el mar que teníamos, lo hemos puesto ya en otros puertos de mar como el de ustedes.
-¿Y cómo no nos lo pusieron a nosotros, que somos los que más lo necesitamos? ¡Es intolerable!
-Sin duda fue algún olvido. El ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, con barba blanca, que hace los pueblos y las ciudades de todo el mundo, no puede estar en todos los detalles. Sufre, naturalmente, confusiones. Ya ve usted: cuando hicieron el mundo, que ya hace siglos, pusieron la Giralda en Monforte. Fue una gran equivocación que costó mucho rectificar. Tuvieron que quitarla de allí y llevarla a Sevilla, que es donde tiene que estar la Giralda. Si se hubiese quedado en Monforte, figúrese qué compromiso. Hacer todos los pueblos del mundo es muy difícil, caballeros. Hay que tener un poco de tolerancia.
-¡Pero es que esto es nuestra ruina! -gimieron.
-¿Por qué no le piden ustedes un poco de mar a Cádiz? Cádiz tiene mucho a los lados, y en la punta de San Felipe, también.
-Ya se lo hemos pedido, pero no nos lo quieren dar. Dicen que lo necesitan todo para echar dentro sus pescadillas y sus gambas.
-¡Qué lástima!
-Pónganos usted, por lo menos, un río. ¡Cinco o seis metros de río!…
Pero no hubo manera. No quería el hombre. Y entonces, cuatro de los más fuertes pescadores se fueron a América, que tiene mucho mar, y lo cogieron y lo fueron estirando, como el que desenrolla una alfombra, hasta que lo hicieron llegar a su playita.
¡Oh! ¡Qué júbilo! ¡Qué felicidad en todos los rostros! ¡El mar! ¡El mar! ¡El inmenso océano!…
Al principio, todo hay que decirlo, nadie tomaba en serio aquel mar. Hasta los peces se bebían toda el agua. Y por las noches venía gente de los pueblos próximos y lo cogían y se lo llevaban a sus casas metido en botellas y en tazones del chocolate. Quitaban las olas de encima y las metían debajo. Hacía mil diabluras… Y cuando, por la mañana, se levantaban los pescadores a verlo, se encontraban con que lo habían robado y tenían que ir por él a casa de los ladrones. Para evitar estos abusos, le tuvieron que hacer una tapia, rodeándolo. Y una vez hecha la tapia, los pescadores, tranquilos, empezaron a pescar. Pero, como pasa siempre con estas cosas, empezaron a ocurrir desgracias. Hubo naufragios. Mucha gente se ahogaba. Había abundantes tormentas. En fin, un horror de tragedias. Y, entonces, el tabernero del pueblo inventó una cosa para evitar todas estas tonterías. ¡Ya podía la gente bañarse lo que quisiera!… ¡Ya podía haber tormenta!… ¡Ya podía haber naufragios!… Con aquel invento ya no había peligros de ninguna clase.
El inventó consistía en asfaltar todo el mar. Y lo asfaltaron.
Quedó un mar repugnante.
Pero daba gusto pasear por él en carro.

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* Miguel Mihura (1905-1977) es escritor, historietista y periodista español. En sus obras se refleja el intento por ocultar el pesimismo y desencanto con la sociedad. Mihura anticipa el teatro del absurdo por las situaciones ilógicas y la falta de coherencia en el discurso. Eugène Ionesco lo elogió como precursor del teatro del absurdo y por su combinación de elementos trágicos y ridículos, dentro de un talante irracional que a su juicio “puede desvelar, mucho mejor que el racionalismo formal o la dialéctica automática, las contradicciones y la estupidez del espíritu humano”.

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pajaro manzana

Nichita Stănescu *

QUINTA ELEGÍA

Nunca me he enojado con las manzanas
por ser manzanas, contra las hojas por ser hojas,
contra la sombra por ser sombra
contra los pájaros por ser pájaros.
Pero las manzanas, las hojas, las sombras los pájaros
se ofendieron conmigo de repente.
Y ahora estoy ante el tribunal de las hojas,
el tribunal de las sombras, de las manzanas, de los pájaros.
Tribunales rotundos, tribunales aéreos,
tribunales angostos, frágiles.
Heme aquí condenado por ignorancia,
por aburrimiento, por inquietud,
por inmovilidad.
Sentencias escritas en la lengua de las semillas.
Actos de acusación sellados
con las entrañas de los pájaros,
frescas penitencias grises, pronunciadas por mí.
quedo en pie, la cabeza descubierta,
tratando de descifrar lo que merezco
por ignorancia…
y no puedo, no puedo descifrar
nada,
y este estado espiritual mío propio
se enfada contra mí
y me condena, indescifrable,
a una espera perpetua,
a una tensión de las significaciones dentro de si mismas,
hasta que adquieran la forma de manzanas, hojas,
sombras,
pájaros.

V
* Nichita Stănescu (1933-1983) es un poeta y ensayista rumano. Es considerado uno de los grandes poetas rumanos del siglo XX. Para él, el mundo es un espacio de objetos, que ve y percibe como testimonios-formas de la situación trágica del ser humano en la época moderna excesivamente tecnificada. Recibió el premio Herder en 1975 y fue candidato al premio Nobel.

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Juan Pedro Aparicio *

LA OBRA MAESTRA

Compartían celda. Uno era alto y de ojos morunos, otro grueso y de porte nervioso, el tercero menudo y de poco espíritu. Un tribunal improvisado los había condenado a muerte. Eso era todo lo que sabían. Ni se habían molestado en leerles la sentencia ni les habían señalado día. De vez en cuando oían las voces de mando de los pelotones de ejecución provenientes de alguno de los patios y, en seguida, las descargas de fusilería.
Pasó el tiempo y la rutina de la muerte entró en sus carnes en forma de una fiebre que les mantenía en un estado de abandonado frenesí. El más grueso lamía a veces la piedra de la pared en busca de sabores, el más menudo se concentraba en las formas del muro, como dicen que había hecho Leonardo para buscar inspiración, el más alto escribía una novela. Pero, como no tenía papel, ni pluma, ni tiza, ni utensilio alguno para escribir, lo hacía en su mente, construía las frases cuidadosamente, las corregía, las leía en voz alta, las comentaba con sus compañeros y las volvía a corregir.
Así hizo una novela de más de trescientas páginas, trescientas treinta y tres exactamente, de 30 líneas por 60 espacios, según sus precisos cálculos mentales. Bien memorizada, se la leyó más de una vez a sus compañeros. Pero pasaban los días sin que se ejecutaran sus sentencias y, como aquella lectura a todos gustaba, fueron muchas las que hizo hasta que el más grueso de ellos logró retenerla también en su memoria, no sin hacer alguna corrección y sugerencia, discutidas y, en su caso, aceptadas por el autor de la novela. Entonces se les ocurrió que, por si alguno de ellos se salvaba, deberían los tres aprenderla de memoria para reproducirla en papel cuando los circunstancias lo permitieran. Los tres comulgaban con la idea de que era la mejor novela de la que ellos hubieran tenido noticia.
La novela mejoró todavía con las siguientes lecturas y correcciones, hasta el punto de que, cuando vinieron a buscarles, ninguno dudaba de su condición de obra maestra.
Un día se llevaron al más alto; otro al más grueso; pero el tercero, menudo y de poco espíritu, fue indultado. Nunca logró transcribir la novela. Su memoria, tan desconchada como los muros que recibían las descargas de la fusilería, era incapaz de presentársela entera. A duras penas lograba reconstruir el argumento completo. Sostenía, sin embargo, que era una obra maestra, una de las mejores novelas que jamás se habían escrito. Y así lo mantuvo siempre, incluso treinta años después de aquellos sucesos.

juanpedroAparicio

* Juan Pedro Aparicio (1941) es un novelista español. Fue Premio Nadal en 1988 por “Retratos de ambigú” y recibió el Premio Castilla y León de las Letras en 2012 en reconocimiento al conjunto de su carrera. Aparte de la novela, ha cultivado también el ensayo, el artículo periodístico, el relato corto y el libro de viajes.

Por Ahmed Oubali*

milagros lópez

LA ANACRONÍA EN LA POESÍA DE MILAGROS LÓPEZ

El tiempo psicológico en poesía no es irreversible y continuo como lo suele ser en el tiempo cronológico: transcurre como en un sueño donde los acontecimientos pueden durar pocos segundos o abarcar períodos muy largos, donde presente, pasado y futuro acontecen de forma desalineada, alterando el espacio mismo en escenarios oníricos o meras imágenes abstractas. Es la anacronía. Ésta consiste en una ruptura temporal en la narración y aparece cuando el relato se detiene instantáneamente y se introduce un hecho nuevo con una nueva cronología. A este nivel se habla de temporalidad artística.
Y es lo que acontece en el poema de Milagros.

Para lograr la estética del acontecer poético que se propone, Milagros expone “arbitrariamente” el orden de los acontecimientos, utilizando una serie de técnicas que permiten ordenar estéticamente el relato, reduciendo sustancialmente en esencias sus hechos.
Dichas técnicas, que no puedo desarrollar aquí por falta de espacio, son conocidas como analepsis (retrospección/flashback, con regresos violentos al presente), prolepsis (Premonición/visión del futuro/flashforward, con anticipación violenta del futuro), la elipsis (que consiste en ocultar información que el lector adivina o se irá descubriendo a medida que transcurre la historia), la silepsis o acronía (que consiste en entrelazar simultáneamente dos o más hechos) y la ucronía (que es centrarse en un momento preciso donde el lector imagina qué hubiera pasado si las cosas no hubiesen sucedido como lo han hecho).

En el poema, la noche es el punto de arranque de la enunciación, lo recuerdo para que el lector no se pierda. Y si se despista, mejor todavía, porque es señal de que comprende el poema. No obstante hay que notar que la narración aquí se inicia Ab Ovo, ‘desde el huevo’; o In media res, ‘en la mitad de las cosas’; o In extrema res, ‘en el final de las cosas’, porque empieza por el desenlace.
Juzguen por ustedes mismos:

Escribir…para no despertar al centinela,
Calibrar el espacio que va del infinito a este horizonte preciso que me filtra las sílabas,
Buscar en mis manos ríos que dictan horas.
Recorrer esta noche tras el dios de la palabra, tras la fuente que sacie a la mantis, hiena en mis soles.
Fijar alas al reloj,
Sufrir la levedad del soplo en la escarcha, la fugacidad en nuestra arena.
Resistir la luz, ese brillo siempre al borde de la dermis.
Y el anhelo de vestirme criatura, anhelo de sombras, de oscuridad, de común oscuridad.

Conclusión.
El cuerpo es a la vez espacio y tiempo.
Y la conciencia o percepción (el Yo) de este cuerpo es el que organiza el tiempo en que estamos inmersos.
Sin ello no hay ni tiempo ni espacio ni nada.
De hecho nada existe sin los demostrativos y pronombres personales (=el cuerpo que apunta y muestra); los sustantivos y preposiciones (que marcan el espacio) y los verbos, que permiten que haya tiempo…
Juzguen por ustedes mismos:

/Este horizonte preciso que me filtra las sílabas/
/Buscar en mis manos ríos/
Recorrer esta noche tras el dios de la palabra, tras la fuente que sacie a la mantis, hiena en mis soles.
La fugacidad en nuestra arena.
El anhelo de vestirme criatura, anhelo de sombras.

Milagros López, al exponernos estéticamente (est-ética) los registros del tiempo/espacio, en su transcurrir, su variabilidad y su infinita belleza, nos invita simplemente a vivir una extraordinaria aventura: viajar hacia lo esencial, hacia lo profundo de nosotros mismos.

Milagros López nació en Murcia. Es licenciada en Filosofía y Letras, en la especialidad en Filología Inglesa con Premio Extraordinario. Es funcionaria de carrera desde 2007. Publicó en 2014 el poemario “A ras del mar” (Ediciones Torremozas, Madrid) Publicó poesía y narrativa en varias antologías. Obtuvo el Primer premio en VIII Concurso de Narraciones Cortas Villa de Torre-Pacheco (2001). Primer Premio en el X Concurso Literario “Emila Pardo Bazán” (2000). Primer Premio en certamen “Letra Joven” Mola Joven, Molina de Segura (2000). Mención especial del Jurado en Murcia CreaJoven 2000.

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* Ahmed Oubali es Profesor titular de universidad. Catedrático de Semiótica de Textos en la Escuela Normal Superior de Tetuán, desde 1991. Es Licenciado en Filología Hispánica.(Francia) Licenciado en Traducción.(Bélgica) Experto-Traductor Jurado, desde 1984. (Casablanca) Licenciado en Periodismo. (Bruselas) Y Doctor en Lengua y literatura Comparadas, por la Universidad, Rennes II Haute Bretagne, de Francia.