Archivos para el mes de: mayo, 2015

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SUEÑO MARINO

Sam Shepard *

La cama era para él un océano, incluso cuando estaba despierto. Las mantas se ondulaban como las olas. Las sábanas espumeaban como las rompientes. Las gaviotas caían en picado y pescaban a lo largo de su espalda. Hacía bastantes días que no se levantaba y todo el mundo estaba preocupado. No quería hablar ni comer. Sólo dormir y despertarse y volver a dormirse. Cuando fue a verlo el médico, se le meó encima. Cuando fue a verlo el psiquiatra, le lanzó un escupitajo. Cuando fue a verlo un cura, le vomitó. Finalmente lo dejaron en paz y se limitaron a pasarle zanahorias y lechuga por debajo de la puerta. Era lo único que quería comer. Los demás habitantes de la casa bromeaban diciendo que tenían un conejito, y él les oyó. Cada vez se le aguzaba más el oído. De modo que dejó de comer. Empujó la cama hasta ponerla contra la puerta, para que nadie pudiera entrar, y luego se durmió. Por la noche los demás habitantes de la casa oían el silbido de los huracanes al otro lado de la puerta. Y truenos y relámpagos y sirenas de barcos en una noche de niebla. Aporrearon la puerta. Intentaron derribarla, sin conseguirlo. Aplicaron la oreja a la puerta y oyeron gorgoteos subacuáticos. En la cara exterior de las paredes de esa habitación empezaron a crecer algas y percebes. Comenzaron a asustarse. Decidieron encerrarlo en un manicomio. Pero cuando salieron por el coche descubrieron que toda la casa estaba rodeada por un océano que se extendía hasta donde alcanzaba su vista. Océano y nada más que océano. La casa se balanceaba y cabeceaba toda la noche. Ellos se quedaron apretujados en el sótano. Desde la habitación cerrada les llegó un prolongado gemido y la casa entera se sumergió en el mar.

Sam Shepard, Q&A

* Sam Shepard (1943) es considerado uno de los dramaturgos contemporáneos más importantes de Estados Unidos. Ha alcanzado fama entre el gran público por su faceta como guionista y actor cinematográfico con películas tan conocidas como Elegidos para la gloria, Magnolias de acero, El informe Pelícano y Black Hawk Down y como escritor en la aclamada París, Texas .

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Raúl Brasca *

INSTANTÁNEA

“No se trata de captar el instante y fijar la imagen en la retina. Mucho mejor es que se interrumpa un momento el flujo de lo que sucede: el caballo inmóvil en actitud de plena carrera, el pájaro congelado en vuelo, la lluvia detenida en el aire. Y saber que no es vacilación de la mirada. La fugaz inmovilidad de lo que siempre se mueve es dramática, posee el horror de una muerte inconclusa y la belleza de la eternidad. Lo eterno solo puede cristalizar en el instante, donde la experiencia del tiempo es imposible.”

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* Raúl Brasca (Argentina, 1948) Es autor de cuentos, microficciones y ensayos. Escribe actualmente crítica literaria en el suplemento de cultura del diario La Nación y colabora en publicaciones de diversos países. Fue miembro fundador y codirector de la revista literaria Maniático textual y se desempeñó como jurado y panelista en la Feria del libro de Buenos Aires.

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Raúl Brasca *

LA PRUEBA

“Sólo cuando sea derribado tendrás a mi hija”, había dicho el brujo. El hachero miró el tallo fino del árbol y sonrió con suficiencia. Un primer hachazo, formidable, marcó levemente el tronco. Otro, en el mismo lugar, apenas profundizó la herida. Bien entrada la noche, el hachero cayó exhausto. Descansó hasta el amanecer y hachó toda la jornada siguiente. Así día tras día. La herida se iba profundizando pero, a la par, el tronco engrosaba. Pasó el tiempo y el árbol se volvió frondoso; la muchacha perdió juventud y belleza. El hachero, a veces, alzaba los ojos al cielo. No sabía que el brujo conjuraba los vendavales, desviaba los rayos y alejaba las plagas que carcomen la madera. La muchacha encaneció y él seguía hachando. Ya casi no pensaba en ella. Poco a poco, la olvidó del todo. El día en que la muchacha murió no le pareció distinto de los anteriores. Ahora, ya viejo, sigue su pelea contra el tronco descomunal. No se le ocurre otra cosa: el silencio del hacha le produciría terror.

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* Raúl Brasca (Argentina, 1948) Es autor de cuentos, microficciones y ensayos. Escribe actualmente crítica literaria en el suplemento de cultura del diario La Nación y colabora en publicaciones de diversos países. Fue miembro fundador y codirector de la revista literaria Maniático textual y se desempeñó como jurado y panelista en la Feria del libro de Buenos Aires.

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Bruno Di Benedetto *

FUTURO

El futuro llega por tracción a sangre: lo que tira de la rienda
de los nervios todavía está por nacer, pero ya puso su huevo
en el mismo lugar del grito: de ahí nacen pájaros o engaños.
En ese desconcierto somos tripa sonando bajo el arco de crin:
de reojo vemos venir la mano, el ajuste de clavijas, y el dolor
nos afina de lo grave a lo agudo: lo que nos hiere en el ahora
es una astilla del mismo palo que la esperanza: nada hay peor.
Espiamos los jardines del porvenir por la cerradura de ese ojo
remachado en la conciencia: el tiempo es un veneno partido
en dos; uno de los extremos culebrea ciego en la antimemoria.

de “Cámara de niebla”

Bruno Di Benedetto

Bruno Di Benedetto nació en Avellaneda, provincia de Buenos Aires en 1955. Desde 1979 reside en Puerto Madryn, (Patagonia Argentina).
Como promotor de la lectura, realizó programas radiales y televisivos y publicó artículos en diversos medios gráficos.
Fue co-editor de la revista de la calle “Darse vuelta”, premio “Hacelo vos” 2007 Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Desde 2005 es capacitador del Plan de Lectura de la Provincia del Chubut. Ha publicado los poemarios “Palabra irregular”(Premio Convocatoria Escritores Inéditos, Chubut, 1987),“Complicidad de los náufragos”, “Dormir es un oficio inseguro” (premio Fondo Editorial Chubut, 2003), “Vengan juntos” (relatos), “Country” (2009) “Crónicas de muertes dudosas” (Premio de Poesía Casa de las Américas 2010 publicado en Cuba y en Buenos Aires, 2011, Ediciones en Danza) y “Nada”, Editorial Ruinas Circulares, 2014, Buenos Aires).

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‪Dibujo: Gustavo Deveze

Gabriel García Márquez (1928-2014)

ESPANTOS DE AGOSTO

Llegamos a Arezzo un poco antes del medio día, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
-Menos mal -dijo ella- porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casas encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
-El más grande -sentenció- fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quien Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó cómo fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanzas de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el último leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato al óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano son largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. “Qué tontería -me dije-, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos”. Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.

 

Carlos Skliar *

TRAVESÍAS

El maestro debería viajar. E invitar a viajar. Dejar pasar lo que ya sabe. Atravesar lo que no sabe. Pasar un signo, una palabra, que pueda atravesar a quien lo reciba. Salirse de sí. Irse de excursión al mundo. Dar un signo de ese mundo. Pasarlo. Pasearlo. Construir la travesía del educar. Que el tiempo no pase como pasa el tiempo. Educar es el tiempo de la detención, de lo que se detiene para escuchar, para mirar, para escribir, para leer, para pensar. Donde unos y otros salen a conocer y desconocer qué es lo que les pasa. Más allá de desde dónde venimos. Más allá de hacia dónde vamos.

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* Carlos Skliar (Buenos Aires, 1960) es investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas de la Argentina (CONICET), y del Área de Educación de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales.Es Doctor en Fonología, con Especialidad en Problemas de la Comunicación Humana con estudios de Pos-doctorado en Educación por la Universidad Federal de Río Grande do Sul, Brasil y por la Universidad de Barcelona, España. Ha sido profesor adjunto de la Facultad de Educación de la Universidad Federal de Río Grande do Sul, Brasil, y profesor visitante en: Universidad de Barcelona, Universidad de Siegen (Alemania), Universidad Metropolitana de Chile, Universidad Pedagógica de Bogotá y Universidad Pedagógica de Caracas.
Es autor de los libros de poemas Primera Conjunción (1981), Hilos después (2009) y Voz apenas (2011), del libro de aforismos y ensayos La intimidad y la alteridad (2006). Recientemente ha publicado los títulos No tienen prisa las palabras (Candaya, 2012) y Hablar con desconocidos (Candaya, 2014).
Es también autor de varios libros de pedagogía y filosofía, entre ellos “Lo dicho, lo escrito, lo ignorado” (Tercer premio nacional de Ensayo, Secretaría de Cultura de Nación, 2013).

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Imagen: Catherina Romanelli. “Mujer con flor sobre nube” Material: papel. Técnica: tinta china, café, acuarela, bolsas de nailon.

Marosa di Giorgio *

EL ALHELÍ DE LA MISA

El peón miró el cielo, el aire verde y celeste de la chacra. Y caminó un poco más. Las flores del pasto, a las veras, y por todas partes, agitaban levísimas, las celestes alas.
El sol había cruzado el punto crítico.
Fue cuando topó a ese ser en medio del sendero. Y medio dormido. No era raro que alguna señora se durmiese. Había visto otras en el pasto, durmiendo.
Cerca se posó un ave; tenía cuatro patas y caminaba como exhibiéndolas. Él tomó una rama y tocó con cautela a la mujer. Le dijo: -Para empezar a hablar, mire, señora, esa paloma de cuatro piernas.
La señora se estremeció abajo de las envolturas verdes. Y se puso de pie con cierta lentitud porque era muy grande y muy maciza; en sus ojos se reflejaba todo el pasto. Llevaba la veste llena de flores y los senos fuera, como se usaba entonces, entre las señoras agrestes en el verano. Él le tocó uno, respetuosamente, como si le diese la mano. Ella le hizo una leve inclinación de cabeza.
Y contó: -Me dormí, no sé… son las flores, el perejil, las granadas, el benjuí.
Y parecía que iba a continuar la cuenta cuando él dijo: -Usted se lamentaba un poco mientras estaba en el sueño. Yo oía y creía que estaba poniendo o pariendo.
Ella se asustó y dijo: -No, no señor, si yo estoy virgen. No, no.
Se lo aclaró como un aviso a muchas cosas inciertas que pudieran venir.
-A veces se pare virgen- repuso él-. O se le podría haber metido algo allá, un rayo de este mismo sol, o un clavel, o un caracol.
Ella exlicó con sinceridad: -Sí. Un día, un caracol…
Pero quedó pálida y no dijo más.
Él esperó. Pero no dijo más.
Por el cielo pasó un biguá avisando que se iba hacia los lagos. Y la sombra del biguá por un segundo los separó. La chacra seguía de pie y esperaba.
-¿Vino a la cosecha de peras, usted? Ya están en sazón; si no las cortan ¿quién las querrá?
Él, debajo del ala, observó más al poderoso cuerpo campestre; parecía armado con mantos, finísimos percales, manteca celeste.
La abrazó de golpe, sin preámbulos, diciendo: -¿Vamos a bailar?
La dio unas vueltas, hubo un paso de tango que vaciló y se deshizo en vals.
El pájaro de cuatro pies los miraba sin interrupción con su cabecilla ladeada hacia los dos. Gritó el biguá.

Él preguntó, sin librarla: -¿Que hace, señora, usted? ¿Es la ama o es la hija? No entiendo su edad. Cuando se adurmió, ¿iba a la laguna? ¿O a buscar peras? Allí hay un peral, ya lo estoy viendo ¿Acaso copuló y no se acuerda? Mire su delantal. Tiene manchitas de sangre de amor, mírese bien.
Ella miró y dijo sencillamente: -No, señor, son frutillas. Pintadas frutillas. Si yo no tengo amor.
Lo observó. ¿Quien era éste? ¡Y que quería? ¿Adónde va? -pensó-. ¿A casa de señora Florinda? ¿Por qué me abraza y me hace bailar?
Miró hacia aquella casa -de señora Florinda- que se veía a lo lejos, llena de máculas y quizá de que objetos; tal vez, palanganas con sangre. Siempre creía así.
Cuando él ya le decía: -¿Donde iba señora? Acaso, a Buenos Aires?
-¿A Buenos Aires?! Pero, señor, ¿Cómo? Yo soy sólo de acá. No hice nada, lo juro. Sólo me adormí.
Él agregó: -Yo vengo de allá.
Sacó un cigarrillo y se lo puso en la boca, pero sin encender. Ella se alarmó ¿Sería un cigarrillo de… Buenos Aires, mi Dios?! (No se animó a preguntarle. Si iba a Florinda, a la que todos iban.)
El ave de cuatro pies dio un salto triste.
Ella murmuró: -Hay muchas flores, hoy, demasiadas. Yo me desmayo.
Pero no se desmayó, quedó en pie, tan maciza y temblando, el vestido y el ruedo con florecillas. Los pezones de un rojo violáceo, crustáceo, casi punzó, como si estuvieran sangrando. De uno cayó una gota, del otro un goterón.
Él estaba fijo bajo el ala. El cigarrillo, acababa de prenderse solo. Un leve humo, un velo, un alma, cruzó entre los dos.
Él le dijo, con voz ya distinta: -Yo ando buscando un alma. Usted, ¿dónde la tiene?
Y la volvió a apresar e hizo, repentinamente, los movimientos sexuales, de los que ella se protegió. Pero creyendo que era otro baile.
Al zafarse, corría un poco y se iba con rumbo a la casa; salía heliotropo de todo lo que había, un nomeolvides violento, de pétalos calientes, le goleó la nariz, otro se le paró en el pecho. Tropezaba con todas las lilas.
Y él detrás.
La volvió a cazar, volvieron a bailar. Él la respiró.
Ella era un mujerón sombrío, vio, lleno de cosas raras, cosas de antes, tendrá un broche de marfil delante de la mirilla íntima, un abanico de ébano, de azabache y granate, que no dejaría ver.
Pero los pezones, como bien se miraba, iban sueltos, para ellos no había protección? Era como si llevase en alto, posadas, dos gallinetas blancas, con sangriento pico. O dos grandes huevos de un gigantesco avestruz.
Le dijo: -Bueno, lechuza seria, es hora de proceder.
La tomó de un brazo.
¿Adónde iban?
¿Para las lagunas como el biguá?
¿A dar leche como vacas?
Él no dejaba de rozarle el pezón. Lo hacía con una ramita, un palillo. No con su mano. Y era peor. Y ella estaba así, siempre descalabrada, cerca de dar un grito o ponerse a rugir. Estaba siempre alerta. Y muy erizada. Todo el pelo se le abullonaba como si hubiese viento y no había.
Pero seguía caminando, seria y callada.
-Olvidé, señora, preguntarle el nombre.
-Alhelí… Alhelí. Así dicen en mi casa que me llamo yo.
-Bien, Alhelí, señora, señora Alhelí, ¿y su edad?
Ella vaciló.
Luego dijo: -Cuarenta… cuarenta. Y estoy sin noviar. Mi madre no lo permitiría. A veces bordo un pañuelo, hiervo una pera hasta que se queda roja, o… me duermo en el suelo, me duermo… de día.
Y quedó con la boca entreabierta.
El alma de la doncella se le escapaba por la boca como una cinta celeste y a veces negra, que salía y salía.
Él tiraba, tiraba, y se la empezó a comer.
Tiraba y se la comía.
Hasta que ella se puso muy tenuemente, pero muy tenuemente, a dar un gemido, a gemir y gemir, y luego a gemir y gritar. A gemir y gritar.
Estaban bajo el tremendo bosque de las peras cuando él dio un tirón supremo.
Y le comió todo el alma.

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* Marosa di Giogio (1932-2004) es una poetisa uruguaya (Salto) que se aventuró con la prosa erótica y la novela. Son dos los mecanismos a analizar en la obra de Marosa di Giorgio. Por un lado, el atentado verbal que opera sobre el lenguaje a través de la des-estructuración sintáctica y semántica y la recurrencia a un onirismo codificado; por otro, el cuestionamiento ideológico de categorías de control de la identidad y canalización del deseo. En su obra, un canto a la naturaleza y a sus mutaciones, la mitología es una constante. Es una de las voces poéticas más singulares de Latinoamérica. En sus recitales poéticos demostraba una capacidad interpretativa sui géneris, en la que se entremezclaban emociones como el miedo, la sorpresa, el desasosiego y el deseo, siempre con una voz trémula y delicada. Recibió numerosos premios, ha sido traducida al inglés, francés, portugués e italiano.