Archivos para el mes de: febrero, 2016

 

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Ciudad Sabina

 

Sesenta y siete tacos el día doce
de febrero cumplí con pocas ganas
de happy birthdays, de velas atroces
pero esa tarde me llamó Susana.
Presidenta le dije, no me tiente,
con medallas impropias de un gualtrapa,
aunque si es de mi tierra y de mi gente
será un honor lucirla en la solapa.
Y eso que en estos tiempos de tribales
identidades anti solidarias
uno acepta encomiendas federales
si no son desiguales y gregarias.
Urge por eso, en tan inciertos días
construir puentes, destruir barreras,
que sea la verdiblanca la bandera
de la cultura, el pan y la alegría.
De Huelva y de Jaén eran mis padres,
mis amigos don nadies sin fronteras,
cuando la última copa me descuadre
regresaré a mi olivo y a mi higuera.
Jaén, Sevilla, Córdoba, Granada,
Málaga, Huelva, Cádiz, Almería,
duendes de la memoria enamorada
mantras del corazón y la utopía.
¡Qué jeta! ¿Predilecto? ¡Qué impostura!
Se burlan los espejos implacables
¿El cantautor o su caricatura?
¿El golfo? ¿El trotamundos inestable?
¿El rojo con abono en la maestranza?
¿El rockero que admira al Agujetas?
¿El ateo que espera a la Esperanza
de Triana soñando una saeta?
¿Qué cantan los poetas andaluces
de ahora? -preguntaba RafaelCaballero
Bonald, perito en luces
de Argónida le puede responder.
Y mi compadre Luis García Montero
y Felipe Benítez que en la Rota
de la OTAN fundó un invernadero
para plantar mis ripios y mis notas.
Y allí paso veranos exquisitos
al amor de la gente que más quiero,
rodeado de hermanos, primas, titos,
un doctor, un borracho, un alfarero.
En ningún otro sitio los gitanos
han echado raíces de Macondo
llenando el alcanfor de mis paisanos
de un milagro llamado cante jondo.
Por no mentar la Alhambra y la Mezquita
de al-Ándalus, bendita morería,
o de las juderías sibaritas
que Isabel y Fernando aborrecían.
Aunque uno es nocherniego y tabernario
también sabe dar pases de castigo
pa ser buen andaluz no es necesario
tocarle tantas palmas al ombligo.
Mejor pasar a limpio los pecados,
los eres, la ignorancia, el desempleo,
Andalucía sabe demasiado
lo ingrato que es bailar con el más feo.
La ilustración brilló cuando las cortes
de Cádiz se metieron en faena,
después un rey felón vendido al norte
puso de moda el vivan las caenas.
Parias hambrientos, pijos de mal vino,
guerras civiles, ninis sin memoria,
no conviene olvidar, por si la historia,
que aquí nacieron Lorca y su asesino.
Primero fueron Úbeda y Granada
las ciudades de mi devocionario,
luego vino Madrid, Londres y cada
Babel que me brindara un escenario.
Y América Latina tan mestiza
que sabe a ron y arcángeles paganos
y esa Habana mulata tan castiza,
tan gaditana dijo Carlos Cano.
Regular, mire usted, tirando a mal
anda nuestra marchita economía
pero en arte, delirios y osadía
no conozco un parnaso tan frutal.
Por eso a los tribunos que gobiernan
hoy les pido, perdónenme que insista,
una patria decente, audaz, moderna
humana, justa, libre y progresista.
Y como no me ponen los sectarios
ni me frenan atávicos prejuicios
soñar un paraíso hospitalario
al sur del sur es ya mi único vicio.
Tuvo que ser el gesto de un paisano,
pongamos que hablo de Alejandro Sanz,
quien detuviera en fa mayor la mano
que maltrataba el morro de una fan.
Porque, aunque soy forofo del Atleti
y admirador de Messi y de Zizou,
entre el merengue y, manque pierda, el Betis
quiero siempre que gane el andaluz.
Marifé, Gala, Góngora, Cernuda,
Morente, Rancapino, Camarón,
Pasión, Emilio Prados, Juan Ramón:
el sabio sabe más cuanto más duda.
Y Bécquer y don Juan, Chávez Nogales,
Javier Ruibal, Paquito de Lucía,
Téllez, Muñoz Molina, los cabales
profetas de la nueva Andalucía.
Y Romero de Torres y Murillo
y Juan Vida, Valdés Leal, Laffón,
y Picasso y Velázquez y Gordillo
yendo del carboncillo a la abstracción.
Y Rilke, Hemingway, Gibson, Brenan
y el orondo Orson Wells, guiris de pro,
que entre la magia, el llanto y la verbena
Blas Infante a su causa convirtió.
Y Pastora Soler y Miguel Ríos
y la ópera bastarda de Bizet
y Carmen, la morena del quejío
que no es la del gabacho Mérimée.
Abrácense por fin las dos Españas,
muera el siniestro guerracivilismo
ni obispos ni trileros sin entrañas
menos tontos por ciento de lo mismo.
En Madrid aprendí cómo reluce
la copla de Chacón tabaco y oro
cuando salen roneando por el foro
del café de la Unión los andaluces.
Permítanme también que cite y loe
aquellos besos en Puente Genil,
el trilingüe legado de Averroes,
las lágrimas de sangre de Boabdil.
Y Aleixandre el gran Nobel generoso,
el hombre más discreto de Sevilla,
que en Wellingtonia tuvo buen reposo
y amores clandestinos de puntillas.
Maestros de fervor republicano,
actores de la mítica Barraca,
doctores que en su exilio americano
ilustraron al negro y al sudaca.
Aquí pintan de añil el universo,
Morante, Caracol, José Mercé,
el nombre de la rosa, prosa y verso,
Altolaguirre, Lola, Raphael.
La impúdica y traviesa chirigota,
John Lennon y la Piaf por bulerías,
el Kichi en carnaval dando la nota,
el verdial tan rural de la Ajarquía.
Con lo que va apreciándose y creciendo
por todo el ancho mundo el español
¿qué coño hace ese shosho malvendiendo
su inglés barato por eurovisión?
Querido no te pongas estupendo
me dijo anoche un cierto don latino
de Hispalis, sigue andando y escribiendo
pero en román vulgar y paladino.
Cuidando mi mala salud de hierro
hurgando en pecadillos veniales,
con seis gatos en torno y ningún perro
que ladre en mis futuros funerales.
La España de charanga y pandereta
no es el sur luminoso que prefiero,
mientras el jornalero y el paleta,
blasfemen contra el dios de los banqueros.
Pero es verdad que el ciclo de la luz,
el pescaíto, el mar, el vino, el clima
convierten en fanático andaluz
al que a su gente singular se arrima.
Estos días azules y este sol
de la infancia en un patio de Sevilla
velaron al poeta en la pensión
de Colliure con flores amarillas.
Dos versos, un cuaderno, un sacramento
póstumo del mejor de los Machado
que nos dejó de noble testamento
su cómo ser un andaluz honrado.
Contra el pacto del sable y la casulla
mi diosa es la razón que no se vende
esta medalla al mérito es más suya
que de quien de su ejemplo tanto aprende.
Alérgico a sermones y laureles,
hoy, lejos de calle melancolía,
pongo mi tinta, cantos y pinceles,
al servicio de nuestra Andalucía.
Bendito veintiocho de febrero
lo dice un hijo pródigo que sabe
que aquí no sobra nadie, compañeros,
que todo el mundo en esta tierra cabe.
Andaluz y español, más europeo
que el virus que nos quiere separar,
por sí dice ese himno en el que creo
y por el mundo, y por la humanidad.
.
Joaquín Sabina
28 de febrero, 2016

 

 

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Julio Torri * (México, 1889-1970)

EL HÉROE

Todo se adultera hoy. A mí me ha tocado personificar un heroísmo falso. Maté al pobre dragón de modo alevoso que no debe ni recordarse. El inofensivo monstruo vivía pacíficamente y no hizo mal a nadie. Hasta pagaba sus contribuciones, y llegó en inocente simplicidad a depositar su voto en las ánforas, durante las últimas elecciones generales. Me vio llegar como a un huésped, y cuando hacía ademán de recibirme y brindarme hospedaje, le hendí la cabeza de un tajo. Horrorizado por mi villanía, huí de los fotógrafos que pretendían retratarme con los despojos del pobre bicho y con el malhadado alfanje desenvainado y sangriento. Otro se aprovechó de mi fea hazaña e intentó obtener la mano de la princesa. Por desdicha mis abogados lo impidieron y aun obligaron al impostor a pagar las costas del juicio. No hubo más remedio que apechugar con la hija del rey y tomar parte en ceremonias que asquearían aun a Mr. Cecil B. de Mille.
La princesa no es la joven adorable que estás desde hace varios años acostumbrado a ver por las tarjetas postales. Se trata de una venerable matrona que, como tantas mujeres que han prolongado su doncellez, se ha chupado interiormente. (Perdonadme lo bajo de la expresión.) Resulta su compañía tan enfadosa que a su lado se explica uno los horrores de todas las revoluciones. Sus aficiones son groseras: nada la complace más que exhibirse en público conmigo, haciendo gala de un amor conyugal que felizmente no existe. Tiene alma vulgar de actriz de cine. Siempre está en escena, y aun lo que dice dormida va destinado a la galería. Sus actitudes favoritas, la de infanta demócrata, de esposa sacrificada, de mujer superior que tolera menesteres humildes. A su lado siento náuseas incontenibles.
En los momentos de mayor intimidad mi egregia compañera inventa frases altisonantes que me colman de infortunio: “la sangre del dragón nos une”; “tu heroicidad me ha hecho tuya para siempre”; o bien “la lengua del dragón fue el ábrete sésamo”; etcétera.
Y luego las conmemoraciones, los discursos, la retórica huera…, toda la triste máquina de la gloria. ¡Qué asco de mí mismo por haber comprado con una villanía bienestar y honores!
¡Cuánto envidio la sepultura olvidada de los héroes sin nombre!

 

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* Julio Torri Maynes (1889 – 1970) fue un escritor, maestro y abogado mexicano, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. La obra de Julio Torri, parca y perfeccionista, de un elegante y fino sentido del humor, se considera ejemplar en las letras mexicanas modernas, e incluye Ensayos y poemas (1917), De fusilamientos (1940) y Prosas dispersas (1964), títulos que aparecieron reunidos en el volumen Tres libros. El vanguardismo anticipado de su prosa ha sido comparado al de otros precursores latinoamericanos, como el venezolano J. Garmendia, sobre todo por la creación de microcuentos ambiguos, de talante casi fantástico y de atmósfera mágica o mitológica.En reconocimiento a su alta calidad literaria, la librería del Centro Cultural Universitario de la UNAM lleva su nombre, así como el Premio Nacional (México) de cuento breve.

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Miguel Ángel Morelli es un escritor y periodista argentino nacido en Coronel Suárez en 1955 y residente en Quilmes (provincia de Buenos Aires) Argentina. Como poeta, ha editado cinco títulos. También participó en diversas antologías de Argentina y países de Hispanoamérica. Entre los especialistas que han abordado la poética morelliana, merecen destacarse los trabajos de los doctores Luis Alberto Vittor, de la Universidad Argentina John F. Kennedy, y John Andrew Morrow, de la Northern State University de Aberdeen (Dakota del Sur), quien tradujo parte de su obra tanto al inglés como al francés.

 

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Isidoro Blaisten*

LA SALVACIÓN

Buenas tardes, señor -dijo el viejo-, ¿qué desea?
-Señor -dijo el hombre que buscaba la salvación-, ¿tiene algo que me salve?.
El viejo dejó el lápiz encima de la boleta, lo corrió justo hasta el borde del talonario, cerró las tapas, apoyó las manos sobre el mostrador, ladeó la cabeza, y se lo quedó mirando por encima de los lentes.El hombre ya empezaba a ponerse nervioso.

Por fin, el viejo dijo:
-Ajá, ¿conque algo que lo salve?
-Sí. ¿Tiene? -preguntó el hombre esperanzado.
El viejo tiró de la punta que asomaba apenas, extrajo el lápiz y dio unos cuantos golpecitos en el mostrador.
-Conque algo que lo salve -dijo nuevamente.
“Qué despacioso”, pensó el hombre, “parece un telegrafista”.

El viejo arrugó la cara y miró los estantes de arriba, con un ojo achicado, como si estuviera recordando. Después volvió a observar al hombre, salió de atrás del mostrador, y se alejó hacia el fondo del local, que era muy largo y bastante oscuro. Regresó empujando lentamente una escalera con rueditas, que estaba unida por un riel a los estantes de arriba.

El hombre notó que el viejo renqueaba un poco de la pierna derecha. Creyó que iba a subir, porque ya había apoyado la escalera, muy cerca de él, como a cinco pasos, pero el viejo la sacudió un poco verificando la solidez de los peldaños, se sonrió y dijo: -Ahora, señor, si usted se diera vuelta…
-¡Eso nunca! -dijo el hombre con el rostro demudado y haciendo un ademán de irse.
– Por favor -dijo el viejo sonriéndose más todavía-.
Por favor -volvió a decir-. No me interprete mal. Tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos.

El hombre se dio vuelta y cerró los ojos.
El viejo tardaba. Por fin oyó que subía, respirando fuerte, como si le costase.
El hombre hizo un amago de girar el cuerpo. Desde lo alto escuchó la voz del viejo.
– Ah, no, así no vale. Ya le dije que tiene que ser sin mirar. Dese vuelta y cierre los ojos. ¡Y no espíe, eh!
El hombre apretó fuertemente los párpados, tanto, que la cara se le distendió en una mueca, como si estuviese riendo con la boca cerrada.Atrás, arriba, el viejo estaba revolviendo algo, alguna mercadería, que hacía ruido a lata. De pronto el sonido cesó.

El hombre sintió que el corazón le empezaba a latir apresuradamente. Tuvo miedo. El viejito no la podía encontrar.Ya la había vendido toda. Se daría vuelta en la escalera, y le diría:
– Señor mío, lo siento mucho. No queda más. Ya puede mirar. Y bajando despaciosamente los escalones, agregaría:
– Hasta la semana que viene no hay nada que hacer… Usted tendría que darse una vueltita el jueves, o más seguro el viernes.

Entonces él, saturado de cansancio, preguntaría por rutina:
-Y dígame, señor, ¿no sabe dónde se podrá conseguir por acá cerca?
-Pero no le estoy diciendo, señor, que la semana entrante la recibimos seguro -insistiría el viejo ya un poco amoscado y apoyando la pierna renga en el suelo.

-No, no puedo esperar. Gracias -y tendría que irse, y suicidarse con bicloruro de mercurio.

Pero no fue así. El viejo seguía revolviendo cosas. “Probablemente debe de haber cajas de cartón, también”, pensó el hombre, porque por momentos el ruido a lata se amortiguaba.

El viejo dijo:
-Ajá, já, por ai cantaba Garay.
Por la forma como le salió la voz, parecía que estaba tironeando de algo. “Como si estuviera sacando una muela”, pensó el hombre.
-Ya está -dijo el viejo.
El hombre dio un salto. Una media vuelta como los soldados.
– Ah, no -dijo el viejo desde arriba-, sin darse vuelta.
El hombre volvió a su posición. No había alcanzado a ver más que el saco color gris rata del viejo, un poco del pantalón marrón, de un marrón muy antiguo, porque le trajo un recuerdo impreciso de cuando era chico, y dos rayas anchas y blancas.
La escalera empezó a crujir. El viejo bajaba. Al hombre le pareció que el descenso se le hacía interminable. De frente, escondiendo algo detrás de la espalda, el viejo tarareaba las palabras como los chicos:
-Ya está, ya está, ya está.
Llegó hasta donde estaba el hombre.
– Ahora, sin espiar, se me va a dar vuelta para el otro lado -dijo.
Y le apoyó la mano libre en el hombro, lo ayudó a girar, y verificó que tuviese los ojos bien cerrados.
-¿Ya está? -preguntó el hombre.
-Ya va a estar, ya va a estar -dijo el viejo pasando detrás del mostrador.
Hizo un ruido con la bobina que al hombre le pareció raro, sobre todo al tirar del papel y al cortarlo. Pensó que ya estaba exagerando. “Cuánta parsimonia”, se dijo. “Evidentemente, ya está haciendo el paquete. “Y lo que el viejito le estaba por vender debía de ser bastante pesado, porque hizo un ruido contundente al ponerlo sobre el mostrador.

– ¿Ya está? -volvió a preguntar el hombre, impaciente, aunque sabía que no estaba, porque recién, recién el viejito lo había acomodado para envolverlo.
-Ya va a estar, ya va a a estar -y el hombre oyó nítidamente el crujido del primer doblez.
Además, pensó, debía de ser cuadrado, porque el viejito hacía los pliegues con golpes secos, como siguiendo con la palma de la mano unos ángulos rígidos.
Ahora le estaba poniendo el piolín.
El viejo cortó el sobrante del hilo. “Seguro que con un alicate”, pensó el hombre. Después el viejo golpeó con el paquete ya hecho sobre el mostrador y dijo, canturreando la a final como dándole la seguridad al hombre de que efectivamente había terminado:
-Ya está.
El hombre primero abrió los ojos, después sacudió la cabeza como un nadador que sale del agua, se dio vuelta y miró el paquete.
El viejo lo sostenía colgado del moñito, con dos dedos, en un gesto casi gracioso. El hombre vio que tenía forma de prisma, y que estaba eficientemente hecho, con papel madera verde.
“La verdad, que da gusto”, pensó. Y sonriendo, lo agarró con las dos manos, como si sacara la sortija.
Lo tuvo un momento contra el pecho. Después, como si recapacitara, lo puso debajo de la axila, y metiendo la mano en el bolsillo del pantalón, preguntó apurado:
-¿Cuánto es?
– Novecientos noventa y cinco pesos -dijo el viejo-. ¿Necesita factura?
-No, no hace falta -dijo el hombre.
El viejo rebuscaba en el cajón del mostrador. El hombre hizo un gesto con la mano rechazando el vuelto.
– Está bien, señor, déjelo.
– Valiente -dijo el viejo dándole una moneda de cinco pesos-.Que lo pase usted bien. Buenas tardes -Y se agachó para recoger el lápiz que se había caído.
El hombre apretó el paquete y salió. Recién entonces se dio cuenta de que al abrirse la puerta, sonaba como un carillón, o una caja de música.
El paquete era más o menos como un ladrillo, no tan grande, como le había parecido al verlo, ni tampoco tan pesado.
El hombre deshizo el nudo con impaciencia, y consiguió desenvolver la primera vuelta del hilo, porque el viejo le había dado dos. Cuando le estaba sacando los parches de dúrex, y mientras pensaba: “Qué curioso, no me había dado cuenta de que le había puesto dúrex. Prolijo, el viejito”, lo atropelló el Mercedes de color verde musgo.

Prácticamente le aplastó la cabeza con la rueda izquierda.Se juntó un montón de gente.
Lo taparon con una bolsa de cal, que un corredor de seguros mandó traer enseguida de la obra en construcción que estaba al lado.Cuando llegó la ambulancia, todos se corrieron y le dejaron paso. Deportivamente, bajaron el chofer y el practicante; parecían dos jugadores al entrar a la cancha. Trotaron hasta el hombre, se agacharon, lo destaparon y se miraron entre ellos.

El practicante quiso saber qué había en el paquete. El muerto lo sostenía apretado contra el pecho. Trató de abrirle las manos, pero no pudo. Tampoco pudo separarle los dedos. Entonces lo llevaron al hospital Pirovano. Lo bajaron con camilla y todo, y lo dejaron en la guardia, encima de otra camilla verde, con las patas despintadas.
El enfermero fue a llamar a la doctora.
Vino la doctora. La doctora era joven y gorda. Hablaba como un hombre, y decía malas palabras. Cuando lo destapó, hizo un gesto negativo con la cabeza.
Sintió curiosidad por el paquete. Intentó sacárselo. El practicante le dijo que no era tan fácil, que él ya había probado.
La doctora dijo, poniendo cara de inteligente: “Es que los muertos son muy duros”. Y el practicante dijo: “Sí, parecen hijos de vascos”.
La doctora tironeó de los restos del dúrex, y los desprendió. Sacó el papel nerviosamente, el doble papel, porque el viejo había sido muy minucioso. Entonces su expresión cambió. Su cara tenía ahora un visaje de asombro y desencanto.
La doctora creyó necesario hacer una frase entre el silencio de todos. La ocasión era propicia y a la doctora le gustaban mucho las frases. Miró alternativamente al enfermero, al chofer y al practicante, y dijo:
– Vean a qué cosas se aferran los seres humanos.

 

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* Isidoro Blaisten nació en 1933 en Concordia, Entre Ríos (Argentina) Fue periodista, fotógrafo y librero. Publicó catorce libros, entre ellos: Cerrado por melancolía (cuentos), Cuando éramos felices (ensayos), Al acecho (cuentos).Murió en 2004, año en que se editó su única novela: Voces en la sombra.

 

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Por Miguel Angel Morelli *

Cuando llegué a Buenos Aires, allá tiempo y hace lejos, las librerías “de lance” ya habían perdido su hermoso y españolísimo nombre para pasar a ser, como las de ahora, librerías “de ofertas”. Cualquier habitué a la calle Corrientes habrá advertido que los libros usados han sido reemplazados por aquellos que mensualmente descartan de sus catálogos las editoriales más poderosas, que cumplen así con una extraña ley apodada “de caducidad” (que hace que un buen día aparezcan a precio vil hasta esos títulos de Borges o Cortázar que antes constituían “el fondo” de cualquier librería que se ufanase de seria).

Pues bien, hace cuarenta años los compradores compulsivos hacíamos periódicamente un recorrido que consistía en ir desde el obelisco hasta Callao por una vereda y regresar por la otra, no sin antes habernos metido en todas y cada una de las librerías, que por entonces eran como mínimo una veintena.
“No lo voy a leer ahora, pero sí cuando sea viejo” –me dije una y mil veces mientras contaba las monedas… Hoy esos libros adornan mi biblioteca en el sentido más rotundo de la palabra adornar, y si por alguna de esas cosas (sismo u otras catástrofes) me veo en la obligación de tener que pasarles un plumero, invariablemente me pregunto por qué extraña razón aquel veinteañero habrá imaginado que iban a despertar siquiera la curiosidad de este sesentón.
Y es aquí donde quería llegar: cuando se es pibe uno imagina para sí una madurez que no es sino la prolongación de sus intereses de adolescente. Y si bien es cierto que, en lo sustancial, casi todos continuamos fieles a aquellos gustos, traumas y fobias, no es menos cierto que el tiempo arranca cosas y acumula otras. Por eso también es que muchas veces nos resulta decepcionante regresar a ciertos autores que, en su momento, fueron lo mismo que el oro. Borges ha dicho que el verdadero placer de los libros no está en su lectura y sí en la relectura. Puede ser, pero no siempre. No tendría por qué serlo. Después de todo, no en todos los casos los autores crecen a la par de sus lectores hasta volverse adultos. Quiero decir, hasta adulterarse.

  • Miguel Angel Morelli es poeta y periodista argentino, nacido en Coronel Suárez en 1955 y residente en Quilmes (provincia de Buenos Aires). Como poeta, ha editado cinco títulos. También participó en diversas antologías de Argentina y países de Hispanoamérica. Parte de su obra se tradujo tanto al inglés como al francés.

 

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Jorge Leónidas Escudero *

A OTRA COSA

¿Pongámonos bien la vida
que nos pusimos del revés?
En vez de alimentar historias de plomo
digamos cosas fáciles.

En vez de hacer de perro del hortelano,
o llorar a la luna porque no nos quieren,
echemos pájaros en el jardín de las preciosidades.

Probemos saludar a desconocidos
a ver si aparece el amor,
pues qué delgado está el mundo,
qué pálido, y necesita apoyo.

Aventa una palabra uno y afecta al tiempo futuro;
por eso hay que hablar con cuidado
y sonreír más.

Pogámonos bien la vida a ver qué pasa,
pues así como estamos se han desequilibrado
los bancos de las plazas
y si no intervenimos
¿a dónde va a ir la gente a tomar aire?

 

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* Jorge Leónidas Escudero fue uno de los mejores poetas de Argentina. La poética de Escudero establece vínculos no sólo con la región que él conoció en profundidad, pequeños pueblos de valles y caseríos de montañas, sino también con los pobladores de esa región, a los que dedica siluetas biográficas humorísticas e irónicamente moralistas, escritas en una sintaxis rota, compleja, elocuente y original. Buscador de oro y de otros metales preciosos en su provincia, no obtuvo resultados materiales pero sí cuidados logros estéticos. Su poesía guarda rastros de esa actividad en la representación del paisaje, de los personajes andinos que la habitan en sus “andanzas mineras” y de sus usos particulares del lenguaje. Escudero publicó su primer libro, La raíz de la roca, a los cincuenta años. Su obra integra varias antologías nacionales y extranjeras. Compuso, además, canciones folklóricas, recopiladas en Aires de cordillera (San Juan, 1994). Otros de sus libros son Le dije y me dijo (1978), Piedra sensible (1984), Basamento cristalino (1989), Umbral de salida (1990), Elucidario (1992), Cantos del acechante(1995), Viaje a ir (1996), Caballazo a la sombra (1998) y Senderear (2001), entre muchos otros. Varios de esos títulos fueron modestas ediciones de autor, hoy inhallables pero que se encuentran en Poesía completa, de Ediciones en Danza, de 2011. Por su libro Atisbos, Escudero recibió en 2015 el segundo premio Nacional de Poesía (otorgado por el Ministerio de Cultura a las producciones de 2011 a 2014).