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MOSCA3

la tarde en la que a mi amigo Gustavo se le dio por morirse
un frío de órdago venía reptando del lado del río |
de modo que rápidamente pusimos manos a la obra
y lo velamos en una punta de la plaza

mientras velábamos a mi amigo Gustavo, aprovechamos
para hacer una pira con su ropa de pobre | un fueguito
que durante un buen rato mantuvo agradable
la temperatura del ambiente, como se recomienda en la velorios

de pronto, vaya a saber uno de dónde, apareció una mosca
que fue a detenerse justo a la altura de su pómulo, cosa
que por lo demás hacen siempre las moscas en estos casos

alguien agarró un trapo y ya estaba a punto de espantarla
cuando Gustavo hizo ese gesto tan propio de los muertos
cada vez que una mosca se les para en el pómulo: con un
suave mohín, apenas perceptible, se la sacó de encima

obnubilada, sorprendida en su buena fe, al principio la mosca
no supo qué hacer, pero después levantó vuelo
y nunca más supimos algo de ella |

y así durante un buen rato, hasta que llegó el placero y nos dijo
que aquel no era el lugar adecuado para andar velando gente |
y mucho menos a un pobre borracho.

 

Miguel Ángel Morelli

Escritor y periodista argentino nacido en Coronel Suárez en 1955 y residente en Quilmes (provincia de Buenos Aires).Como poeta, ha editado cinco títulos. También participó en diversas antologías de Argentina y países de Hispanoamérica. Entre los especialistas que han abordado la poética morelliana, merecen destacarse los trabajos de los doctores Luis Alberto Vittor, de la Universidad Argentina John F. Kennedy, y John Andrew Morrow, de la Northern State University de Aberdeen (Dakota del Sur), quien tradujo parte de su obra tanto al inglés como al francés.

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Abel Maas (1947, Buenos Aires)
 Es la estatua de Julio en La London de Av. De Mayo y Perú, donde también iba Aurora. Cuenta la leyenda que ahí se conocieron, pero no se hablaron ni se miraron porque ambos estaban enfrascados en sus lecturas. Debo hablar con los dueños, tienen que hacer urgente la de ella, en noviembre se cumplirán dos años de su muerte.

Aurora fue a visitar a mi mamá al sanatorio Anchorena porque había nacido yo. Cuando me trajeron en el carrito me tomó emocionada entre sus brazos y medio que me le refalé, ella se pegó un julepe bárbaro. Me golpee un poco la cabecita en la baranda, por eso lo mío nunca fue para el psicoanálisis; para ella sólo fue un susto. Mi mamá estaba distraída.
“Qué suerte que tuvo Aurora”, dice mi mamá cada vez que la voy a visitar y voy seguido, yo soy un buen hijo.

Me enteré de lo del sanatorio por Aurora cuando la visitaba en su casa de la rue du General Beuret y se ponía muy contenta cuando iba, no por mí, sino porque era el único con el que no tenía que hablar de Julio y lo agradecía, pero qué tenía yo que hablar de Julio, con ella hablaba de mi mamá, del Parque Rivadavia, del grupo de las buenas y el de las locas (ellas eran las jefas de las buenas, iban al Colón y leían un libro cada noche, las locas eran las que no terminaban el liceo porque se embarazaban y las echaban), cosas que nunca le contó a su propio hijo.
De las que puedo contar, supe del día en que fueron al cine, en Mataderos y el acomodador le preguntó que ubicación querían y mi mamá le dijo; “por favor, un lugar donde no haya muchos ordinarios”. Imaginensé; un cine en Mataderos, en 1934, un lugar donde no haya muchos ordinarios; eran todos ordinarios.
Mi mamá nunca me contaba esas cosas porque ella no hablaba conmigo, con mi papá sí, pero yo después le preguntaba ¿qué te dijo? y tampoco me contaba, pero me decía; “¿qué querés que te cuente?, somos sapos de distinto pozo”, entonces tenía que ir a Paris, sentarme, comer las masitas que yo mismo compraba apenas subiendo en Vaugirard (como Medrano para ir a “Las Violetas”) y pedirle a Aurora que me hable de ella.

Me contaba todo, chocha de la vida y después me llevaba a ver el santuario, el escritorio de Julio. Si lo habían operado o no lo habían operado en Cuba para que le creciera la barba, como se vio en las fotos, cuando salió de Cuba, eso no era asunto mío. Era mi papá el que decía eso, que fue a Cuba para ver la revolución de cerca, pero también para operarse; por eso salió con la barba. Mi papá decía que Cortázar (jamás le dijo Julio) llevaba dibujado en su cuerpo un extraño cuadro hormonal o genético llamado gigantismo eunucoide; flaco, largo y lampiño, con pito y huevos chiquitos. Hacía un gestito con los dedos y se lo ponía en la cara a mi mamá cuando se lo decía, cada vez que se daba la ocasión y siempre había alguna. Mi mamá reventaba y con razón. “Mirá con quién se casó tu amiga”, era lo que le quería decir.
Sin embargo, mi papá simpatizaba con Aurora y hasta con Julio, pero trataba de disimularlo; sentía que traicionaba a sus hermanos y a Roberto Arlt. Una cosa comprensible, a mí me hubiera pasado lo mismo.

Yo no me voy a poner ahora, a la edad que tengo, a defender a mi papá, pero googleen “gigantismo eunucoide”, imágenes y lo van a ver a Cortázar.

ESPEJOS

– Buenos días –dijo Borges apenas abrió la puerta.
– Buenos días –le respondió el otro-. ¿Está el señor Borges? Tengo cita con él a las cuatro y cuarenta y cinco.
– Un momento, por favor –dijo Borges-. ¿A quién debo anunciar?
– Mi apellido es Borges.
Borges dio media vuelta y se hundió en la penumbra. Al rato regresó:
– Dice el señor Borges que pase –señaló Borges-. Sígame por favor.

Los dos hombres avanzaron por el pasillo, un estrecho corredor flanqueado por estanterías que iban desde el piso hasta el techo, repletas de libros. Caminaron unos treinta pasos y al llegar al final doblaron a la derecha: otro pasillo, ahora de unos veinticinco pasos y tapizado también con libros,. Volvieron a doblar a la derecha y tomaron un tercer pasillo (¿o acaso era siempre el mismo?), esta vez de unos veinte pasos de largo. Finalmente, Borges se detuvo y llamó con tres toquecitos suaves.
– Si –dijo la voz inconfundible de Borges desde el otro lado de la puerta.
– Aquí está el señor Borges –anunció Borges.
– Que pase, por favor.

El visitante entró. Borges, entonces, regresó a sus asuntos: tarareando una vieja milonga, pasó el plumero sobre algunos de los estantes más altos, quitó varios libros de su lugar (que acercó a la nariz como tratando de descifrarles el título), volvió a ubicarlos en los anaqueles y hasta se demoró en alterar levemente el orden de algunas hileras.
Desde el cuarto le llegaban, nítidas, las voces de los dos hombres. Al cabo de un rato, sin embargo, el diálogo cesó y el recién venido apareció en el pasillo:
– La luz, que de por sí era mínima, finalmente se ha apagado –le dijo-, y el señor Borges no me contesta. Temo que haya desaparecido en la oscuridad.

Borges hizo a un lado los elementos de limpieza y desde el umbral, a tientas, accionó una tecla. Efectivamente, Borges había desaparecido.
– Bien, entiendo que el señor ya le había explicado que su tarea consistirá en mantener ordenada la biblioteca –aclaró-. La cuestión parece sencilla, pero no lo es en absoluto. Una biblioteca es un cosmos, y como todos cosmos, tiende al caos.

Después, casi con resignación, Borges le fue dando el plumero, la gamuza, los gruesos anteojos, y al cabo de un instante en el que pareció vacilar se introdujo en el cuarto. La puerta, al cerrarse, hizo un chirrido agudo.
– ¿Por dónde empiezo, señor? –preguntó Borges.
– Por la A, naturalmente –contestó la voz inconfundible de Borges desde el otro lado.

 

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Viviana Ayilef *

Enfrascarse. Apunte sobre la lectura.
¿Vieron lo difícil que es abrir un frasco de mermelada? En mi caso, por ejemplo, envuelvo su base con un trapo y acerco la zona de arriba hacia el fuego. Esa técnica la aprendí de pequeña y no falla. Otros, los que tienen fuerza, a fuerza de brazos musculosos lo abren. Como sea, “enfrascarse” debe tener que ver con el carácter sellado, intransigente del que se mete en un frasco y se hace el difícil. Pero NO. No se hace: ES. Nadie es más difícil que el que aparece enfrascado en un libro. Puede haber un porno en desfile pero él no levanta la vista; puede literalmente romperse el mundo en pedazos, que el lector no se astilla. En mi caso, mis hijos me gritan: “¡No te vayas AL libro!”, “¡Otra vez EN tus libros!”, expresiones que dicen que el libro es un viaje, dimensión paralela a lo que pasa en el mundo: pero la dimensión elegida. Por eso, querido paseante, cuando usted cruce en una plaza o en un café de su ciudad a un lector enfrascado, no se acerque a saludarlo: su presencia molesta. Si el lector eligió el frasco y no su charla o la de cualquier homo sapiens, es porque se solaza en la mermelada, pegajosa y dulce, que disfruta lamiendo. Mermelada es una palabra que tiene en su origen, dicen, tanto al membrillo como a la manzana. Bueno, quería decirles que si el lector mordió ya la manzana y le trabó la puerta del frasco, pase derechito y chito: está llegando un orgasmo y si lo estorba fastidia. Salvo que tenga algún fuego como el de la hornalla que destape el frasco, o unos vigorosos brazos. Esa, es la única instancia en la que cualquier lectura puede negociarse.    

Arte poética

La poesía viene después.

Antes están los eternos compañeros,
las miradas de los hijos,
los viajes extendidos por los hombres,
—entre sus sombras,
sobre sus cuerpos,
por sus historias otras—.

Y la palabra
siempre— vendrá después:
antes la lluvia, el desplazarse.
Vivir migrando entre lo propio más ajeno:
en las ausencias,
en los despojos.

Porque si viene,
aunque tardía,
toda palabra llegará
únicamente
para calmarnos.

Antes la sed.
Antes,
la vida.

* Viviana Ayilef nació en 1981. Vive en Trelew, Chubut, Patagonia Argentina, y es Licenciada en Letras egresada de la Universidad Nacional de la Patagonia. Publicó en 2012 el poemario “Agua de otoño/ kelleñü”.

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Miguel Angel Morelli *

“Un poco más… un poco más…” -balbucea. Le faltan apenas algunos centímetros y la tarea, por fin, habrá sido realizada. Sísifo lo sabe y empuja sacando fuerzas de allí donde solamente hay orgullo. Por fin el sol le da pleno en la cara y hasta lo obliga a cerrar los ojos. Lo ha logrado. La piedra se columpia al borde del precipicio mientras él se quita el sudor de la frente. ¿Qué dirán ahora los dioses? ¿De qué podrán acusarlo, si la condena ha sido ya cumplida? Ya es libre. Finalmente es libre.
Nadie puede saber qué cosa es lo que un hombre necesita para continuar viviendo. A veces, ni siquiera él mismo. Con el corazón todavía alborotado, Sísifo echa una última mirada al horizonte, apoya su espalda contra la piedra y la empuja hacia el abismo. No hay victoria. Y si la hay, toda victoria es íntima, secreta.
Mañana, apenas raye el alba, deberá volver a intentarlo. Abajo, en la penumbra, una piedra espera.

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* Miguel Ángel Morelli es un escritor y periodista argentino nacido en Coronel Suárez en 1955 y residente en Quilmes (provincia de Buenos Aires).Como poeta, ha editado cinco títulos. También participó en diversas antologías de Argentina y países de Hispanoamérica. Entre los especialistas que han abordado la poética morelliana, merecen destacarse los trabajos de los doctores Luis Alberto Vittor, de la Universidad Argentina John F. Kennedy, y John Andrew Morrow, de la Northern State University de Aberdeen (Dakota del Sur), quien tradujo parte de su obra tanto al inglés como al francés

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COMIENZO A SOSPECHAR

Todos sabemos que no existe nada menos serio ni nada más serio que las palabras.
Les asignamos en forma absolutamente arbitraria un poder inusitado, sobrehumano. Incluso hay gente dispuesta a matar y a morir por algunas de ellas, como “patria”, “bandera”, “mío”, “dios”, “amor”, “honor”, etcétera
Pero ellas no son más que unos pájaros traviesos desafiando su propia fragilidad para detenerse en el aire, aunque sea por un instante.

No tienen la culpa de nada.

No tengo ni me interesa tener una definición de poesía. Lo único que sé es que prefiero mil veces ser compañero del día en su agonía que un simple esperador de la medianoche. Prefiero ser un moridor que un vividor; un francotirador con mala puntería antes que un tirador escogido; un amante antes que un amo; un pervertidor antes que un traidor; un palabrista antes que un malabarista; un alacrán antes que una mariposa disecada.
Las palabras son como el sexo, no tienen una mera función reproductiva; también sirven para gozar y sufrir. Y a veces, cuando todo sale bien, vivir la dulce agonía de la pequeña muerte.

Comienzo a sospechar que este oficio consiste básicamente en sembrar ventanas.

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Mauricio Feller, poeta y periodista chileno

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Imagen: Biblioteca de la antigüedad

Jorge Luis Borges

Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuando los llamamos; mientras no abrimos un libro, ese libro, literalmente,geométricamente, es un volumen, una cosa entre las cosas. Cuando lo abrimos, cuando el libro da con su lector, ocurre el hecho estético. Y aun para el mismo lector el mismo libro cambia, cabe agregar, ya que cambiamos, ya que somos (para volver a mi cita predilecta) el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito.

La poesía es el encuentro del lector con el libro, el descubrimiento del libro. Hay otra experiencia estética que es el momento, muy extraño también, en el cual el poeta concibe la obra, en el cual va descubriendo o inventando la obra. Según se sabe, en latín las palabras “inventar” y “descubrir” son sinónimas. Todo esto está de acuerdo con la doctrina platónica, cuando dice que inventar, que descubrir, es recordar. Francis Bacon agrega que si aprender es recordar, ignorar es saber olvidar; ya todo está, sólo nos falta verlo.

Cuando yo escribo algo, tengo la sensación de que ese algo preexiste. Parto de un concepto general; sé más o menos el principio y el fin, y luego voy descubriendo las parte intermedias; pero no tengo la sensación de inventarlas, no tengo la sensación de que dependan de mi arbitrio; las cosas son así. Son así, pero están escondidas y mi deber de poeta es encontrarlas.

Bradley dijo que uno de los efectos de la poesía debe ser darnos la impresión, no de descubrir algo nuevo, sino de recordar algo olvidado. Cuando leemos un buen poema pensamos que también nosotros hubiéramos podido escribirlo; que ese poema preexistía en nosotros.

de SIETE NOCHES (Noche quinta, 1980)

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LENGUAS: EL AMAWAKA *

Nuestras palabras son igual que pozos, César Calvo**

fragmento

(…) Será por el carácter de estas selvas, todo este mundo nuestro todavía formándose, ríos que de improviso trastornan su sentido o descienden sus aguas o las alzan en unas pocas horas. Tú debes haber visto: si amarras tu canoa sin sacarla del agua, al amanecer siguiente la encontrarás colgada del aire, si es que la encuentras y el río te mirará desde abajo, ya pura piedra, ya piedra convertida en el agua de su víspera. Otra vez puede pasar al revés: tu piragua se habrá ido amarrada a las corrientes que crecen sin aviso ni tiempo para nada. Todavía está haciéndose este mundo, porfiando su lugar, acomodando aquí su más allá, cayendo con los barrancos, los árboles gigantescos, asomando en las islas que hoy duermen aquí, como el renaco, y mañana despiertan lejos lejos, y en unos instantes nuevamente se pueblan de plantas, de personas, de animales. Para ver y entender y nombrar un mundo así, requerimos hablar también así. Un idioma que decrezca o ascienda sin anunciar, boscajes de palabras que hoy día están aquí y mañana despiertan lejos, y en ese instante, dentro de la misma boca, se pueblan de otros signos, de nuevas resonancias. En castellano te será difícil entenderlo. El castellano es como un río quieto: cuando dice algo, únicamente dice lo que ese algo dice. El amawaka no. En idioma amawaka las palabras contienen siempre. Contienen siempre otras palabras…

* El amawaca (amahuaca) pertenece a una pequeña familia de lenguas de la selva amazónica, (lenguas pano) formada por una treintena de lenguas de las que actualmente sobreviven menos de una veintena. Todas estas lenguas se hablan entre las cuencas del río Ucayali y el río Madre de Dios.
Con 247 personas censadas en 1993; en la actualidad deben ser cerca de 300 personas; más los recientes núcleos de Santa Rosa de Serjalí (Cuzco), y los itinerantes por las cabeceras del río Inuya y el corredor Fizcarraldo. En Brasil existen cerca de 300 amawaka. En Perú se postula la existencia de no más de 500 personas en cinco comunidades establecidas.
Es una lengua de alto riesgo de extinción; pues su potencial demográfico es bajo y su vulnerabilidad sociocultural muy alta. Las recientes explotaciones de hidrocarburos en la selva sur peruana ponen en mayor riesgo la desaparición de esta lengua altamente compleja.

** César Calvo Soriano (1940-2000) fue un poeta y editor peruano. Su identificación y gran amor por la Amazonia y la ecología, lo llevó a dirigir la filial del Instituto Nacional de Cultura en Iquitos en 1975 durante el cual también fue Director de la Fundación Pro Selva en la misma ciudad, dedicada a la protección y difusión de la cultura amazónica. César Calvo es considerado como uno de los mejores escritores hispanoamericanos por su inconfundible aliento poético. Fue traducido a numerosos idiomas. En los tramos finales de su vida, al padecer de una enfermedad fue ayudado, para su recuperación, por el poeta laureado Rafael Alberti. Murió en Lima, Perú, en el año 2000.

gm

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ:

Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

UN AÑO EN EL CABO DE HORNOS* de Paul Daniel Jules Hyades, 1885. (fragmento)

LOS YÁMANA Y LA MUERTE

No les gusta hablar de sus muertos y su repugnancia a ello es llevada tan lejos que no se puede obtener de ellos sino con gran trabajo el nombre de sus parientes y aun de su padre o madre muertos, lo que ocasiona serias dificultades o al menos la necesidad de cierta diplomacia, cuando se quiere indagar su filiación.
Este sentimiento explica sin duda su poca diligencia para dar un nombre a sus hijos. Saben perfectamente que el niño llevará el nombre del lugar de su nacimiento, pero no se deciden a aplicarle este nombre sino a la edad de dos años, cuando principia a andar. De esta suerte, si el niño muere en los dos primeros años, no tendrán que oír el nombre que les recordaría su pérdida. Es, sin embargo, difícil saber si esta costumbre oculta una superstición o simplemente la idea de evitar un pensamiento triste. Yo me inclino a darle esta última interpretación, porque a menudo he visto su actitud hacerse súbitamente grave y sombría desde que se hacía alusión delante de ellos a alguno de sus muertos, aun desde largo tiempo.
Jamas hablan de sus muertos, y sin embargo deben recordarlos a menudo, porque llevan duelo por mucho tiempo, bajo la forma de pinturas negras en la cara y una gran corona practicada en la parte superior de la cabeza. Algunas veces las mujeres, en recuerdo de los muertos de su familia, se ponen a derramar lágrimas y lanzar gemidos lastimeros, y esto sin ninguna causa exterior para explicar esa manifestación de sentimiento. En esta especie de culto por los muertos, o mejor en este recuerdo que se les conserva, hay una cuestión puramente tradicional, porque la muerte en sí misma no les infunde pavor. Yo he visto a hombres y mujeres, niños y viejos, manejar sin temor osamentas humanas exhumadas de sus tumbas, y hay buenas razones para creer, lo que los misioneros ingleses me han asegurado, que en el momento de la agonía, cuando el enfermo pierde el conocimiento, ellos lo ahogan apretándole la garganta para evitar mayores dolores, aun cuando se trata del padre o de la madre.

Fotografía: mujeres yámana, Chaoualuche Kipa y Kamanakar Kipa.

indias yamana

* El Cabo de Hornos es el más austral de los tres grandes cabos del hemisferio sur del planeta y marca el límite norte del paso Drake, que separa a América de la Antártica o Antártida, y une el océano Pacífico con el océano Atlántico.