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Imagen: Catherina Romanelli. “Mujer con flor sobre nube” Material: papel. Técnica: tinta china, café, acuarela, bolsas de nailon.

Marosa di Giorgio *

EL ALHELÍ DE LA MISA

El peón miró el cielo, el aire verde y celeste de la chacra. Y caminó un poco más. Las flores del pasto, a las veras, y por todas partes, agitaban levísimas, las celestes alas.
El sol había cruzado el punto crítico.
Fue cuando topó a ese ser en medio del sendero. Y medio dormido. No era raro que alguna señora se durmiese. Había visto otras en el pasto, durmiendo.
Cerca se posó un ave; tenía cuatro patas y caminaba como exhibiéndolas. Él tomó una rama y tocó con cautela a la mujer. Le dijo: -Para empezar a hablar, mire, señora, esa paloma de cuatro piernas.
La señora se estremeció abajo de las envolturas verdes. Y se puso de pie con cierta lentitud porque era muy grande y muy maciza; en sus ojos se reflejaba todo el pasto. Llevaba la veste llena de flores y los senos fuera, como se usaba entonces, entre las señoras agrestes en el verano. Él le tocó uno, respetuosamente, como si le diese la mano. Ella le hizo una leve inclinación de cabeza.
Y contó: -Me dormí, no sé… son las flores, el perejil, las granadas, el benjuí.
Y parecía que iba a continuar la cuenta cuando él dijo: -Usted se lamentaba un poco mientras estaba en el sueño. Yo oía y creía que estaba poniendo o pariendo.
Ella se asustó y dijo: -No, no señor, si yo estoy virgen. No, no.
Se lo aclaró como un aviso a muchas cosas inciertas que pudieran venir.
-A veces se pare virgen- repuso él-. O se le podría haber metido algo allá, un rayo de este mismo sol, o un clavel, o un caracol.
Ella exlicó con sinceridad: -Sí. Un día, un caracol…
Pero quedó pálida y no dijo más.
Él esperó. Pero no dijo más.
Por el cielo pasó un biguá avisando que se iba hacia los lagos. Y la sombra del biguá por un segundo los separó. La chacra seguía de pie y esperaba.
-¿Vino a la cosecha de peras, usted? Ya están en sazón; si no las cortan ¿quién las querrá?
Él, debajo del ala, observó más al poderoso cuerpo campestre; parecía armado con mantos, finísimos percales, manteca celeste.
La abrazó de golpe, sin preámbulos, diciendo: -¿Vamos a bailar?
La dio unas vueltas, hubo un paso de tango que vaciló y se deshizo en vals.
El pájaro de cuatro pies los miraba sin interrupción con su cabecilla ladeada hacia los dos. Gritó el biguá.

Él preguntó, sin librarla: -¿Que hace, señora, usted? ¿Es la ama o es la hija? No entiendo su edad. Cuando se adurmió, ¿iba a la laguna? ¿O a buscar peras? Allí hay un peral, ya lo estoy viendo ¿Acaso copuló y no se acuerda? Mire su delantal. Tiene manchitas de sangre de amor, mírese bien.
Ella miró y dijo sencillamente: -No, señor, son frutillas. Pintadas frutillas. Si yo no tengo amor.
Lo observó. ¿Quien era éste? ¡Y que quería? ¿Adónde va? -pensó-. ¿A casa de señora Florinda? ¿Por qué me abraza y me hace bailar?
Miró hacia aquella casa -de señora Florinda- que se veía a lo lejos, llena de máculas y quizá de que objetos; tal vez, palanganas con sangre. Siempre creía así.
Cuando él ya le decía: -¿Donde iba señora? Acaso, a Buenos Aires?
-¿A Buenos Aires?! Pero, señor, ¿Cómo? Yo soy sólo de acá. No hice nada, lo juro. Sólo me adormí.
Él agregó: -Yo vengo de allá.
Sacó un cigarrillo y se lo puso en la boca, pero sin encender. Ella se alarmó ¿Sería un cigarrillo de… Buenos Aires, mi Dios?! (No se animó a preguntarle. Si iba a Florinda, a la que todos iban.)
El ave de cuatro pies dio un salto triste.
Ella murmuró: -Hay muchas flores, hoy, demasiadas. Yo me desmayo.
Pero no se desmayó, quedó en pie, tan maciza y temblando, el vestido y el ruedo con florecillas. Los pezones de un rojo violáceo, crustáceo, casi punzó, como si estuvieran sangrando. De uno cayó una gota, del otro un goterón.
Él estaba fijo bajo el ala. El cigarrillo, acababa de prenderse solo. Un leve humo, un velo, un alma, cruzó entre los dos.
Él le dijo, con voz ya distinta: -Yo ando buscando un alma. Usted, ¿dónde la tiene?
Y la volvió a apresar e hizo, repentinamente, los movimientos sexuales, de los que ella se protegió. Pero creyendo que era otro baile.
Al zafarse, corría un poco y se iba con rumbo a la casa; salía heliotropo de todo lo que había, un nomeolvides violento, de pétalos calientes, le goleó la nariz, otro se le paró en el pecho. Tropezaba con todas las lilas.
Y él detrás.
La volvió a cazar, volvieron a bailar. Él la respiró.
Ella era un mujerón sombrío, vio, lleno de cosas raras, cosas de antes, tendrá un broche de marfil delante de la mirilla íntima, un abanico de ébano, de azabache y granate, que no dejaría ver.
Pero los pezones, como bien se miraba, iban sueltos, para ellos no había protección? Era como si llevase en alto, posadas, dos gallinetas blancas, con sangriento pico. O dos grandes huevos de un gigantesco avestruz.
Le dijo: -Bueno, lechuza seria, es hora de proceder.
La tomó de un brazo.
¿Adónde iban?
¿Para las lagunas como el biguá?
¿A dar leche como vacas?
Él no dejaba de rozarle el pezón. Lo hacía con una ramita, un palillo. No con su mano. Y era peor. Y ella estaba así, siempre descalabrada, cerca de dar un grito o ponerse a rugir. Estaba siempre alerta. Y muy erizada. Todo el pelo se le abullonaba como si hubiese viento y no había.
Pero seguía caminando, seria y callada.
-Olvidé, señora, preguntarle el nombre.
-Alhelí… Alhelí. Así dicen en mi casa que me llamo yo.
-Bien, Alhelí, señora, señora Alhelí, ¿y su edad?
Ella vaciló.
Luego dijo: -Cuarenta… cuarenta. Y estoy sin noviar. Mi madre no lo permitiría. A veces bordo un pañuelo, hiervo una pera hasta que se queda roja, o… me duermo en el suelo, me duermo… de día.
Y quedó con la boca entreabierta.
El alma de la doncella se le escapaba por la boca como una cinta celeste y a veces negra, que salía y salía.
Él tiraba, tiraba, y se la empezó a comer.
Tiraba y se la comía.
Hasta que ella se puso muy tenuemente, pero muy tenuemente, a dar un gemido, a gemir y gemir, y luego a gemir y gritar. A gemir y gritar.
Estaban bajo el tremendo bosque de las peras cuando él dio un tirón supremo.
Y le comió todo el alma.

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* Marosa di Giogio (1932-2004) es una poetisa uruguaya (Salto) que se aventuró con la prosa erótica y la novela. Son dos los mecanismos a analizar en la obra de Marosa di Giorgio. Por un lado, el atentado verbal que opera sobre el lenguaje a través de la des-estructuración sintáctica y semántica y la recurrencia a un onirismo codificado; por otro, el cuestionamiento ideológico de categorías de control de la identidad y canalización del deseo. En su obra, un canto a la naturaleza y a sus mutaciones, la mitología es una constante. Es una de las voces poéticas más singulares de Latinoamérica. En sus recitales poéticos demostraba una capacidad interpretativa sui géneris, en la que se entremezclaban emociones como el miedo, la sorpresa, el desasosiego y el deseo, siempre con una voz trémula y delicada. Recibió numerosos premios, ha sido traducida al inglés, francés, portugués e italiano.

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