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Por Miguel Angel Morelli *

Cuando llegué a Buenos Aires, allá tiempo y hace lejos, las librerías “de lance” ya habían perdido su hermoso y españolísimo nombre para pasar a ser, como las de ahora, librerías “de ofertas”. Cualquier habitué a la calle Corrientes habrá advertido que los libros usados han sido reemplazados por aquellos que mensualmente descartan de sus catálogos las editoriales más poderosas, que cumplen así con una extraña ley apodada “de caducidad” (que hace que un buen día aparezcan a precio vil hasta esos títulos de Borges o Cortázar que antes constituían “el fondo” de cualquier librería que se ufanase de seria).

Pues bien, hace cuarenta años los compradores compulsivos hacíamos periódicamente un recorrido que consistía en ir desde el obelisco hasta Callao por una vereda y regresar por la otra, no sin antes habernos metido en todas y cada una de las librerías, que por entonces eran como mínimo una veintena.
“No lo voy a leer ahora, pero sí cuando sea viejo” –me dije una y mil veces mientras contaba las monedas… Hoy esos libros adornan mi biblioteca en el sentido más rotundo de la palabra adornar, y si por alguna de esas cosas (sismo u otras catástrofes) me veo en la obligación de tener que pasarles un plumero, invariablemente me pregunto por qué extraña razón aquel veinteañero habrá imaginado que iban a despertar siquiera la curiosidad de este sesentón.
Y es aquí donde quería llegar: cuando se es pibe uno imagina para sí una madurez que no es sino la prolongación de sus intereses de adolescente. Y si bien es cierto que, en lo sustancial, casi todos continuamos fieles a aquellos gustos, traumas y fobias, no es menos cierto que el tiempo arranca cosas y acumula otras. Por eso también es que muchas veces nos resulta decepcionante regresar a ciertos autores que, en su momento, fueron lo mismo que el oro. Borges ha dicho que el verdadero placer de los libros no está en su lectura y sí en la relectura. Puede ser, pero no siempre. No tendría por qué serlo. Después de todo, no en todos los casos los autores crecen a la par de sus lectores hasta volverse adultos. Quiero decir, hasta adulterarse.

  • Miguel Angel Morelli es poeta y periodista argentino, nacido en Coronel Suárez en 1955 y residente en Quilmes (provincia de Buenos Aires). Como poeta, ha editado cinco títulos. También participó en diversas antologías de Argentina y países de Hispanoamérica. Parte de su obra se tradujo tanto al inglés como al francés.
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 Miguel Angel Morelli

Hoy, 24 de agosto, Jorge Luis Borges cumpliría 116 años. En su homenaje se celebra el Día del Lector. Nada más razonable, porque Borges fue, antes aún que un escritor maravilloso, uno de los mejores lectores que hayamos podido conocer. Torrencial, asistemático y casi siempre anacrónico, pero de una vitalidad única. Un buceador en mundo ajenos al que nada de lo escrito por sus congéneres le resultaba indiferente. Nuestro escritor siempre fue de la idea, y así lo dejó escrito,que los hombres no venimos sino para sumarle un balbuceo a ese gran libro que erigimos entre todos, testimonio de un milagro del que no entendemos muy bien ni su cómo ni su para qué:

“De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”.

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Cuando Gandhi estudiaba Derecho en Londres, un profesor de apellido Peters le tenía mala voluntad; pero, el alumno Gandhi nunca le bajó la cabeza y eran muy comunes sus encuentros:

Un día Peters estaba almorzando en el comedor de la Universidad y el alumno viene con su bandeja y se sienta a su lado; el profesor, altanero, le dice: “Joven Gandhi, Ud. no entiende! Un puerco y un pájaro, no se sientan a comer juntos”; a lo que Gandhi le contesta: ” Esté Usted tranquilo profesor, yo me voy volando”, y se cambió de mesa… El Señor Peters verde de rabia, decide vengarse en el próximo examen; pero, el alumno responde con brillantez a todas las preguntas. Entonces, le hace la siguiente interpelación: “Gandhi, Ud. va caminando por la calle y se encuentra con una bolsa, dentro de ella está la sabiduría y mucho dinero, ¿cuál de los dos se lleva? “… Gandhi responde sin titubear: “¡Claro que el dinero, profesor!” El profesor sonriendo le dice ” Yo, en su lugar, hubiera agarrado la sabiduría, ¿no le parece?”… Gandhi responde: ” Cada uno toma lo que no tiene profesor”. El profesor Peters, histérico ya, escribe en la hoja del examen: “IDIOTA” y se la devuelve al joven Gandhi… Gandhi toma la hoja y se sienta. Al cabo de unos minutos se dirige al profesor y le dice: “Profesor Peters, Usted me ha firmado la hoja, pero no me puso la nota”.

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Foto: revista “Pájaro de fuego” nro 6, de abril de 1978

Miguel Angel Morelli

EL BORGES NUESTRO DE CADA DIA

Corría el año 1935. Enfermo de mal de amores, desencantado con la imagen del regordete cegatón que le devolvía el espejo, Borges decidió que era un buen momento para suicidarse. Evaluó posibilidades: la navaja resultaba, según su criterio, harto peligrosa y no garantizaba gran éxito; el cianuro podía venir adulterado, con lo que haría más larga la agonía (ignoraba que tres años después el propio Lugones agonizaría sin consuelo). Lo más efectivo, sin duda, era el revólver. Un solo balazo y se acabó. Entonces compró uno, calibre 22, en cierta armería de la calle Entre Ríos, y a la pasada -acaso para que la jugada resultase más literaria- una novela usada de Ellery Queen. Ya en Constitución, abordó el tren que habría de llevarlo al sur, a Adrogué. Porque el lugar elegido era el mismo adonde habían transcurrido muchas de sus vacaciones de infancia: el hotel Las Delicias.

Sin embargo el hecho no se consumó. ¿El motivo? Existen al menos cuatro conjeturas, a saber:

1 – Mario Paoletti, en “Las novias de Borges”, cuenta que sencillamente se quedó dormido (él, el gran insomne) y que al despertar ya había mudado de opinión. Sé de varios que suscriben esta tesis.

2 – Otros aseguran que lo primero que hizo al llegar fue llenar la bañera con agua hirviendo (cosa rara, porque nadie que se dispare un balazo en la sien muere desangrado), y que al intentar meterse se quemó los dedos del pie, con lo cual dio el salto que lo terminó de sacar del sopor suicida.

3 – Existen también quienes sospechan que nada de esto ocurrió; que Borges, al conocer de los límites imprecisos entre la vida y la ficción, siempre supo que pensar en matarse equivalía a hacerlo, de modo que concluyó en que ya con el solo hecho de imaginarlo de alguna manera se había suicidado para siempre.

4 – Mi conjetura, en cambio, es otra: siempre supe que aquella noche hubo balazo, y una leve agonía que duró apenas unos segundos, y un silencio interminable, y finalmente un cadáver. Borges fue sepultado en la Recoleta, como correspondía a los de su clase, y cada cual volvió presuroso a sus asuntos. El otro Borges, el que le sobrevivió desde aquel infortunado invierno del ’35 y hasta junio del ’86, no fue más que un sueño, una invención colectiva. Borges es el nombre que le hemos dado los argentinos a una cierta manera de pensarnos, de polemizar, de contradecirnos. De algún modo fue necesario que Borges muriera aquella noche, allá en Adrogué, para que Borges pudiera venir a enseñarnos que el hombre no es más que un muerto que conversa con los muertos.

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de Miguel Angel Morelli

Es fama que el argentino Adolfo Bioy Casares y la mexicana Elena Garro formaron una de las parejas de amantes más explosivas de la literatura. Bioy estaba casado con Silvina Ocampo y Garro con Octavio Paz. Tan sólida y bien avenida resultaba la pareja antes los ojos del resto del mundo, que Ocampo y Paz decidieron tomar venganza. Ignoro si con la idea de matar a sus cónyuges de sendos balazos o para matarse también ellos, de amor, en una pieza de hotel. Lo cierto es que se citaron, una tarde, en una esquina de París. Claro que no contaron con dos detalles insignificantes: en esa esquina había dos cafeterías y ellos, encima, eran extremadamente cortos de vista, de modo que llegaron, esperaron, esperaron, y se terminaron mandando a mudar, ofendido cada uno con el otro. Recién al cabo de los años descubrieron el error, pero ya era tarde… para amarse.

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LAS REVISTAS LITERARIAS Y SUS CURIOSIDADES…

Rachilde era un gentilhombre sueco del siglo XVI que escribió libros de viajes. Luego, a fines del siglo XIX la escritora Marie Marguerite Vallete-Eymery se identificó de tal modo con este escritor que decidió adoptar su nombre como seudónimo literario.
Vallete, ya Rachilde, se instala en París donde colabora en varias revistas. Entre sus publicaciones se destaca “Señor Venus”, obra que escandalizó a la opinión pública por su argumento: la pasión de una mujer que ama como un hombre a su amante quien, a su vez, se comporta como una mujer. Rachilde pidió una autorización especial en la prefectura de policía para vestirse de hombre y se pasea con el cabello corto y su tarjeta personal que dice: “Rachilde: hombre de letras”. En 1889 se casa con Alfred Vallete, un secretario de redacción editorial con el que en 1890 dan a luz una de las más famosas revistas literarias de fines de siglo: “Le Mercure de France”.
Ella fue la encargada de los famosos “Mardis du Mercure” (Martes del Mercure), una tertulia por la que pasarían muchos de los más grandes escritores del siglo XX.
Como muchas otras revistas, el Mercure de France se lanzó a la publicación de libros. Entre sus publicaciones más destacadas están las primeras traducciones al francés de Nietzsche, los primeros trabajos de André Gide, Paul Claudel, Colette y Apollinaire. Más tarde llegarían más autores, como Henri Michaux, Pierre Reverdy, Pierre Jean Jouve, Louis-René des Forêts, Pierre Klossowski, Eugène Ionesco e Yves Bonnefoy.
En 1958, la empresa fue comprada por la gran editorial Gallimard.

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Me encanta leer revistas viejas. Y cuanto más viejas, mejor. A veces resultan algo así como un curso acelerado de Historia. Ayer, sin ir más lejos, me entretuve hojeando una “Siete Días” del 17 de junio del ’74. El presidente Perón viajaba a Paraguay para reunirse con Stroessner, la selección se aprestaba a jugar el mundial de Alemania, Osvaldo Bayer hablaba de “La Patagonia rebelde” y Borges recibía en su departamento a un cronista de la publicación de los Civita. El escritor tenía 75 años y vivía con su madre, de 98. El reportaje resulta muy inteligente porque el periodista también lo es. Borges dice cosas como estas:

– Alguien dijo alguna vez que yo no era un escritor argentino y luego tuvo que escribir una letra de tango. Creo que le puso “Mariposa nocturnal”. Eso quiere decir que no tenía la menor idea de lo que es un tango. Mis personajes, en cambio, son reales.

– Es verdad, tal vez mi libro sobre Evaristo Carriego haya contribuido a hacer de él un poeta mayor. Es que a veces es un misterio lo que pasa con los poetas menores: Carriego ha permanecido tal como sigue vigente García Lorca.

– Fui a afiliarme al Partido Conservador y hablé con el jefe del Partido. Le dije: “Vengo a afiliarme”, y me respondió: “Usted está loco, de todas maneras vamos a perder”. Y entonces armé una frase y le respondí: “A un caballero solo le interesan las causas perdidas…”

Ignoro por qué, a Borges le gustaba mostrar a un madre, casi centenaria, postrada en la cama. Yo mismo puedo dar fe. Lo concreto es que en un momento hace pasar al periodista a la habitación de doña Leonor. Cuando los va a presentar, se da este diálogo:

– Madre, estoy atendiendo a este periodista y quiere saludarte. Te voy a presentar al señor… perdón, no recuerdo su nombre…
– Mi nombre no tiene importancia…

Por fortuna, el reportaje lleva la firma de aquel periodista cuyo nombre carecía de importancia: Enrique Estrázulas*.

* Enrique Estrázulas (Montevideo, Uruguay, 1942) es un escritor, poeta, ensayista, dramaturgo, periodista y diplomático uruguayo. Publicó cinco libros de poesía, ocho novelas, cinco libros de relatos, cuatro ensayos y una obra de teatro. Su obra más conocida y difundida es la novela Pepe Corvina, con la que se inauguró como narrador en 1974. Sus obras fueron traducidas al francés, inglés, griego, alemán y portugués.

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Imagen: Fabrizio Dusi – Bla bla

Vengo de una familia de saltimbanquis: todos ellos charlatanes, desvergonzados, casi histriónicos. Era un destino inevitable no poseer características similares. Es más, supongo que hubiese sido una deshonra al apellido estar envuelto en un manto de introversión.
El silencio, es bien sabido, ha sido ensalzado durante generaciones como un arte, un regalo divino, un don inefable (nunca mejor utilizado el adjetivo), mientras que a la verborragia se la ha subestimado, emparentándola muchas veces con la mentira, el chisme, el chamuyo o la farsa. Que “es mejor ser rey de nuestros silencios” según Shakespeare, que para Confucio “el silencio es el único amigo que jamás traiciona”, que “la palabra es plata y el silencio es oro”, que “esto” y que “aquello”, ¡vamos que el mundo sería un lugar harto aburrido sin aquellos que se han enviciado del parloteo!, ¡vamos que un borracho sin la lengua floja no nos causaría risas y que si esos axiomas hubiesen sido ley, se nos hubiese privado de todos los Tato Bores y Enrique Pintis* que el uso desorbitado de la lengua nos ha sabido dar!
En el hogar de mi niñez estaba prohibido guardar un secreto, era una violación al código familiar no hablar hasta por los codos, era pasible de castigo quien no hablara con la boca llena, “¡cuidado!” -decía mi mamá- “que no se te olvide hablar con los extraños”. En mi hogar se ejercitaba el arte de romper el hielo, “la lechuza, la lechuza nunca hizo shh”, en mi casa todos hacían malabares para evitar la muerte. Bah, en realidad era una excusa para no tener minutos de silencio.

Rata Carmelito -Poesía y locura

* Tato Bores y Enrique Pinti: ambos monologuistas, actores y humoristas argentinos, de gran verborragia y agudos recitadores.

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PETER PAN Y WENDY O EL DERECHO A LA FICCIÓN.

(…) El menosprecio a la ficción, muy antiguo, se prolongó a lo largo de los siglos y sigue incluyendo a muchos contemporáneos. Para ellos, lo imaginario es un opiáceo, un intento por esquivar el único lugar donde uno tendría que situarse, el de la realidad material. O bien lo ven como un recreo que proporciona a los niños la posibilidad de desahogarse antes de regresar a las cosas serias. Es como si Winnicott y el psicoanálisis no nos hubiera enseñado que lo que hacemos con seriedad y creatividad tiene su origen en el juego y la cultura que lo prolonga. Como si uno no pudiera ser a la vez soñador, lúcido, reflexivo y combativo. Como si no estuviéramos hechos también de nuestras ensoñaciones –no sólo en la infancia, sino durante toda la vida. No regresamos iguales del País de Nunca Jamás; nuestro ser retorna cambiado, ampliado. Algo de la ficción se queda en ese mundo, tal como esas hojas delante de la ventana que caen del traje de Peter, o esa sombra arrancada por la perra.

Como si se tratara de un eco, en su libro Netherland (cuyo título es tan afín al Never Land), Joseph O’Neill plantea la posibilidad de que la realidad sea “anexada benévolamente” por lo imaginario, “de tal manera que nuestros gestos cotidianos proyecten siempre una sombra secundaria procedente de otro mundo y que, en esos momentos en que nos sentimos propensos a apartarnos de los significados más plausibles y dolorosos de las cosas, encontremos alivio por el hecho de sentirnos vinculados a un sentimiento del mundo lejano y familiar, así como al lugar que ocupamos en él. Es la incompletud de la ensoñación la que acarrea los problemas –continúa diciendo el narrador–, el hecho de no tener “la cabeza lo suficientemente metida en las nubes”. (2)

El pequeño flautista facilita la transición hacia las nubes, hacia esa dimensión fundamental de la vida tan negada, tan menospreciada: lo que podría ser, lo que hubiera podido ser, ese otro mundo, lejano y familiar, que proyecta su sombra o su luz sobre nuestros gestos cotidianos. Acompaña hacia ciertos puntos de transición desde los cuales despeñarse hacia esta otra dimensión.
(…)

Mucho más que entregarnos un mensaje, la literatura nos abre un universo en el cual desplegarnos y constituir, a lo largo de nuestras lecturas, un País de Nunca Jamás, esta reserva poética y salvaje de la cual podremos echar mano toda la vida para proyectar en lo cotidiano un poco de belleza, de fábulas, de historias que tal vez nunca se realizarán, pero que sin embargo contribuyen a definirnos. Para dar forma a lugares en los cuales vivir y acondicionar habitaciones propias en las cuales pensar.

Por lo demás, las metáforas que emplean muchos lectores hacen pensar en Peter Pan y Wendy pues asocian la lectura con una isla lejana o una cabaña encaramada en un árbol, como queriendo avisar a los de abajo: aquí no podrán alcanzarme.

Peter Pan, ese analfabeto caprichoso que, tras haber escuchado historias en la ventana, sale volando para ir a contarlas a los niños perdidos (después de todo no era tan egoísta, ¿verdad?), es la figura misma del lector. O de la lectora.

Michèle Petit, en “Peter Pan y Wendy o el derecho a la ficción” (http://www.cuatrogatos.org/show.php?item=528)

 

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Gabriel García Márquez dibujado por Turcios.

TRIBUTO

Rara vez he sentido envidia por algo o por alguien. Ni siquiera cuando los Reyes le trajeron a Héctor aquella número cinco de cuero que humillaba a la Pulpo que usábamos nosotros, o cuando Rubén se terminó quedando con Adriana, la más codiciada del curso. Sin embargo, debo admitirlo, cuando en la redacción de la revista “Gente” le avisaron a Sergio que viajaría hasta Colombia, un escozor húmedo me trepó por las mejillas.
“¿Tenés el pasaporte al día?” –me contó que le había preguntado el jefe. Sergio se encogió de hombros y dijo que no, que lo tenía vencido. “Bueno, entonces te vas ahora mismo a renovarlo –insistió el tipo-, porque tenés pasaje para el vuelo de mañana”.
¿Cómo no iba a sentir envidia? El motivo del viaje de mi compadre era el de entrevistar nada menos que a Gabriel García Márquez. Corría el año ’84, la Academia sueca lo había premiado hacía dos años, García Márquez se había vuelto una celebridad mundial y ahora mi amigo tendría la oportunidad de estar frente a frente con uno de mis escritores más admirado. A la vuelta, Sergio me daría más detalles de aquel encuentro: un dolor de muelas del colombiano por poco hace que la entrevista naufragase; García Márquez bajó de un auto esquivando charcos y lo invitó a subir a su oficina, un departamento de dos ambientes con vista al mar; le sugirió conversar sin grabador (“después tu memoria mejorará lo que yo haya dicho”); dejó deslizar que ya no volvería a visitar Argentina (“soy de la idea de que nunca hay que regresar a los lugares adonde uno fue feliz”) y finalmente terminó hechizándolo con su simpatía caribeña.
Desde entonces, ese ha sido mi García Márquez. El que Sergio Ciancaglini me contó que era. Un tipo con zapatos blancos, pantalón blanco y guayabera blanca, bajando sonriente de un Mercedes Benz para hablar tanto de literatura como de narcotráfico (que por ahí se deslizó finalmente la conversación). Ese y el que yo había descubierto en sus obras, desde luego.
Si uno cierra los ojos e imagina el rostro de alguna mujer que haya amado, es muy probable que la asocie con un sitio determinado. A mí me pasa lo mismo con buena parte de los libros que he leído. Así, “El túnel” es una tarde de domingo con aguacero en cierta pensión de malamuerte de la Avenida de Mayo. “El perseguidor”, de Cortázar, una noche con su madrugada en un local de comidas de la 9 de Julio. Pues bien, para mi memoria y sus caprichos, “Cien años de soledad” es una siesta en plena Rivadavia quilmeña, con su banco y su pérgola y su silencio pueblerino, hace casi cuarenta años. Resulta obvio que no pude haberla leído en una tarde, pero mi recuerdo quedó anclado para siempre en ese instante mágico en el que llegaba a Macondo el gitano Melquíades, arrastrando imanes y vidrios de colores, mapas de lugares imposibles y un pesadísimo astrolabio. Y cierta maravillosa concepción de la vida, porque para los magos de verdad todos los días son lunes, todos los meses marzo y la muerte un malentendido que puede tener remedio.

Fuente: Agenda del Sur, mayo 2014.