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M. John Harrison *

(…)
“Cuando era chico, a veces, mi abuela me llevaba con ella a hacer sus cosas. Yo era un niño tranquilo y ya con mala salud, y a ella le resultaba fácil de manejar, al menos como un perro pequeño. Tenía costumbres fijas: todos los miércoles iba a la peluquería y después tomaba el tren a Manchester para pasar un día de compras. Para eso usaba un sombrero hecho enteramente de plumas rosa claro, casi color crema, entre las cuales aparecían ojos de pavo real de un marrón-rojo deslumbrante. Las plumas era muchas y estaban apretadas entre sí, como si siguieran en el pecho del ave.
“Ella adoraba los cafés, tal vez porque la vida que allí se desarrolla, aunque doméstica y cómoda, no te demanda nada: no hay nada de lo que tengas que participar. ‘Me gusta tomar mi té en paz’, me decía todas las semanas. ‘De vez en cuando me gusta tomar mi té en paz.’
“Con cualquier cosa que comiera tosía y se atragantaba, y le duraba un rato; y siempre se dejaba puesto el impermeable verde con sus botones de nácar, de borde dorado.
“Cuando recuerdo Picadilly no es tanto por las bandadas de estorninos que invadían los jardines al final de cada breve tarde de invierno, llenando los senderos con su olor sofocante y mohoso y emitiendo un fuerte chillido mecánico que ahogaba el ruido del tránsito, sino por el estrépito de las ollas, el olor del mazapán o de un fósforo recién prendido, abrigos de lana húmedos colgados unos sobre otros en un rincón, voces en el aire húmedo y cálido reducidas a un zumbido íntimo del cual sólo se llegaba a oír a una mujer de otra mesa que decía ‘De todas formas, mientras te puedas desplazar’, a lo cual su amiga respondía de inmediato: ‘Oh, eso es increíble, ¿no? Sí’.
“Una tarde lluviosa de noviembre todo eso te hacía sentir semidormido. Una camarera nos trajo el cenicero. Lo apoyó frente a mí. ‘El que fuma siempre es el caballero’, dijo. Miré malhumorado a mi abuela, preguntándome dónde tendríamos que ir después. En Boots habían vuelto a modificar el piso de arriba, de pronto lleno de manoplas para horno, relojes, parrillas infrarrojas; y le había molestado un fuerte olor a plástico quemado en el centro comercial entre Deansgate y Market Street.
“A lo largo de todo el salón donde estábamos corría una ventana de vidrio tonalizado, desde la que se veían los jardines mientras caía el sol, los senderos barnizados de llovizna que reflejaban las últimas luces del cielo, los bancos y los canteros vacíos, de aspecto gris y ambiguo, las lámparas de sodio encendiéndose junto a la reja. Superpuesto, del lado de adentro del vidrio, estaba el lejano reflejo del café: era como si alguien hubiera arrastrado todas las sillas y las mesas hasta los jardines, donde las mujeres que servían esperaban detrás de un mostrador de acero inoxidable, secándose la cara con un gesto típico en el vapor del baño María, sin notar el pasto húmedo, los charcos, las oscurecidas pero enérgicas palomas balanceándose entre sus piernas.
“En cuanto hice este descubrimiento sentí una especie de tranquilidad. Mi abuela pareció retroceder, emitiendo cargados murmullos hipnóticos. El tintineo de los cubiertos y las bandejas de metal me llegaban desde muy lejos mientras miraba a la gente entrar riendo a los jardines. Atravesaban sin dificultad el enrejado de hierro; el viento y la lluvia no tenían efecto sobre ellos. Se frotaban las manos y se sentaban a comer cuadrados secos de Battenberg Cake y a exclamar ‘¡Mmm!’,qué buena estaba. Allí afuera, sentados en el frío, sonriéndose unos a otros, eran sin duda un grupo mucho más alegre. Un hombre que estaba solo tenía una carta que abrió y leyó:
‘Querido Arthur’, comenzaba.
“Se reía y asentía, apoyando el dedo en una que otra línea como si le mostrara la carta a alguien, mientras las camareras iban de un lado a otro a su alrededor, casi todas las chicas con sus piernas blancas y zapatos chatos, algunas de las cuales se abrían un poco más el escote del delantal. Llevaban las bandejas con una confianza irreflexiva, y hablaban entre ellas en un idioma que yo anhelaba entender, lleno de elipsis, indirectas y abruptos cambios de tema, en el que las cosas concretas eran comidas y precios. Yo quería unirme a ellas. Sus vidas, imaginaba, como las de todos los del jardín, eran idénticas a su forma de caminar entre las mesas: un movimiento prolijo, seguro y confiado sin rastros de incertidumbre, en un medio menos restrictivo que el que yo estaba forzado a habitar.
“¿Sí, cariño?’, diría como saludo. ‘Gracias, cariño ¿Algo más, cariño? Veinte centavos, cariño, ochenta de vuelto, el siguiente, por favor. ¿Al final Pam se compró esos aritos colgantes? No, cariño, sólo fritas.’
“‘Creo que también puede ser que no’, podrían responderme. O con un guiño y una carcajada:’¡Margaret estuvo mucho tiempo ya sabes dónde! ¡Tendría suerte!'”.
“En el centro o foco de atención de los jardines, desde donde los macizos de flores se retiraban modestamente formando arcos, se erguía una estatua. A lo largo de sus brazos levantados se juntaban gotas de agua, temblaban en el viento, caían. Una de las chicas fue hasta allí y puso una bandeja en un banco cercano. Metió los brazos bruscamente en el pedestal de la estatua y extrajo un trapo para secarse las manos. Cuando terminó se quedó mirando hacia delante, absorta, como si hubiera empezado a sospechar que estaba inmersa en dos mundos. Si bien no pertenecía a ninguno, su imagen prevalecía en ambos, una chica sencilla y corpulenta de diecisiete o dieciocho con el esmalte de las uñas saltado y la espalda cansada de acomodar cubiertos toda la mañana. De pronto soltó una risa complacida.
“Miró directo hacia donde yo estaba y saludó. Me llamó con un gesto. Vi que su boca se abría y se cerraba formando las palabras ‘¡Aquí! ¡Estoy aquí!’.
“Está viva, pensé. Fue un shock. Sentí que yo también estaba vivo. Me levanté, corrí en línea recta hacia el vidrio y me di un golpe. Alguien dejó caer una bandeja con cuchillos. Escuché una voz extraña, alejándose muy rápido de mí, que decía: ‘Qué hizo? Ay, ¿ahora que hizo?’. Después esos diez o doce primeros años de mi vida quedaron sellados prolijamente en una burbuja a un nivel espiritual: claramente visibles pero raros e inaccesibles, hechos de nada. Supe de inmediato que aunque lo que yo había visto no era Londres, Londres de todos modos me esperaba. Supe también cómo encontrarlo.”

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* Michael John Harrison (1945) es uno de los escritores ingleses más originales y sorprendentes de las últimas décadas; un escritor ineludible. Es autor, entre otras, de las novelas “The Committed Men” (1971), The Centauri Device” (1974), Climbers (1989), “El curso del corazón” (1992), “Signs of Life” (1997) y “Luz” (2002), y de los libros de cuentos “El mono de hielo” (1983) y “Preparativos de viaje (2005). Harrison elabora reseñas regularmente para los suplementos literarios de periódicos como Times, The Guardian y el Daily Telegraph. Obtuvo numerosos premios y reconocimientos.                   Este es un fragmento del cuento “Un joven viaja a Londres” perteneciente al libro “La invocación y otras historias”, editado por Edhasa (2015). Si le ha gustado, adquiéralo en su librería amiga.

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