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Ya está aquí Magdaleno, flaco y cabezón, que parece una olla de mono en su varita. Se mete de una vez hasta el patio, y esto es sabido: que un viejo como él necesita calentarse el estómago y sus hijas prenden tarde el fogón. Mi mujer le arrima un banquito a la
mesa y le pone su jarrito de café y su rueda de bollo limpio. Magdaleno se asienta, embucha gruñendo y no deja ni una gota ni miga. Es rápido, está de apuro y se levanta tumbando el banquito para seguir por ahí cayendo a tiempo en otras casas con el mismo
cuento. Cuántos desayunos le cabrán a Magdaleno, yo lo quisiera saber: y eso que tiene la barriga escurrida y el pescuezo cañutudo; aunque también es verdad que su boca de rayita lo espanta a uno cuando se la espernanca a la comida. Al salir me pasa por delante y sin detenerse me dice: “Tú siempre en el taburete del doctor”.

También Liborio viene por aquí, pero no todos los días. Él no es de muela sino de lengua. Tiene encima una buena pila de años como la mía y siempre me habla del tiempo en que nos juntábamos, allá por el año uno, de aquel día que y de la noche cuando y demás échale más y más, que no para. Y me va preguntando: ¿Te acuerdas?
Sí, yo me acuerdo. Y lo que más quisiera saber yo es eso de que uno se acuerde.
“Será un saco —digo yo— con la boca abierta y tragando que nos ha puesto Dios en el cuerpo para que apare todo lo que nos va pasando”.
“¿Y en qué parte del cuerpo tenemos el saco?” —pregunta Liborio.
“En el coco —digo—. La cosa puede caer por el ojo, o por la oreja, o por donde sea; pero allá va a dar, al saco en la cabeza”.
“Va a dar —dice Liborio. —¿Y cómo trabaja el saco?”
“Bueno —digo—. Tú ves a un individuo: esto quiere decir que te cayó al saco por el ojo. El saco lo coge y ya no se lo puedes quitar. Sacarlo sí puedes pero está como amarrado con caucho porque si lo sueltas vuelve al saco. Y te sirve para reconocer al individuo
si se te presenta otra vez, porque lo pones al confronte con el del saco y dices: ‘Este es’. Y el individuo queda recordado”.
“Saco es, tiene que ser saco —dice Liborio—. Pero fíjate que todo estará hecho un mazacote. Cae el individuo, y ahí mismo queda revuelto y empegostado.
¿Cómo lo despegas para sacarlo?”.
“Pues ahí tienes —digo yo— que no puedes sacar ninguna cosa que salga ella sola sin que se le vengan pegadas las otras. Vamos a ver. Saca de tu saco a Manuelita. ¿Te salió sola?”.
“Verdad —dice Liborio— se me han venido con ella los cinco pesos que me robó, la paliza que le di, la maldita vieja que se las echaba de su mamá; y párate, que aquí voy con las demás cosas que se le pegaron”.
“No, Liborio —digo— no sigas porque te va a salir con Manuelita todo lo que tienes en tu saco”.
“Párate, ya te lo avisé” —dice Liborio. Y siguió, saca que saca. Porque así es él. Descopuerta el chorro como Arroyo Mono en invierno, que quién lo va a atajar.

Liborio es un amigo y sus visitas no las quisiera yo perder. Pero a mí lo que más me gusta es estar aquí en mi taburete, solo, con mi saco sacando.
A mi taburete lo han bautizado con nombre y apellido como a un cristiano: se llama el taburete del doctor. Lo conoce todo el mundo. Bastante bulla hizo por todo el camino y en el pueblo cuando lo traje en mi burra.
Fue un día que me llamó el doctor para un encargo. Él estaba en una silla larga que parecía un mariapalito de las de palito. Allí estaba el doctor con el espinazo doblado en  una tira de lona que era como un pedazo de hamaca o, mejor, como una mochila.
Yo pensaba: “Ni está sentado, ni está acostado; lo que está es enmochilado”. El doctor no entendió la reparada que le di a su aparato y me dijo: “Sabroso estar aquí, ¿no?”. Yo le contesté: “No, doctor, eso no es para nosotros; si yo me pongo ahí,  me ahogo”. Miré
el taburete que estaba junto a la pared y le dije: “Allí sí, doctor; recostándolo”. El doctor se echó a reír y entonces fue a la cosa. “Si ese te gusta —dijo— te lo regalo; llévatelo de una vez”.
Cuando me presenté en la casa con el taburete, mi mujer quiso aguarme la fiesta. “Seguro que te lo dieron porque lo iban botar” —me dijo. Yo me puse bravo y le dije: “Tú qué tienes que ver. Este taburete es para mí solo, para sacarlo al patio y recostarlo en la
pared; en el taburete del doctor no se va a sentar nadie sino yo”.
El doctor era un forastero que le compró la finca a don Clodo y en ella se metió y de ella no salió más, hasta que le llegó su hora y lo sacaron en el baúl. Como pasó por el pueblo disparado en automóvil, un bulto se le escurrió a los mirones y los más curiosos
querían que yo les dijera cómo era el doctor. Vayan a verlo, es ahí arribita no más les decía yo, y no por negado sino porque eso de cómo es una persona no sé contestar bien contestado que es como a mí me gusta contestar. A mí pregúntenme por una vaca, y ya estoy dando con las palabras que la pintan hasta mejor que un retrato. También un burro lo puedo explicar que lo reconocen enseguida solo o entre otros burros. Pero si es gente, después te salen con que como dijiste era equivocado, y es porque tú dices cómo lo viste pero no sabes cómo lo va a ver el otro; porque ni la gente está lo mismo siempre ni tampoco el que la ve está siempre lo mismo. Yo lo más cerca que puedo llegar es poniendo comparación con alguna cosa o con algún animal, buscando parecido de figura o modo de ser, que el doctor no se lo encontraba.

Con mi muletilla de que mejor fueran a verlo me quitaba de encima a los averiguadores de la vida ajena; pero a mi mujer no me la pude sacudir, y le dije: “El doctor todavía puede ablandarse como en agua y media, su tamaño ni se le nota entre nosotros, y
anda como un sábado por la tardecita”. Mi mujer me repeló: “¡Qué gracioso! Ni que lo tuviera delante. Me dejas en ayunas”.
Pero si así era el doctor, con su pellejo que ya no era de pollo aunque no le pegaba todavía el dicho de no se cocina en dos aguas; y sin el casco de don Clodo que nos pasaba a todos la cabeza; y lo de tardecita de sábado lo dije porque a esa hora es cuando los que
paran en las tiendas para los tragos están apenas alegrones; pero esto fue el principio, que el doctor curioseaba por todos lados y hablaba cordial como un compañero. Después poco a poco se fue quedando más y más dentro de la casa y al fin no volvió a salir. Melchor se encargó de todo; y el doctor, añuquido en su mariapalito le sacaba las cuentas y también sacadas que le sacaba las uñas que Melchor quería meterles.

Cuando el doctor me regaló el taburete Melchor se me puso arisco; no que él quisiera taburete, pero Medardo por picarle las agallas le dijo que abriera el ojo, que yo lo iba a desbancar de la administración. A Melchor le entró la rasquiña de que podía ser verdad y se fue a decirle al doctor que yo era el gran flojo y que para el ordeño no servía. Pasé por allí y el doctor me llamó. “Oye —me dijo— aquí está Melchor diciéndome que tú eres un flojo y que no sabes ordeñar”. Yo levanté mis dos manos, las abrí, bien abiertas, y dije:
“Todo el que sepa de ubre de vaca tiene que ver que estos dedos son de ordeñador” y Melchor se puso de medio lado mirando para otra parte. “También puede ver cualquiera —seguí— que estas manos no son para escribir ni tampoco de administrador” y Melchor me dio el frente y lo dejé que me miraba bien las manos. Después dije: “Da lástima, doctor, que el miedo vuelva bruta a la gente” y Melchor bajó la cabeza y le puso atención a uno de sus pies que lo echaba para allá, lo echaba para acá, como patoco sapo tirando tarascadas. Así lo dejó el doctor su buen rato, observándolo con ojos que la risa aguantada le ponía chiquitos. Al fin no se rió, porque él con Melchor no
se reía; pero se le fue una sonrisita puyona y con ella le dijo: “Quedaste despachado”.
Mi mujer volvió a querer saber del doctor, que si era de medicina. Se lo pregunté y me dijo que no, que era de leyes. “De todos modos es doctor —le dije— y da lo mismo”. Riéndose me contestó: “Sí, en el fondo da lo mismo”. Yo le dije: “¿Usted me puede explicar eso, doctor, lo del fondo?”. Me contestó: “No, no te lo puedo explicar”. Yo dije: “Lo decía, doctor, porque un pleito que tenía Nicasio casi acaba con él, mismo que una enfermedad”. Y el doctor me dijo: “pues así queda bien explicado”. Cuando volví a la casa mi mujer me preguntó si le había hecho el mandado. “Sí —le contesté— es de leyes”. “Entonces no nos sirve” —dijo ella. “Mejor” dije yo, pensando en Nicasio.
Yo acostumbraba engancharme a descansar del ordeño en la horqueta de un palo de mango que había casi al frente de la casa del doctor. La horqueta era una rama mocha donde yo doblaba las corvas, la espalda pegada al tronco que se iba un poco atrás y con las nalgas sobre paso liso. Aquella me parecía la mejor postura hasta para dormir; por eso cuando vi el taburete del doctor me dije: Es como la horqueta y aún mejor. Allí me encontraba yo reposando una mañanita, y estaba ya para ponerme a averiguar con mi conciencia si sería verdad que yo era flojo; pero no acababa de darle el primer pasón al caso cuando el doctor me llamó para tratarme el mismo asunto.
“Quiero que honradamente me digas si tú eres flojo o no eres flojo” me dijo. “Doctor —contesté— yo siempre digo honradamente. Mire, doctor: uno es como camina. Yo camino lento, y así soy; y si soy así, así trabajo. Melchor me ve sentado, que no muevo ni el ojo; pero llámenme a una ocupación, y ahí voy; y si voy, ¿soy flojo? Yo le diría a Melchor: Tú ves el gato, quieto como muerto; pero tira la mano para cogerlo y el gato salta que ni la pulga: ¿es flojo el gato?”.
“Quieres decir que eres como el gato” —me dijo el doctor con una risita.
“No, doctor —le dije— no soy como el gato. Pero vamos a otro animal. Vamos al burro. Usted lo ve tan pachorrudo que a veces ni el pellejo lo guiña para espantarse la mosca. Pero póngale el sillón, móntese, doctor, y ya está el burro haciendo su trabajo”.
“Entonces —dijo el doctor— así como el burro sí eres tú: tranquilo, tardo, pero rendidor”.
“Muy bien dicho, doctor —dije— soy como el burro. Y que no me lo tomen en mala parte”.
Mucho se habla del trabajo, que lo ponen como una gran cosa buena para uno y hasta para recomendadores del amor al trabajo, los hay. Para fregarlos. Que no frieguen. Con lo que Dios mandó basta: que si no trabajas, no comes, y Melchor no me va a negar que
yo como. Ahora, si quiere darme fama de flojo, que me la dé. Daño por el lado del doctor no me llega porque él no le hace caso. Y si me lo quiere cargar como pecado de la Doctrina Cristiana, que me lo cargue, y vamos a ver qué hace conmigo el Padre Eterno, que hasta mejor me puede ir; porque una cosa que Melchor no ha pensado es que flojo era Adán antes de la maldición y entonces, flojo, era cuando Dios más lo quería y lo contemplaba en el Paraíso.
Melchor quedó retrechero conmigo y no podía disimular que le dolían las llamadas que me hacía el doctor, muchas veces con él mismo, que tenía que obedecer. Pero no era nada lo que yo hablaba con el doctor sino preguntas que me hacía para pasar el
rato.
“¿Tú sabes curar la mordedura de culebra?” —me dijo un día: “Lo primero, doctor —le contesté— esos animales malos, aunque es verdad que muerden porque cierran de golpe las quijadas, ya antecito dieron la chuzada con sus colmillos; pero el apretón no es nada, doctor, lo maluco es el pinchazo y yo por eso me voy a lo principal y no diga que las culebras muerden sino que pican. ¿Está mal doctor?”.
“No —dijo— viendo las cosas como tú las ves, está bien. ¿Y qué es lo segundo?”.
“Lo segundo y lo demás —le dije— es que, mire doctor, si una boquidorada de dos metros que no se ha tragado todavía su rata o su sapo clava los colmillos en carne limpia, la única salvación sería que otra serpiente igual ahí mismo metiera un contraveneno. Una contra sí existe pero nadie la conoce por aquí. Sucede, doctor, que hay un día y una hora en que pelean las culebras y la que es picada come una yerbita que le cura. Y le voy a contar lo que a mí me pasó. Una vez, en la hora y el día, vi una cascabel y una mapaná en  pelea que me cogió al pie de un barranco donde no me pude trepar, y ellas al frente,
en el limpio, y no tuve para dónde correr. Aquello daba miedo, doctor. Las culebras se paraban a veces en la punta del rabo y se veían como dos personas. También se retorcían en el suelo como un mondongo o como tripas con purgante; y cuando se tiraban seguido no les faltaba sino tronar para que uno creyera que eran relámpagos de verdad, verdad. De pronto la cascabel le metió los colmillos a la mapaná, esto tuvo que ser, porque la mapaná corrió que ni se veía para los matorrales; y ahí fue donde perdí la ocasión
porque ella iba a buscar la yerbita que saca el veneno; y si yo hubiese sabido entonces lo que iba a hacer, la sigo, doctor, y conocería la yerbita que es la única contra en el mundo”.
“Entonces si no hay remedio, ¿qué debe hacerse?” dijo el doctor.
“Ojo —dije— mucho ojo, doctor, para no pisarlas; y en un desmonte no meter la mano sino el garabato. Si uno no las molesta, a uno no le pasa nada. Menos la mapaná, porque ella se viene al golpe del machete”.
“Pero si las culebras no tienen oídos” —dijo el doctor.
“Bueno, doctor —dije— oirán por otra parte.
Y hay otra cosa de la que la gente no se puede librar, y es que las culebras maman teta y dejan seca a la recién parida, sin leche para el muchachito; y también maman ubre y si la vaca no se deja, ahí mismo amanece muerta”.
El doctor soltó su risa y dijo que las culebras, verdad,tenían sus cosas que eran de ellas  nada más, como la de que propiamente caminaban con las costillas; que sordas, sí son, pero que pegadas como están al suelo, sienten por la barriga y hasta dijo que por la lengua que la sacan para tantear el aire y que esto no era que oyeran pero sí como si oyeran. A lo de que mamaran, a eso sí no le dio pase por ningún lado. Me explicó
la cabeza de la culebra, que tiene la boca muy dura; que si yo puedo chupar es porque hago ventosa con los labios, que son blanditos y me preguntó que cómo haría yo para mamar si tuviera toda la boca callosa o de hueso. Le contesté: “Yo no sé cómo haría yo,
doctor, pero las culebras sí saben cómo lo hacen. Ahí está el caso, que usted quien lo dice, del caminado de ellas; y ¿cómo haría usted, doctor, para caminar con las costillas? Ya ve, doctor, lo mismo que la mamada: uno no sabe, pero las culebras sí”.

El doctor se reía de lo que yo hablaba, siempre se estaba burlando, qué iba yo a hacer, tan bueno era el doctor. Y también yo lo excusaba porque él era hombre de ciudad, no comprendía el monte, y ya no iba a aprender. Él no vino por aquí ni biche ni verde para madurar, sino maduro para pudrirse. Pudrirse digo, no para que se le coja el sentido malo que también tiene sino para dar a entender que a la ciruela, cuando ya está colorada no le entra más sabor ni más jugo.
Vamos a ver, que no ha acabado el sol su bajada y ya está el doctor prendiendo todas las luces adentro y hasta afuera de la casa. No, doctor, no haga eso en la noche del monte. Deje una luz pequeña en un cuarto y sálgase afuerita en lo oscuro a mirar y a escuchar
la noche dejándosela cerquita, no se la quite de encima espantándola con la electricidad. Para diversión nunca le faltará cualquier cosa como luciérnagas que parecen, digo yo, reventazón de topotoropos* que no echan semillas sino candelitas; o el canto del
bujío, que es su propio nombre y lo repite cada momento porque le gusta llamarse así; o el gritico sinvergüenza del conejo, que no le conviene darlo, pero lo da. Comience por ahí, doctor, con esos juguetes mientras aprende como nosotros a poner atención a
otras cosas que son vistas y oídas con ojos y orejas de adentro, y esto es un misterio y no se lo puedo explicar. Usted no me va a creer, doctor: cuando hay luna, se mueven por todas partes, caminando calladitos, los sueños que salen a repartirse entre la gente dormida y que son de toda clase, buenos y malos, pero a uno que está allí le toca el mejor. Y si no hay luna, entonces es un secreteo como una brisita de palabras que refresca cualquier mal de la persona. Métase, doctor, en la noche del monte, que usté la
necesita.
De eso quería yo hablarle al doctor, pero era como consejo que se lo pensaba decir, y cómo me iba a atrever. De su alegría y tranquila apariencia, ahí estábamos todos para testigos; pero sus risas, yo lo tenía visto, eran como esas campanadas que se desparraman sobre la maleza pero no tapan toda la mala yerba de abajo. El doctor estaba fallo, y eso no se me despintaba, y la noche del monte lo podía completar.
Un día comencé.

“Doctor, le dije, el día es muy bonito pero la noche es linda también; el día y la noche son
dos partes del mundo y dos fuerzas para el hombre; el día es fuerza para el cuerpo y la noche es fuerza para el alma”. El doctor se rió. “¿qué es esa letanía que me estás enjaretando” dijo. “Mi letanía, dije yo, no es más que esta: que de día puede uno ponerse a buscar a Dios, pero de noche hasta puede uno encontrarlo”. El doctor dijo: “¿Va a ser ahora un sermón?”. Yo le dije: “Pasa, doctor, que cuando uno aguanta las palabras
que deben ser se va en palabras que no son. Lo que yo estaba por decirle es que nunca lo he visto meterse en la noche de monte”. El doctor se rió más fuerte y dijo: “¿Qué es lo que tú quieres? ¿Que me aventure en la oscuridad para dar un tropezón y romperme
las narices, o para que me muerda una culebra y tú no sepas curarme?”. Le dije: “No tiene que salir, doctor”. Él seguía riéndose. “Lo que sucede, dijo, es que te gusta la noche porque eres animal nocturno”. “¿Animal nocturno, doctor?”. “Bueno, ordeñador, por
otro nombre”. Y ahí paró esto porque comenzó con sus preguntas: que si era verdad que al rey de los gallinazos los demás goleros lo dejan comer solo y se apartan por respeto a su condición superior; que si yo me había encontrado alguna bruja en forma de puerca arrancando yuca; que cuánto maíz me había piao yo. Yo le iba dando mis contestaciones y él se reía con su risa cariñosa que no ofendía. Bueno, doctor, siquiera me tenía a mí para un rato de diversión.
Muchas botellas vacías veíamos salir de la casa del doctor, y esto era para que los del corral se picaran el ojo y dijeran su chiste que no era más que uno: “No traga alpiste el turpialito*”, decían. Una vez que Patrocinio fue el encargado de traer una caja llena se
presentó con uno nuevo: “El doctor no es camello” dijo. Este dicho no lo supo explicar Patrocinio pero gustó más, acabó con el del alpiste y se quedó él solo dando el palo. Y si se  ponían con estas burlitas no era que no le tuvieran buena voluntad y respeto al doctor; pero es que nosotros no estamos acostumbrados a decirles palabras bonitas a las personas de nuestra estimación y más bien las linduras nos sirven para hacerle insulto a la gente con quien no comulgamos.
Yo pensaba: Esas botellas serán la noche en que se mete el doctor; porque la borrachera es como una noche, pero embustera y dañina, toda al revés de la verdadera noche que hizo el Señor.
De esto también quise decirle al doctor, aunque era más trabajoso; y después de meterle mucha cabeza me resolví y lo probé con una pregunta mañosa para irme llegando, si podía: le pregunté si la salud no era lo principal para el hombre. Me contestó un poquito
brusco: “¿Qué importa la salud?”. Yo no le saqué el cuerpo a la mala señal y dije con un tonito regañón: “¿Qué no importa, doctor? Usted dice eso”. Se suavizó; pero serio todavía dijo: “Sí, parecen palabras vacías. Pero la enfermedad no está en nuestras manos eludirla y lo primordial será, pues, prepararnos para recibirla cuando nos llegue. Si nos mantenemos con ánimo para acoger el padecimiento inevitable entonces podemos decir sin vaciedad: ¿Qué importa la salud? Yo dije: “¿Entonces, doctor? No entiendo.” “Sí,
entonces, y no entiendas” dijo él, y ahí mismo volvió a sus risas y echó a embromarme con sus preguntas de entretenimiento.
El día que oí que el doctor no había salido de su cuarto, fui a preguntar por él. Me oyó la voz y me llamó. Entré, lo hallé acostado en su cama y no le vi botella
cerca.
“¿Cómo está, doctor?” le pregunté.
“No sé —me contestó—. Una vez que me sentí muy mal creí que de esa no me escapaba y nada pasó. Ahora, cuando no pienso que esté de gravedad, tal
vez me tengan listo el tijeretazo”.
“Tampoco ahora va a pasar nada” le dije.
El doctor arrugó la frente y se le apretó más la seriedad que en ese momento se le había plantado en toda la cara.
“De eso —dijo— lo que suceda lo aguanto. Pero hay otra cosa: mi mujer está en camino para acá”.
“Yo no sabía que usted fuera casado, doctor —le dije— pero es bueno que ella venga porque así estará mejor cuidado.
Su buen rato se quedó callado el doctor. Hizo el movimiento, que yo le conocía, de coger la botella, aunque no había botella, y se dejó caer otra vez a su postura acostada. Después torció la boca como para que pareciera sonrisa, que no me pareció.
“¿Sabes cómo me siento? —dijo— como un burro moribundo que ve llegar el gallinazo”.
Yo, pensando qué clase de mujer sería aquella, cuando el doctor la ponía de golero, le dije: “Palo, es lo que va a encontrar aquí el gallinazo”.
Entonces se sonrió el doctor, de verdad, y el humor
le cambió.
“Ajá, ¿y qué hay del taburete, no te has aburrido de
él?”.
“No, doctor; él sigue siendo mi mejor amigo”.
“Cuando te lo di tenía más de cien años. De eso hace más de catorce. ¿Cuántos tiene ahora?”.
“¿Cuántos, doctor?”.
“Más de ciento catorce”.
“Y si lo viera, doctor, que todavía parece un jovencito. Su cuero de chivo no ha perdido ni un pelo y su madera está lisa y clara, casi del color y la suavidad de aquel tabaco que usted me dio, metido en un tubito que le habían hecho para él solo. ¿Cuántos años me dijo que tenía, doctor?”.
“Más de ciento catorce. Y los que le faltan”.
“Esos serán los mismos que me faltan a mí, porque lo que es él solamente vivirá hasta que yo muera”.
“¿Cómo es eso?”.
“Sí, doctor; porque mi última voluntad es que el taburete lo entierren conmigo”.
El día siguiente al anochecer murió el doctor. Su mujer llegó un poquito antes y no había bajado del automóvil cuando ya estaba Melchor aparándola. Al entrar ella al cuarto encontró al doctor boquiando.
Hoy no va a haber ordeño, pensamos todos, esta noche es de velorio. Pero vino Melchor y nos dijo: “Al corral, a su hora, manda la viuda”. Micaela tenía ya puesta la olla con el agua para el café y Melchor se la hizo quitar del fogón. “Nada de café —dijo— no hay
velorio”.
Después del ordeño me enganché en mi horqueta del palo de mango. La señora del doctor salió a la puerta y mientras yo la estaba reparando ella me vio, que ni me di cuenta porque tenía un modo de mirar de medio lado, como gallinazo. Cuando se asomó estaba un poquito encorvada, pero al verme se estiró. “Melchor —zumbó como alas de golero— ¿quién es aquel encaramado allí, que parece un loro?”. Melchor le contestó algo que no pude oír, porque lo dijo para que yo no lo oyera. Pero a ella sí la oí. “Despídelo enseguida. Ya estoy viendo que en esta finca hay más gente de la que se necesita”.

Ahí está Liborio, que no lo vi llegando sino cuando ya lo tuve encima.
“¿Sacando del saco?” me dice.
“Sí, le digo. Tenía afuera al doctor con el gallinazo pegado”.
Liborio se me sienta enfrente y se pone saca, saca de su saco cosas del año uno que también están en el mío. Y me pregunta: ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?

 

* toporopos: palomitas de maíz

** turpialito: ave de Colombia.

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José Félix Fuenmayor (1885- Barranquilla, Colombia -1966) Publicó el poemario modernista Musa del trópico (1910), la novela Cosme (1927), el relato fantástico Una triste aventura de catorce sabios (1928), pionero de la ciencia ficción en Colombia, y un puñado de excelentes cuentos, publicados en diferentes medios, recogidos póstumamente bajo el título de La muerte en la calle (1967) libro al que pertenece este cuento.
Cito: “En cuanto a la reivindicación de la figura del viejo José Félix, el «abuelo sabio» y, al  mismo tiempo, el más joven de los escritores del Grupo de Barranquilla, han desempeñado un papel protagónico sus discípulos más aventajados. La frase contundente de Álvaro Cepeda Samudio, «todos venimos del viejo Fuenmayor», ha
sido, desventuradamente, obliterada por la crítica, que la toma casi siempre como una expresión más de la ancestral propensión del Caribe por la desmesura. Olvidan,por igual,  que el magisterio de Fuenmayor fue reconocido de manera muy temprana por el propio García Márquez, al señalar en una de sus «Jirafas» de 1950, que el autor barranquillero supo aprovechar, como pocos, los mejores recursos de la narrativa norteamericana, a cuyos máximos representantes leía, discutía, rechazaba y aceptaba, simultánea y alternativamente, con vehemencia contradictoria. «Nos lleva ventaja a los jóvenes», confesó en su momento el promisorio discípulo, al percatarse de la beligerante y fértil actitud de su maestro. «Anda en otra órbita» (García Márquez, 2015, p. 294).
Orlando Araújo Fontalvo.
Profesor de la Universidad del Norte

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Eduardo Gudiño Kieffer (1935-2002) Escritor y periodista argentino.

Del libro “Guía de Pecadores”

Las preguntas de los policias, del juez, de los médicos. Y la respuesta de ella, siempre la misma respuesta: sí, es cierto que lo quemé. Lo quemó, claro que lo quemó ¿pero por qué? Entonces era cuestión de bajar la cabeza y quedarse empecinadamente mirando el suelo, sin contestar ¿Que se podía contestar? ¿Que se puede contestar cuando dentro de uno mismo no hay explicaciones? Y los cuchicheos, las consultas, esa lástima de los demás que ella sentía crecer a su alrededor como una especie de muralla protectora que le permitía encerrarse más aún en si misma.

No supo cúanto tiempo estuvo encerrada. pero un día le dijeron que se podía ir. Vino una asistente social. No te vamos a dejar en la calle, Candelaria, no te vamos a abandonar, no vas a estar sola nunca más, te tenemos una colocación en la casa de una señora que será como una segunda madre para vos. Qué segunda madre si no tuve ni la primera, si lo único que tuve fue mi tía Bernardina. Pero eso lo pensaba, no lo decía. Se limitsaba a aceptar pasivamente. Que hicieran cualquier cosa mientras el fuego en su interior no la quemara tanto, mientras fuera una llamita que apenas la ayudaba a vivir, después del ataud en llamas del angelito.

El perrito se abalanzó ladrando histéricamente hacia ella y le mordisqueó los talones, “Billy Tercero es un amor”, dijo la señora, “mire que cariñoso, se ve que usted le gusta y menos mal que le gusta porque si no no podría tenerla en casa, Billy es como un hijo para mí”. La señora alzó a Billy y la condujo hacia su habitación mientras hacia las recomendaciones pertinentes: “la limpieza no es gran cosa, soy una mujer sola y la casa está siempre cerrada; y en cuanto a la comida no se aflija, la frugalidad es mi lema, la salud del cuerpo y la salud del alma exigen que una se aparte de los excesos. Y le prohibo que entre a mi baño a menos que yo le ordene que lo limpie. Ni se le vaya a ocurrir usarlo, para eso tiene el suyo ¿Candelaria dijo que se llamaba? Bien, Candelaria, bien. Me han dicho que tuvo usted un problemita psicológico. No se aflija, soy una mujer comprensiva, lo único que pido es que ande siempre con cuidado, no vaya a romper nada que aquí hay muchas cosas de valor. Y por favor no toque a Billy Tercero, es un animalito de pédigree. Esta es su pieza, mujer”.

A mediodía quiso decir que tenía hambre, pero no se atrevió. A las dos de la tarde la señora, vestida para salir dijo: “Yo como afuera casi siempre, Candelaria, usted arréglese en la cocina, ahí tiene de todo.” Y se fue, En la cocina ella se encontró con un pedazo de pan y dos rebanadas de mortadela esperándola sobre la mesa. Mientras masticaba con sus encías sin dientes, mirando a su alrededor, se dio cuenta de que la heladera estaba cerrada con candado.

Tuvo hambre todos los días. Un pedazo de pan y dos rebanadas de mortadela a mediodía, un menú similar por la noche pero acompañado por una taza de café con leche y una fruta para el desayuno no eran bastante. Tuvo hambre todos los días, todos los días el hambre le devoraba las entrañas como una flor carnívora, le paralizaba por momentos los brazos, las piernas.

La señora guardaba en el corpiño la llave de la heladera: solamente ella abría, controlaba su contenido, sacaba lo que había que sacar y guardaba lo que había que guardar (el pan inclusive, envuelto en celofán). Lo mejor, siempre era para Billy Tercero. “Porque Billy es un animalito de pédigree y nosotras dos mujeres solas y sencillitas que nos arreglamos con poco, ¿no es cierto, Candelaria?” Y ella contestaba “Sí, señora”, mientras observaba como Billy Tercero devoraba su ración de lomo.

Tuvo hambre todos los días. Nunca se atrevió a guardarse las monedas aparentemente olvidadas por allí, intuyendo que el olvido era voluntario, una trampa para comprobar su honradez. Cuando cobró el primer sueldo compró, en la rotisería de la esquina, queso, salame, galletitas y otras provisiones. “¿Qué es eso, Candelaria? ¿Quiere que la casa se nos llene de hormigas y cucarachas? ¿Dónde va a poner esa comida? Démela, hay que guardarla en la heladera”. Pero la heladera, aún llena de provisiones compradas por ella, permaneció cerrada con candado y controlada por la señora. “Dos mujeres solas economizan mucho, ¿verdad Candelaria?”

“¿Sabe cocinar, Candelaria?” La pregunta la sorprendió. Miró a la señora, vestida de largo, a punto de salir. “Sí señora, ¿por qué?” La señora le sonrió. “Voy al teatro y esta noche no dormiré en casa. Pero mañana almuerzo aquí con un amigo. Le dejo un poco de dinero. Compre lo que haga falta y nos prepara algo rico. Algo bueno. Mire que es un hombre que ha viajado mucho, que tiene un buen paladar. Confío en usted Candelaria. Dos mil pesos. Con eso puede darnos un verdadero banquete… ¡Ah, me olvidaba! Encierre a Billy en su pieza, porque a mi amigo no le cae simpático. ¡Pobrecito mi amor, mi tesoro, encerrado sin su mamá querida! No se quede ahí parada como una estúpida, vaya a hacer lo que tiene que hacer. Hasta mañana”.

Esa noche no comió ni siquiera el pan con mortadela. La señora se había olvidado. La heladera continuaba cerrada con candado. El hambre era terrible, pero a pesar de eso (o quizá por eso) se quedó dormida enseguida. En algún momento se vio a sí misma, inmóvil sobre la cama, y vio a su alrededor esa sombra que se transformaba en luz y esa luz alrededor de su propio cuerpo al que regresó para sentir que se volvía a llenar de viento, de lluvia, de nubes, de pájaros. Y al otro día se despertó distinta, vio en el espejo las marcas de uñas en su vientre y en sus caderas, recordó, se sonrió, se sintió desbordante de ese fuego terrible y cruel que había vuelto y que se le salía por todos los poros.

La señora reía y conversaba, el hombre le contestaba cosas que ella no alcanzaba a oír desde la cocina. La señora toco la campanilla. Ella llevó de nuevo la fuente a la mesa. La señora le hizo un gesto de complacencia con la cabeza. Ella le acercó la fuente. La señora dijo: “Primero a Gustavo”. Ella obedeció. La señora parecía contenta, la señora dijo: “Tengo que felicitarla, Candelaria, está riquísimo ¿Qué es?” Ella contestó: “Es Billy Tercero, señora. Ustedes se acaban de comer un animalito de pédigree”.

 

 

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Tradición ashaninka y nomatsiguenga *

 

LA MINA DE SAL DE SONOMORO

 

A treinta minutos al sur del río Sonomoro de la comunidad nativa nomatsiguenga de San Antonio de Sonomoro, se encuentra un lugar, llamado por los lugareños Choiti, que significa zona salada. Allí, desde épocas inmemoriales existía una mina de sal negra conformada por inmensas rocas de sal que alimentaba a muchas familias nomatsiguengas que vivían dispersadas en esa época.

Cuando llegaron los españoles al Perú el año de 1535, pasaron por estos lugares encontrando a los indígenas nomatsiguenga que en sus tsimengoti (canasta que sirve para guardar alimentos) guardaban pedazos de sal negra que les servía de alimento.

Entonces los hombres blancos averiguaron la procedencia de esta sal negra, y como no encontraban respuesta positiva, empezaron a matar a los nativos hasta que alguien condujo a estos hombres al lugar llamado Choiti. Los españoles quedaron boquiabiertos al descubrir la majestuosidad de los bloques de sal natural que sobresalían por encima de los inmensos árboles de caoba.

Muy envidiosos, los españoles quisieron destruirlo perforándolo con inmensos taladros para luego dinamitarlo, pero sucedió que cuando llegaron al corazón de la roca, escucharon un desgarrador grito de dolor: ¡Ayabeeee…! Y desde las entrañas de la roca de sal brotó un torrente de sangre hirviente: ¡Shsssssss!, quemando a todos los españoles hasta dejarlos esqueletos. Nadie se salvó.

Después de lo sucedido la inmensa roca de sal se transformó en una bella mujer que, muy asustada y desesperada, llamó a sus hermanos los Santóbaris (moscas de colores) para que la lleven a otro lugar muy lejos y esconderse de los españoles. Sus hermanos obedientes construyeron balsas de topa y la llevaron río debajo de Sonomoro.
Habiendo avanzado treinta minutos, llegaron a la comunidad de San Antonio y vieron a la gente que lloraba por la destrucción de la sal que durante muchos años les dio vida. A la mujer le dio mucha pena y pidió a sus hermanos para quedarse con ellos. Entonces sus hermanos le dijeron que no podían quedarse porque estaba muy cerca de los hombres blancos que querían seguir destruyéndola. Al ruego de la mujer, se quedaron y se fueron caminando por las orillas del río Tsóriri a diez minutos de la comunidad de Sonomoro. Allí se transformó nuevamente en una roca.
Como la llegada de los españoles era incesante por estos lugares, la sal se transformó nuevamente en una mujer y se alejaron para siempre del lugar. Bajaron por el río Sonomoro llegando al río Perené, surcaron por sus aguas y la mujer se estableció para siempre convertida en mina de sal negra en el alto Perené, distrito de Mariscal Cáceres en Chanchamayo para seguir alimentando a los colonos asháninkas del lugar.

En el lugar (Tsóriri) donde quiso quedarse la mujer, la orina que dejó se convirtió en una mina de sal líquida que hoy sigue alimentando a los nomatsiguenga, haciendo hervir sus aguas para transformarlo en sal sólida. Sus hermanos, las moscas de colores, lo seguimos viendo hoy, bajando y surcando el río Sonomoro para chupar las piedras saladas y fastidiando a los bañistas en este majestuoso río. FIN

 

* Los ashaninka y nomatsiguenga son pueblos de la etnia amazónica perteneciente a la familia lingüística arawak, de la Selva Central en Perú. Cuento de tradición oral.

Dibujo: Ricardo Ajler, tinta.ricardo ajler.jpg

Bruno Di Benedetto*

UNA PUTA

Esto nunca se lo conté a nadie, porque no atañe más que a mí, pero hoy, un día especial como hoy, tal vez le haga algún bien a alguien.
A mis diecisiete años era virgen, y nada me daba más miedo que enfrentarme desnudo a una mujer desnuda: que estoy demasiado gordo, que tartamudeo, que tengo caspa, que me parece que tengo el pito demasiado corto (y encima torcido a la izquierda) y cosas así: mi vida era un infierno.
Para más desgracia, estaba absolutamente enamorado desde hacía años de una galleguita, prima de mi amigo el Gallego, que no me daba ni la hora. Mi vida era dos infiernos.
Un día el Gallego me dice que su padre, dueño de un bar en pleno centro de Buenos Aires, nos invita a tomar algo. Vamos. Nos sentamos en la barra. El padre de mi amigo, un exiliado de la Guerra Civil, guiña el ojo y dice: hoy se van a hacer hombres. Pago yo. Y señala hacia una mesa desde donde dos mujeres nos miran. El Gallego padre hace una seña, las mujeres se levantan, vienen hacia nosotros, nos toman de la mano, nos sacan del bar, nos hacen caminar treinta metros hasta un hotel de mala muerte y nos llevan a cada uno a una habitación.

Estoy aterrado. La mujer se desnuda. Yo no. Me quedo parado al pie de la cama: nunca había visto nada tan hermoso. Vení, me dice, palmeando el colchón. Me acuesto a su lado, casi sin respirar. ¿Qué te pasa, tenes miedo? Sí, le digo. Por qué. No sé. No puedo. Me da vergüenza. No te conozco, no te puedo tocar, pero sos muy linda, me quiero morir. La mujer, apenas unos años mayor que yo, me toma de la mano: no tenés que hacer nada. De a poco logra tranquilizarme. Pasamos largo rato hablando. Me cuenta de su hijita de tres años, de su madre y de su provincia. Yo le hablo de la fábrica, de la música y de la revolución.

Al rato me dio un beso y se vistió. Volvimos al bar. La invité a tomar un café, porque me gustaba hablar con ella. El padre de mi amigo se burló: qué, se casaron, dijo, y largó una carcajada siniestra. Y yo lo odié. Y lo desprecié. Y ahí sí me hice hombre.

 

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Bruno Di Benedetto nació en Avellaneda, provincia de Buenos Aires en 1955. Desde 1979 reside en Puerto Madryn, (Patagonia Argentina).
Como promotor de la lectura, realizó programas radiales y televisivos y publicó artículos en diversos medios gráficos.
Fue co-editor de la revista de la calle “Darse vuelta”, premio “Hacelo vos” 2007 Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Desde 2005 es capacitador del Plan de Lectura de la Provincia del Chubut. Ha publicado los poemarios “Palabra irregular”(Premio Convocatoria Escritores Inéditos, Chubut, 1987),“Complicidad de los náufragos”, “Dormir es un oficio inseguro” (premio Fondo Editorial Chubut, 2003), “Vengan juntos” (relatos), “Country” (2009) “Crónicas de muertes dudosas” (Premio de Poesía Casa de las Américas 2010 publicado en Cuba y en Buenos Aires, 2011, Ediciones en Danza) y “Nada”, Editorial Ruinas Circulares, 2014, Buenos Aires).

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A la memoria de Alejandro Sarries

Camilo José Cela*

EL AMIGO

El rabí don Sem Tob, judío de Carrión, cantó al amigo claro, leal y verdadero. No es difícil cantar ni pintar al amigo claro, leal y verdadero; lo difícil es disecarlo a tiempo, para que no pueda escapársenos jamás. En la cultura sumeria, a los amigos claros, leales y verdaderos se les enterraba en el barro para que la sequía que, tarde o temprano, siempre acaba por llegar, devolviese a la luz del precavido amigo enterrador el molde exacto de la amistad. Con esa paciente técnica, los próceres sumerios llegaron a gozar de la compañia de legiones enteras de amigos claros, leales y verdaderos, cortados todos por el prudente y exacto patrón de la claridad, la lealtad y la verdad. Después, la costumbre comenzó a caer en desuso y acabó, para desgracia de todos, perdiéndose entre las farragosas páginas de los tratados de arqueología, sumeriología y ciencias conexas.

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*Camilo José Cela es un escritor español (1916-2002) que destacó por igual como novelista, periodista, ensayista, editor de revistas literarias, conferencista editor de revistas literarias, conferencista, fue académico de la Real Academia Española durante 45 años y resultó galardonado, entre otros, con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1987, el Premio Nobel de Literatura en 1989 y el Premio Cervantes en 1995.

 

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Imagen: Collage, de Ricardo Ajler.

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SIN LLEVARLA

Griselda Gambaro*

¿Adónde? Fue siempre adonde quiso ir. Por lo menos, esto creyó durante mucho tiempo.

La familia siempre la consideró rara, pero con una de esas rarezas apacibles que no incomodan. Tenía un modo de decir sí a todo que provocaba en los otros una turbación pasajera, a veces tan escondida que ni la percibían. Resultaba placentera su aceptación, el existir borrándose, no de una manera dificultosa sino mansa y natural. Tenía deseos como todo el mundo, pero no le importaban demasiado. Consideraba que había conseguido lo mejor de la  vida, y que por esta razón todo lo demás era, en cierto sentido, accesorio.

La primera vez que se miró al espejo con una mirada no habitual, escrutadora y de reconocimiento, fue bastante tarde, había conseguido eso que era lo mejor de la vida, ya se había casado y tenía hijos; ella los imaginaba felices, y era cierto. Su existencia había sido favorecida enteramente en la desigual distribución de dicha y fatalidades. Sin embargo, sentía un difuso sentimiento de pérdida.

Ella se miró al espejo y su marido, un poco más atrás, miró también. Él la vio como siempre y le sonrió. Había cambiado apenas, era una mujer rolliza, de pelo muy negro, de cutis todavía lozano y boca generosa.

Él le sonrió con una sonrisa que confirmaba todo esto, lo que siempre ella había sido, lo que él amaba. Cuando se conocieron, la aceptó totalmente, mezcló defectos y virtudes, aspectos queribles e irritantes, como esa tendencia a la gordura, ese temperamento apático, sin distinguirlos ni juzgarlos en ese ser que había encontrado y que no pretendía distinto.

Ella respondió a la sonrisa con una acentuación amplia y tranquilizadora, porque sabía lo que él pensaba. Desde hacía treinta años él pensaba, sentía, que era él quien amaba más de los dos. No podía franquear el desnivel instaurado entre ellos desde el principio, desde la mirada inicial, el primer contacto. Como él decía, entre burlas y veras, contradecido sin saberlo en su deseo más hondo, en una relación de dos hay siempre uno que ama y otro que se deja amar. “El amor, mi joven amigo, por una vez que me enaltece, dos veces me humilla.” Ella no lo humillaba, por supuesto, o sí, de una manera sutil y poco generosa de la que estaba consciente. El dejarse amar era la primera humillación que le imponía, no era por amor que decía sí con tanta facilidad sino por indolencia, la conformidad sin esfuerzo quitaba peso y valía a los deseos de él. Aceptaba todos sus planes y propósitos, se plegaba dócilmente, y él sentía que no ganaba nada porque solo en la oposición hay fruto, solo en el doblegamiento amoroso que no borra a nadie sino que sitúa al otro por encima de uno.

Alguna vez ella había intentado decir no, oponerse y argüir vivamente “este es mi deseo”. Pero el impulso no le duraba, era una resistencia tibia, inconvincente. “Vayamos de vacaciones al mar”, y ella prefería la montaña, ¿pero cuánto la prefería? No demasiado. La naturaleza no era su pasión.

“Adónde?, preguntaba, tratando de mantener una terquedad fingida. “Me aburre la costa”, declaraba con un suspiro, e imaginaba, para sostenerse, el ruido de los altoparlantes en el pueblo y la multitud de ociosos luchando contra el tedio inconfesado, la obligatoriedad de la diversión. “Vayamos a la montaña”, proponía.

“Al mar” decía él. Al mar, con las largas caminatas y el crepúsculo abierto sobre el océano que miraban abrazados hasta que oscurecía.

El dibujo de las olas sobre la playa, pensaba ella, y en seguida se achataban las montañas, perdían sus arbustos y sus árboles, secos los riachos con cauce de piedras.

Y él se daba cuenta de que no era por amor hacia él que ella accedía, era porque la playa, el viento y la sal habían reemplazado sin trabajo las imágenes de cuestas y subidas, de rocas y riachos transparentes. Tanto le daba respirar un aire que otro, y esta aquiescencia le pesaba más que un rechazo rotundo porque accedía por la blandura de sus entusiasmos, no por amor.

Durante toda la vida, ella supo que era él quien amaba con absoluta necesidad y constancia.

En cambio, ella solía desear vagamente ausencias que no se producían, el recorrido silencioso por la casa desierta, donde ella se mostraría como era, desmañada en los gestos, desinteresada de la utilidad de las cosas y sobre todo ajena y sin lazos. Rodeada de esa afección inalterable, esto le provocaba la sensación penosa de disponer de un amor pequeño en un corazón tironeado por la indiferencia.

Buscaba la soledad en los momentos menos oportunos, cuando su presencia se requería íntegra. Cuando inclinaba la cabeza de un modo particular, frunciendo el ceño como si alguien le murmurara en el oído palabras que no entendía, y se demoraba con un plato a medio enjuagar entre las manos, él percibía que ella se alejaba. La miraba fijamente hasta que reanudaba su tarea y descubría los ojos de él clavados en ella con reproche. “¿Por qué te vas?” decían esos ojos en su inmovilidad atormentada, y ella contestaba “vuelvo”, pero la brecha estaba abierta, insignificante y sin embargo, capaz de producir dolor.

En la parentela numerosa siempre se festejaban cumpleaños, casamientos, y él aceptaba estoicamente el compromiso. Ella iba con alegría y una suerte de expectativa infantil, que no mantenía mucho rato. Ya en la fiesta, hablaba poco con la gente, su curiosidad frágil se fatigaba con rapidez y entonces, se aislaba en un rincón, perdida en algún lugar de sí misma, recorriendo casi a tientas un paisaje elusivamente familiar, más lleno de brumas que de precisiones. Dejaba su cuerpo como una cáscara y él, que concurría por obligación, aunque a la postre se integraba más que ella, se sentía estafado. Le ofrecía una copa que ella no veía, y le decía, entre cariñoso y molesto: “¿Que te pasa?”

Ella tenía entonces una sonrisa culpable y contestaba instantáneamente : “Nada”. Y por un momento charlaba y bebía hasta que el ruido, las risas, los saludos, tantos rostros que de puro distraída le costaba reconocer, la encerraban nuevamente en esa ensoñación incierta donde no entraba nadie, pero de la que ella volvería con ganas de mirar a los otros, de conversarles, de saber quiénes eran o qué hacían. Con decepción, él interrumpía el primer paso de su retorno, y en su impaciencia no podría saber nunca que ella volvería indefectiblemente, “¿qué te pasa?”, preguntaba estafado.

De regreso a la casa, él guardaba un silencio ominoso, y ella se prendía de su brazo, entrelazaba sus dedos con los de él, e intentaba hacerse perdonar. Charlaba comentando la fiesta como si en realidad hubiera estado allí todo el tiempo, una mujer rolliza vestida de azul, apenas maquillada, una copa en la mano y la sonrisa ligera atenta a las bromas. Le hacía sentir que reconocía su error y lo lamentaba; le infundía la seguridad de que en el futuro nunca se alejaría de él, ni aun en pensamiento. No podía explicar su actitud, salvo dicíendose que lo amaba, pero menos que él, quien jamás interponía ausencias y la incluía en todos sus instantes.

Cuando ese día se miró al espejo -la protectora sonrisa amparándola más atrás- descubrió entre su pelo un desgraciado mechón, amarillento y gris.

Él tendió la mano ocultándolo con otro que conservaba su color y ella, si no lo hubiera descubierto antes, habría pensado que sus cabellos se mantenían inalterablemente oscuros. Y después, ya no necesitó mirarse, se dio cuenta de que su cuerpo cambiaba  a través de su alma inmortal, de sus sentimientos que no le comían el corazón y le permitían apartarse en una especie de búsqueda que no guardaba relación con nadie, el pecado y la sed de soledad.

Estaban acostados y ella deslizaba la mano por las costillas de él, el hueco tierno del estómago, la curvatura del vientre, lo acariciaba en un reconocimiento antiguo y siempre nuevo, y sintió el cambio en su cuerpo, como si fuera su cuerpo el que recorriera y no el del hombre semidormido a su lado, lo percibió con esa veracidad inexorable que impone la carne cuando habla y dice: así soy. Tanteó sus senos y los encontró blandos y sin consistencia. Y más abajo, registró una hendidura sobre el estómago, un cauce estrecho y profundo formado a lo largo de los años por infinitas arrugas, hasta entonces discretas e imperceptibles. Se volvió de espaldas y no habló de su descubrimiento, como si señalara un término del bienestar e inaugurara otro, casi de vergüenza.

Y él se pegó a su cuerpo, y le acarició los hombros con un gesto que quedó detenido por el sueño.

Al día siguiente, ella observó otros mechones encanecidos, no ya un mechón aislado que era posible ocultar. Él tuvo una sonrisa de incomprensión. La tomó de la mano y la alejó del espejo. “Coqueta”, bromeó. “¿Viste?”, dijo ella. “Nada”, contestó él, definitivo, y la  abrazó con fuerza. Y de nuevo, la oprimió la mezquindad de sus inseguridades. Quien sabía querer no era precisamente ella; él la seguiría contemplando sin advertir desmedros, lozana como en una foto de juventud.

Salió de compras y un hombre ka abordó en la calle. Le preguntó una dirección mientras sonreía mostrando dientes muy blancos, incisivos voraces. “En realidad quiero charlar”, dijo, arrimándose un poco. Ella retrocedió, pero arrastrada por su indolencia, que en este caso podía confundirse equívocamente, le prestó oídos y él la invitó a tomar café. Si tenía tiempo. “Tengo”, dijo ella.

Sentada a la mesa de un bar, frente a ese desconocido que hablaba mucho y que abusaba risueño con repentinas confianzas, sujetarle la mano que retraía, tocarle los cabellos, asegurando su preferencia por esos mechones blancos que matizaban su pelo oscuro, ella se dijo que procedía mal. Se hurtaba al contacto fugaz, pero insistente, ocultaba sus pies bajo la silla, perseguidos y enlazados, y no experimentaba fastidio. La lisonjeaba el interés de ese hombre, más joven que ella, y lo miró con curiosidad, sin creer todavía que ella pudiera despertar algún interés en otro que no fuera ese único hombre que la había amado desde siempre y que la amaría con sus senos fláccidos y su cabellera encanecida. Y cuando volvió a su casa, no contó su encuentro casual en la calle, que había terminado con una solicitud directa que debía prever, con una propuesta expresada crudamente, o no, por que ella, en su ambigüedad, podía haber parecido propicia, y se sintió culpable de tener un secreto, aunque el secreto (el provocar deseos en otro) era como un homenaje hacía aquel único hombre con quien estaba en deuda de sentimientos.

También se sintió distinta con ese otro, y pensó si ella escondía por azar mujeres desconocidas con las que nunca había tratado, una ávida de aventuras oscuras, otra ligera e intrascendente, capaz de enhebrar una conversación cargada de sobreentendidos, capaz del juego, nunca practicado, del rechazo y la atracción, de rehuir con el mismo gesto una mano que se llama, pero este conocimiento la perturbó y clausuró enseguida la puerta a esas otras mujeres que no podía ser, que no quería ser, por miedo o elección.

Continuaron los días y se aferró a ellos porque adhería a su tranquilizadora sucesión, a las alternativas previsibles de la limpieza y las compras, del cansancio y del reposo. Los hijos y nueras venían a visitarlos y ella sufría un desasosiego que la desubicaba porque no podía ponerle nombre ni motivo. Los hijos bromeaban con sus canas aparecidas bruscamente, “la mala vida”, decían y ella fingía que sí y señalaba entre risas al causante, al inocente. No podía mencionar su desasosiego porque cuando insinuaba apenas un estado de inquietud la boca de él se plegaba en un rictus ceniciento, ya que lo entendía como desamor. Si la veía triste ahora, a ella, que siempre había tenido un carácter dulce y parejo, “no me amás más”, afirmaba, y entraba en un humor de tesitura huraña y melancólica. Si el pesar que le provocaba la reacción era prueba de lo contrario, ella se había acostumbrado a sospechar de lo que sentía, desconfiaba de su amor que no era sólido y perfecto, sino cambiante, sostenido en la cresta de una hola que iba y venía, se alzaba y descendía vertiginosa en espuma, inapresable como la misma hola en el movimiento del mar. Y ahora advertía que su amor tenía una cualidad nueva, profunda y dolorosa, que envolvía la raíz de su amor antiguo con otros significados donde no estaban ausentes la vejez ni la muerte, pero lo vivía sola, y una vez más debía reconocer en él una pasión más grande, sin espacios inaccesibles, sin reservas. Y renacía también la sensación de incapacidad, de no estar dotada para los sentimientos, de que había una falacia, quizás el desasosiego, en su corazón que mezclaba el amor por ese hombre con tantas cosas que ella no le dejaba compartir.

Cuando sus piernas se hincharon se agregó otro motivo de vergüenza o culpa. Descubrió que no podía estar de pie mucho tiempo. Y lo miraba a él, que se mantenía joven, erguido, que la acompañaba al médico y acrecentaba su devoción, volviéndose más tierno, imprecisamente secreto.

“¿Secreto?”, preguntó él, como una observación fuera de propósito y rió.

Ella se dijo “que tonta”. Yo soy la secreta porque busco la soledad, y el desasosiego se va transformando en una aceptación que tampoco comparto. Ya no estoy atareada, me han sacado de los hombros trabajos y ocupaciones, permanezco ociosa, mano sobre mano; como en mi infancia contemplo el polvillo que ilumina el sol y casi estoy contenta. Pero no sabía si debía estarlo. Él jamás desfallecía con un gesto de mal humor, sonreía, cálido y afectuoso, pero no la besaba en la boca ni tocaba sus senos, y ella resistía la maligna inquietud de que él miraba para atrás y no perdonaba. Que esta mujer que ahora se dejaba estar, esta mujer tan distinta de la que había sido, no tan distinta, simplemente cambiada, cometía una especie de traición. Que difícil explicarlo, porque ella sentía que de los dos quien amaba más era él.

Y después su leve enfermedad se complicó, le prohibieron comer dulces, que fueron apartados de su alcance con una protección cariñosa, incluso renunció a probarlos él, que siempre había sido muy goloso. Jamás formuló reproches ni evidenció fastidio, aunque ella hubiera podido tentarse. Sentada en su sillón casi todo el tiempo, lo observaba a hurtadillas, cómo deseaba que él envejeciera, que él enfermara, no mucho, un poco, para acompañarla de otra manera. Pero él estaba sano, como si fuera de una materia incorruptible, y la única vejez que había en su rostro era cierta expresión de melancolía, de desilusión. Entonces ella sintió que le renacía el desasosiego y lo cobijó como un sentimiento no deseado, en falta, ya que él estaba exento de todo reproche. Nadie podía cuidarla con mayor abnegación, con una fidelidad que desconocía quebraduras de ocios, de alejamientos. El amor invariable, qué esplendidez, de la que ella, envuelta en búsquedas brumosas e inconsistentes, no había sido capaz.

Él no había cambiado de la manera odiosa y triste que la agobiaba, la seguía contemplando con esa ciega adhesión de la primera juventud y del primer encuentro, con ese amor tan grande que se plegaba sin fisuras a la imagen de la mujer envejecida y taciturna que tenía enfrente.

Un día, ella le pidió un banquito para descansar su pierna enferma. Él abandonó el diario que estaba leyendo, la ayudo a colocar el pie con sus modos gentiles, y la miró largamente.

“¿Por qué me mirás?”, preguntó ella, incómoda, descubriéndose enemiga de aquella que había sido, inclinada sobre ella como una sombra, enemiga de él que miraba a aquella que había sido. Se movió inquieta y repitió la pregunta, que no le surgió mansa sino agresiva.

Y él contestó, con un acento de total sinceridad: “No cambiaste nada”.

Ella vio que él tenía varias arrugas nuevas, un rictus de dolor y amargura en la boca, ¿o nostalgia? También él envejecía, pero con la dignidad de la salud.

Tendió la mano y le acarició las sienes. Hubiera querido besarlo, pegar su boca a la de él con el reconocimiento de la lengua y la saliva. Desde los cimientos, ladrillo sobre ladrillo, él había construido una casa inmutable, pero en la casa, junto al sol de verano, había entrado la lluvia del invierno, la corrosión, el óxido. Entraría la muerte. Y por un momento ella pensó que hubiera sido hermoso esperarla juntos, los ojos abiertos hasta el fin, amarse en la verdad de lo que ya no eran.

“No cambiste nada”, repitió él, y le rozó los dedos en un gesto fraternal.

“No”, lo conformó.

“¿Y yo?”, preguntó él, con la timidez y aprensión de un chico ante un asunto menor que, sin embargo, le significa cuestión de vida o muerte.

“Tampoco”, contestó, vencida.

“No cambiamos”, dijo él y sonrió, borrada la nostalgia. Posó la mano sobre su hombro, y ella alzó la suya y la acarició. Mientras lo hacía, miró su pierna hinchada, cargó el peso y la desdicha de su cuerpo, y pensó en las montañas que ya no podría subir, olió la sal y el viento, las olas dibujando líneas sobre la playa, y recordó cuando los dos contemplaban el mar, en el crepúsculo, hasta que oscurecía. Entonces supo que se había equivocado en el balance de las culpas y los sentimientos, que el amor de él era su propia visión de ella y que no la veía; la había amado una vez, profunda, absolutamente, y había entrado en ese amor sin llevarla.

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*Griselda Gambaro (Buenos Aires, 1928) es narradora y dramaturga, es autora de novelas, cuentos, obras de teatro y textos periodísticos.  Ha recibido numerosas distinciones, como las otorgadas por el Estado de Puebla y Guadalajara, la UNESCO, el fondo Nacional de las Artes, Argentores, la Fundación Di Tella, la Academia Argentina de Letras y la Fundación Guggenheim.

 

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Julio Ramón Ribeyro *

Los merengues


Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas -había aprendido a contar jugando a las bolitas- y constató, asombrado, que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora tenía lo suficiente para realizar su hermoso proyecto. Después no faltaría una excusa. En esos callejones de Santa Cruz, las puertas siempre están entreabiertas y los vecinos tienen caras de sospechosos. Ajustándose los zapatos, salió desalado hacia la calle.

En el camino fue pensando si invertiría todo su capital o sólo parte de él. Y el recuerdo de los merengues –blancos, puros, vaporosos- lo decidieron por el gasto total. ¿Cuánto tiempo hacía que los observaba por la vidriera hasta sentir una salvación amarga en la garganta? Hacía ya varios meses que concurría a la pastelería de la esquina y sólo se contentaba con mirar. El dependiente ya lo conocía y siempre que lo veía entrar, lo consentía un momento para darle luego un coscorrón y decirle:

-¡Quita de acá, muchacho, que molestas a los clientes!

Y los clientes, que eran hombres gordos con tirantes o mujeres viejas con bolsas, lo aplastaban, lo pisaban y desmantelaban bulliciosamente la tienda.

Él recordaba, sin embargo, algunas escenas amables. Un señor, al percatarse un día de la ansiedad de su mirada, le preguntó su nombre, su edad, si estaba en el colegio, si tenía papá y por último le obsequió una rosquita. Él hubiera preferido un merengue pero intuía que en los favores estaba prohibido elegir. También, un día, la hija del pastelero le regaló un pan de yema que estaba un poco duro.

-¡Empara!- dijo, aventándolo por encima del mostrador. Él tuvo que hacer un gran esfuerzo a pesar de lo cual cayó el pan al suelo y, al recogerlo, se acordó súbitamente de su perrito, a quien él tiraba carnes masticadas divirtiéndose cuando de un salto las emparaba en sus colmillos.

Pero no era el pan de yema ni los alfajores ni los piononos lo que le atraía: él sólo amaba los merengues. A pesar de no haberlos probado nunca, conservaba viva la imagen de varios chicos que se los llevaban a la boca, como si fueran copos de nieve, ensuciándose los corbatines. Desde aquel día, los merengues constituían su obsesión.

Cuando llegó a la pastelería, había muchos clientes ocupando todo el mostrador. Esperó que se despejara un poco el escenario pero no pudiendo resistir más, comenzó a empujar. Ahora no sentía vergüenza alguna y el dinero que empuñaba lo revestía de cierta autoridad y le daba derecho a codearse con los hombres de tirantes. Después de mucho esfuerzo, su cabeza apareció en primer plano, ante el asombro del dependiente.

¿Ya estás aquí? ¡Vamos saliendo de la tienda!

Perico, lejos de obedecer, se irguió y con una expresión de triunfo reclamó: ¡veinte soles de merengues! Su voz estridente dominó en el bullicio de la pastelería y se hizo un silencio curioso. Algunos lo miraban, intrigados, pues era hasta cierto punto sorprendente ver a un rapaz de esa cabaña comprar tan empalagosa golosina en tamaña proporción. El dependiente no le hizo caso y pronto el barullo se reinició. Perico quedó algo desconcertado, pero estimulado por un sentimiento de poder repitió, en tono imperativo:

-¡Veinte soles de merengues!

El dependiente lo observó esta vez con cierta perplejidad pero continuó despachando a los otro parroquianos.

-¿No ha oído? – insistió Perico excitándose- ¡Quiero veinte soles de merengues!

El empleado se acercó esta vez y lo tiró de la oreja.

-¿Estás bromeando, palomilla?

Perico se agazapó.

-¡A ver, enséñame la plata!

Sin poder disimular su orgullo, echó sobre el mostrador el puñado de monedas. El dependiente contó el dinero.

-¿Y quieres que te dé todo esto en merengues?

-Sí –replicó Perico con una convicción que despertó la risa de algunos circunstantes.

-Buen empacho te vas a dar –comentó alguien.

Perico se volvió. Al notar que era observado con cierta benevolencia un poco lastimosa, se sintió abochornado. Como el pastelero lo olvidaba, repitió:

-Deme los merengues- pero esta vez su voz había perdido vitalidad y Perico comprendió que, por razones que no alcanzaba a explicarse, estaba pidiendo casi un favor.

-¿Va a salir o no? – lo increpó el dependiente

-Despácheme antes.

-¿Quién te ha encargado que compres esto?

-Mi mamá.

-Debes haber oído mal. ¿Veinte soles? Anda a preguntarle de nuevo o que te lo escriba en un papelito.

Perico quedó un momento pensativo. Extendió la mano hacia el dinero y lo fue retirando lentamente. Pero al ver los merengues a través de la vidriería, renació su deseo, y ya no exigió sino que rogó con una voz quejumbrosa:

-¡Deme, pues, veinte soles de merengues!

Al ver que el dependiente se acercaba airado, pronto a expulsarlo, repitió conmovedoramente:

-¡Aunque sea diez soles, nada más!

El empleado, entonces, se inclinó por encima del mostrador y le dio el cocacho acostumbrado pero a Perico le pareció que esta vez llevaba una fuerza definitiva.

-¡Quita de acá! ¿Estás loco? ¡Anda a hacer bromas a otro lugar!

Perico salió furioso de la pastelería. Con el dinero apretado entre los dedos y los ojos húmedos, vagabundeó por los alrededores.

Pronto llegó a los barrancos. Sentándose en lo alto del acantilado, contempló la playa. Le pareció en ese momento difícil restituir el dinero sin ser descubierto y maquinalmente fue arrojando las monedas una a una, haciéndolas tintinear sobre las piedras. Al hacerlo, iba pensando que esas monedas nada valían en sus manos, y en ese día cercano en que, grande ya y terrible, cortaría la cabeza de todos esos hombres, de todos los mucamos de las pastelerías y hasta de los pelícanos que graznaban indiferentes a su alrededor.

 

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*Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) periodista y narrador peruano considerado como uno de los mejores escritores del Perú. Se estableció en París en 1960 y allí permaneció hasta 1991. Trabajó en la agencia “France Press”, y luego como consultor cultural y embajador de la UNESCO. La obra narrativa de Ribeyro es la expresión más destacada del realismo urbano que surgió en el Perú durante los años cincuenta, otorgándoles a sus personajes la voz y el rostro de la clase media y popular peruana. En el año de 1994 (antes de su defunción) ganó el reconocido Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo.

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*MI PLANTA DE NARANJA LIMA, de José Mauro de Vasconcelos (sólo capítulo 3 íntegro)

3 – LOS FLACOS DEDOS DE LA POBREZA

Cuando le conté mi problema a tío Edmundo, lo encaró con toda seriedad. —Entonces, ¿eso es lo que te preocupa? —Sí, eso. Tengo miedo de que, al mudar de casa, Luciano no venga con nosotros. —Crees que el murciélago te quiere mucho. . . —Sí, me quiere. . . —¿Desde el fondo del corazón? —Sin duda. —Entonces puedes estar seguro de que irá. Puede ser que demore en aparecer por allá, ¡pero un día descubre el lugar y aparece! —Ya le dije la calle y el número de la casa en donde vamos a vivir. —Pues entonces es más fácil. Si no puede ir, por tener otros compromisos, mandará a un hermano, a un primo, a cualquier pariente, y ni siquiera vas a notarlo. Sin embargo, yo todavía estaba indeciso. ¿Qué ganaba con darle el número y la calle a Luciano, si no sabía leer? Podía ser que fuese preguntando a los pajaritos, a los “tata Dios”, a las mariposas. —No te asustes, Zezé, los murciélagos tienen sentido de orientación. —¿Tienen qué, tío? Me explicó lo que era el sentido de orientación, y quedé cada vez más admirado por su sabiduría. Resuelto mi problema, fui a la calle para contar a todo el mundo lo que nos esperaba: la mudanza. La mayoría de las personas grandes me decían con gesto alegre: —¿Así que se van a mudar, Zezé? ¡Qué bueno!… ¡Qué maravilla!… ¡Qué alivio!… El que no se extrañó mucho fue Biriquinho. —Menos mal que es en la otra calle. Queda cerca de aquí. Y aquello de que te hablé. . . —¿Cuándo es? —Mañana a las ocho, en la puerta del Casino Bangú. La gente dice que el dueño de la Fábrica mandó comprar un camión de juguetes. ¿Vas? —Sí que voy. Y llevaré a Luis. ¿Será posible que yo también reciba algo? —Claro que sí. Una porqueriíta de este tamaño. ¡O estás pensando que ya eres un hombre? Se puso cerca de mí y sentí que todavía era muy chico. Menor aún de lo que pensaba. —Bueno, algo voy a ganar. . . Pero ahora tengo que hacer. Mañana nos encontramos ahí. Volví a casa y anduve dando vueltas alrededor de Gloria. —¿Qué pasa, muchacho? —Bien que podías llevarme. Hay un camión que vino de la ciudad llenito de juguetes.  —Escucha, Zezé. Tengo un montón de cosas que hacer. Planchar, ayudar a Jandira a arreglar la mudanza. Vigilar las cacerolas en el fuego… —También vienen un montón de cadetes de Realengo. Además de coleccionar retratos de Rodolfo Valentino, a quien ella llamaba “Rudy”, y que pegaba en un cuaderno, tenía locura por los cadetes. —¿Dónde viste cadetes a las ocho de la mañana? ¿Quieres hacerme pasar por tonta, chiquilín? Ve a jugar, Zezé. Pero no me fui. —¿Sabes una cosa, Godóia? No es por mí, no. Pasa que le prometí a Luis llevarlo allá. Es tan chiquitito. Un chico de esa edad solamente piensa en la Navidad. —Zezé, ya dije que no voy. Y ésas son mentiras; lo que pasa es que tú quieres ir. Tienes mucho tiempo para recibir Navidades en tu vida… —¿Y si me muero? Morir sin haber recibido algo esta Navidad… —No vas a morirte tan pronto, mi amigo. Vas a vivir dos veces más que tío Edmundo o don Benedicto. Y ahora basta. Ve a jugar. Pero no fui. Me di maña para que ella a cada momento tropezara conmigo. Iba a la cómoda a buscar algo, y se encontraba conmigo sentado en la mecedora, pidiendo con la mirada. Porque pedir con la mirada tenía mucho efecto sobre ella. Iba a buscar agua en la pileta, y yo estaba sentado en el umbral de la puerta, mirando. Iba al dormitorio, a buscar piezas de ropa para lavar. Allí estaba, sentado en la cama, con las manos en el mentón, mirando… —Hasta que no aguantó más. —Bueno, basta. Zezé. Ya dije que no y no. Por amor de Dios, no termines con mi paciencia. Ve a jugar. Pero no me fui. Es decir, pensé que no me iba. Porque ella me agarró, me llevó afuera y me depositó en el fondo. Después entró en la casa y cerró la puerta de la cocina y de la sala. No me rendí. Me fui sentando delante de cada ventana por la que ella iba a pasar. Porque ahora comenzaba a limpiar la casa y a arreglar las camas. Se encontraba conmigo, espiándola, y cerraba la ventana. Acabó cerrando toda la casa para no verme. —¡Mujer de los mil diablos! ¡Parda de mal pelo! ¡Ojalá que nunca te cases con un cadete! ¡Ojalá que te cases con un soldado raso, de esos que no tienen ni un centavo para lustrarse las polainas! Cuando vi que realmente estaba perdiendo el tiempo, salí furioso y gané de nuevo el mundo de la calle. En la calle descubrí a Nardinho que jugaba con una cosa. Estaba en cuclillas, totalmente distraído. Me acerqué. Había hecho un carrito con una caja de fósforos y le había atado un abejorro tan grande como nunca lo había visto. —¡Caramba! —Es grande, ¿no? —¡Te lo cambio! —¿Por qué? —Si quieres fotos… —¿Cuántas? —Dos. —¡Qué gracia! Un bicho de éstos y me das solamente dos fotos… — Como ésos hay montones en la casa de tío Edmundo. —Por tres todavía te lo cambio. —Te doy tres, pero no puedes elegir… — Así no. Por lo menos quiero elegir dos. — Bueno. Le di una de Laura La Plante, que tenía repetida muchas veces. Y él eligió una de Hoot Gibson y otra de Patsy Ruth Miller. Guardé en mi bolsillo el abejorro y me fui.

***

— Rápido, Luis. Gloria fue a comprar pan y Jandira está leyendo en la mecedora. Salimos escurriéndonos por el corredor. Y lo ayudé a “desaguar”. —Haz bastante, que en la calle no se puede de día. Luego, en la pileta, le lavé la cara. Y después de lavar también la mía volvimos al dormitorio. Lo vestí sin hacer ruido. Le calcé los zapatitos. ¡Porquería de calcetines, no servían más que para complicarlo todo! Abotoné su saquito azul y busqué el peine. Pero su pelo no se asentaba; había que hacer algo. No contaba con nada en ningún rincón. Ni brillantina, ni aceite. Fui a la cocina y volví con un poco de grasa en la punta de los dedos. Restregué la grasa en la palma de la mano y la olí, primero. — No tiene olor. Acomodé los cabellos de Luis y comencé a peinarlos. Entonces su cabeza quedó linda; llena de rulos, parecía un San Juan con un carnerito sobre las espaldas. —Ahora te quedas ahí, parado, para no arrugarte. Me voy a vestir. Mientras me ponía los pantalones y la camisa blanca, miraba a mi hermano. ¡Qué lindo era! No había otro más lindo en Bangú. Me calcé las zapatillas de tenis, que tenían que durar hasta que fuese al colegio, el año siguiente. Continué mirando a Luis. Lindo y arregladito como estaba hasta podría ser confundido con el Niño Jesús, más crecidito. Apuesto a que va a ganar montones de regalos. Cuando lo miraran… Me estremecí. Gloria acababa de volver y colocaba el pan sobre la mesa. Los días que había pan, el papel hacía ese ruido. Salimos tomados de las manos y nos pusimos delante de ella. —¿No está lindo, Godóia? Yo lo arreglé. En vez de enojarse, se recostó en la puerta y miró hacia arriba. Cuando bajó la cabeza tenía los ojos llenos de lágrimas. —También tú estás lindo. ¡Oh! ¡Zezé!… Se arrodilló y apoyó mi cabeza sobre su pecho. —¡Dios mío! ¿Por qué la vida tendrá que ser tan dura para algunos?… Se contuvo y comenzó a arreglarnos prolijamente. —Te dije que no podría llevarlos, Zezé. Realmente, no puedo. Tengo tanto que hacer. Primero vamos a tomar café, mientras pienso alguna cosa. Aunque quisiese, ya no habría tiempo para que me vistiera. . . Puso nuestro tazón de café y cortó el pan. Continuaba mirándonos afligida. —Tanto trabajo para ganarse unas porquerías de juguetes ordinarios. Claro que tampoco pueden dar cosas muy buenas para tantos pobres como hay. Hizo una pausa y continuó: —Tal vez sea la única oportunidad. No puedo impedir que ustedes vayan. .. Pero, Dios mío, son muy chiquitos… —Yo lo llevo a él con cuidado. Lo llevaré de la mano todo el tiempo, Godóia. Ni siquiera es necesario cruzar la carretera Río-San Pablo. —Aun así es peligroso. —No lo es, y yo tengo sentido de orientación. Se rió, dentro de su tristeza. —¿Quién te enseñó eso, ahora?  —Tío Edmundo. Dijo que Luciano lo tenía, y si Luciano, que es menor que yo lo tiene, yo lo tengo más… —Voy a hablar con Jandira. —Es perder el tiempo. Ella nos deja. Jandira solamente vive leyendo novelas y pensando en sus admiradores. No le importa. —Vamos a hacer lo siguiente: terminen con el café y nos vamos luego al portón. Si pasa gente conocida que va para ese lado le pido que los acompañe. No quise comer el pan para no demorar. Fuimos hacia el portón. No pasaba nadie, solamente el tiempo. Pero acabó pasando. Por allá venía don Pasión, el cartero. Saludó a Gloria, se quitó la gorra y se ofreció a acompañarnos. Gloria besó a Luis y después a mí. Conmovida preguntó sonriendo: —¿Y aquel asunto del soldado raso y las polainas. . .? —Son mentiras. No fue de corazón. Te vas a casar con un mayor de aviación lleno de estrellitas en el hombro. —¿Por qué no fueron con Totoca? —Totoca dijo que no iba para allá. Y que no estaba dispuesto a llevar “equipaje”. Salimos. Don Pasión nos mandaba ir adelante e iba a entregar las cartas en las casas. Después apuraba el paso y nos alcanzaba. Volvía a repetir la acción, en seguida. Cuando llegamos a la carretera Río-San Pablo, nos dijo sonriente: —Hijos míos, estoy muy apurado. Ustedes están retrasando mi trabajo. Ahora vayan por ahí, que no hay ningún peligro. Salió, de prisa, con el paquete de cartas y papeles debajo del brazo. Pensé, rabioso: —¡Cobarde! Abandonar a dos criaturas en la carretera, después de haberle prometido a Gloria que nos llevaba. Tomé con más fuerza la mano de Luis y continuamos la marcha. El cansancio ya comenzaba a manifestarse en él. Cada vez disminuía más sus pasos. —Vamos, Luis. Ya estamos cerquita y hay muchos juguetes. Caminaba un poco más rápidamente y volvía a retrasarse. —Zezé, estoy cansado. —Te voy a alzar un poco, ¿quieres? Abrió los brazos y lo cargué un tiempo. ¡Pero vaya! ¡Pesaba como si fuese plomo! Cuando llegamos a la Calle del Progreso quien estaba bufando era yo. —Ahora caminas otro poquito. El reloj de la iglesia dio las ocho. —¿Y ahora? Había que estar allí a las siete y media. Pero no importa, hay mucha gente y van a sobrar juguetes. Traen un camión lleno. —¡Zezé, me está doliendo un pie. ! Me incliné: —Voy a aflojarte un poco el cordón y mejorará. Ibamos cada vez más despacio. Parecía que el Mercado no llegaba nunca. Y después todavía teníamos que pasar la Escuela Pública y doblar a la derecha en la calle del Casino Bangú. Lo peor de todo era el tiempo, que parecía volar a propósito. Llegamos allá muertos de cansancio. No había nadie. Ni parecía que hubiera habido distribución de juguetes. Pero la hubo, sí, porque la calle estaba llena de papel de seda arrugado. Los trocitos de papel coloreaban la arena. Mi corazón comenzó a inquietarse. Cuando llegamos, don Coquito estaba ya cerrando las puertas del Casino. Extenuado, le dije al portero: —Don Coquito, ¿ya se acabó todo? —Todo, Zezé. Ustedes llegaron muy tarde. Esto fue como un alud. Cerró media puerta y sonrió bondadosamente. —¡El año que viene tienen que venir más temprano, dormilones!. . . —No importa. Pero sí que importaba. Estaba tan triste y desilusionado que hubiese preferido morir antes de que sucediese aquello. —Vamos a sentarnos allí. Necesitamos descansar un poco. —Tengo sed, Zezé. —Cuando pasemos por lo de don Rosemberg pedimos un vaso de agua. Alcanza para los dos. Solamente en ese momento descubrió toda la tragedia. Ni habló. Me miró haciendo pucheros y con los ojos perdidos. —No importa, Luis. ¿Sabes? Voy a pedirle a Totoca que le cambie la cola a mi caballito “Rayo de Luna” para dártelo como regalo de Papá Noel. Pero continuó lloriqueando. —No, no hagas eso. Tú eres un rey. Papá dijo que te bautizó Luis porque era nombre de rey. Y un rey no puede llorar en la calle, frente a los demás, ¿sabes? Apoyé su cabeza en mi pecho y me quedé alisándole el cabello enrulado. —Cuando sea grande, voy a comprar un coche bonito como el de don Manuel Valadares. Ese del Portugués, ¿te acuerdas? Ese que pasó una vez delante de nosotros en la Estación, cuando estábamos saludando al Mangaratiba… Bueno, voy a comprar un cochazo lindo, lleno de regalos, y solo para ti… Pero no llores, que un rey no llora. Mi pecho explotó con enorme amargura. —Juro que lo voy a comprar. Aunque tenga que matar y robar… No era mi pajarito el que me comentaba eso, allá adentro. Debía ser el corazón. Solamente eso podía ser. ¿Por qué el Niño Jesús no me quería? El amaba hasta al buey y al burrito del pesebre. Pero a mí, no. Y él se vengaba porque yo era ahijado del diablo. Se vengaba de mí dejando a mi hermano sin su regalo. Pero Luis no merecía eso, porque era un ángel. Ningún angelito del cielo podía ser mejor que él. Y las lágrimas brotaron cobardemente de mis ojos. —Zezé, estás llorando… —En seguida pasa. Además, no soy un rey, como tú. Solamente soy una cosa que no sirve para nada. Un chico malo, bien malo… Apenas eso.

***

—Totoca, ¿fuiste a la casa nueva? —No. ¿Y tú? —Siempre que puedo hago una corridita hasta allá. —Y eso, ¿para qué? —Quiero saber si Minguito está bien. —¿Y quién diablos es Minguito? —Mi planta de naranja-lima. —Le encontraste un nombre bastante parecido a ella. Eres único para encontrarles nombres a las cosas. Se rió y continuó afinando lo que sería el nuevo cuerpo de “Rayo de Luna”. —¿Y estaba allá? —No creció nada. —Ni crecerá si andas espiándola todo el tiempo. ¿Se está poniendo linda? ¿Es así como querías el cabo? —Sí. Totoca, ¿por qué sabes hacer de todo, eh? Haces jaula, gallinero, vivero, cerca, cancela… —Eso es porque no todo el mundo nació para ser poeta de corbata de moño. Pero si realmente quisieras, aprenderías. —Me parece que no. Para eso es necesario tener “inclinación”. Se detuvo un instante y me miró, entre riendo y reprobando aquella posible novedad de tío Edmundo. En la cocina estaba Dindinha, que había venido para hacer “rabanada” mojada en vino. Era la cena de Nochebuena. Le comenté a Totoca: —Y mira, hay gente que ni siquiera tiene eso. El tío Edmundo dio el dinero para el vino y para comprar las frutas para la ensalada del almuerzo de mañana. Totoca estaba haciendo el trabajo gratis, porque se había enterado de la historia del Casino Bangú. Por lo menos, Luis tendría un regalo. Una cosa vieja, usada, pero muy linda y que yo quería mucho. —Totoca. —Habla. —¿Y no voy a recibir nada, nada, de Papá Noel? —Pienso que no. —Hablando seriamente, ¿crees que soy tan malo como dice todo el mundo? —Malo, malo, no. Lo que pasa es que tienes el diablo en la sangre. —¡Cuando llega la Nochebuena, querría tanto no tenerlo! Me gustaría tanto que antes de morir, por lo menos una vez, naciese para mí el Niño Jesús en vez del Niño Diablo. —Quién sabe si a lo mejor el año que viene… ¿Por qué no aprendes y haces como yo? —¿Y qué haces? —No espero nada. Así no me decepciono. Ni siquiera el Niño Jesús es eso tan bueno que todo el mundo dice. Eso que el Padre cuenta y que el Catecismo dice… Hizo una pausa y quedó indeciso entre contar el resto de lo que pensaba o no. —¿Cómo es, entonces? —Bueno, vamos a decir que fuiste muy travieso, que no merecías un regalo. —Pero ¿Luis? —Es un ángel. —¿Y Gloria? —También. —¿Y yo? —Bueno, a veces…, tomas mis cosas, pero eres muy bueno. —¿Y Lalá? —Pega muy fuerte, pero es buena. Un día me va a coser mi corbata de moño. —¿Y Jandira? —Jandira tiene ese modo… pero no es mala. —¿Y mamá? —Mamá es muy buena; cuando me pega lo hace con pena y despacito. —¿Y papá? —¡Ah, él no sé! Nunca tiene suerte. Creo que debe haber sido como yo, el malo de la familia.  —¡Entonces! Todos son buenos en la familia. ¿Y por qué el Niño Jesús no es bueno con nosotros? Vete a la casa del doctor Faulhaber y mira el tamaño de la mesa llena de cosas. Lo mismo en la casa de los Villas-Boas. Y en la del doctor Adaucto Luz, ni hablar… Por primera vez vi que Totoca estaba casi llorando. —Por eso creo que el Niño Jesús quiso nacer pobre sólo para exhibirse. Después El vio que solamente los ricos servían. . . Pero no hablemos más de eso. Hasta puede ser que lo que diga sea un pecado muy grande. Se quedó tan abatido que no quiso conversar más. Ni siquiera quería levantar los ojos del cuerpo del caballo que pulía.

* * *

Fue una comida tan triste que ni daba ganas de pensar. Todo el mundo comió en silencio, y papá apenas probó un poco de “rabanada”. Ni siquiera había querido afeitarse. Tampoco habían ido a la Misa del Gallo. Lo peor era que nadie hablaba nada con nadie. Más parecía el velorio del Niño Jesús que su nacimiento. Papá agarró el sombrero y se fue. Salió, incluso en zapatillas, sin decir hasta luego ni desear felicidades. Dindinha sacó su pañuelo y se limpió los ojos, pidiendo permiso para irse en seguida con tío Edmundo. Y éste puso algún dinero en mi mano y en la de Totoca. A lo mejor hubiese querido dar más y no tenía. A lo mejor, en vez de darnos dinero a nosotros, desearía estar dándoselo a sus hijos, allá en la ciudad. Por eso lo abracé. Tal vez el único abrazo de la noche de fiesta. Nadie se abrazó ni quiso decir algo bueno. Mamá fue al dormitorio. Estoy seguro de que ella estaba llorando, escondida. Y todos tenían ganas de hacer lo mismo. Lalá fue a dejar a tío Edmundo y a Dindinha en el portón, y cuando ellos se alejaron caminando despacito, despacito, comentó: —Parece que están demasiado viejitos para la vida y cansados de todo… Lo más triste fue cuando la campana de la iglesia llenó la noche de voces felices. Y algunos fuegos artificiales se elevaron a los cielos para que Dios pudiera ver la alegría de los otros. Cuando entramos nuevamente, Gloria y Jandira estaban lavando la vajilla usada y Gloria tenía los ojos rojos como si hubiese llorado mucho. Disimuló, diciéndonos a Totoca y a mí: —Ya es la hora de que los chicos vayan a la cama. Decía eso y nos miraba. Sabía que en ese momento allí no había ya ningún niño. Todos eran grandes, grandes y tristes, cenando a pedazos la misma tristeza. Quizá la culpa de todo la hubiera tenido la luz del farol medio mortecina, que había sustituido a la luz que la “Light” mandara cortar. Tal vez. El reyecito, que dormía con el dedo en la boca sí era feliz. Puse el caballito parado, bien cerca de él. No pude evitar pasarle suavemente las manos por su pelo. Mi voz era un inmenso río de ternura. —Mi chiquitito. Cuando toda la casa estuvo a oscuras pregunté bien bajito: —Estaba buena la “rabanada”, ¿no es cierto, Totoca? —No sé. Ni la probé. —¿Por qué? —Se me puso una cosa rara en la garganta que no me dejaba pasar nada… Vamos a dormir. El sueño hace que uno se olvide de todo. Yo me había levantado y hacía barullo en la cama. —¿Adonde vas, Zezé? —Voy a poner mis zapatillas del otro lado de la puerta. —No las pongas. Es mejor.  —Las voy a poner, sí. A lo mejor sucede un milagro. ¿Sabes una cosa, Totoca? Quisiera un regalo. Uno solo. Pero que fuese algo nuevo. Solo para mí… Miró para el otro lado y enterró la cabeza debajo de la almohada.

***

En cuanto me desperté llamé a Totoca. —¿Vamos a ver? Yo digo que hay algo. —Yo no iría a ver. —¡Pues sí voy! Abrí la puerta del dormitorio y, para decepción mía, las zapatillas estaban vacías. Totoca se acercó, limpiándose los ojos. —¿No te lo había dicho? Diversas sensaciones, entremezcladas, se acumularon en mi alma. Era odio, rebelión y tristeza. Sin poder contenerme exclamé: —¡Qué desgracia es tener un padre pobre!… Desvié mis ojos de las zapatillas hacia otras que estaban detenidas frente a mí. Papá se hallaba de pie, mirándonos. La tristeza había hecho enormes sus ojos. Parecía que habían crecido tanto, pero tanto, que cubrirían toda la pantalla del cine Bangú. Había en sus ojos una tristeza dolorida, tan fuerte, que aun queriendo llorar no lo hubiera logrado. Se quedó un minuto, que no acababa nunca, mirándonos; después pasó a nuestro lado, en silencio. Estábamos paralizados, sin poder decir nada. Tomó el sombrero que estaba sobre la cómoda y se fue de nuevo para la calle. Sólo entonces Totoca me tocó el brazo. —Eres malvado, Zezé. Malvado como una serpiente. Por eso es que… Calló emocionado. —No vi que estaba allí. —Malvado. Sin corazón. Sabes que papá desde hace mucho tiempo está sin empleo. Por eso ayer yo no podía tragar, mirando su rostro. Algún día vas a ser padre y entonces vas a saber lo que duele una hora de esas. Para colmo, yo lloraba. —Pero si no lo vi, Totoca, No lo vi. —Sal de mi lado. No sirves para nada. ¡Vete! Tuve ganas de salir corriendo por la calle y agarrarme llorando a las piernas de papá. Decirle que había sido muy malo, realmente malo. Pero continuaba quieto, sin saber qué hacer. Necesité sentarme en la cama desde allí miraba mis zapatillas, siempre en el mismo rincón, vacías. Vacías como mi corazón, que fluctuaba sin gobierno. —¿Por qué hice eso, Dios mío? Y precisamente hoy. ¿Por qué tenía que ser aun mas malo cuando ya todo estaba demasiado triste? ¿Con qué cara lo miraré a la hora del almuerzo? Ni la ensalada de frutas voy a conseguir que pase. Y sus grandes ojos, como pantalla de cine, estaban pegados a mí, mirándome. Cerraba los ojos y veía esos ojos grandes, grandes… Mi talón dio en mi caja de lustrar zapatos y tuve una idea. Tal vez así papá me perdonase tanta maldad. Abrí el cajón de Totoca y tomé en préstamo una lata más de pomada negra, porque la mía se estaba acabando. No hablé con nadie. Salí caminando, triste, por la calle, sin sentir el peso del cajoncito. Me parecía estar caminando sobre los ojos de él. Doliéndome dentro sus ojos. Era muy temprano y la gente debía estar durmiendo a causa de la Misa y de la cena. La calle estaba llena de chicos que exhibían y comparaban sus juguetes. Eso me abatió más todavía. Todos eran niños buenos. Ninguno de ellos haría nunca lo que yo había hecho. Paré cerca del “Miseria y Hambre”, esperando encontrar algún cliente. El cafetín estaba abierto hasta ese día. No por nada le habían puesto aquel sobrenombre. A él llegaba gente en pijama, de chinelas, de zuecos, pero nunca con zapatos. No había tomado ni café y sin embargo no sentía hambre. Mi dolor era mucho mayor que cualquier apetito. Caminé hasta la Calle del Progreso. Di vuelta al Mercado. Me senté en la calzada de la panadería de don Rosemberg, y nada. El calor aumentó y la correa del cajoncito me hacía doler el hombro; fue necesario cambiarlo de posición. Sentí sed y fui a beber en el grifo del Mercado. Me senté en el umbral de la Escuela Pública, que en breve habría de recibirme. Dejé el cajoncito en el suelo y me desanimé. Recosté la cabeza en las rodillas, como un muñeco, y así me quedé, sin ganas de nada. Después escondí la cara entre las rodillas, cubriéndolas con mis brazos. Era mejor morir antes que volver a casa sin lo que pretendía. Un pie golpeó mi cajón y una voz conocida y amiga me llamó: —¡Eh!, lustrador, el que duerme no gana dinero. Levanté la cara sin creerlo. Era don Coquito, el portero del Casino. Puso un pie y primero le pasé la franela. Después mojé el zapato y lo sequé. Y luego comencé a pasar la pomada con todo cuidado. —Por favor, ¿puede levantar un poco el pantalón? Obedeció mi pedido. —¿Lustrando hoy, Zezé? —Nunca necesité tanto como hoy. —¿Y qué tal fue la Nochebuena? —Regular. Golpeé con el cepillo en el cajón y cambió de pie. Repetí la maniobra y entonces comencé a lustrar. Cuando terminé, golpeé en el cajón y retiró el pie. —¿Cuánto es, Zezé? —Dos cruzeiros. —¿Por qué solamente dos? Todos cobran cuatro. —Solamente cuando sea un buen lustrador podré cobrar tanto. Por ahora, no. Sacó cinco cruzeiros y me los dio. —¿No quiere pagarme después? No trabajé nada hasta ahora. —Quédate con el vuelto por ser Navidad. Hasta luego. —Felices fiestas, don Coquito. Quizá había venido a hacerse lustrar los zapatos por lo que sucediera tres días antes… Sentir el dinero en el bolsillo me dio cierto ánimo que no duró mucho; ya eran más de las dos de la tarde, la gente charlaba por las calles, ¡y nada! Nadie, ni para sacarles el polvo y soltar unas monedas. Me puse cerca de un poste de la Río-San Pablo, y de vez en cuando soltaba mi voz finita: —¡Se lustra, patrón! ¡Lústrese para ayudar a la Navidad de los pobres! Un coche de rico se detuvo cerca. Aproveché para gritar, sin ninguna esperanza. —Deme una manita, doctor. Aunque solo sea para ayudar a la Navidad de los pobres. La señora, bien vestida, y los niños sentados atrás, se quedaron mirándome, mirando. La señora se conmovió. —Pobrecito, tan chico y tan pobrecito. Dale algo, Arturo. El hombre me examinó con desconfianza. —Ese es un pícaro, y de los bien vivos. Está aprovechándose de su edad y del día. —Aunque así sea, yo le voy a dar. Ven acá, chiquito.  Abrió la cartera y estiró la mano por la ventanilla. —No, señora, gracias. No estoy mintiendo. Solamente quien lo necesita mucho trabaja en Navidad. Tomé mi cajoncito, lo colgué en mi hombro y me fui caminando despacito. Ese día no sentía fuerzas ni Para tener rabia. Pero la puerta del coche se abrió y un niño echó a correr detrás de mí. —Toma. Te manda decir mi mamá que no cree que seas un mentiroso. Me puso otros cinco cruzeiros en el bolsillo y ni esperó que le agradeciera… Solamente escuché el rugido del motor que se alejaba. Ya habían pasado cuatro horas y yo continuaba con los ojos de papá martirizándome. Busqué el camino de vuelta. Diez cruzeiros no alcanzaban, pero en todo caso podría ser que el “Miseria y Hambre” me hiciese un precio más barato, o me permitiera pagar el resto otro día. En el rincón de una cerca me llamó la atención una cosa. Era una media negra y roja, de mujer. Me incliné y la recogí. Arrollé mi mano en ella y quedó finita. Guardé la media en el cajón, pensando: “Hará una linda cobra”. Pero me enojé conmigo mismo. “Otro día. Hoy, de ninguna manera…” Llegué cerca de la casa de los Villas-Boas. La casa tenía un gran jardín y el piso todo de cemento. Sergito andaba por entre las plantas en una hermosa bicicleta. Apoyé la cara en la reja para espiar: Era toda roja y con rayas amarillas y azules. El metal deslumbraba, de tan brillante. Sergito me vio y se puso a hacer demostraciones. Corría, hacía curvas, daba frenadas que llegaban a chirriar. Entonces se me acercó. —¿Te gusta? —Es la bicicleta más linda del mundo. —Acércate más al portón, que la vas a ver mejor. Sergito era de la misma edad y grado que Totoca. Sentí vergüenza de mis pies descalzos, porque él usaba zapatos de charol, medias blancas y ligas de elástico rojo. En el brillo de los zapatos se reflejaba todo. Hasta los ojos de papá comenzaron a mirarme desde ese brillo. Tragué en seco. —¿Qué te pasa, Zezé? Estás raro. —Nada. De cerca todavía es más bonita. ¿Te la regalaron por la Navidad? —Sí. Bajó de la bicicleta para conversar mejor y abrió el portón. —Tuve muchísimos regalos. Una victrola, tres trajes, un montón de libros de cuentos, una caja de lápices de colores de las grandes. Una caja con juegos, un avión que mueve la hélice. Dos barcos con vela blanca. . . Bajé la cabeza y me acordé del Niño Jesús, al que solamente le gustaba la gente rica, como decía Totoca. —¿Qué pasa, Zezé? —Nada. —Y a ti, . . ¿te regalaron muchas cosas? Negué con la cabeza, sin poder responder. —Pero, ¿nada? ¿De verdad, nada? —Este año no tuvimos Navidad en casa. Papá todavía está sin empleo. —¡No es posible! ¿Así que ustedes no tuvieron castañas, ni avellanas, ni vino?. . . —Apenas “rabanada”, que hizo Dindinha, y café. Sergito se quedó pensativo. —Zezé, si yo te convido, ¿aceptas? Estaba adivinando de qué se trataba. Pero, aun sin haber comido, no tenía deseos. —Vamos adentro. Mamá te hace un plato. Hay tantas cosas, tantos dulces…  No me arriesgaba. Había sido muy maltratado en esos días. Más de una vez había escuchado: “¿No te dije Que no me traigas mocosos de la calle a casa?”. —No, muchas gracias. —Está bien. Y si le pido a mamá que haga un paquete de castañas y otras cosas para que se lo lleves a tu hermanito, ¿lo llevas? —No puedo. Tengo que terminar de trabajar. Recién en ese momento Sergito descubrió mi cajoncito de lustrar, sobre el que me había sentado. —Pero nadie se lustra en Navidad… —Me pasé todo el día y solo conseguí ganar diez cruzeiros, y eso que cinco me los dieron de limosna. Todavía tengo que ganar dos más. —¿Para qué, Zezé? —No te lo puedo contar. Pero los necesito mucho. Se sonrió y tuvo una idea generosa. —¿Quieres lustrar mis zapatos? Te doy diez cruzeiros. —Tampoco puedo. No les cobro a los amigos. —¿Y si te los doy, es decir, si te presto los diez cruzeiros? —¿Y puedo demorar en pagarte? —Como quieras. Hasta puedes pagarme después en bolitas. —Así, sí. Metió la mano en el bolsillo y me dio una moneda. —No te aflijas, que recibí mucho dinero. Tengo la alcancía llena. Pasé la mano por la rueda de la bicicleta. —Es realmente linda. —Cuando crezcas y sepas andar te dejaré dar una vuelta, ¿está bien? —Bueno.

* * *

Me lancé en una carrera enloquecida hasta el cafetín de “Miseria y Hambre”, zangoloteando el cajón de lustrar. Entré como un huracán, con miedo de que fuesen a cerrar ya. —Señor, ¿tiene todavía de aquellos cigarrillos caros? Tomó dos paquetes cuando vio el dinero en la palma de mi mano. —¿Esto no es para ti, verdad, Zezé? Una voz dijo, atrás: —¡Qué idea! ¡Un chico de esa edad! Sin darse vuelta, le contestó: —Porque usted no conoce a este cliente de cualquier cosa. —Es para papá. Sentía una enorme felicidad haciendo rodar las monedas en la palma de la mano. —¿Ese o éste? —Tú sabrás. —Pasé todo el día trabajando para comprarle a papá este regalo de Navidad. —¿De verás, Zezé? ¿Y él que te regaló? —Nada, pobre. Todavía está sin empleo, usted ya sabe. Se emocionó y nadie habló en el bar. —¿Cuál le gustaría más, si fuese para usted? —Los dos son lindos. Y a cualquier padre le gustaría recibir un regalo así.  —Envuélvame éste, por favor. Hizo el paquete, pero estaba medio raro cuando me lo entregó. Como si quisiera decirme algo y no pudiera. Le entregué el dinero y sonreí. —Gracias, Zezé. —¡Que tenga felices fiestas!… Corrí de nuevo hasta llegar a casa. También había llegado la noche. Solamente en la cocina estaba encendida la luz del farol. Habían salido todos, pero papá estaba sentado a la mesa, mirando la pared vacía. Tenía el rostro apoyado en la palma de la mano, y el codo en la mesa. —Papá. —¿Qué, hijo? No había rencor alguno en su voz. —¿Dónde estuviste todo el día? Le mostré mi cajoncito de lustrar zapatos. Lo dejé en el suelo y metí la mano en el bolsillo para sacar mi paquetito. —Mira, papá, compré una cosa linda para ti. Sonrió comprendiendo todo lo que eso había costado. —¿Te gusta? Era el mejor. Abrió el paquete y aspiró el tabaco, sonriendo, pero sin conseguir decir nada. —Fuma uno, papá. Fui hasta el fogón para buscar un fósforo. Lo encendí, aproximándolo al cigarrillo que tenía en la boca. Me alejé para ver la primera bocanada. Y algo me pasó. Arrojé al suelo el fósforo apagado. Y sentí que estaba explotando. Destrozándome todo por dentro. Reventando ese dolor tan grande que me había amenazado todo el día. Miré a papá, su rostro barbudo, sus ojos. Solo pude decirle: —Papá… Papá… Y la voz fue consumiéndose entre lágrimas y sollozos. El abrió los brazos y me estrechó tiernamente: —No llores, hijito. Vas a tener que llorar mucho en la vida si continúas siendo un chico tan emotivo… —Yo no quería, papá… Yo no quería decir… eso. —Ya lo sé. Ya lo sé. Además, no me enojé porque en el fondo tenías razón. Me acunó un poco más. Después levantó mi rostro y lo secó con la servilleta que estaba allí cerca. —Así está mejor. Levanté mis manos y acaricié su cara. Pasé suavemente los dedos sobre sus ojos, intentando colocarlos en su lugar, sin aquella pantalla grande. Tenía miedo de que si no lo hacía esos ojos fueran a seguirme durante toda la vida. —Vamos a acabar mi cigarrillo. Todavía con la voz temblorosa de emoción, pude tartamudear: —Sabes, papá, cuando me quieras pegar nunca más voy a protestar… Puedes pegarme, no más… —Está bien. Está bien, Zezé. Me depositó en el suelo, junto con el resto de mis sollozos. Tomó un plato del armario. —Gloria te guardó un poco de ensalada de frutas. Yo no conseguía tragar. Se sentó y fue llevando hasta mi boca pequeñas cucharadas. —Ahora pasó, ¿no es cierto que sí, hijo?  Hice que sí con la cabeza, pero las primeras cucharadas entraban en mi boca con gusto salado. El resto de mi llanto demoraba en pasar.

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Cuento de Christian Morana *

LA HISTORIA QUE TODOS QUIEREN ESCUCHAR

Seguro que usted viene a escuchar la historia que todos quieren escuchar, ésa que me hizo famoso, que recorrió las calles de la cuidad con la velocidad que tiene la peste. Aquella que me dio reputación entre las mujeres que susurraban comentarios cuando me veían pasar. Lamento decirle que usted no está de suerte, ésa historia ya no genera nada en mí y preferiría no contarla más. Acá me ve, anciano, sin pelo, sin ganas de vivir, parece que aquella historia es todo lo que queda de éste pobre hombre… a veces, cuando tengo algo de fuerzas salgo a caminar por la cuidad.. ¡ ay, como vuela el tiempo! la ciudad está transformada, se lo puedo asegurar, ya nada es igual, me acuerdo de memoria, todavía, cada detalle de mí barrio… podría enumerar (sin olvidarme de ninguno ) los comercios que daban vida a la avenida… ¡ay querido como cambiaron las cosas!…. pero me estoy yendo por las ramas, usted venía para escuchar mí historia, aquella que me subió al pedestal desde el cual miraba a mis compadres, tan alto que me daba vértigo. Es una historia que podría tranquilamente haberla inventado una noche de primavera con luna llena (a pesar de parecer romántico así fue realmente) pero afortunadamente tengo testigos; el Toro Arismendi ( el hijo del carnicero, una especie de príncipe vacuno) y el gordo Prapotti, simplemente un vagabundo… gracias a ellos y sus ojos, sus oídos y su fe yo me hice famoso en mi ciudad y usted viene a escuchar mi historia… tanto “el toro” como “el gordo” contaron la historia en innumerables oportunidades; las versiones fueron siempre idénticas, con las mismas palabras y los mismos acentos, le juro compadre que nunca nos pusimos de acuerdo pero así salía, como si hubiese estado guiando… se me viene a la cabeza, fugazmente una tarde en la que estábamos en la terraza “del toro” con dos señoritas que ansiaban escuchar nuestra fantástica aventura, mientras “el toro” y yo nos repartíamos los párrafos, ellas, miraban atentas con ojos de admiración (no hay nada más lindo que una mujer diciendo por sus ojos cuán fantástico sos para ella), las muchachas tenían delante de sus miradas a dos de los tres héroes más grandes de la aburrida ciudad… fue una tarde fantástica… ésta historia que usted viene a escuchar, joven, ha sido el motivo de 4369 visitas como las suyas, (no se alarme pensando que estoy loco pero las contabilizo) 10587 notas en periódicos y hasta una por radio, es raro que usted asegure que nunca la escucho… incluso, a medida que la historia viaja de boca en boca se va modificando, cada persona que la recibe y luego la cuenta le agrega una parte o quita otra, los más arriesgados le agregan balas al relato, en cambio los más cobardes le agregan una huida colosal. He escuchado una vez que alguien le agregó amor, un ingrediente improvisado en semejante historia, seguramente aquel que le agregó amor era un iluso… por aquel momento las calles derrochaban violencia y miedo, de ahí nace la historia… pero ya es tarde y no quiero contarla, la escuche tantas veces que prefería callar.

 

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* Christian Morana (Argentina) comenzó su carrera como escritor en el año 2013 cuando editó bajo el sello “Utopías” su libro debut “Crónicas de un infeliz”. En el año 2015 fue premiado por la Editorial Dunken siendo seleccionado para participar con su cuento “La historia de un viejo misterioso, el gordo y el toro” en lo que fue la edición “Entre lunas y soles” compilando a los ganadores de la selección R.O.I. También ha sido finalista del concurso “De Quevedo a Cortázar” organizado por la Cámara de comercio Española. El principio de 2016 lo encuentra presentando su segundo libro “Atajos del destino y algunas
vidas desdichadas” el día 11 de marzo en “Espacio Cultural Carlos Gardel” de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
También para este 2016 se espera la edición de un nuevo compilado de cuentos llamado “Eternas conversaciones con mis demonios” y la segunda edición de “El Hospicio de los Alienados”.

 

 

 

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Julio Torri * (México, 1889-1970)

EL HÉROE

Todo se adultera hoy. A mí me ha tocado personificar un heroísmo falso. Maté al pobre dragón de modo alevoso que no debe ni recordarse. El inofensivo monstruo vivía pacíficamente y no hizo mal a nadie. Hasta pagaba sus contribuciones, y llegó en inocente simplicidad a depositar su voto en las ánforas, durante las últimas elecciones generales. Me vio llegar como a un huésped, y cuando hacía ademán de recibirme y brindarme hospedaje, le hendí la cabeza de un tajo. Horrorizado por mi villanía, huí de los fotógrafos que pretendían retratarme con los despojos del pobre bicho y con el malhadado alfanje desenvainado y sangriento. Otro se aprovechó de mi fea hazaña e intentó obtener la mano de la princesa. Por desdicha mis abogados lo impidieron y aun obligaron al impostor a pagar las costas del juicio. No hubo más remedio que apechugar con la hija del rey y tomar parte en ceremonias que asquearían aun a Mr. Cecil B. de Mille.
La princesa no es la joven adorable que estás desde hace varios años acostumbrado a ver por las tarjetas postales. Se trata de una venerable matrona que, como tantas mujeres que han prolongado su doncellez, se ha chupado interiormente. (Perdonadme lo bajo de la expresión.) Resulta su compañía tan enfadosa que a su lado se explica uno los horrores de todas las revoluciones. Sus aficiones son groseras: nada la complace más que exhibirse en público conmigo, haciendo gala de un amor conyugal que felizmente no existe. Tiene alma vulgar de actriz de cine. Siempre está en escena, y aun lo que dice dormida va destinado a la galería. Sus actitudes favoritas, la de infanta demócrata, de esposa sacrificada, de mujer superior que tolera menesteres humildes. A su lado siento náuseas incontenibles.
En los momentos de mayor intimidad mi egregia compañera inventa frases altisonantes que me colman de infortunio: “la sangre del dragón nos une”; “tu heroicidad me ha hecho tuya para siempre”; o bien “la lengua del dragón fue el ábrete sésamo”; etcétera.
Y luego las conmemoraciones, los discursos, la retórica huera…, toda la triste máquina de la gloria. ¡Qué asco de mí mismo por haber comprado con una villanía bienestar y honores!
¡Cuánto envidio la sepultura olvidada de los héroes sin nombre!

 

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* Julio Torri Maynes (1889 – 1970) fue un escritor, maestro y abogado mexicano, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. La obra de Julio Torri, parca y perfeccionista, de un elegante y fino sentido del humor, se considera ejemplar en las letras mexicanas modernas, e incluye Ensayos y poemas (1917), De fusilamientos (1940) y Prosas dispersas (1964), títulos que aparecieron reunidos en el volumen Tres libros. El vanguardismo anticipado de su prosa ha sido comparado al de otros precursores latinoamericanos, como el venezolano J. Garmendia, sobre todo por la creación de microcuentos ambiguos, de talante casi fantástico y de atmósfera mágica o mitológica.En reconocimiento a su alta calidad literaria, la librería del Centro Cultural Universitario de la UNAM lleva su nombre, así como el Premio Nacional (México) de cuento breve.