anacoreta

Asmodeo erró por el desierto un número innombrable de lunas. Padeció sus rigores, pero igualmente supo de la guarida de los cañadones y saboreó la pulpa de los dátiles y la carne fresca de las palomas.

Siempre huyó de las caravanas y jamás se acercó a un oasis mientras las voces humanas se sumaban a las del viento o de las tórtolas.

Cuando quiso regresar no recordaba siquiera el rumbo establecido por las estrellas. Y fue el retorno más incierto y sacrificado que su voluntario ostracismo. Una noche descubrió en el fondo de un valle el resplandor de las viviendas de los hombres. Descendió a ellos juntamente con la madrugada.

El camino, en las calles, se le abrió holgadamente, porque a su paso todos se apartaban; sin disimulo mostraban la repugnancia y el desdén.

Asomdeo dedujo que las gentes son más hostiles que las arenas, si no nos aman.

Sin embargo, no obedeció a la tentación de reintegrarse al desierto.

Atendía su hambre con unos desperdicios; levantó la frente y encontró unos ojos benignos que lo contemplaban. Asmodeo sintió que le nacía un sollozo de afecto.

El hombre compadecido de Asmodeo le preguntó que deseaba y el anacoreta, al oír de nuevo una voz humana que formaba palabras para él, de momento no comprendió. Alzó una mano de paz, pidiendo tiempo.

pensó todo lo que necesitaba: algo de comer, una túnica, tal vez un jergón; también, amor… A pesar de ello, habló y dijo: “Si quieres, si puedes, bondadoso hermano, préstame un espejo”.

El apiadado escondió su asombro, para no ahuyentar al anacoreta. De su hogar trajo el objeto.

Asmodeo lo tomó con las dos manos, ávidamente; pero luego de unos instantes de concentración ante su imagen, lo apartó de sí.

Más extrañado todavía, el dueño del espejo interrogó a Asmodeo: “Cómo, ¿acaso tienes miedo de ti mismo?…”

Asmodeo consideró reflexivamente la cuestión y al cabo dijo: “Sí, porque me he visto a través de la mirada de los otros hombres”.

No obstante, sonrió para mostrarle su gratitud y hacer entender que le creía distinto de los demás.

Después se devolvió al desierto.

En la cintura de la aldea notó que un perro lo seguía a distancia. Temeroso de sus fauces, Asmodeo le arrojó guijarros, que no llegaron a las visibles costillas del animal, ni lo pusieron en fuga.

Asmodeo se dijo: “Ahora tendré que buscar alimento para dos bocas”.

Y continuó andando.

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Antonio Di Benedetto nació en la ciudad de Mendoza (Argentina) en 1922 y murió en Buenos Aires en 1986. Di Benedetto es un “fenómeno” literario, un escritor anticlásico, que practicó una literatura silenciosa, inestable, en cambio constante. Un escritor que no cabe en el molde uniforme de la canonización, un escritor extraño o, mejor, un escritor de la extrañeza, del extrañamiento.

Es autor de novelas y varios libros de relatos: “Mundo animal” (1953), “El pentágono” (1955; reeditado en 1974 con el título “Anabella”), “Zama” (1956), “Grot” (1957; reeditado en 1969 con el título “Cuentos claros”), “Declinación y ángel” (1958), “El cariño de los tontos” (1961), “El silenciero” (1964), “Los suicidas” (1969), “Absurdos” (1978) y “Sombras nada más” (1984).
Además de narrador, Di Benedetto fue periodista y guionista de cine. Recibió numerosos premios y becas y sus libros han sido sucesivamente reeditados y traducidos a otros idiomas. Detenido por la dictadura militar en 1976, tras un año de cárcel se exilió en España, de donde regresó poco antes de su muerte.