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Abel Maas (1947, Buenos Aires)
 Es la estatua de Julio en La London de Av. De Mayo y Perú, donde también iba Aurora. Cuenta la leyenda que ahí se conocieron, pero no se hablaron ni se miraron porque ambos estaban enfrascados en sus lecturas. Debo hablar con los dueños, tienen que hacer urgente la de ella, en noviembre se cumplirán dos años de su muerte.

Aurora fue a visitar a mi mamá al sanatorio Anchorena porque había nacido yo. Cuando me trajeron en el carrito me tomó emocionada entre sus brazos y medio que me le refalé, ella se pegó un julepe bárbaro. Me golpee un poco la cabecita en la baranda, por eso lo mío nunca fue para el psicoanálisis; para ella sólo fue un susto. Mi mamá estaba distraída.
“Qué suerte que tuvo Aurora”, dice mi mamá cada vez que la voy a visitar y voy seguido, yo soy un buen hijo.

Me enteré de lo del sanatorio por Aurora cuando la visitaba en su casa de la rue du General Beuret y se ponía muy contenta cuando iba, no por mí, sino porque era el único con el que no tenía que hablar de Julio y lo agradecía, pero qué tenía yo que hablar de Julio, con ella hablaba de mi mamá, del Parque Rivadavia, del grupo de las buenas y el de las locas (ellas eran las jefas de las buenas, iban al Colón y leían un libro cada noche, las locas eran las que no terminaban el liceo porque se embarazaban y las echaban), cosas que nunca le contó a su propio hijo.
De las que puedo contar, supe del día en que fueron al cine, en Mataderos y el acomodador le preguntó que ubicación querían y mi mamá le dijo; “por favor, un lugar donde no haya muchos ordinarios”. Imaginensé; un cine en Mataderos, en 1934, un lugar donde no haya muchos ordinarios; eran todos ordinarios.
Mi mamá nunca me contaba esas cosas porque ella no hablaba conmigo, con mi papá sí, pero yo después le preguntaba ¿qué te dijo? y tampoco me contaba, pero me decía; “¿qué querés que te cuente?, somos sapos de distinto pozo”, entonces tenía que ir a Paris, sentarme, comer las masitas que yo mismo compraba apenas subiendo en Vaugirard (como Medrano para ir a “Las Violetas”) y pedirle a Aurora que me hable de ella.

Me contaba todo, chocha de la vida y después me llevaba a ver el santuario, el escritorio de Julio. Si lo habían operado o no lo habían operado en Cuba para que le creciera la barba, como se vio en las fotos, cuando salió de Cuba, eso no era asunto mío. Era mi papá el que decía eso, que fue a Cuba para ver la revolución de cerca, pero también para operarse; por eso salió con la barba. Mi papá decía que Cortázar (jamás le dijo Julio) llevaba dibujado en su cuerpo un extraño cuadro hormonal o genético llamado gigantismo eunucoide; flaco, largo y lampiño, con pito y huevos chiquitos. Hacía un gestito con los dedos y se lo ponía en la cara a mi mamá cuando se lo decía, cada vez que se daba la ocasión y siempre había alguna. Mi mamá reventaba y con razón. “Mirá con quién se casó tu amiga”, era lo que le quería decir.
Sin embargo, mi papá simpatizaba con Aurora y hasta con Julio, pero trataba de disimularlo; sentía que traicionaba a sus hermanos y a Roberto Arlt. Una cosa comprensible, a mí me hubiera pasado lo mismo.

Yo no me voy a poner ahora, a la edad que tengo, a defender a mi papá, pero googleen “gigantismo eunucoide”, imágenes y lo van a ver a Cortázar.

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