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Ya está aquí Magdaleno, flaco y cabezón, que parece una olla de mono en su varita. Se mete de una vez hasta el patio, y esto es sabido: que un viejo como él necesita calentarse el estómago y sus hijas prenden tarde el fogón. Mi mujer le arrima un banquito a la
mesa y le pone su jarrito de café y su rueda de bollo limpio. Magdaleno se asienta, embucha gruñendo y no deja ni una gota ni miga. Es rápido, está de apuro y se levanta tumbando el banquito para seguir por ahí cayendo a tiempo en otras casas con el mismo
cuento. Cuántos desayunos le cabrán a Magdaleno, yo lo quisiera saber: y eso que tiene la barriga escurrida y el pescuezo cañutudo; aunque también es verdad que su boca de rayita lo espanta a uno cuando se la espernanca a la comida. Al salir me pasa por delante y sin detenerse me dice: “Tú siempre en el taburete del doctor”.

También Liborio viene por aquí, pero no todos los días. Él no es de muela sino de lengua. Tiene encima una buena pila de años como la mía y siempre me habla del tiempo en que nos juntábamos, allá por el año uno, de aquel día que y de la noche cuando y demás échale más y más, que no para. Y me va preguntando: ¿Te acuerdas?
Sí, yo me acuerdo. Y lo que más quisiera saber yo es eso de que uno se acuerde.
“Será un saco —digo yo— con la boca abierta y tragando que nos ha puesto Dios en el cuerpo para que apare todo lo que nos va pasando”.
“¿Y en qué parte del cuerpo tenemos el saco?” —pregunta Liborio.
“En el coco —digo—. La cosa puede caer por el ojo, o por la oreja, o por donde sea; pero allá va a dar, al saco en la cabeza”.
“Va a dar —dice Liborio. —¿Y cómo trabaja el saco?”
“Bueno —digo—. Tú ves a un individuo: esto quiere decir que te cayó al saco por el ojo. El saco lo coge y ya no se lo puedes quitar. Sacarlo sí puedes pero está como amarrado con caucho porque si lo sueltas vuelve al saco. Y te sirve para reconocer al individuo
si se te presenta otra vez, porque lo pones al confronte con el del saco y dices: ‘Este es’. Y el individuo queda recordado”.
“Saco es, tiene que ser saco —dice Liborio—. Pero fíjate que todo estará hecho un mazacote. Cae el individuo, y ahí mismo queda revuelto y empegostado.
¿Cómo lo despegas para sacarlo?”.
“Pues ahí tienes —digo yo— que no puedes sacar ninguna cosa que salga ella sola sin que se le vengan pegadas las otras. Vamos a ver. Saca de tu saco a Manuelita. ¿Te salió sola?”.
“Verdad —dice Liborio— se me han venido con ella los cinco pesos que me robó, la paliza que le di, la maldita vieja que se las echaba de su mamá; y párate, que aquí voy con las demás cosas que se le pegaron”.
“No, Liborio —digo— no sigas porque te va a salir con Manuelita todo lo que tienes en tu saco”.
“Párate, ya te lo avisé” —dice Liborio. Y siguió, saca que saca. Porque así es él. Descopuerta el chorro como Arroyo Mono en invierno, que quién lo va a atajar.

Liborio es un amigo y sus visitas no las quisiera yo perder. Pero a mí lo que más me gusta es estar aquí en mi taburete, solo, con mi saco sacando.
A mi taburete lo han bautizado con nombre y apellido como a un cristiano: se llama el taburete del doctor. Lo conoce todo el mundo. Bastante bulla hizo por todo el camino y en el pueblo cuando lo traje en mi burra.
Fue un día que me llamó el doctor para un encargo. Él estaba en una silla larga que parecía un mariapalito de las de palito. Allí estaba el doctor con el espinazo doblado en  una tira de lona que era como un pedazo de hamaca o, mejor, como una mochila.
Yo pensaba: “Ni está sentado, ni está acostado; lo que está es enmochilado”. El doctor no entendió la reparada que le di a su aparato y me dijo: “Sabroso estar aquí, ¿no?”. Yo le contesté: “No, doctor, eso no es para nosotros; si yo me pongo ahí,  me ahogo”. Miré
el taburete que estaba junto a la pared y le dije: “Allí sí, doctor; recostándolo”. El doctor se echó a reír y entonces fue a la cosa. “Si ese te gusta —dijo— te lo regalo; llévatelo de una vez”.
Cuando me presenté en la casa con el taburete, mi mujer quiso aguarme la fiesta. “Seguro que te lo dieron porque lo iban botar” —me dijo. Yo me puse bravo y le dije: “Tú qué tienes que ver. Este taburete es para mí solo, para sacarlo al patio y recostarlo en la
pared; en el taburete del doctor no se va a sentar nadie sino yo”.
El doctor era un forastero que le compró la finca a don Clodo y en ella se metió y de ella no salió más, hasta que le llegó su hora y lo sacaron en el baúl. Como pasó por el pueblo disparado en automóvil, un bulto se le escurrió a los mirones y los más curiosos
querían que yo les dijera cómo era el doctor. Vayan a verlo, es ahí arribita no más les decía yo, y no por negado sino porque eso de cómo es una persona no sé contestar bien contestado que es como a mí me gusta contestar. A mí pregúntenme por una vaca, y ya estoy dando con las palabras que la pintan hasta mejor que un retrato. También un burro lo puedo explicar que lo reconocen enseguida solo o entre otros burros. Pero si es gente, después te salen con que como dijiste era equivocado, y es porque tú dices cómo lo viste pero no sabes cómo lo va a ver el otro; porque ni la gente está lo mismo siempre ni tampoco el que la ve está siempre lo mismo. Yo lo más cerca que puedo llegar es poniendo comparación con alguna cosa o con algún animal, buscando parecido de figura o modo de ser, que el doctor no se lo encontraba.

Con mi muletilla de que mejor fueran a verlo me quitaba de encima a los averiguadores de la vida ajena; pero a mi mujer no me la pude sacudir, y le dije: “El doctor todavía puede ablandarse como en agua y media, su tamaño ni se le nota entre nosotros, y
anda como un sábado por la tardecita”. Mi mujer me repeló: “¡Qué gracioso! Ni que lo tuviera delante. Me dejas en ayunas”.
Pero si así era el doctor, con su pellejo que ya no era de pollo aunque no le pegaba todavía el dicho de no se cocina en dos aguas; y sin el casco de don Clodo que nos pasaba a todos la cabeza; y lo de tardecita de sábado lo dije porque a esa hora es cuando los que
paran en las tiendas para los tragos están apenas alegrones; pero esto fue el principio, que el doctor curioseaba por todos lados y hablaba cordial como un compañero. Después poco a poco se fue quedando más y más dentro de la casa y al fin no volvió a salir. Melchor se encargó de todo; y el doctor, añuquido en su mariapalito le sacaba las cuentas y también sacadas que le sacaba las uñas que Melchor quería meterles.

Cuando el doctor me regaló el taburete Melchor se me puso arisco; no que él quisiera taburete, pero Medardo por picarle las agallas le dijo que abriera el ojo, que yo lo iba a desbancar de la administración. A Melchor le entró la rasquiña de que podía ser verdad y se fue a decirle al doctor que yo era el gran flojo y que para el ordeño no servía. Pasé por allí y el doctor me llamó. “Oye —me dijo— aquí está Melchor diciéndome que tú eres un flojo y que no sabes ordeñar”. Yo levanté mis dos manos, las abrí, bien abiertas, y dije:
“Todo el que sepa de ubre de vaca tiene que ver que estos dedos son de ordeñador” y Melchor se puso de medio lado mirando para otra parte. “También puede ver cualquiera —seguí— que estas manos no son para escribir ni tampoco de administrador” y Melchor me dio el frente y lo dejé que me miraba bien las manos. Después dije: “Da lástima, doctor, que el miedo vuelva bruta a la gente” y Melchor bajó la cabeza y le puso atención a uno de sus pies que lo echaba para allá, lo echaba para acá, como patoco sapo tirando tarascadas. Así lo dejó el doctor su buen rato, observándolo con ojos que la risa aguantada le ponía chiquitos. Al fin no se rió, porque él con Melchor no
se reía; pero se le fue una sonrisita puyona y con ella le dijo: “Quedaste despachado”.
Mi mujer volvió a querer saber del doctor, que si era de medicina. Se lo pregunté y me dijo que no, que era de leyes. “De todos modos es doctor —le dije— y da lo mismo”. Riéndose me contestó: “Sí, en el fondo da lo mismo”. Yo le dije: “¿Usted me puede explicar eso, doctor, lo del fondo?”. Me contestó: “No, no te lo puedo explicar”. Yo dije: “Lo decía, doctor, porque un pleito que tenía Nicasio casi acaba con él, mismo que una enfermedad”. Y el doctor me dijo: “pues así queda bien explicado”. Cuando volví a la casa mi mujer me preguntó si le había hecho el mandado. “Sí —le contesté— es de leyes”. “Entonces no nos sirve” —dijo ella. “Mejor” dije yo, pensando en Nicasio.
Yo acostumbraba engancharme a descansar del ordeño en la horqueta de un palo de mango que había casi al frente de la casa del doctor. La horqueta era una rama mocha donde yo doblaba las corvas, la espalda pegada al tronco que se iba un poco atrás y con las nalgas sobre paso liso. Aquella me parecía la mejor postura hasta para dormir; por eso cuando vi el taburete del doctor me dije: Es como la horqueta y aún mejor. Allí me encontraba yo reposando una mañanita, y estaba ya para ponerme a averiguar con mi conciencia si sería verdad que yo era flojo; pero no acababa de darle el primer pasón al caso cuando el doctor me llamó para tratarme el mismo asunto.
“Quiero que honradamente me digas si tú eres flojo o no eres flojo” me dijo. “Doctor —contesté— yo siempre digo honradamente. Mire, doctor: uno es como camina. Yo camino lento, y así soy; y si soy así, así trabajo. Melchor me ve sentado, que no muevo ni el ojo; pero llámenme a una ocupación, y ahí voy; y si voy, ¿soy flojo? Yo le diría a Melchor: Tú ves el gato, quieto como muerto; pero tira la mano para cogerlo y el gato salta que ni la pulga: ¿es flojo el gato?”.
“Quieres decir que eres como el gato” —me dijo el doctor con una risita.
“No, doctor —le dije— no soy como el gato. Pero vamos a otro animal. Vamos al burro. Usted lo ve tan pachorrudo que a veces ni el pellejo lo guiña para espantarse la mosca. Pero póngale el sillón, móntese, doctor, y ya está el burro haciendo su trabajo”.
“Entonces —dijo el doctor— así como el burro sí eres tú: tranquilo, tardo, pero rendidor”.
“Muy bien dicho, doctor —dije— soy como el burro. Y que no me lo tomen en mala parte”.
Mucho se habla del trabajo, que lo ponen como una gran cosa buena para uno y hasta para recomendadores del amor al trabajo, los hay. Para fregarlos. Que no frieguen. Con lo que Dios mandó basta: que si no trabajas, no comes, y Melchor no me va a negar que
yo como. Ahora, si quiere darme fama de flojo, que me la dé. Daño por el lado del doctor no me llega porque él no le hace caso. Y si me lo quiere cargar como pecado de la Doctrina Cristiana, que me lo cargue, y vamos a ver qué hace conmigo el Padre Eterno, que hasta mejor me puede ir; porque una cosa que Melchor no ha pensado es que flojo era Adán antes de la maldición y entonces, flojo, era cuando Dios más lo quería y lo contemplaba en el Paraíso.
Melchor quedó retrechero conmigo y no podía disimular que le dolían las llamadas que me hacía el doctor, muchas veces con él mismo, que tenía que obedecer. Pero no era nada lo que yo hablaba con el doctor sino preguntas que me hacía para pasar el
rato.
“¿Tú sabes curar la mordedura de culebra?” —me dijo un día: “Lo primero, doctor —le contesté— esos animales malos, aunque es verdad que muerden porque cierran de golpe las quijadas, ya antecito dieron la chuzada con sus colmillos; pero el apretón no es nada, doctor, lo maluco es el pinchazo y yo por eso me voy a lo principal y no diga que las culebras muerden sino que pican. ¿Está mal doctor?”.
“No —dijo— viendo las cosas como tú las ves, está bien. ¿Y qué es lo segundo?”.
“Lo segundo y lo demás —le dije— es que, mire doctor, si una boquidorada de dos metros que no se ha tragado todavía su rata o su sapo clava los colmillos en carne limpia, la única salvación sería que otra serpiente igual ahí mismo metiera un contraveneno. Una contra sí existe pero nadie la conoce por aquí. Sucede, doctor, que hay un día y una hora en que pelean las culebras y la que es picada come una yerbita que le cura. Y le voy a contar lo que a mí me pasó. Una vez, en la hora y el día, vi una cascabel y una mapaná en  pelea que me cogió al pie de un barranco donde no me pude trepar, y ellas al frente, en el limpio, y no tuve para dónde correr. Aquello daba miedo, doctor. Las culebras se paraban a veces en la punta del rabo y se veían como dos personas. También se retorcían en el suelo como un mondongo o como tripas con purgante; y cuando se tiraban seguido no les faltaba sino tronar para que uno creyera que eran relámpagos de verdad, verdad. De pronto la cascabel le metió los colmillos a la mapaná, esto tuvo que ser, porque la mapaná corrió que ni se veía para los matorrales; y ahí fue donde perdí la ocasión
porque ella iba a buscar la yerbita que saca el veneno; y si yo hubiese sabido entonces lo que iba a hacer, la sigo, doctor, y conocería la yerbita que es la única contra en el mundo”.
“Entonces si no hay remedio, ¿qué debe hacerse?” dijo el doctor.
“Ojo —dije— mucho ojo, doctor, para no pisarlas; y en un desmonte no meter la mano sino el garabato. Si uno no las molesta, a uno no le pasa nada. Menos la mapaná, porque ella se viene al golpe del machete”.
“Pero si las culebras no tienen oídos” —dijo el doctor.
“Bueno, doctor —dije— oirán por otra parte.
Y hay otra cosa de la que la gente no se puede librar, y es que las culebras maman teta y dejan seca a la recién parida, sin leche para el muchachito; y también maman ubre y si la vaca no se deja, ahí mismo amanece muerta”.
El doctor soltó su risa y dijo que las culebras, verdad,tenían sus cosas que eran de ellas  nada más, como la de que propiamente caminaban con las costillas; que sordas, sí son, pero que pegadas como están al suelo, sienten por la barriga y hasta dijo que por la lengua que la sacan para tantear el aire y que esto no era que oyeran pero sí como si oyeran. A lo de que mamaran, a eso sí no le dio pase por ningún lado. Me explicó
la cabeza de la culebra, que tiene la boca muy dura; que si yo puedo chupar es porque hago ventosa con los labios, que son blanditos y me preguntó que cómo haría yo para mamar si tuviera toda la boca callosa o de hueso. Le contesté: “Yo no sé cómo haría yo,
doctor, pero las culebras sí saben cómo lo hacen. Ahí está el caso, que usted quien lo dice, del caminado de ellas; y ¿cómo haría usted, doctor, para caminar con las costillas? Ya ve, doctor, lo mismo que la mamada: uno no sabe, pero las culebras sí”.

El doctor se reía de lo que yo hablaba, siempre se estaba burlando, qué iba yo a hacer, tan bueno era el doctor. Y también yo lo excusaba porque él era hombre de ciudad, no comprendía el monte, y ya no iba a aprender. Él no vino por aquí ni biche ni verde para madurar, sino maduro para pudrirse. Pudrirse digo, no para que se le coja el sentido malo que también tiene sino para dar a entender que a la ciruela, cuando ya está colorada no le entra más sabor ni más jugo.
Vamos a ver, que no ha acabado el sol su bajada y ya está el doctor prendiendo todas las luces adentro y hasta afuera de la casa. No, doctor, no haga eso en la noche del monte. Deje una luz pequeña en un cuarto y sálgase afuerita en lo oscuro a mirar y a escuchar
la noche dejándosela cerquita, no se la quite de encima espantándola con la electricidad. Para diversión nunca le faltará cualquier cosa como luciérnagas que parecen, digo yo, reventazón de topotoropos* que no echan semillas sino candelitas; o el canto del
bujío, que es su propio nombre y lo repite cada momento porque le gusta llamarse así; o el gritico sinvergüenza del conejo, que no le conviene darlo, pero lo da. Comience por ahí, doctor, con esos juguetes mientras aprende como nosotros a poner atención a
otras cosas que son vistas y oídas con ojos y orejas de adentro, y esto es un misterio y no se lo puedo explicar. Usted no me va a creer, doctor: cuando hay luna, se mueven por todas partes, caminando calladitos, los sueños que salen a repartirse entre la gente dormida y que son de toda clase, buenos y malos, pero a uno que está allí le toca el mejor. Y si no hay luna, entonces es un secreteo como una brisita de palabras que refresca cualquier mal de la persona. Métase, doctor, en la noche del monte, que usté la
necesita.
De eso quería yo hablarle al doctor, pero era como consejo que se lo pensaba decir, y cómo me iba a atrever. De su alegría y tranquila apariencia, ahí estábamos todos para testigos; pero sus risas, yo lo tenía visto, eran como esas campanadas que se desparraman sobre la maleza pero no tapan toda la mala yerba de abajo. El doctor estaba fallo, y eso no se me despintaba, y la noche del monte lo podía completar.
Un día comencé.

“Doctor, le dije, el día es muy bonito pero la noche es linda también; el día y la noche son
dos partes del mundo y dos fuerzas para el hombre; el día es fuerza para el cuerpo y la noche es fuerza para el alma”. El doctor se rió. “¿qué es esa letanía que me estás enjaretando” dijo. “Mi letanía, dije yo, no es más que esta: que de día puede uno ponerse a buscar a Dios, pero de noche hasta puede uno encontrarlo”. El doctor dijo: “¿Va a ser ahora un sermón?”. Yo le dije: “Pasa, doctor, que cuando uno aguanta las palabras
que deben ser se va en palabras que no son. Lo que yo estaba por decirle es que nunca lo he visto meterse en la noche de monte”. El doctor se rió más fuerte y dijo: “¿Qué es lo que tú quieres? ¿Que me aventure en la oscuridad para dar un tropezón y romperme
las narices, o para que me muerda una culebra y tú no sepas curarme?”. Le dije: “No tiene que salir, doctor”. Él seguía riéndose. “Lo que sucede, dijo, es que te gusta la noche porque eres animal nocturno”. “¿Animal nocturno, doctor?”. “Bueno, ordeñador, por
otro nombre”. Y ahí paró esto porque comenzó con sus preguntas: que si era verdad que al rey de los gallinazos los demás goleros lo dejan comer solo y se apartan por respeto a su condición superior; que si yo me había encontrado alguna bruja en forma de puerca arrancando yuca; que cuánto maíz me había piao yo. Yo le iba dando mis contestaciones y él se reía con su risa cariñosa que no ofendía. Bueno, doctor, siquiera me tenía a mí para un rato de diversión.
Muchas botellas vacías veíamos salir de la casa del doctor, y esto era para que los del corral se picaran el ojo y dijeran su chiste que no era más que uno: “No traga alpiste el turpialito*”, decían. Una vez que Patrocinio fue el encargado de traer una caja llena se
presentó con uno nuevo: “El doctor no es camello” dijo. Este dicho no lo supo explicar Patrocinio pero gustó más, acabó con el del alpiste y se quedó él solo dando el palo. Y si se  ponían con estas burlitas no era que no le tuvieran buena voluntad y respeto al doctor; pero es que nosotros no estamos acostumbrados a decirles palabras bonitas a las personas de nuestra estimación y más bien las linduras nos sirven para hacerle insulto a la gente con quien no comulgamos.
Yo pensaba: Esas botellas serán la noche en que se mete el doctor; porque la borrachera es como una noche, pero embustera y dañina, toda al revés de la verdadera noche que hizo el Señor.
De esto también quise decirle al doctor, aunque era más trabajoso; y después de meterle mucha cabeza me resolví y lo probé con una pregunta mañosa para irme llegando, si podía: le pregunté si la salud no era lo principal para el hombre. Me contestó un poquito
brusco: “¿Qué importa la salud?”. Yo no le saqué el cuerpo a la mala señal y dije con un tonito regañón: “¿Qué no importa, doctor? Usted dice eso”. Se suavizó; pero serio todavía dijo: “Sí, parecen palabras vacías. Pero la enfermedad no está en nuestras manos eludirla y lo primordial será, pues, prepararnos para recibirla cuando nos llegue. Si nos mantenemos con ánimo para acoger el padecimiento inevitable entonces podemos decir sin vaciedad: ¿Qué importa la salud? Yo dije: “¿Entonces, doctor? No entiendo.” “Sí,
entonces, y no entiendas” dijo él, y ahí mismo volvió a sus risas y echó a embromarme con sus preguntas de entretenimiento.
El día que oí que el doctor no había salido de su cuarto, fui a preguntar por él. Me oyó la voz y me llamó. Entré, lo hallé acostado en su cama y no le vi botella
cerca.
“¿Cómo está, doctor?” le pregunté.
“No sé —me contestó—. Una vez que me sentí muy mal creí que de esa no me escapaba y nada pasó. Ahora, cuando no pienso que esté de gravedad, tal
vez me tengan listo el tijeretazo”.
“Tampoco ahora va a pasar nada” le dije.
El doctor arrugó la frente y se le apretó más la seriedad que en ese momento se le había plantado en toda la cara.
“De eso —dijo— lo que suceda lo aguanto. Pero hay otra cosa: mi mujer está en camino para acá”.
“Yo no sabía que usted fuera casado, doctor —le dije— pero es bueno que ella venga porque así estará mejor cuidado.
Su buen rato se quedó callado el doctor. Hizo el movimiento, que yo le conocía, de coger la botella, aunque no había botella, y se dejó caer otra vez a su postura acostada. Después torció la boca como para que pareciera sonrisa, que no me pareció.
“¿Sabes cómo me siento? —dijo— como un burro moribundo que ve llegar el gallinazo”.
Yo, pensando qué clase de mujer sería aquella, cuando el doctor la ponía de golero, le dije: “Palo, es lo que va a encontrar aquí el gallinazo”.
Entonces se sonrió el doctor, de verdad, y el humor
le cambió.
“Ajá, ¿y qué hay del taburete, no te has aburrido de
él?”.
“No, doctor; él sigue siendo mi mejor amigo”.
“Cuando te lo di tenía más de cien años. De eso hace más de catorce. ¿Cuántos tiene ahora?”.
“¿Cuántos, doctor?”.
“Más de ciento catorce”.
“Y si lo viera, doctor, que todavía parece un jovencito. Su cuero de chivo no ha perdido ni un pelo y su madera está lisa y clara, casi del color y la suavidad de aquel tabaco que usted me dio, metido en un tubito que le habían hecho para él solo. ¿Cuántos años me dijo que tenía, doctor?”.
“Más de ciento catorce. Y los que le faltan”.
“Esos serán los mismos que me faltan a mí, porque lo que es él solamente vivirá hasta que yo muera”.
“¿Cómo es eso?”.
“Sí, doctor; porque mi última voluntad es que el taburete lo entierren conmigo”.
El día siguiente al anochecer murió el doctor. Su mujer llegó un poquito antes y no había bajado del automóvil cuando ya estaba Melchor aparándola. Al entrar ella al cuarto encontró al doctor boquiando.
Hoy no va a haber ordeño, pensamos todos, esta noche es de velorio. Pero vino Melchor y nos dijo: “Al corral, a su hora, manda la viuda”. Micaela tenía ya puesta la olla con el agua para el café y Melchor se la hizo quitar del fogón. “Nada de café —dijo— no hay
velorio”.
Después del ordeño me enganché en mi horqueta del palo de mango. La señora del doctor salió a la puerta y mientras yo la estaba reparando ella me vio, que ni me di cuenta porque tenía un modo de mirar de medio lado, como gallinazo. Cuando se asomó estaba un poquito encorvada, pero al verme se estiró. “Melchor —zumbó como alas de golero— ¿quién es aquel encaramado allí, que parece un loro?”. Melchor le contestó algo que no pude oír, porque lo dijo para que yo no lo oyera. Pero a ella sí la oí. “Despídelo enseguida. Ya estoy viendo que en esta finca hay más gente de la que se necesita”.

Ahí está Liborio, que no lo vi llegando sino cuando ya lo tuve encima.
“¿Sacando del saco?” me dice.
“Sí, le digo. Tenía afuera al doctor con el gallinazo pegado”.
Liborio se me sienta enfrente y se pone saca, saca de su saco cosas del año uno que también están en el mío. Y me pregunta: ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?

 

* toporopos: palomitas de maíz

** turpialito: ave de Colombia.

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José Félix Fuenmayor (1885- Barranquilla, Colombia -1966) Publicó el poemario modernista Musa del trópico (1910), la novela Cosme (1927), el relato fantástico Una triste aventura de catorce sabios (1928), pionero de la ciencia ficción en Colombia, y un puñado de excelentes cuentos, publicados en diferentes medios, recogidos póstumamente bajo el título de La muerte en la calle (1967) libro al que pertenece este cuento.
Cito: “En cuanto a la reivindicación de la figura del viejo José Félix, el «abuelo sabio» y, al  mismo tiempo, el más joven de los escritores del Grupo de Barranquilla, han desempeñado un papel protagónico sus discípulos más aventajados. La frase contundente de Álvaro Cepeda Samudio, «todos venimos del viejo Fuenmayor», ha
sido, desventuradamente, obliterada por la crítica, que la toma casi siempre como una expresión más de la ancestral propensión del Caribe por la desmesura. Olvidan,por igual,  que el magisterio de Fuenmayor fue reconocido de manera muy temprana por el propio García Márquez, al señalar en una de sus «Jirafas» de 1950, que el autor barranquillero supo aprovechar, como pocos, los mejores recursos de la narrativa norteamericana, a cuyos máximos representantes leía, discutía, rechazaba y aceptaba, simultánea y alternativamente, con vehemencia contradictoria. «Nos lleva ventaja a los jóvenes», confesó en su momento el promisorio discípulo, al percatarse de la beligerante y fértil actitud de su maestro. «Anda en otra órbita» (García Márquez, 2015, p. 294).
Orlando Araújo Fontalvo.
Profesor de la Universidad del Norte

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