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LA VENGANZA DE CHARLES BOVARY

Por Rafael Gumucio*

Juan Carlos Onetti, en una entrevista con amistosa ironía se burlaba de los horarios y puntillosidades de Vargas Llosa: “Tú tienes una relación marital con la literatura”, le decía el uruguayo, “mientras yo tengo una relación de amante”.
La boutade es más profunda de lo que parece. Onetti dibuja dos tipos de escritores, el que ama fugaz pero ardorosamente sus textos y el que se casa con sus personajes y vive con ellos en una cotidianidad aparentemente banal.
Estos dos tipos de escritores, el amante y el marido, dan distintos géneros literarios. La poesía, la crónica, el cuento y hasta la novela corta son las armas del amante, la novela es, por excelencia, el género nupcial.

Como en el matrimonio, en la novela se trata de extraer del fuego no las más altas llamas, sino las más duraderas brasas. El novelista, como los cónyuges, debe evitar decir de una vez y para siempre la verdad. Debe diseminarla en pequeñas verdades discretas o invisibles que van construyendo nudos de confianza mutua.
El que escribe versos y columnas y teatro y cuentos busca una y otra vez el acierto verbal. La frase o el verso, o la escena que lo dice todo. Cuando lo encuentra se acaba la columna, el poema o la escena. Los autores de novela tememos como a un lobo ese silencio que sigue al acierto. Así el buen novelista muchas veces tiene que borronear o pasar por alto la frase inteligente, el aforismo, o las revelaciones, el knock out del que hablaba Cortázar, sólo para seguir adelante.
Todo sea por seguir juntos. Ante todo seguir juntos, porque más allá, porque más adelante, los juramentos se van a cumplir, los milagros van a suceder, la trama va a cuajar, los hijos van a crecer.
Seguir adelante. Pasar por altos errores, y torpezas ortográficas, gramaticales, dramatúrgicas o sentimentales. Seguir a pesar de las infidelidades, las imprecisiones, las palabras quebradas, la verosimilitud engañada. Seguir adelante, guiado por una intuición nada certera de que algo incomprensible nos une.
Seguir, seguir ante todo, seguir porque a partir de un cierto punto ni la novela, ni la pareja, es la suma de sus partes, sino otra entidad superior que se llama nosotros, que se llama los otros, que se llama relato.

La novela y el matrimonio se sustentan en promesas que cuando están a punto de cumplirse se transforman en otras promesas. Ejercicio de secreta humildad; el amante, el poeta, o el columnista, no necesita de otro. Se enamora solo, y mide su amor por los delirios y acrobacias que le obligan a hacer a él y sólo a él.
La poesía, el periodismo o la pasión amorosa se completan en sí mismo mientras que el amor conyugal, como la escritura del novelista, es esencialmente incompleto, porque debe dejar tiempo al otro que lo complete. Nace del yo pero viaja siempre hacia el otro.
El matrimonio, como la novela, supone el dejar que tu vida, tu escritura y tus sentimientos ya no sean del todo tuyos. Dejar tiempo (y pide paciencia) y lugar para que la amada, la esposa, el esposo, los personajes, digan no sólo las frases que esperabas que dijeran, sino otras inesperadas que pueden cambiarlo todo.
Muchas veces la musa del novelista abandona el lecho conyugal para irse con el poeta un par de semanas. Pero finalmente siempre vuelve con el marido, por que la musa del novelista, como la esposa burguesa, no se enamora ni del escritor ni del marido, sino de la lealtad a un proyecto, real o completamente imaginario.

En búsqueda de esa lealtad el poeta Flaubert dejó el verso por la prosa y escribió en ella un retrato furibundo de un matrimonio de provincia en que la esposa le es infiel al marido.
En vez de decir “Madame Bovary c’est moi”, Flaubert debió decir “Les Bovary c’est moi”. Porque tarde o temprano todos los novelistas somos Charles Bovary. Todos en algún momento de la escritura somos el médico de provincia casado con una mujer por encima de sus medios. Ese pobre cornudo que intenta no ver lo evidente y termina a pesar de todo por ser heroicamente digno.
Al igual que el engañado marido, al novelista le toca el ingrato papel de ser testigo de las huidas de sus personajes. Se venga sobreviviéndola, siendo así guardián de su memoria, fiel cuando ella ya no puede verlo. Las novelas terminan siempre por convertirse en la venganza de Charles Bovary. Muerta la heroína, arrepentido el amante, sólo la novela le restituye al humillado una voz con la que contar la historia. Pero es otra novela que empieza cuando se ha cerrado la de Flaubert. Ésa es también la magia de la novela.

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* Rafael Gumucio (1970) es un escritor y humorista chileno. Ha sido también animador, guionista y realizador de programas de televisión como Gato por liebre (Rock & Pop Televisión, 1995-1998) y del programa de humor absurdo Plan Z. Es autor de la novela Memorias prematuras, entre otros cuentos, relatos y ensayos.

De y por: El Gabinete del Ocio de Fedosy Santaella

La damisela-protagonista que muta en súper guerrera, la ciencia-brujería como perversión del hombre, los zombis al servicio del mal y por supuesto, el mismo zombi constituyen la gran herencia de William Seabrook.

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SEABROOK EL OSCURO

Me gusta encontrar personas fascinantes por el camino de las lecturas, personas que han vivido vidas de personajes de ficción. William Seabrook es uno de ellos. Nacido en 1884 en Maryland. Seabrook perteneció a ese jaez de norteamericanos de la segunda década del siglo XX que salió a descubrir mundo, que creyó en la aventura, en la épica, en el esoterismo y en la escritura. Algunos lo ubican junto a aquellos escritores norteamericanos de la llamada Generación perdida, entre los que se encuentran Hemingway, Steinbeck y Faulkner. Era un hombre culto, desilusionado del emporio de la razón, crítico de la modernidad. Vivió el desencanto de la Primera Guerra Mundial y compartió inquietudes existenciales y artísticas muy similares a la de los surrealistas y los dadaístas. Su tiempo postulaba la búsqueda de nuevas fronteras, más oscuras, más del mal incluso. Estudió metafísica y filosofía en Europa, pero también estuvo profundamente interesado por la magia y el esoterismo.

Durante un tiempo se dedicó a hacer fortuna como publicista en Atlanta, donde contrajo matrimonio con la hija de un alto ejecutivo de la Coca-Cola. Pero lo suyo era el mundo, así que, llegada la gran guerra, se anotó de enfermero. El gas mostaza lo afectó en la batalla de Verdún, le dieron de baja y regresó a su país. Cargaba con una condecoración de guerra y tenía ganas de cambiar de vida. Se mudó a Nueva York y trabajó de reportero para The New York Times. Empezó a escribir ficción. Conoció al H. L. Mencken, fundador de la revista Black Mask y se acogió bajo su ala protectora. En 1920 se encontró con Aleister Crowley, llamado también el Baphomet, la Bestia y el hombre más malo del mundo, Crowley fue un muy influyente ocultista y místico su generis que practicaba magia negra y sexual. Fundó su propia religión, la de Thelema, con abadía incluso. Con supuestos fines místicos usaba drogas con profusión y se daba a la bisexualidad. Pero la vida disipada no le impidió ser un maestro del ajedrez y de la meditación, un atrevido montañista y un experto ciclista y piragüista, así como insigne viajero.

En aquel encuentro, Seabrook y el mago probaron comunicarse sólo con un monosílabo durante una semana. Lo hicieron con la intención de alcanzar un nivel mental y espiritual cercano al de los animales. La experiencia luego sería narrada por el escritor a manera de fábula oriental en el cuento que se titula «Wow», precisamente la palabra que él y Crowley utilizaron en la semana monosilábica.

Poco después, Seabrook iniciaría su famoso periplo de viajes. Quería escribir reportajes inéditos, adentrarse en lo que consideraba los secretos que según él creía, daban poder y trascendencia. Estuvo en los territorios árabes, entre beduinos; dijo haber descubierto lugares incógnitos, gente con sabiduría, misterios profundos; así lo contó en el libro Aventuras de Arabia.

 

EL REINO DE LOS ZOMBIS

En 1928 William Seabrook viajó a Haití. Allí estuvo durante un año y de esa experiencia surgió, al año siguiente, La isla mágica. Seabrook habló del país, de la política, de la sociedad y de algo más que hizo célebre al libro.

Según lo relatado, Seabrook se introdujo en los vericuetos de las prácticas religiosas de la isla bajo la tutela de una tal Mamá Celie, una vieja sacerdotisa que lo llevó a conocer la existencia de unos muertos vivos que trabajaban en el campo; es decir, muertos trabajadores, esclavos de potentados. Se refería, claro está, al vudú y a esa extraña criatura que hoy conocemos bajo la rúbrica de zombi.

Por La isla mágica la casa editorial le dio a Seabrook lo que para aquel entonces era una buena cantidad de dinero: quince mil dólares en adelanto. No hubo fallo en el anticipo: el libro fue un éxito de ventas.

Más adelante, Seabrook publicaría Jungle Days, donde narra su estadía de ocho meses con la tribu caníbal de los gueré en la Costa de Marfil. En esas páginas el autor llega a afirmar que la carne de ternera es la única que se puede comparar con la carne humana.

En el capítulo II de La Isla mágica, titulado «Magia negra», Seabrook presenta unos relatos que dan cuenta de los zombis y del vudú. En ellos introducirá lo que luego serán unas constantes o unos motivos temáticos y estructurales que más tarde pasarían con fuerza evidente al cine.

El relato titulado «La pálida esposa de Toussel» recoge (o inaugura para nosotros) el tema de la damisela, el amor, el marido atroz y el zombi. La historia se desarrolla en Puerto Príncipe y nos presenta a Camille, una joven mulata, sobrina de un caballero haitiano que la apadrina y la presenta en sociedad. Como es una muchacha humilde, pocos hombres la toman en serio, hasta que finalmente aparece «Matthieu Toussel, un rico cultivador de café de Morne Hôpital». Toussel, es importante destacar, no es hombre blanco.

Era de piel oscura y la doblaba en edad, pero rico, cosmopolita y bien educado. La casa principal de residencia de los Toussel, en la falda de las colinas y que daba a Puerto Príncipe, no tenía techo de paja y paredes de barro, sino que era un hermosobungalow de madera, con techo de tejas y amplias terrazas, entre un jardín de vivas flores de fuego, palmeras y buganvillas.

William Seabrook. «La pálida esposa de Toussel» en Zombies! Zombies! Zombies! Otto Penzler, comp. Vintage Crime/Black Lizard (Nueva York, 2011), pag. 10.

También sobre Toussel corre un antiguo rumor. Dicen que está asociado con el vudú o la brujería, «pero tales rumores son normales respecto a casi todos los haitianos que han adquirido poder en las montañas y en el caso de los hombres como Toussel rara vez se toman en serio.» El cultivador contrae matrimonio con Camille y la lleva a vivir a su casa. Todo muy bien al principio. Ella lleva una vida social activa, va a salones de sociedad, se deja ver. Pero luego la actitud del marido cambia. Se muestra oscuro, preocupado y Camille padece tal cambio. La noche del aniversario de bodas, él le ordena que se vista con las mejores galas y luego la lleva a su estudio. Allí hay una mesa preparada para seis comensales. Camille no logra ver bien, el lugar apenas está iluminado por unas velas. Finalmente, ya sentada, cae en cuenta y se llena de horror y locura: sus acompañantes están muertos. Ella huye, Toussel desaparece. Al final, Seabrook (el narrador) interviene en primera persona. Es a todas luces un extranjero que pregunta por ciertas prácticas mágicas. Así nos dice:

Formulé estas preguntas, pero no tuve ninguna explicación convincente o incluso una teoría en respuesta. Hay historias de abominaciones más bien horrendas, impublicables, practicadas por algunos brujos que afirman levantar a los muertos, pero hasta donde yo sé, sólo se trata de historias. Y en cuanto a lo que de verdad sucedió aquella noche, la credibilidad depende de la prueba aportada por una muchacha demente.

William Seabrook. «La pálida esposa de Toussel» en Zombies! Zombies! Zombies! Otto Penzler, comp. Vintage Crime/Black Lizard (Nueva York, 2011), pag. 12.

En «Hombres muertos trabajando en campos de caña», el narrador cuenta que cierta noche haitiana estuvo escuchando los típicos cuentos de terror, vampiros y hombres lobos. Nada que no existiera en América del Norte y en Europa, comenta este narrador. Pero luego Constant Polynice, un granjero haitiano, le habla de los zombis. Es allí cuando el narrador se asombra, nunca había oído hablar de estos terribles seres, personas que han muerto y que justo antes de entrar en estado de putrefacción, son profanadas por ciertos brujos con el fin de destinarlas al cometimiento de crímenes o para trabajar en los campos. Los zombis «no son ni fantasmas ni personas resucitadas como Lázaro», son muertos, explica el narrador, sólo que alguien tiene poder sobre sus acciones. Más adelante, este mismo narrador le pregunta a Polynice por Hasco, una compañía extranjera de muy serias y de modernas credenciales. Polynice le cuenta una historia patética de cómo un negro de nombre Joseph de Columbier llevó a un grupo de zombis a trabajar para esta compañía.

La damisela (o la heroína), el amor, la locura, la compañía trasnacional, el esclavismo, están allí, en esos dos relatos de Seabrook, listos para dar el salto, para convertirse en códigos constantes en el cine de zombis por venir.

 

LOS ZOMBIS VIAJAN A HOLLYWOOD

De una adaptación teatral de las historias de Seabrook, va a surgir la primera cinta sobre el tema. En febrero de 1932 se estrena en Broadway Zombie, una pieza de Kenneth Webb inspirada en La isla mágica. Edward y Víctor Halperin, con prisa y callados (eran productores del cine mudo que no le pidieron permiso a Webb), hicieron saltar la historia a la gran pantalla (con algo de sonido) en agosto del mismo año bajo el nombre de White Zombie.

Neil Parker (John Harron) y Madeleine Short (Magde Bellamy), joven pareja de enamorados, viajan a Haití con el fin de celebrar su matrimonio. Quien los ha invitado, el hacendado Charles Beaumont (Robert Frazer), está enamorado de Madeleine. Cuando ella lo rechaza, Beaumont acude a otro terrateniente de la zona, un hechicero vudú de apellido Murder, quien tiene zombis trabajando en sus tierras. Murder, interpretado nada más y nada menos que por Bela Lugosi, convertirá a Madeleine en zombi poco después de la boda de ella con Neil Parker. Este es el plan de Beaumont: hacerla pasar por muerta, enterrarla y esperar la partida de Parker para luego él sacarla de su tumba y poseerla. A poco de haber sido sepultada, el neófito esposo descubre el complot. Sin embargo, no le alcanza el tiempo para rescatarla, Murder se anticipa y se la lleva a su mansión. Parker y un misionero de nombre Bruner partirán hacia el sitio de captura, allí donde los zombis han sido convertidos en guardaespaldas y asesinos de Murder. Incluso Madelaine, poseída por la magia del villano, se volverá en contra de su amado. Al final, una lucha entre Beaumont y Murder llevará a ambos a la aniquilación. Con la muerte de Murder, Madelaine se librará del hechizo.

En White Zombie podemos identificar los tópicos ya referidos: la mujer protagonista (en los primeros tiempos desprotegida), el esclavista y el zombi que ataca (pero que aún no devora sesos humanos). Ya en nuestra época, la serie cinematográfica Resident Evilhace de la mujer su principal protagonista. Alice, genéticamente alterada, aguerrida, implacable, es la heredera de esa primera Camille de Seabrook, enloquecida por el mal y de Madelaine, convertida en zombi pero liberada por el amor.

En 1943, el film I Walk With a Zombie también nos presenta el tema del vudú, del amor y de la plantación como centro de creación y de reclusión de zombis. En I Walk With a Zombie, dos personajes femeninos, Betsy (Frances Dee) y Jessica (Christine Gordon) serán las dos damas en torno a las cuales girará esta historia situada en una plantación de azúcar en la remota isla caribeña de San Sebastián. Betsy, una enfermera canadiense, ha llegado a la isla para cuidar de Jessica, esposa de Paul, hombre blanco dueño de la plantación. Pronto descubrirá la enfermera que la extraña enfermedad de Jessica tiene que ver con el vudú que repta en los meandros de la plantío y con una riña de amores entre el dueño y su hermano.

Revenge of the Zombies, también de 1943, trabaja la femenina en el personaje de Lila, una chica de Luisiana (estado heredero del vudú) que es convertida en zombi y que aun así se rebela contra su creador, Max von Altermann (John Carradine), un doctor que prepara un ejército de zombis para ponerlo al servicio de la ideología nazi.

El zombi como esclavo del mal también lo vemos I Eat Your Skin, film de 1964 que transcurre en una isla del Caribe. En la historia, el escritor Tom Harris (que ha llegado para hacer una investigación sobre el vudú) descubre un laboratorio secreto donde un científico loco busca una fórmula para detener el proceso de envejecimiento, cuando en realidad termina creando peligrosos zombis.

The Plague Of Zombies, de 1966, se centra en un lejano poblado de nombre Cornwall. Allí comienzan a morir misteriosamente los trabajadores más jóvenes y fuertes. Tras la pista de estas muertes llega sir James Forbes y su hija Sylvia. Sylvia es secuestrada por Squire Hamilton, el dueño de una mina supuestamente abandonada quien vivió algunos años en Haití. Pronto se descubrirá que Hamilton está usando las prácticas de vudú aprendidas en la lejana isla para crear un ejército de zombis esclavos que trabajen para él en la mina. Vemos acá de nuevo a la damisela desprotegida relacionada con el zombi y también el asunto del poder oscuro actuando para construir una masa de esclavos.

En cuanto a este último aspecto, ha quedado claro cómo en los filmes mencionados, el tema del zombi esclavo o convertido en producto abominable de abyectos poderes está presente desde el principio. En la actualidad, filmes como Dead Snow o Død Snø(2009), llevan esa constante a su máxima expresión. El grupo de jóvenes que se va a pasar unos días en una lejana cabaña en medio de la nieve, descubre nada más y nada menos que un enorme cementerio de zombis nazis con sus respectivos oficiales dirigiendo la sanguinaria matanza.

En 1968, George Romero estrena Night Of The Living Dead. Si bien se sabe que este film arquetípico del zombi contemporáneo está inspirado en la figura del monstruo de Frankenstein y en I Am Legend, la novela de vampiros apocalípticos de Richard Matheson, tampoco podemos dejar a un lado el hecho de que el mismo Romero habló de folclor vudú como una de sus influencias. ¿Pero dónde, en el film de Romero, se ve reflejado ese aspecto del zombi al servicio del mal, si en su historia los zombis son apenas una masa de bichos que intentan penetrar una casa para comerse a quienes allí se refugian? Pues no debemos olvidar que estos zombis de Romero surgen —así se especula en una transmisión televisiva en la misma cinta—, como consecuencia de un satélite «contaminado» que regresó a la tierra luego de realizar investigaciones en Venus. La imagen del poder maléfico se ha transformado, sin duda, pero sigue allí presente, como signo de perversión de lo humano. Un país poderoso, Estados Unidos, envió un satélite a Venus y lo que el aparato trae de vuelta es la causa de la plaga zombi. La ciencia sustituye a la magia negra. La ciencia aparece como la fuente del mal, como la nueva magia negra.

Permítaseme hablar de otro film para hacer esto más claro. En la cinta italo-española Let Sleeping Corpses Lie (Non si deve profanare il sonno dei morti), de 1974, el nacimiento de los zombis está ligado a la ciencia.

Los zombis de este film surgen también en unos lejanos sembradíos donde un grupo de granjeros ambiciosos (de las plantaciones de Haití a las plantaciones de Estados Unidos) ha producido unos pesticidas letales que matan a las personas y luego las transforma en zombis. La magia del vudú, como vemos, empieza a mutar hacia la ciencia. Esta variante, ya se dijo, ocupará la imaginería zombi de la cinematografía contemporánea; basta recordar de nuevo la serie de filmes Resident Evil.

 

BREVE FINAL CON CARNE DE TERNERA

Ya se ha visto que a pesar de los efectos especiales fraguados de manera digital y que la acción y la velocidad se imponen y aplastan al horror originario, Seabrook sigue estando presente.

La damisela-protagonista que muta en súper guerrera, la ciencia-brujería como perversión del hombre, los zombis al servicio del mal y por supuesto, el mismo zombi constituyen la gran herencia de William Seabrook.

La estructura narrativa del género, posee sin duda, sus momentos propios, particulares y específicos. No es pues el viaje del héroe, es el viaje del zombi lo que está allí de fondo, variando, mutando, ajustándose a los tiempos, pero siempre, de alguna manera, rindiéndole tributo, girando en torno a la estructura originaria que William Seabrook dejó asentada en sus libros.

Aquel hombre que alguna vez dijo haber comido carne humana y que ésta era más rica que la de ternera, tuvo la suerte de atinar una imagen, un símbolo, un miedo arraigado, un mito oscuro y caníbal para nuestros tiempos oscuros.

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Raúl Brasca *

INSTANTÁNEA

“No se trata de captar el instante y fijar la imagen en la retina. Mucho mejor es que se interrumpa un momento el flujo de lo que sucede: el caballo inmóvil en actitud de plena carrera, el pájaro congelado en vuelo, la lluvia detenida en el aire. Y saber que no es vacilación de la mirada. La fugaz inmovilidad de lo que siempre se mueve es dramática, posee el horror de una muerte inconclusa y la belleza de la eternidad. Lo eterno solo puede cristalizar en el instante, donde la experiencia del tiempo es imposible.”

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* Raúl Brasca (Argentina, 1948) Es autor de cuentos, microficciones y ensayos. Escribe actualmente crítica literaria en el suplemento de cultura del diario La Nación y colabora en publicaciones de diversos países. Fue miembro fundador y codirector de la revista literaria Maniático textual y se desempeñó como jurado y panelista en la Feria del libro de Buenos Aires.

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Miguel Angel Morelli

EL BORGES NUESTRO DE CADA DIA

Si hoy tengo más cara de dormido que la habitual (suponiendo que esto fuera posible) no es tanto por el madrugón, sino porque anoche me quedé chateando hasta las 3 de la mañana con alguien que no entendía (o mejor, no entiende, porque no creo que lo haya convencido) que mi pasión por la literatura borgeana no me impide pensar que un enorme porcentaje de sus declaraciones políticas resultaron invenciblemente lamentables. Argumenté que Borges fue un escritor y no un pensador, por lo que su literatura resulta muy superior a sus ideas (a diferencia de Sartre, por ejemplo, cuya obra perdería muy poco espesor -o tal vez ninguno- si prescindiésemos de lo literario). En el fondo -dije también- Borges jamás dejó de ser un joven anarquista, pero no un anarquista social a lo Proudhon (y mucho menos a lo Bakunin), sino más bien alguien de la escuela de Thoreau, aquel anarquismo individualista que llevado al extremo acaba deviniendo otro romanticismo. En fin, terminé diciendo que todas sus opiniones políticas habían partido siempre desde lo íntimo, lo emocional, y que rara vez había logrado la distancia imprescindible para visualizar procesos por encima de circunstancias. Así como el propio Borges escribió en “Funes el memorioso” que la memoria poco y nada tiene que ver con la inteligencia, nosotros podemos añadir que la inteligencia tampoco tiene por qué ser el principal ingrediente del sentido común.

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De todos los laberintos que he conocido, el amo indiscutible ha sido Borges. Ningún Teseo antiguo o moderno se ha movido jamás con soltura semejante. Dédalo siete meandros, Borges infinitos laberintos de mazes como jardines de Andre le Notre en Versalles, como escondites para el amor de Caboni en la Villa Pisani, como los acaracolados de Dios en lo impenetrable del mar, en lo inaccesible del cielo o en lo profundobscuro del alma. Arquitecto de pasadizos misteriosos, de encrucijadas alephianas y serpenteantes rizomas. Un laberinto no es más que eso, no importa si su forma es univiaria, arbórea, Hampton Court u ovoidal, siempre será lo mismo: un pedacito de los pensamientos de Borges, yendo y viniendo por las páginas de un libro, andando y desandando círculos, sueños y espejos que replican una imagen: un pedacito de los pensamientos de Borges, yendo y viniendo por las páginas de un libro, andando y desandando círculos, sueños y espejos que replican una imagen: un pedacito de los pensamientos de Borges, yendo y viniendo por las páginas…

Rata Carmelito -Poesía y locura

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SOBRE EL AGOTAR A LAS PERSONAS

Una persona se agota cuando la consideramos un recurso o un espejo. Se agota cuando nos aferramos, cuando compramos su libertad a cambio de amor. Se agota cuando se cansa de cargar con nuestras expectativas, cuando se harta de simular para caber en su rol, cuando ya no puede ser espontánea con nosotros porque está tratando de acomodarse.

Agotamos cuando nuestro amor o nuestro odio es intenso pero mezquino, cuando ese amor o ese odio quiere “todas las perdices”, no se contenta con la única perdiz, la necesaria y la suficiente. Pasa que abusamos de la gente, eso es agotarlos.

Agotamos a una persona cuando la tenemos prisionera de un afecto, cuando especulamos, cuando usamos la lógica del comerciante, cuando llevamos una libreta donde apuntamos todas sus faltas y luego vamos, como infames recaudadores, a cobrárselas.

Agotamos si celamos, pero también si descuidamos al otro. Agotamos a una persona querida cuando nuestro querer está repleto de exigencias, cuando hemos hecho contratos, cuando estamos llenos de promesas incumplidas y cuando la volvemos a atar a una nueva promesa.

Agotamos cuando lo que amamos en el otro es el amor que nos tiene.Una persona se agota si nosotros, como parte de su historia personal, le infringimos cautiverio, la arrinconamos a su pasado, no la dejamos ser por nuestros prejuicios, creemos saber todo de ella y la damos por sentada, despreciamos sus intentos de cambio.

Un guerrero si ama, no agota a su amado. Porque trata siempre de tener ojos nuevos para la relación, porque hace que fluya creativamente, porque hace ofrendas y no exige, ni corrige, ni tolera, ni simula, ni amenaza. Un guerrero cuando ama se da, pero no da lo que no puede, lo que es ilegítimo mantener como propio en una relación de poder: su libertad.

Diego Galo Ulloa, Mendoza, Argentina.

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Miguel Angel Morelli

LA BANALIDAD DEL BIEN

Proso estas líneas apenas quince minutos después de haber regresado de una jornada de reflexión (perdón por el eufemismo) sobre “el mal y el psicoanálisis”. Como era de presumir, tantos los panelistas como la concurrencia provenía abrumadoramente del campo “psi”, aunque con algunos colados desde el lado de la filosofía. No hace falta que diga que tanto una disciplina como la otra me son del todo ajenas, de modo que durante lo que duraron las ponencias me limité a tratar de relacionar lo que iba escuchando con el único terreno que no me es del todo hostil: el de la literatura.
Así, escuché que uno de los expositores afirmó que la nuestra es una época de plena decadencia. Inmediatamente lo asocié con aquello que escribió Borges en “Nueva refutación del tiempo”: le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir. Después alguien habló de la importancia determinante de la función materna como constitutiva del orden -o el desorden- del sujeto. Y yo recordé a Samuel Beckett, que bajo la influencia de Carl Jung aseguraba tener recuerdos prenatales, que calificaba como de sofocamiento y asfixia («feelings of entrapment and suffocation») en el seno materno mismo. Beckett estaba convencido que aquel sentimiento suyo era propio de los nacidos incorrectamente («never properly born»).
Un rato más tarde otro panelista recordó cierta ingenioso frase de Plauto (“lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit”) que diecisiete siglos más tarde sería simplificada por Hobbes como “el hombre es el lobo para el hombre”. Fue ahí cuando recordé a Emile Cioran, cuándo no, que en su momento nos advirtió que recién hace muy poco que los humanos hemos comenzado a serlo, dejando atrás miles y miles de años de pura animalidad. En tal sentido, el bien y el mal son subjetividades, creaciones que le pertenecen a la cultura y que están en un todo ausentes en la naturaleza.
La jornada se cerró con la proyección del corto “El mal, ¿y el superyó?” Se trató de la mezcla, hábilmente realizada, de imágenes destinadas a trazar un paralelo entre dos de los personajes más significativos del siglo pasado: Adolfo Hitler (la encarnación misma del mal) y quien resultó su parodiador más mordaz, Charles Chaplin. Como es de prever, la propuesta fílmica recurrió a varios tramos de la película “El gran dictador”, que el genial humorista inglés escribió y dirigió en Estados Unidos cuando esa nación permanecía todavía neutral en el conflicto. Recordará el lector que la película narra las peripecias de un barbero judío, que luego de un sinfín de vicisitudes es confundido con el dictador Adenoid Hynkel (Hitler) y obligado a pronunciar un discurso. Lejos de la consabida arenga fanática, demencial, Chaplin/Hynkel realiza un llamado a la paz y la reconciliación entre los hombres, sin importar banderías, razas ni religiones. Hasta allí, lo esperable, lo que hoy llamaríamos políticamente correcto. Pero hubo en aquel largometraje un detalle que siempre me llamó la atención, y que tanto a la concurrencia como a los expositores del simposio pareció escapárseles: a medida que avanza en su discurso final, la parodia gana en fiereza, al punto de terminar resultado una suerte de espejo del discurso enloquecido del líder nazi. Se llama a la paz, pero con el gesto de un guerrero. Como si Chaplin el realizador, hubiera pretendido advertirnos –secretamente, como correspondía a un hombre de izquierdas en esos tiempos violentos- que la tentación de imponerle el bien al prójimo por la fuerza, no es sino la otra cara de la una moneda.
La filósofa Hannah Arendt asistió al juicio al jerarca nazi Adolf Eichmann esperando encontrar, teniéndolo cara a cara, la representación misma del horror. En su lugar halló un hombre como cualquier otro. Alguien que, desprovisto de toda culpa, podía pasar incluso por un ciudadano abnegado. Allí fue cuando amonedó una expresión decisiva a la hora de estudiar la cuestión: Arendth habló de la banalidad del mal. Claro que también el bien puede serlo. Solo hay que estar convencido de que la nuestra es la única verdad posible.

Fuente: AGENDA DEL SUR (N° 157, setiembre 2014)

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SIN EDUCACIÓN Y CULTURA, LA POLÍTICA ES QUIMERA: APRENDAMOS DE LAS MAESTRAS DE LA SEGUNDA REPÚBLICA

Al igual que la Vetusta de Clarín, nuestro heroico país dormía la siesta. Esta vez, tras una nueva resaca futbolera, no consiguió despertarlo el último escándalo de corrupción. “Hacía la digestión del cocido de la olla podrida, y descansaba oyendo entre sueños el monótono y familiar zumbido de campana de coro”. Mientras, en los medios de comunicación, llovían fusiles disfrazados de palabras con los que se derribaba letalmente el argumento del contrario, por el simple hecho de ser diferente. Nuestros políticos seguían llenándose la boca con la palabra democracia, pero España era el segundo país de la Unión Europea con menos alumnos en aulas públicas. La Educación volvía a parecerse a ese oscuro desierto sobre el que tanto costó edificar tras la década de los 70, en el siglo XX.

Nuestro país se ha convertido en un crisol de desconciertos e incoherencias en el que, paradójicamente, florecen aplausos por doquier cada vez que se menciona la figura de Lorca, Machado, Neruda o García Márquez. El asesinato del dramaturgo granadino o el exilio del profesor sevillano están en auge, aunque algunos libros insistan en que aquello no ocurrió, gracias a la inmediatez con la que se acumulan los artículos o las fotografías sobre la vida de estos. Tristemente, los grandes maestros del arte y de la palabra solo son recordados, por una gran parte de la sociedad, como “héroes políticos”. Se han transformado en la campaña publicitaria perfecta para promocionar un nuevo concepto de política bajo la premisa del “todo vale”. Pero, los espectáculos también tienen un fin: La brillante ejecución de muchos titiriteros mediáticos, de afilada pluma partidista, concluye cuando les invitas a asistir a un recital de poesía o a una obra de teatro de su tan aclamado escritor. Muchos, no solo declinan la invitación, ni siquiera muestran el más mínimo interés por el evento cultural. Y así, el telón cae de golpe.

Al hilo de lo expuesto, hace poco, me paré ante la reflexión de mi amigo, el compositor David Hurtado: “Dejen ya de inundar las redes sociales con citas de autores que, probablemente, ni siquiera han leído. El mejor homenaje que podemos hacerle a un escritor es leer su obra”. Y el desplante más terrible es politizarla sin conocerla, pensé yo. Porque tener “memoria histórica” es importante para no repetir los errores del pasado. Pero si contribuimos a que se sigan fusilando ideas, la “memoria histórica” se convierte en fachada o demagogia. En definitiva, pura hipocresía oportunista.

Cuando yo leí mi primer poema de Neruda era una niña. Recuerdo que me quedé absorta. No era capaz de articular palabra. Nada me importaba si la persona que lo había escrito era blanca, negra, mujer, hombre, y, mucho menos, cuál era su ideología política. Lo único que yo deseaba era seguir leyendo otros muchos textos suyos. Entonces entendí que los escritores pasaban a la Historia gracias a su creatividad, un concepto que actualmente carece del respeto que debería poseer. Hoy nos empeñamos, erróneamente, en reforzar aquello que nos iguala y nos aliena, convirtiéndonos en obreros al servicio del sistema, en lugar de aprender a compartir y descubrir en el otro aquello que nos diferencia, que nos hace necesarios e irrepetibles.

A medida que fui creciendo, descubrí la manera en la que muchos escritores habían dibujado, desde una perspectiva crítica, una sociedad que muy pocos tuvieron la valentía de entender. Ellos habían llevado la palabra Cultura hasta las más altas cotas. Pero, en pleno siglo XXI, el desprecio por la Cultura y las constantes trabas para acceder a ella son la tónica imperante. Parece que se nos olvida lo absurdo de elogiar a un cadáver (aunque sea el del propio García Márquez), si al mismo tiempo menospreciamos a los docentes de este país tan masacrado por la manipulación mediática.

Hace un par de meses, trabajé el documental Las maestras de la República con mis alumnos. El paralelismo con la realidad actual es terriblemente sorprendente. Cada día se “depuran”, de manera metafórica, profesores, en nuestra querida Escuela Pública. Lo grave de este asunto es que esta “depuración” no solo la realiza el Gobierno mediante los constantes recortes en derechos, el ninguneo administrativo o los cambios de leyes en las que no se tiene en cuenta ni la realidad de las aulas ni a los profesores. La perversión reside en que la peor “depuración” de la Escuela Pública la realizamos nosotros, como sociedad. Permitimos y justificamos agresiones verbales y físicas en las aulas, silenciamos actitudes sexistas, hacemos la vista gorda ante las situaciones de acoso y cuestionamos la labor del profesorado. En muchas ocasiones, los docentes tienen que justificar su trabajo ante aquellos padres que miran con recelo las bajas calificaciones de sus hijos mientras señalan a los profesores como únicos y auténticos “culpables”. Por otra parte, la tasa de paro o los infinitos traslados de compañeros interinos que han obtenido la máxima calificación en un concurso-oposición, parece no importar lo suficiente. Esto sí debería ser noticia a diario.

En la Escuela Pública, además de ejercer nuestra profesión, se nos acumulan infinidad de tareas que realizamos, con empeño, pero para las que no hemos opositado. Muchos de nosotros no somos ni psicólogos, ni médicos. Aún así, de manera intuitiva y con ayuda de la pedagogía, intentamos “remediar” las carencias educacionales o afectivas que nuestros alumnos traen desde casa. Pero necesitamos cada vez mayor número de herramientas que la propia sociedad nos niega. Se trata de un trabajo que realizamos desde la voluntariedad, al margen del nuestro: la docencia. Y lo hacemos con el máximo respeto, aunque requiera horas de nuestro tiempo que no están registradas en ningún documento. Todo ello, mientras nos cuesta el dinero enfermar.

¿Qué nos impulsa entonces a seguir trabajando? Pues, precisamente, la necesidad de llevar la obra de los grandes maestros de la Cultura a todos los hogares posibles. Porque no es solo nuestro deber, sino el mayor privilegio del que puede gozar un docente con vocación. Más aún: el primer requisito sobre el que debe sustentarse una praxis política auténtica. El germen de esa necesidad se encuentra en algo que no podrán arrebatarnos ni los recortes, ni el desprecio por la Educación que se respira en España. Se llama “Alma”. Ahí reside el pilar de la Escuela.

“Alma, María, alma”, repetía el pedagogo Cossío a María Sánchez Arbós. Esta mujer, maestra y gran desconocida para muchos, ha sido un ejemplo de lo que hoy definiríamos como Educación de calidad. Su legado, junto con el de tantos docentes republicanos, ha permitido que nosotros podamos tener derecho a una Escuela y que luchemos por ella. Las maestras de la República hicieron real el concepto de Solidaridad, la base de cualquier estado democrático, gracias a una apuesta firme por renovar la Enseñanza desde los cimientos para cambiar la sociedad. Y lo consiguieron porque no era cuestión de tiempo, sino de creer de verdad en ello. La Escuela era entendida como “una reunión de almas que conviven para hacerse felices unas a otras”. Para crear una Escuela había que “formar, independizar, sostener y fortalecer su alma”. Por ello, la Segunda República inició un modelo de aprendizaje basado en la creatividad y en la innovación, palabras que suponen un auténtico reto para nuestra sociedad, tal y como subrayan destacados expertos en Educación. Ken Robinson, educador y conferencista británico, afirma en la actualidad: “No podemos incentivar la pasividad, el conformismo y la repetición. (…) La mayoría de los ciudadanos malgastan su vida haciendo cosas que no les interesan realmente, pero que creen que deben hacer para ser productivos y aceptados. Solo una minoría es feliz con su trabajo, y suelen ser quienes desafiaron la imposición de la mediocridad del sistema. Son quienes se negaron a asumir el gran error anticreativo: creer que solo unos pocos superdotados tienen talento. (…) Todos somos superdotados en algo. Se trata de descubrir en qué. La educación debe enfocarse a que encontremos nuestro elemento: la zona donde convergen nuestras capacidades y deseos con la realidad”.

Nuestras reivindicaciones, en pleno siglo XXI, por una Escuela Pública digna, persiguen el mismo objetivo que arrancó con fuerza en la República: una Educación que sea capaz de brindar los mismos derechos para todos. Como subrayó María Sánchez Arbós, es imprescindible educar en la Igualdad para que no se pierda “un solo talento por falta de oportunidades”. Para ello, se aplicó una pedagogía flexible que ayudara a compaginar la mente y el corazón. Además, la Enseñanza se basaba en un modelo práctico que debía formar alumnos preparados para el futuro, con un pensamiento crítico e independiente. Como apunta Carmen García Colmenares, “La escuela no tiene que adoctrinar sino que tiene que formar”. En plena República, aparece el lema “Más escuelas y mejores maestros”.

En este ámbito surge también el concepto de Coeducación, en el que reside el motor del aprendizaje para la convivencia en sociedad. Las palabras “tolerancia, “respeto” y “paz” adquirieron un significado pleno que, por desgracia, hoy estamos perdiendo.

Por tanto, la labor de la República ha dejado una honda huella en los que defendemos una Educación de calidad. Sus paradigmas siguen estando más vigentes que nunca entre aquellos que pretendemos dignificar la Enseñanza. Porque cada alumno debe ser capaz de descubrir que posee una sabiduría interior innata y que debe compartir su visión del mundo con los otros.

Entonces, ¿qué función cumple la Escuela con respecto al ámbito político? Resultan esclarecedoras las palabras de María Sánchez Arbós: “Si yo quisiera expresar lo que era para mí la política, no sabría. Yo creía en la Cultura. Amaba mi profesión y me entregaba a ella con afán. Esto era Política: el deber de llevar a las escuelas el ideal de Solidaridad”. De sus reflexiones, recogidas en diversos documentos, no solo se desprende que la Educación es el pilar de la praxis política, sino que esta última no existe como tal mientras no se dignifique la labor del docente y de la Escuela. Si la política es el arte de gobernar los estados, ¿de qué estado hablamos cuando no se apuesta por los valores creativos, la solidaridad, el esfuerzo y el razonamiento crítico? ¿Realmente podemos hablar de un concepto de sociedad evolucionada si despreciamos las reflexiones ajenas? Sin Educación, no puede surgir el germen de un estado verdaderamente democrático. Por tanto, un país que no respeta a sus docentes, está condenado al fracaso en todos sus ámbitos. Es más, cualquier tipo de praxis política no es real, es solo una quimera.

Cuando empecé mi labor como profesora, recopilé los textos y reflexiones de mis alumnos en un libro, que además también está ilustrado por ellos, cuyo título es El latido del aula. Quería que las distintas voces de mis alumnos se escuchasen. Me encargué del tema de la maquetación, me puse en contacto con la editorial y pude registrar el libro. No me importó costear la primera edición con mi dinero. Además, los beneficios económicos estaban destinados a la Asociación Nacional del Discapacitado. Después de terminar el proyecto, no solo no hemos recibido ningún tipo de subvención por parte de la Consejería de Educación para las sucesivas ediciones sino que, pese a poseer ISBN y Depósito Legal, la propia Consejería no lo reconoce como una publicación de interés social. Si las voces de los alumnos no tienen interés social, ¿qué lo tiene entonces? ¿Qué futuro estamos construyendo?

Desde la docencia, no me cansaré de luchar, tanto por ese proyecto como por otros muchos. Y seguiré teniendo presente a María Sánchez Arbós: “Cuando todo español no solo sepa leer sino que tenga ansias de leer y de divertirse leyendo, habrá una nueva España”. Pienso que cuando seamos capaces de escuchar las voces de los otros, habremos dado el primer paso para una auténtica democracia.

Ángela Ramos Nieto es Profesora de Lengua en la Pública y escritora. Nuevos autores de la poesía española (Jamais). Estudió piano y filología hispánica. Colabora con 

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ARTE

El arte es la actividad realizada por el ser humano con una finalidad estética o comunicativa, mediante la cual expresa ideas, emociones o una visión del mundo, mediante diversos recursos, como los plásticos, lingüísticos, sonoros o mixtos. “La vida es un medio de expresión artística” (Beuys), destacando el aspecto vital, la acción. Así, todo el mundo es capaz de ser artista.

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Amor: Querer, enamorarse y amar.
Ángela María Ramos Nieto. @am_ramosnieto

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La primera definición de la palabra amor, cuya etimología es latina, se refiere, según la RAE, al “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”.

Pero la extensión de la palabra es tan amplia que comprende una gran variedad de definiciones. Por ello, a lo largo de la historia, la filosofía ha abordado este concepto desde diversas perspectivas. Según Edgar Morales, “hay casi tantas definiciones de amor como filósofos han existido”. Platón, a través de Eros, nos despierta el lado físico, sensible, corporal, según el cual podemos entender el amor como el deseo que busca completar su significación. Aristóteles nos ayuda a descubrir el lado espiritual y personal de la palabra: encontramos nuestro yo más profundo a través de los otros, acercándonos de esta manera al concepto de amistad. Recordemos que, para el filósofo, “amor es desear al otro todo lo que se considera bueno, no por uno mismo, sino por el otro”. Ambas perspectivas se complementan con el concepto de Ágape, que nos acerca a la visión cristiana del amor fraternal y, ante todo, incondicional.

Desde un punto de vista social, distinguimos entre amor egoísta (orientado hacia la consecución del placer o bienestar individual) y amor altruista (basado en el interés social o colectivo). Sin embargo, esta distinción provoca controversia: el altruismo y la generosidad pueden considerarse sinónimos en determinados contextos y no implican obligatoriamente una relación interpersonal entre los sujetos que los experimentan y el resto del colectivo. En otras palabras: podemos ser generosos con personas a las que no conocemos, con las que no hemos creado un vínculo afectivo.

Si la propia definición de “amor” es compleja, más complicado es entender el proceso de enamoramiento. Para la Literatura, solo existen tres grande temas: amor, vida y muerte. Los dos últimos citados giran en torno al primero. En muchos casos, la lejanía o imposibilidad de alcanzar al ser amado convertía el concepto de amor en realidad. En esto precisamente consiste la herencia del amor cortés literario: Es el reflejo de una manera de concebir el mundo que entronca directamente con la vertiente platónica de la filosofía; solo amamos aquello que se aleja de nuestras posibilidades. El amor, por consiguiente, es entendido desde esta óptica como un proceso de búsqueda, pero no de encuentro y, por tanto, deja de tener sentido en el instante en el que el ser amado es capaz de responder a la petición del amante. Opuesto a este concepto y presente también en la literatura, encontramos el amor místico, que alcanza su realización mediante la unión espiritual entre los amantes y que establece un claro paralelismo con el amor sexual en cuanto a fórmulas, tópicos y objetivo: fusión de dos seres para alcanzar la unidad.

La literatura nos muestra también cómo a lo largo de la historia el amor ha sido considerado una enfermedad cuyos síntomas eran fácilmente reconocibles: pérdida de apetito, insomnio, sudoración, taquicardia, necesidad obsesiva de ofrecer nuestros logros cotidianos y la consecución de nuestras metas al ser amado. Nuestro Quijote sufre la enfermedad del amor, encarnado éste en la imagen idílica de Dulcinea.

En esta andadura literaria del concepto, tampoco podemos olvidar el desenlace trágico, el amor frustrado, que conducía a la locura o al suicidio. La figura de la mujer ha jugado un papel determinante dentro de los clichés literarios. Pertenece a nuestro imaginario colectivo la instantánea de Melibea mientras se lanza al vacío al saber que ha perdido a su amado o el bello cadáver de Ofelia que flota plácidamente en el agua adornado con flores. El retablo de la mujer hermosa, joven y muerta, como consecuencia de una tragedia amorosa, se ha convertido en un clásico para el mundo de la pintura y del cine. Podemos echar un vistazo a los cuadros de la escuela prerrafaelita, por ejemplo, y repasar algunas de las mejores películas de nuestros tiempos para comprobar que existe una clara relación entre Literatura y Vida. En esta misma línea, el movimiento romántico surgido en el siglo XIX, perfiló el concepto como forma de vida: sin amor era imposible alcanzar un estado de auténtica plenitud y en ausencia de éste la vida dejaba de tener sentido. La muerte se convertía en la única salvación. Los héroes románticos pasearon con orgullo su culto exacerbado al sexo, reivindicaron la libertad y el individualismo por encima de cualquier otra premisa y nos dejaron un legado tan valioso que pervive actualmente en cualquier faceta artística.

Por otra parte, con respecto a la ciencia, podemos encontrar distintas vertientes. En primer lugar, la bilogía considera las relaciones de pareja como un estado evolucionado del instinto de supervivencia; la neurociencia hace especial hincapié en el hecho de que el cerebro segregue una serie de sustancias que actúan de manera similar a las anfetaminas y estimulan el centro de placer del cerebro. Sin embargo, la antropología delimita tres fases que abarcan desde el impulso sexual hasta el cariño o apego, siendo esta última etapa la que permite la existencia de una continuidad en las relaciones siempre que el deseo sexual no desaparezca. La antropóloga Helen Fisher, en su libro ¿Por qué amamos? destaca dos factores importantes: la cultura y el momento. Insiste, además, en que el impulso sexual puede derivar en amor de índole romántica y que se caracteriza por la atracción sexual, la necesidad de compartir gustos e intereses, la exclusividad y cierta dosis de posesión (lo que Fisher denomina “vigilancia de pareja”). Resulta curioso, según la antropóloga, cómo el ser humano es capaz de odiar y amar al mismo tiempo a la misma persona sin que ello conlleve, necesariamente, ningún tipo de trastorno psicológico en la conducta. Según la célebre antropóloga, ambos conceptos son la cara y la cruz de una misma moneda.

Por presentar tantas variantes diferentes y ser estudiado desde distintos enfoques, el amor es considerado como el pilar que sustenta las relaciones interpersonales. Sin embargo, al margen de la diversidad de significados que entraña la palabra, el ser humano suele identificar tres conceptos como sinónimos aunque realmente no lo son: Querer, enamorarse y amar. Las últimas tendencias en psicología subrayan que la principal causa de nuestros “fracasos emocionales” tiene su origen en la confusión y el desconocimiento de estos tres términos.

Queremos, según el psicólogo Walter Riso, cuando proyectamos sobre los demás la responsabilidad de cubrir nuestras carencias afectivas o “vacíos emocionales”. Por eso, si el otro no es capaz de cumplir nuestras expectativas, nos sentirnos decepcionados y solos. Resulta interesante recalcar este aspecto porque la soledad, individual o compartida, se ha convertido en una de las grandes epidemias de nuestro siglo. El hombre moderno arrastra el estigma de que triunfan aquellos que viven en compañía y termina, en muchos casos, renunciando a sus anhelos y deseos más profundos para alcanzar un estado de felicidad compartida que solo existe de una manera aparente, pero no real. Paradójicamente, la necesidad de que nos quieran, así como el precio que estamos dispuestos a pagar por ello termina alejándonos de la propia realización personal y, en definitiva, de la felicidad. Aunque la imagen que proyectamos de cara a la galería sea justo la contraria.

Por otra parte, muchas de las relaciones de pareja concluyen porque el ser humano se empeña en identificar enamoramiento con amor. Ambos estados no son excluyentes, sino complementarios, pero en muchas ocasiones las relaciones se acaban cuando finaliza la fase de enamoramiento, de pasión exacerbada. Por el contrario, la duración del amor puede ser ilimitada y, aunque debe contener el deseo sexual que caracteriza al enamoramiento, sólo amamos de una forma real cuando nos sentimos plenos, realizados y satisfechos con nosotros mismos. Solo si somos cómplices de nuestro propio bienestar emocional podremos contribuir al bienestar de nuestra pareja.

Por tanto, es fácil enamorarse porque siempre encontraremos en factores externos un reflejo de nuestro lado más bello, de aquello que anhelamos ser o disfrutar y sentiremos una fuerte atracción física por alguien. Por el contrario, el proceso de amar es mucho más complejo. Como apuntaba Erich Fromm, “el amor es un arte, una acción voluntaria que se emprende y se aprende”. Nuestra capacidad de amar no depende del otro, sino de nosotros mismos, de nuestra manera de concebir el mundo que nos rodea, de adaptarnos a él y aprender a disfrutarlo. Y es precisamente ahí donde reside el problema: En la aceptación de que la responsabilidad de ser feliz es una tarea individual. Por consiguiente, cada vez que volcamos nuestras frustraciones en otra persona dejamos de amar. Amamos cuando entendemos el verdadero significado de la palabra independencia y somos capaces de apreciar, en nosotros mismos y en el otro, virtudes o cualidades reales, no idealizadas. Como expresaba magistralmente Pedro Salinas en su libro La voz a ti debida, la clave para aprender a amar consiste en descubrirle a otro ser humano cualidades que ni él mismo sabe que tiene, pero que nosotros vemos porque, previamente, hemos sido capaces de vernos. “Es que quiero sacar de ti tu mejor tú/ese que no te viste y que yo veo”. Dicho de otro modo: solo cuando aprendemos que nuestra propia vida es lo más valioso que poseemos, somos capaces de descubrir la grandeza del ser humano en los demás. Entonces podremos respetar, admirar y compartir la felicidad que entraña formar parte de una unidad armónica. Porque el auténtico amor es un proceso de autodescubrimiento que nos permite compartir el placer de encontrarnos y merece la pena alcanzar las más altas cotas en este arte. Ya lo dijo el maestro Ovidio: “Todo amor grande encierra una pasión por lo Absoluto”.

Ángela María Ramos Nieto es Profesora de Lengua castellana y Literatura.

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