Archivos para el mes de: octubre, 2016

 

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Tradición ashaninka y nomatsiguenga *

 

LA MINA DE SAL DE SONOMORO

 

A treinta minutos al sur del río Sonomoro de la comunidad nativa nomatsiguenga de San Antonio de Sonomoro, se encuentra un lugar, llamado por los lugareños Choiti, que significa zona salada. Allí, desde épocas inmemoriales existía una mina de sal negra conformada por inmensas rocas de sal que alimentaba a muchas familias nomatsiguengas que vivían dispersadas en esa época.

Cuando llegaron los españoles al Perú el año de 1535, pasaron por estos lugares encontrando a los indígenas nomatsiguenga que en sus tsimengoti (canasta que sirve para guardar alimentos) guardaban pedazos de sal negra que les servía de alimento.

Entonces los hombres blancos averiguaron la procedencia de esta sal negra, y como no encontraban respuesta positiva, empezaron a matar a los nativos hasta que alguien condujo a estos hombres al lugar llamado Choiti. Los españoles quedaron boquiabiertos al descubrir la majestuosidad de los bloques de sal natural que sobresalían por encima de los inmensos árboles de caoba.

Muy envidiosos, los españoles quisieron destruirlo perforándolo con inmensos taladros para luego dinamitarlo, pero sucedió que cuando llegaron al corazón de la roca, escucharon un desgarrador grito de dolor: ¡Ayabeeee…! Y desde las entrañas de la roca de sal brotó un torrente de sangre hirviente: ¡Shsssssss!, quemando a todos los españoles hasta dejarlos esqueletos. Nadie se salvó.

Después de lo sucedido la inmensa roca de sal se transformó en una bella mujer que, muy asustada y desesperada, llamó a sus hermanos los Santóbaris (moscas de colores) para que la lleven a otro lugar muy lejos y esconderse de los españoles. Sus hermanos obedientes construyeron balsas de topa y la llevaron río debajo de Sonomoro.
Habiendo avanzado treinta minutos, llegaron a la comunidad de San Antonio y vieron a la gente que lloraba por la destrucción de la sal que durante muchos años les dio vida. A la mujer le dio mucha pena y pidió a sus hermanos para quedarse con ellos. Entonces sus hermanos le dijeron que no podían quedarse porque estaba muy cerca de los hombres blancos que querían seguir destruyéndola. Al ruego de la mujer, se quedaron y se fueron caminando por las orillas del río Tsóriri a diez minutos de la comunidad de Sonomoro. Allí se transformó nuevamente en una roca.
Como la llegada de los españoles era incesante por estos lugares, la sal se transformó nuevamente en una mujer y se alejaron para siempre del lugar. Bajaron por el río Sonomoro llegando al río Perené, surcaron por sus aguas y la mujer se estableció para siempre convertida en mina de sal negra en el alto Perené, distrito de Mariscal Cáceres en Chanchamayo para seguir alimentando a los colonos asháninkas del lugar.

En el lugar (Tsóriri) donde quiso quedarse la mujer, la orina que dejó se convirtió en una mina de sal líquida que hoy sigue alimentando a los nomatsiguenga, haciendo hervir sus aguas para transformarlo en sal sólida. Sus hermanos, las moscas de colores, lo seguimos viendo hoy, bajando y surcando el río Sonomoro para chupar las piedras saladas y fastidiando a los bañistas en este majestuoso río. FIN

 

* Los ashaninka y nomatsiguenga son pueblos de la etnia amazónica perteneciente a la familia lingüística arawak, de la Selva Central en Perú. Cuento de tradición oral.

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Manuel Rivas*

SOMOS LO QUE SOÑAMOS SER

Somos lo que soñamos ser
Y ese sueño, no es tanto una meta
Como una energía
Cada día es una crisálida

Cada día alumbra una metamorfosis
Caemos, nos levantamos
Cada día la vida empieza de nuevo
La vida es un acto de resistencia y de reexistencia
Vivimos, revivimos
Pero todos esos tienen la memoria

Somos lo que recordamos
La memoria es nuestro hogar nómada
Como las plantas o las aves emigrantes
Los recuerdos tienen la estrategia de la luz
Van hacia delante
A la manera del remero que se desplaza de espaldas para ver mejor
Hay un dolor parecido al dolor de muelas
A la pérdida física
Y es perder algún recuerdo que queremos
Esas fotos imprescindibles en el álbum de la vida
Por eso hay una clase de melancolía que no atrapa
Sino que nutre la libertad
En esa melancolía como espuma en las olas
Se alzan los sueños.

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* Manuel Rivas Barrós (1957, La Coruña), es un escritor, poeta, ensayista y periodista gallego que escribre mayormente en gallego. Sus trabajos poéticos están recogidos en la antología El pueblo de la noche, Do descoñecido ao descoñecido y Mohicania revisada. Su libro de cuentos ¿Que me queres, amor? (¿Qué me quieres, amor?) (1996) incluye el relato A lingua das bolboretas (La lengua de las mariposas), en el que se basó la película homónima. Su obra se completa con los libros de relatos Ela, maldita alma (Ella, maldita alma) (1999), La mano del emigrante (2001), y Las llamadas perdidas (2002). Además es autor de tres novelas cortas. En 2009 es elegido miembro de la Real Academia Gallega. En la actualidad escribe en el diario El País.

Dibujo: Ricardo Ajler, tinta.ricardo ajler.jpg

Bruno Di Benedetto*

UNA PUTA

Esto nunca se lo conté a nadie, porque no atañe más que a mí, pero hoy, un día especial como hoy, tal vez le haga algún bien a alguien.
A mis diecisiete años era virgen, y nada me daba más miedo que enfrentarme desnudo a una mujer desnuda: que estoy demasiado gordo, que tartamudeo, que tengo caspa, que me parece que tengo el pito demasiado corto (y encima torcido a la izquierda) y cosas así: mi vida era un infierno.
Para más desgracia, estaba absolutamente enamorado desde hacía años de una galleguita, prima de mi amigo el Gallego, que no me daba ni la hora. Mi vida era dos infiernos.
Un día el Gallego me dice que su padre, dueño de un bar en pleno centro de Buenos Aires, nos invita a tomar algo. Vamos. Nos sentamos en la barra. El padre de mi amigo, un exiliado de la Guerra Civil, guiña el ojo y dice: hoy se van a hacer hombres. Pago yo. Y señala hacia una mesa desde donde dos mujeres nos miran. El Gallego padre hace una seña, las mujeres se levantan, vienen hacia nosotros, nos toman de la mano, nos sacan del bar, nos hacen caminar treinta metros hasta un hotel de mala muerte y nos llevan a cada uno a una habitación.

Estoy aterrado. La mujer se desnuda. Yo no. Me quedo parado al pie de la cama: nunca había visto nada tan hermoso. Vení, me dice, palmeando el colchón. Me acuesto a su lado, casi sin respirar. ¿Qué te pasa, tenes miedo? Sí, le digo. Por qué. No sé. No puedo. Me da vergüenza. No te conozco, no te puedo tocar, pero sos muy linda, me quiero morir. La mujer, apenas unos años mayor que yo, me toma de la mano: no tenés que hacer nada. De a poco logra tranquilizarme. Pasamos largo rato hablando. Me cuenta de su hijita de tres años, de su madre y de su provincia. Yo le hablo de la fábrica, de la música y de la revolución.

Al rato me dio un beso y se vistió. Volvimos al bar. La invité a tomar un café, porque me gustaba hablar con ella. El padre de mi amigo se burló: qué, se casaron, dijo, y largó una carcajada siniestra. Y yo lo odié. Y lo desprecié. Y ahí sí me hice hombre.

 

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Bruno Di Benedetto nació en Avellaneda, provincia de Buenos Aires en 1955. Desde 1979 reside en Puerto Madryn, (Patagonia Argentina).
Como promotor de la lectura, realizó programas radiales y televisivos y publicó artículos en diversos medios gráficos.
Fue co-editor de la revista de la calle “Darse vuelta”, premio “Hacelo vos” 2007 Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Desde 2005 es capacitador del Plan de Lectura de la Provincia del Chubut. Ha publicado los poemarios “Palabra irregular”(Premio Convocatoria Escritores Inéditos, Chubut, 1987),“Complicidad de los náufragos”, “Dormir es un oficio inseguro” (premio Fondo Editorial Chubut, 2003), “Vengan juntos” (relatos), “Country” (2009) “Crónicas de muertes dudosas” (Premio de Poesía Casa de las Américas 2010 publicado en Cuba y en Buenos Aires, 2011, Ediciones en Danza) y “Nada”, Editorial Ruinas Circulares, 2014, Buenos Aires).

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Torpe.

No coinciden la magia
y la estupidez
de la espera consciente.
Revolotean en el techo
pájaros azules
semejantes a olas desenfrenadas.
Ah! si pudieras comprender
que soy dos mujeres locas,
inventadas y ciertas,
destilando nostalgias
que hieren y desnudan.

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* Silvia Etchaide (1968) es una poeta argentina, nacida en Puerto Madryn (Patagonia) Es autora de “Cuatro Lunas”, “Arena de Reloj”  y “Ojos Gitanos”, de Editorial Vela al Viento.

De y por: El Gabinete del Ocio de Fedosy Santaella

La damisela-protagonista que muta en súper guerrera, la ciencia-brujería como perversión del hombre, los zombis al servicio del mal y por supuesto, el mismo zombi constituyen la gran herencia de William Seabrook.

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SEABROOK EL OSCURO

Me gusta encontrar personas fascinantes por el camino de las lecturas, personas que han vivido vidas de personajes de ficción. William Seabrook es uno de ellos. Nacido en 1884 en Maryland. Seabrook perteneció a ese jaez de norteamericanos de la segunda década del siglo XX que salió a descubrir mundo, que creyó en la aventura, en la épica, en el esoterismo y en la escritura. Algunos lo ubican junto a aquellos escritores norteamericanos de la llamada Generación perdida, entre los que se encuentran Hemingway, Steinbeck y Faulkner. Era un hombre culto, desilusionado del emporio de la razón, crítico de la modernidad. Vivió el desencanto de la Primera Guerra Mundial y compartió inquietudes existenciales y artísticas muy similares a la de los surrealistas y los dadaístas. Su tiempo postulaba la búsqueda de nuevas fronteras, más oscuras, más del mal incluso. Estudió metafísica y filosofía en Europa, pero también estuvo profundamente interesado por la magia y el esoterismo.

Durante un tiempo se dedicó a hacer fortuna como publicista en Atlanta, donde contrajo matrimonio con la hija de un alto ejecutivo de la Coca-Cola. Pero lo suyo era el mundo, así que, llegada la gran guerra, se anotó de enfermero. El gas mostaza lo afectó en la batalla de Verdún, le dieron de baja y regresó a su país. Cargaba con una condecoración de guerra y tenía ganas de cambiar de vida. Se mudó a Nueva York y trabajó de reportero para The New York Times. Empezó a escribir ficción. Conoció al H. L. Mencken, fundador de la revista Black Mask y se acogió bajo su ala protectora. En 1920 se encontró con Aleister Crowley, llamado también el Baphomet, la Bestia y el hombre más malo del mundo, Crowley fue un muy influyente ocultista y místico su generis que practicaba magia negra y sexual. Fundó su propia religión, la de Thelema, con abadía incluso. Con supuestos fines místicos usaba drogas con profusión y se daba a la bisexualidad. Pero la vida disipada no le impidió ser un maestro del ajedrez y de la meditación, un atrevido montañista y un experto ciclista y piragüista, así como insigne viajero.

En aquel encuentro, Seabrook y el mago probaron comunicarse sólo con un monosílabo durante una semana. Lo hicieron con la intención de alcanzar un nivel mental y espiritual cercano al de los animales. La experiencia luego sería narrada por el escritor a manera de fábula oriental en el cuento que se titula «Wow», precisamente la palabra que él y Crowley utilizaron en la semana monosilábica.

Poco después, Seabrook iniciaría su famoso periplo de viajes. Quería escribir reportajes inéditos, adentrarse en lo que consideraba los secretos que según él creía, daban poder y trascendencia. Estuvo en los territorios árabes, entre beduinos; dijo haber descubierto lugares incógnitos, gente con sabiduría, misterios profundos; así lo contó en el libro Aventuras de Arabia.

 

EL REINO DE LOS ZOMBIS

En 1928 William Seabrook viajó a Haití. Allí estuvo durante un año y de esa experiencia surgió, al año siguiente, La isla mágica. Seabrook habló del país, de la política, de la sociedad y de algo más que hizo célebre al libro.

Según lo relatado, Seabrook se introdujo en los vericuetos de las prácticas religiosas de la isla bajo la tutela de una tal Mamá Celie, una vieja sacerdotisa que lo llevó a conocer la existencia de unos muertos vivos que trabajaban en el campo; es decir, muertos trabajadores, esclavos de potentados. Se refería, claro está, al vudú y a esa extraña criatura que hoy conocemos bajo la rúbrica de zombi.

Por La isla mágica la casa editorial le dio a Seabrook lo que para aquel entonces era una buena cantidad de dinero: quince mil dólares en adelanto. No hubo fallo en el anticipo: el libro fue un éxito de ventas.

Más adelante, Seabrook publicaría Jungle Days, donde narra su estadía de ocho meses con la tribu caníbal de los gueré en la Costa de Marfil. En esas páginas el autor llega a afirmar que la carne de ternera es la única que se puede comparar con la carne humana.

En el capítulo II de La Isla mágica, titulado «Magia negra», Seabrook presenta unos relatos que dan cuenta de los zombis y del vudú. En ellos introducirá lo que luego serán unas constantes o unos motivos temáticos y estructurales que más tarde pasarían con fuerza evidente al cine.

El relato titulado «La pálida esposa de Toussel» recoge (o inaugura para nosotros) el tema de la damisela, el amor, el marido atroz y el zombi. La historia se desarrolla en Puerto Príncipe y nos presenta a Camille, una joven mulata, sobrina de un caballero haitiano que la apadrina y la presenta en sociedad. Como es una muchacha humilde, pocos hombres la toman en serio, hasta que finalmente aparece «Matthieu Toussel, un rico cultivador de café de Morne Hôpital». Toussel, es importante destacar, no es hombre blanco.

Era de piel oscura y la doblaba en edad, pero rico, cosmopolita y bien educado. La casa principal de residencia de los Toussel, en la falda de las colinas y que daba a Puerto Príncipe, no tenía techo de paja y paredes de barro, sino que era un hermosobungalow de madera, con techo de tejas y amplias terrazas, entre un jardín de vivas flores de fuego, palmeras y buganvillas.

William Seabrook. «La pálida esposa de Toussel» en Zombies! Zombies! Zombies! Otto Penzler, comp. Vintage Crime/Black Lizard (Nueva York, 2011), pag. 10.

También sobre Toussel corre un antiguo rumor. Dicen que está asociado con el vudú o la brujería, «pero tales rumores son normales respecto a casi todos los haitianos que han adquirido poder en las montañas y en el caso de los hombres como Toussel rara vez se toman en serio.» El cultivador contrae matrimonio con Camille y la lleva a vivir a su casa. Todo muy bien al principio. Ella lleva una vida social activa, va a salones de sociedad, se deja ver. Pero luego la actitud del marido cambia. Se muestra oscuro, preocupado y Camille padece tal cambio. La noche del aniversario de bodas, él le ordena que se vista con las mejores galas y luego la lleva a su estudio. Allí hay una mesa preparada para seis comensales. Camille no logra ver bien, el lugar apenas está iluminado por unas velas. Finalmente, ya sentada, cae en cuenta y se llena de horror y locura: sus acompañantes están muertos. Ella huye, Toussel desaparece. Al final, Seabrook (el narrador) interviene en primera persona. Es a todas luces un extranjero que pregunta por ciertas prácticas mágicas. Así nos dice:

Formulé estas preguntas, pero no tuve ninguna explicación convincente o incluso una teoría en respuesta. Hay historias de abominaciones más bien horrendas, impublicables, practicadas por algunos brujos que afirman levantar a los muertos, pero hasta donde yo sé, sólo se trata de historias. Y en cuanto a lo que de verdad sucedió aquella noche, la credibilidad depende de la prueba aportada por una muchacha demente.

William Seabrook. «La pálida esposa de Toussel» en Zombies! Zombies! Zombies! Otto Penzler, comp. Vintage Crime/Black Lizard (Nueva York, 2011), pag. 12.

En «Hombres muertos trabajando en campos de caña», el narrador cuenta que cierta noche haitiana estuvo escuchando los típicos cuentos de terror, vampiros y hombres lobos. Nada que no existiera en América del Norte y en Europa, comenta este narrador. Pero luego Constant Polynice, un granjero haitiano, le habla de los zombis. Es allí cuando el narrador se asombra, nunca había oído hablar de estos terribles seres, personas que han muerto y que justo antes de entrar en estado de putrefacción, son profanadas por ciertos brujos con el fin de destinarlas al cometimiento de crímenes o para trabajar en los campos. Los zombis «no son ni fantasmas ni personas resucitadas como Lázaro», son muertos, explica el narrador, sólo que alguien tiene poder sobre sus acciones. Más adelante, este mismo narrador le pregunta a Polynice por Hasco, una compañía extranjera de muy serias y de modernas credenciales. Polynice le cuenta una historia patética de cómo un negro de nombre Joseph de Columbier llevó a un grupo de zombis a trabajar para esta compañía.

La damisela (o la heroína), el amor, la locura, la compañía trasnacional, el esclavismo, están allí, en esos dos relatos de Seabrook, listos para dar el salto, para convertirse en códigos constantes en el cine de zombis por venir.

 

LOS ZOMBIS VIAJAN A HOLLYWOOD

De una adaptación teatral de las historias de Seabrook, va a surgir la primera cinta sobre el tema. En febrero de 1932 se estrena en Broadway Zombie, una pieza de Kenneth Webb inspirada en La isla mágica. Edward y Víctor Halperin, con prisa y callados (eran productores del cine mudo que no le pidieron permiso a Webb), hicieron saltar la historia a la gran pantalla (con algo de sonido) en agosto del mismo año bajo el nombre de White Zombie.

Neil Parker (John Harron) y Madeleine Short (Magde Bellamy), joven pareja de enamorados, viajan a Haití con el fin de celebrar su matrimonio. Quien los ha invitado, el hacendado Charles Beaumont (Robert Frazer), está enamorado de Madeleine. Cuando ella lo rechaza, Beaumont acude a otro terrateniente de la zona, un hechicero vudú de apellido Murder, quien tiene zombis trabajando en sus tierras. Murder, interpretado nada más y nada menos que por Bela Lugosi, convertirá a Madeleine en zombi poco después de la boda de ella con Neil Parker. Este es el plan de Beaumont: hacerla pasar por muerta, enterrarla y esperar la partida de Parker para luego él sacarla de su tumba y poseerla. A poco de haber sido sepultada, el neófito esposo descubre el complot. Sin embargo, no le alcanza el tiempo para rescatarla, Murder se anticipa y se la lleva a su mansión. Parker y un misionero de nombre Bruner partirán hacia el sitio de captura, allí donde los zombis han sido convertidos en guardaespaldas y asesinos de Murder. Incluso Madelaine, poseída por la magia del villano, se volverá en contra de su amado. Al final, una lucha entre Beaumont y Murder llevará a ambos a la aniquilación. Con la muerte de Murder, Madelaine se librará del hechizo.

En White Zombie podemos identificar los tópicos ya referidos: la mujer protagonista (en los primeros tiempos desprotegida), el esclavista y el zombi que ataca (pero que aún no devora sesos humanos). Ya en nuestra época, la serie cinematográfica Resident Evilhace de la mujer su principal protagonista. Alice, genéticamente alterada, aguerrida, implacable, es la heredera de esa primera Camille de Seabrook, enloquecida por el mal y de Madelaine, convertida en zombi pero liberada por el amor.

En 1943, el film I Walk With a Zombie también nos presenta el tema del vudú, del amor y de la plantación como centro de creación y de reclusión de zombis. En I Walk With a Zombie, dos personajes femeninos, Betsy (Frances Dee) y Jessica (Christine Gordon) serán las dos damas en torno a las cuales girará esta historia situada en una plantación de azúcar en la remota isla caribeña de San Sebastián. Betsy, una enfermera canadiense, ha llegado a la isla para cuidar de Jessica, esposa de Paul, hombre blanco dueño de la plantación. Pronto descubrirá la enfermera que la extraña enfermedad de Jessica tiene que ver con el vudú que repta en los meandros de la plantío y con una riña de amores entre el dueño y su hermano.

Revenge of the Zombies, también de 1943, trabaja la femenina en el personaje de Lila, una chica de Luisiana (estado heredero del vudú) que es convertida en zombi y que aun así se rebela contra su creador, Max von Altermann (John Carradine), un doctor que prepara un ejército de zombis para ponerlo al servicio de la ideología nazi.

El zombi como esclavo del mal también lo vemos I Eat Your Skin, film de 1964 que transcurre en una isla del Caribe. En la historia, el escritor Tom Harris (que ha llegado para hacer una investigación sobre el vudú) descubre un laboratorio secreto donde un científico loco busca una fórmula para detener el proceso de envejecimiento, cuando en realidad termina creando peligrosos zombis.

The Plague Of Zombies, de 1966, se centra en un lejano poblado de nombre Cornwall. Allí comienzan a morir misteriosamente los trabajadores más jóvenes y fuertes. Tras la pista de estas muertes llega sir James Forbes y su hija Sylvia. Sylvia es secuestrada por Squire Hamilton, el dueño de una mina supuestamente abandonada quien vivió algunos años en Haití. Pronto se descubrirá que Hamilton está usando las prácticas de vudú aprendidas en la lejana isla para crear un ejército de zombis esclavos que trabajen para él en la mina. Vemos acá de nuevo a la damisela desprotegida relacionada con el zombi y también el asunto del poder oscuro actuando para construir una masa de esclavos.

En cuanto a este último aspecto, ha quedado claro cómo en los filmes mencionados, el tema del zombi esclavo o convertido en producto abominable de abyectos poderes está presente desde el principio. En la actualidad, filmes como Dead Snow o Død Snø(2009), llevan esa constante a su máxima expresión. El grupo de jóvenes que se va a pasar unos días en una lejana cabaña en medio de la nieve, descubre nada más y nada menos que un enorme cementerio de zombis nazis con sus respectivos oficiales dirigiendo la sanguinaria matanza.

En 1968, George Romero estrena Night Of The Living Dead. Si bien se sabe que este film arquetípico del zombi contemporáneo está inspirado en la figura del monstruo de Frankenstein y en I Am Legend, la novela de vampiros apocalípticos de Richard Matheson, tampoco podemos dejar a un lado el hecho de que el mismo Romero habló de folclor vudú como una de sus influencias. ¿Pero dónde, en el film de Romero, se ve reflejado ese aspecto del zombi al servicio del mal, si en su historia los zombis son apenas una masa de bichos que intentan penetrar una casa para comerse a quienes allí se refugian? Pues no debemos olvidar que estos zombis de Romero surgen —así se especula en una transmisión televisiva en la misma cinta—, como consecuencia de un satélite «contaminado» que regresó a la tierra luego de realizar investigaciones en Venus. La imagen del poder maléfico se ha transformado, sin duda, pero sigue allí presente, como signo de perversión de lo humano. Un país poderoso, Estados Unidos, envió un satélite a Venus y lo que el aparato trae de vuelta es la causa de la plaga zombi. La ciencia sustituye a la magia negra. La ciencia aparece como la fuente del mal, como la nueva magia negra.

Permítaseme hablar de otro film para hacer esto más claro. En la cinta italo-española Let Sleeping Corpses Lie (Non si deve profanare il sonno dei morti), de 1974, el nacimiento de los zombis está ligado a la ciencia.

Los zombis de este film surgen también en unos lejanos sembradíos donde un grupo de granjeros ambiciosos (de las plantaciones de Haití a las plantaciones de Estados Unidos) ha producido unos pesticidas letales que matan a las personas y luego las transforma en zombis. La magia del vudú, como vemos, empieza a mutar hacia la ciencia. Esta variante, ya se dijo, ocupará la imaginería zombi de la cinematografía contemporánea; basta recordar de nuevo la serie de filmes Resident Evil.

 

BREVE FINAL CON CARNE DE TERNERA

Ya se ha visto que a pesar de los efectos especiales fraguados de manera digital y que la acción y la velocidad se imponen y aplastan al horror originario, Seabrook sigue estando presente.

La damisela-protagonista que muta en súper guerrera, la ciencia-brujería como perversión del hombre, los zombis al servicio del mal y por supuesto, el mismo zombi constituyen la gran herencia de William Seabrook.

La estructura narrativa del género, posee sin duda, sus momentos propios, particulares y específicos. No es pues el viaje del héroe, es el viaje del zombi lo que está allí de fondo, variando, mutando, ajustándose a los tiempos, pero siempre, de alguna manera, rindiéndole tributo, girando en torno a la estructura originaria que William Seabrook dejó asentada en sus libros.

Aquel hombre que alguna vez dijo haber comido carne humana y que ésta era más rica que la de ternera, tuvo la suerte de atinar una imagen, un símbolo, un miedo arraigado, un mito oscuro y caníbal para nuestros tiempos oscuros.

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A la memoria de Alejandro Sarries

Camilo José Cela*

EL AMIGO

El rabí don Sem Tob, judío de Carrión, cantó al amigo claro, leal y verdadero. No es difícil cantar ni pintar al amigo claro, leal y verdadero; lo difícil es disecarlo a tiempo, para que no pueda escapársenos jamás. En la cultura sumeria, a los amigos claros, leales y verdaderos se les enterraba en el barro para que la sequía que, tarde o temprano, siempre acaba por llegar, devolviese a la luz del precavido amigo enterrador el molde exacto de la amistad. Con esa paciente técnica, los próceres sumerios llegaron a gozar de la compañia de legiones enteras de amigos claros, leales y verdaderos, cortados todos por el prudente y exacto patrón de la claridad, la lealtad y la verdad. Después, la costumbre comenzó a caer en desuso y acabó, para desgracia de todos, perdiéndose entre las farragosas páginas de los tratados de arqueología, sumeriología y ciencias conexas.

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*Camilo José Cela es un escritor español (1916-2002) que destacó por igual como novelista, periodista, ensayista, editor de revistas literarias, conferencista editor de revistas literarias, conferencista, fue académico de la Real Academia Española durante 45 años y resultó galardonado, entre otros, con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1987, el Premio Nobel de Literatura en 1989 y el Premio Cervantes en 1995.

 

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