Archivos para el mes de: enero, 2016

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M. John Harrison *

(…)
“Cuando era chico, a veces, mi abuela me llevaba con ella a hacer sus cosas. Yo era un niño tranquilo y ya con mala salud, y a ella le resultaba fácil de manejar, al menos como un perro pequeño. Tenía costumbres fijas: todos los miércoles iba a la peluquería y después tomaba el tren a Manchester para pasar un día de compras. Para eso usaba un sombrero hecho enteramente de plumas rosa claro, casi color crema, entre las cuales aparecían ojos de pavo real de un marrón-rojo deslumbrante. Las plumas era muchas y estaban apretadas entre sí, como si siguieran en el pecho del ave.
“Ella adoraba los cafés, tal vez porque la vida que allí se desarrolla, aunque doméstica y cómoda, no te demanda nada: no hay nada de lo que tengas que participar. ‘Me gusta tomar mi té en paz’, me decía todas las semanas. ‘De vez en cuando me gusta tomar mi té en paz.’
“Con cualquier cosa que comiera tosía y se atragantaba, y le duraba un rato; y siempre se dejaba puesto el impermeable verde con sus botones de nácar, de borde dorado.
“Cuando recuerdo Picadilly no es tanto por las bandadas de estorninos que invadían los jardines al final de cada breve tarde de invierno, llenando los senderos con su olor sofocante y mohoso y emitiendo un fuerte chillido mecánico que ahogaba el ruido del tránsito, sino por el estrépito de las ollas, el olor del mazapán o de un fósforo recién prendido, abrigos de lana húmedos colgados unos sobre otros en un rincón, voces en el aire húmedo y cálido reducidas a un zumbido íntimo del cual sólo se llegaba a oír a una mujer de otra mesa que decía ‘De todas formas, mientras te puedas desplazar’, a lo cual su amiga respondía de inmediato: ‘Oh, eso es increíble, ¿no? Sí’.
“Una tarde lluviosa de noviembre todo eso te hacía sentir semidormido. Una camarera nos trajo el cenicero. Lo apoyó frente a mí. ‘El que fuma siempre es el caballero’, dijo. Miré malhumorado a mi abuela, preguntándome dónde tendríamos que ir después. En Boots habían vuelto a modificar el piso de arriba, de pronto lleno de manoplas para horno, relojes, parrillas infrarrojas; y le había molestado un fuerte olor a plástico quemado en el centro comercial entre Deansgate y Market Street.
“A lo largo de todo el salón donde estábamos corría una ventana de vidrio tonalizado, desde la que se veían los jardines mientras caía el sol, los senderos barnizados de llovizna que reflejaban las últimas luces del cielo, los bancos y los canteros vacíos, de aspecto gris y ambiguo, las lámparas de sodio encendiéndose junto a la reja. Superpuesto, del lado de adentro del vidrio, estaba el lejano reflejo del café: era como si alguien hubiera arrastrado todas las sillas y las mesas hasta los jardines, donde las mujeres que servían esperaban detrás de un mostrador de acero inoxidable, secándose la cara con un gesto típico en el vapor del baño María, sin notar el pasto húmedo, los charcos, las oscurecidas pero enérgicas palomas balanceándose entre sus piernas.
“En cuanto hice este descubrimiento sentí una especie de tranquilidad. Mi abuela pareció retroceder, emitiendo cargados murmullos hipnóticos. El tintineo de los cubiertos y las bandejas de metal me llegaban desde muy lejos mientras miraba a la gente entrar riendo a los jardines. Atravesaban sin dificultad el enrejado de hierro; el viento y la lluvia no tenían efecto sobre ellos. Se frotaban las manos y se sentaban a comer cuadrados secos de Battenberg Cake y a exclamar ‘¡Mmm!’,qué buena estaba. Allí afuera, sentados en el frío, sonriéndose unos a otros, eran sin duda un grupo mucho más alegre. Un hombre que estaba solo tenía una carta que abrió y leyó:
‘Querido Arthur’, comenzaba.
“Se reía y asentía, apoyando el dedo en una que otra línea como si le mostrara la carta a alguien, mientras las camareras iban de un lado a otro a su alrededor, casi todas las chicas con sus piernas blancas y zapatos chatos, algunas de las cuales se abrían un poco más el escote del delantal. Llevaban las bandejas con una confianza irreflexiva, y hablaban entre ellas en un idioma que yo anhelaba entender, lleno de elipsis, indirectas y abruptos cambios de tema, en el que las cosas concretas eran comidas y precios. Yo quería unirme a ellas. Sus vidas, imaginaba, como las de todos los del jardín, eran idénticas a su forma de caminar entre las mesas: un movimiento prolijo, seguro y confiado sin rastros de incertidumbre, en un medio menos restrictivo que el que yo estaba forzado a habitar.
“¿Sí, cariño?’, diría como saludo. ‘Gracias, cariño ¿Algo más, cariño? Veinte centavos, cariño, ochenta de vuelto, el siguiente, por favor. ¿Al final Pam se compró esos aritos colgantes? No, cariño, sólo fritas.’
“‘Creo que también puede ser que no’, podrían responderme. O con un guiño y una carcajada:’¡Margaret estuvo mucho tiempo ya sabes dónde! ¡Tendría suerte!'”.
“En el centro o foco de atención de los jardines, desde donde los macizos de flores se retiraban modestamente formando arcos, se erguía una estatua. A lo largo de sus brazos levantados se juntaban gotas de agua, temblaban en el viento, caían. Una de las chicas fue hasta allí y puso una bandeja en un banco cercano. Metió los brazos bruscamente en el pedestal de la estatua y extrajo un trapo para secarse las manos. Cuando terminó se quedó mirando hacia delante, absorta, como si hubiera empezado a sospechar que estaba inmersa en dos mundos. Si bien no pertenecía a ninguno, su imagen prevalecía en ambos, una chica sencilla y corpulenta de diecisiete o dieciocho con el esmalte de las uñas saltado y la espalda cansada de acomodar cubiertos toda la mañana. De pronto soltó una risa complacida.
“Miró directo hacia donde yo estaba y saludó. Me llamó con un gesto. Vi que su boca se abría y se cerraba formando las palabras ‘¡Aquí! ¡Estoy aquí!’.
“Está viva, pensé. Fue un shock. Sentí que yo también estaba vivo. Me levanté, corrí en línea recta hacia el vidrio y me di un golpe. Alguien dejó caer una bandeja con cuchillos. Escuché una voz extraña, alejándose muy rápido de mí, que decía: ‘Qué hizo? Ay, ¿ahora que hizo?’. Después esos diez o doce primeros años de mi vida quedaron sellados prolijamente en una burbuja a un nivel espiritual: claramente visibles pero raros e inaccesibles, hechos de nada. Supe de inmediato que aunque lo que yo había visto no era Londres, Londres de todos modos me esperaba. Supe también cómo encontrarlo.”

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* Michael John Harrison (1945) es uno de los escritores ingleses más originales y sorprendentes de las últimas décadas; un escritor ineludible. Es autor, entre otras, de las novelas “The Committed Men” (1971), The Centauri Device” (1974), Climbers (1989), “El curso del corazón” (1992), “Signs of Life” (1997) y “Luz” (2002), y de los libros de cuentos “El mono de hielo” (1983) y “Preparativos de viaje (2005). Harrison elabora reseñas regularmente para los suplementos literarios de periódicos como Times, The Guardian y el Daily Telegraph. Obtuvo numerosos premios y reconocimientos.                   Este es un fragmento del cuento “Un joven viaja a Londres” perteneciente al libro “La invocación y otras historias”, editado por Edhasa (2015). Si le ha gustado, adquiéralo en su librería amiga.

original

LA NOCHE DE LOS FEOS

 

Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

“¿Qué está pensando?”, pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

“Un lugar común”, dijo. “Tal para cual”.

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

“Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?”

“Sí”, dijo, todavía mirándome.

“Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”

“Sí.”

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

“Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”

“¿Algo cómo qué?”

“Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

“Prométame no tomarme como un chiflado.”

“Prometo.”

“La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”

“No.”

“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?”

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

“Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca.”

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

“Vamos”, dijo.

No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.