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Eduardo Gudiño Kieffer (1935-2002) Escritor y periodista argentino.

Del libro “Guía de Pecadores”

Las preguntas de los policias, del juez, de los médicos. Y la respuesta de ella, siempre la misma respuesta: sí, es cierto que lo quemé. Lo quemó, claro que lo quemó ¿pero por qué? Entonces era cuestión de bajar la cabeza y quedarse empecinadamente mirando el suelo, sin contestar ¿Que se podía contestar? ¿Que se puede contestar cuando dentro de uno mismo no hay explicaciones? Y los cuchicheos, las consultas, esa lástima de los demás que ella sentía crecer a su alrededor como una especie de muralla protectora que le permitía encerrarse más aún en si misma.

No supo cúanto tiempo estuvo encerrada. pero un día le dijeron que se podía ir. Vino una asistente social. No te vamos a dejar en la calle, Candelaria, no te vamos a abandonar, no vas a estar sola nunca más, te tenemos una colocación en la casa de una señora que será como una segunda madre para vos. Qué segunda madre si no tuve ni la primera, si lo único que tuve fue mi tía Bernardina. Pero eso lo pensaba, no lo decía. Se limitsaba a aceptar pasivamente. Que hicieran cualquier cosa mientras el fuego en su interior no la quemara tanto, mientras fuera una llamita que apenas la ayudaba a vivir, después del ataud en llamas del angelito.

El perrito se abalanzó ladrando histéricamente hacia ella y le mordisqueó los talones, “Billy Tercero es un amor”, dijo la señora, “mire que cariñoso, se ve que usted le gusta y menos mal que le gusta porque si no no podría tenerla en casa, Billy es como un hijo para mí”. La señora alzó a Billy y la condujo hacia su habitación mientras hacia las recomendaciones pertinentes: “la limpieza no es gran cosa, soy una mujer sola y la casa está siempre cerrada; y en cuanto a la comida no se aflija, la frugalidad es mi lema, la salud del cuerpo y la salud del alma exigen que una se aparte de los excesos. Y le prohibo que entre a mi baño a menos que yo le ordene que lo limpie. Ni se le vaya a ocurrir usarlo, para eso tiene el suyo ¿Candelaria dijo que se llamaba? Bien, Candelaria, bien. Me han dicho que tuvo usted un problemita psicológico. No se aflija, soy una mujer comprensiva, lo único que pido es que ande siempre con cuidado, no vaya a romper nada que aquí hay muchas cosas de valor. Y por favor no toque a Billy Tercero, es un animalito de pédigree. Esta es su pieza, mujer”.

A mediodía quiso decir que tenía hambre, pero no se atrevió. A las dos de la tarde la señora, vestida para salir dijo: “Yo como afuera casi siempre, Candelaria, usted arréglese en la cocina, ahí tiene de todo.” Y se fue, En la cocina ella se encontró con un pedazo de pan y dos rebanadas de mortadela esperándola sobre la mesa. Mientras masticaba con sus encías sin dientes, mirando a su alrededor, se dio cuenta de que la heladera estaba cerrada con candado.

Tuvo hambre todos los días. Un pedazo de pan y dos rebanadas de mortadela a mediodía, un menú similar por la noche pero acompañado por una taza de café con leche y una fruta para el desayuno no eran bastante. Tuvo hambre todos los días, todos los días el hambre le devoraba las entrañas como una flor carnívora, le paralizaba por momentos los brazos, las piernas.

La señora guardaba en el corpiño la llave de la heladera: solamente ella abría, controlaba su contenido, sacaba lo que había que sacar y guardaba lo que había que guardar (el pan inclusive, envuelto en celofán). Lo mejor, siempre era para Billy Tercero. “Porque Billy es un animalito de pédigree y nosotras dos mujeres solas y sencillitas que nos arreglamos con poco, ¿no es cierto, Candelaria?” Y ella contestaba “Sí, señora”, mientras observaba como Billy Tercero devoraba su ración de lomo.

Tuvo hambre todos los días. Nunca se atrevió a guardarse las monedas aparentemente olvidadas por allí, intuyendo que el olvido era voluntario, una trampa para comprobar su honradez. Cuando cobró el primer sueldo compró, en la rotisería de la esquina, queso, salame, galletitas y otras provisiones. “¿Qué es eso, Candelaria? ¿Quiere que la casa se nos llene de hormigas y cucarachas? ¿Dónde va a poner esa comida? Démela, hay que guardarla en la heladera”. Pero la heladera, aún llena de provisiones compradas por ella, permaneció cerrada con candado y controlada por la señora. “Dos mujeres solas economizan mucho, ¿verdad Candelaria?”

“¿Sabe cocinar, Candelaria?” La pregunta la sorprendió. Miró a la señora, vestida de largo, a punto de salir. “Sí señora, ¿por qué?” La señora le sonrió. “Voy al teatro y esta noche no dormiré en casa. Pero mañana almuerzo aquí con un amigo. Le dejo un poco de dinero. Compre lo que haga falta y nos prepara algo rico. Algo bueno. Mire que es un hombre que ha viajado mucho, que tiene un buen paladar. Confío en usted Candelaria. Dos mil pesos. Con eso puede darnos un verdadero banquete… ¡Ah, me olvidaba! Encierre a Billy en su pieza, porque a mi amigo no le cae simpático. ¡Pobrecito mi amor, mi tesoro, encerrado sin su mamá querida! No se quede ahí parada como una estúpida, vaya a hacer lo que tiene que hacer. Hasta mañana”.

Esa noche no comió ni siquiera el pan con mortadela. La señora se había olvidado. La heladera continuaba cerrada con candado. El hambre era terrible, pero a pesar de eso (o quizá por eso) se quedó dormida enseguida. En algún momento se vio a sí misma, inmóvil sobre la cama, y vio a su alrededor esa sombra que se transformaba en luz y esa luz alrededor de su propio cuerpo al que regresó para sentir que se volvía a llenar de viento, de lluvia, de nubes, de pájaros. Y al otro día se despertó distinta, vio en el espejo las marcas de uñas en su vientre y en sus caderas, recordó, se sonrió, se sintió desbordante de ese fuego terrible y cruel que había vuelto y que se le salía por todos los poros.

La señora reía y conversaba, el hombre le contestaba cosas que ella no alcanzaba a oír desde la cocina. La señora toco la campanilla. Ella llevó de nuevo la fuente a la mesa. La señora le hizo un gesto de complacencia con la cabeza. Ella le acercó la fuente. La señora dijo: “Primero a Gustavo”. Ella obedeció. La señora parecía contenta, la señora dijo: “Tengo que felicitarla, Candelaria, está riquísimo ¿Qué es?” Ella contestó: “Es Billy Tercero, señora. Ustedes se acaban de comer un animalito de pédigree”.

 

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