Archivos para la categoría: Epístolas

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Hola

Hoy les quiero escribir a ustedes que han sido los protagonistas de este año que hemos cursado juntos. Como en un cuento, nos hemos encontrado a través de la bella palabra, reconociéndonos, estableciendo un vínculo que nos hermana.
La palabra, la poesía, puede abolir en un acto de amor la distancia entre el hombre y los objetos, entre el hombre y la naturaleza, entre el hombre y el hombre, entre el hombre y la muerte.
Comienza un nuevo año, comienza a escribirse una nueva página del libro maravilloso de la vida de cada uno… como en un cuento, el cuento más importante, el más necesario, el que contamos sin darnos cuenta con nuestra vida.
A todos ustedes GRACIAS por esta comunión. Les deseo un Feliz Año 2015 para todos.

Roberto Palicio

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Revista Literaria
morelli
Carta verídica de Facundo Morelli

“Mamá”

Voy a decir dos o tres cosas muy personales. Si a alguno le molesta, si a alguno no le interesa, si a alguno le parece desubicado… váyase por favor a la puta que lo parió que yo invito. Voy a decir dos o tres cosas muy personales, aunque siempre que digo algo es personal, incluso cuando cito a otros, incluso cuando digo cosas como “¡Qué frío, carajo!”. No digan que no avisé…

Hoy hace seis años mi vieja decidió que no valía la pena. Y hoy es el día del ritual y todos andamos para la mierda, o nos hacemos los boludos. Hoy hace frío, como hace seis años… el día más frío. Por si alguno no sabe y no entendió… acá va: Hoy se cumplen seis años de que mi vieja se suicidó, se tiró de un décimo piso. Ya sé que parece broma. A mí también me causa risa, de hecho… y horror, sí. El último cumpleaños de mi mamá fue el 9 de Julio de 2007, el día que nevó en Buenos Aires. Y se mató el 22. Yo estaba sentado cuando me enteré, y me quedé sentado un ratito más, y luego me paré y no volví a sentarme sino hasta algunos años después. Y no pude volver a pararme por un largo, largo rato. Cuando pienso en el entierro, una mañana soleada, recuerdo eso de Jaime Roos de “lo más negro que hay es un coche fúnebre cuando llueve” y recuerdo que cuando enterraron al papá de mi amigo Guille el día era una mierda, nublado, lluvioso. Estábamos Guille, su hermano mayor y yo. Un triste honor que sin embargo agradezco. Fue la primera vez que fui tan adulto, tan solitariamente responsable. Escribo esto, todo de corrido, mientras espero que hierva el agua para los fideos, en la casa que me vio crecer, en la casa en que mi madre hizo nido y en la que yo no supe hacer nido después. Espero que hierva el agua porque la vida sigue, porque la vida siguió y si siguió fue en parte por lo último que me enseñó mi madre… y eso quería decirles, y eso es lo más personal, y eso es lo que merece ser público, y el resto son circunstancias, cosas mías, de mi familia, de la vida… de esta que es sólo mía. Acá va: Mi mamá estaba muerta, en un cajón, que íbamos a exhibir para que nadie pensara que era una broma (aunque mamá nunca tuvo mucho sentido del humor, o sí lo tenía -y mucho- pero diferente y esa es otra historia) y… bueno, decía que mamá estaba en un cajón que íbamos a exhibir, porque de eso se trata un velorio, y mi hermana estaba desconsolada y todos estaban desconsolados y yo estaba desconsolado pero me tocaba hacerme el pelotudo y me hice el pelotudo y fui a verla, o a ver el cuerpo mejor dicho, a ver que tan destrozada estaba, a ver si estaba bien mostrarla así, a ver si dejaba que mi hermana la viera y que Miguel (que también es otra historia) la viera. O sea… me tocaba cuidar de mi madre, cuidar su imagen, su última imagen, ante los demás y me tocaba cuidar de los míos ante el posible trauma de entrar y ver algo que mejor no ver. Entré y vi el cadaver. Y fue horrible. No, no, no. No es que haya sido horrible ver el cadaver de mi madre. Fue horrible no ver nada de mi madre en el cadaver. Mamá no estaba en esa habitación en que sí estaba, en cambio, su cuerpo… aunque tampoco era su cuerpo. Era parecida, pero no era mamá. Era parecida pero no tanto. No había nada horrible, salvo que no había en el cadaver nada de la persona que se suponía velaríamos, mi madre. Salí y le dije a mi hermana que mejor no entrara, que mejor no hiciéramos velorio, o que lo hiciéramos a cajón cerrado, que total ya fue, que ya está. Quiso entrar a ver, y entró. Salió y me dijo que puta madre, que esta mina ni muerta era fea, que estaba tan hermosa como siempre. La velamos. Todos se despidieron de ella, le besaron las mejillas o la frente. Yo no, yo no me despedí. Mi mamá no estaba ahí. El alma existe.