ESPEJOS

– Buenos días –dijo Borges apenas abrió la puerta.
– Buenos días –le respondió el otro-. ¿Está el señor Borges? Tengo cita con él a las cuatro y cuarenta y cinco.
– Un momento, por favor –dijo Borges-. ¿A quién debo anunciar?
– Mi apellido es Borges.
Borges dio media vuelta y se hundió en la penumbra. Al rato regresó:
– Dice el señor Borges que pase –señaló Borges-. Sígame por favor.

Los dos hombres avanzaron por el pasillo, un estrecho corredor flanqueado por estanterías que iban desde el piso hasta el techo, repletas de libros. Caminaron unos treinta pasos y al llegar al final doblaron a la derecha: otro pasillo, ahora de unos veinticinco pasos y tapizado también con libros,. Volvieron a doblar a la derecha y tomaron un tercer pasillo (¿o acaso era siempre el mismo?), esta vez de unos veinte pasos de largo. Finalmente, Borges se detuvo y llamó con tres toquecitos suaves.
– Si –dijo la voz inconfundible de Borges desde el otro lado de la puerta.
– Aquí está el señor Borges –anunció Borges.
– Que pase, por favor.

El visitante entró. Borges, entonces, regresó a sus asuntos: tarareando una vieja milonga, pasó el plumero sobre algunos de los estantes más altos, quitó varios libros de su lugar (que acercó a la nariz como tratando de descifrarles el título), volvió a ubicarlos en los anaqueles y hasta se demoró en alterar levemente el orden de algunas hileras.
Desde el cuarto le llegaban, nítidas, las voces de los dos hombres. Al cabo de un rato, sin embargo, el diálogo cesó y el recién venido apareció en el pasillo:
– La luz, que de por sí era mínima, finalmente se ha apagado –le dijo-, y el señor Borges no me contesta. Temo que haya desaparecido en la oscuridad.

Borges hizo a un lado los elementos de limpieza y desde el umbral, a tientas, accionó una tecla. Efectivamente, Borges había desaparecido.
– Bien, entiendo que el señor ya le había explicado que su tarea consistirá en mantener ordenada la biblioteca –aclaró-. La cuestión parece sencilla, pero no lo es en absoluto. Una biblioteca es un cosmos, y como todos cosmos, tiende al caos.

Después, casi con resignación, Borges le fue dando el plumero, la gamuza, los gruesos anteojos, y al cabo de un instante en el que pareció vacilar se introdujo en el cuarto. La puerta, al cerrarse, hizo un chirrido agudo.
– ¿Por dónde empiezo, señor? –preguntó Borges.
– Por la A, naturalmente –contestó la voz inconfundible de Borges desde el otro lado.

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