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“El perro fue creado especialmente para los niños. Él es un dios de la diversión.”

Henry Ward Beecher

anacoreta

Asmodeo erró por el desierto un número innombrable de lunas. Padeció sus rigores, pero igualmente supo de la guarida de los cañadones y saboreó la pulpa de los dátiles y la carne fresca de las palomas.

Siempre huyó de las caravanas y jamás se acercó a un oasis mientras las voces humanas se sumaban a las del viento o de las tórtolas.

Cuando quiso regresar no recordaba siquiera el rumbo establecido por las estrellas. Y fue el retorno más incierto y sacrificado que su voluntario ostracismo. Una noche descubrió en el fondo de un valle el resplandor de las viviendas de los hombres. Descendió a ellos juntamente con la madrugada.

El camino, en las calles, se le abrió holgadamente, porque a su paso todos se apartaban; sin disimulo mostraban la repugnancia y el desdén.

Asomdeo dedujo que las gentes son más hostiles que las arenas, si no nos aman.

Sin embargo, no obedeció a la tentación de reintegrarse al desierto.

Atendía su hambre con unos desperdicios; levantó la frente y encontró unos ojos benignos que lo contemplaban. Asmodeo sintió que le nacía un sollozo de afecto.

El hombre compadecido de Asmodeo le preguntó que deseaba y el anacoreta, al oír de nuevo una voz humana que formaba palabras para él, de momento no comprendió. Alzó una mano de paz, pidiendo tiempo.

pensó todo lo que necesitaba: algo de comer, una túnica, tal vez un jergón; también, amor… A pesar de ello, habló y dijo: “Si quieres, si puedes, bondadoso hermano, préstame un espejo”.

El apiadado escondió su asombro, para no ahuyentar al anacoreta. De su hogar trajo el objeto.

Asmodeo lo tomó con las dos manos, ávidamente; pero luego de unos instantes de concentración ante su imagen, lo apartó de sí.

Más extrañado todavía, el dueño del espejo interrogó a Asmodeo: “Cómo, ¿acaso tienes miedo de ti mismo?…”

Asmodeo consideró reflexivamente la cuestión y al cabo dijo: “Sí, porque me he visto a través de la mirada de los otros hombres”.

No obstante, sonrió para mostrarle su gratitud y hacer entender que le creía distinto de los demás.

Después se devolvió al desierto.

En la cintura de la aldea notó que un perro lo seguía a distancia. Temeroso de sus fauces, Asmodeo le arrojó guijarros, que no llegaron a las visibles costillas del animal, ni lo pusieron en fuga.

Asmodeo se dijo: “Ahora tendré que buscar alimento para dos bocas”.

Y continuó andando.

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Antonio Di Benedetto nació en la ciudad de Mendoza (Argentina) en 1922 y murió en Buenos Aires en 1986. Di Benedetto es un “fenómeno” literario, un escritor anticlásico, que practicó una literatura silenciosa, inestable, en cambio constante. Un escritor que no cabe en el molde uniforme de la canonización, un escritor extraño o, mejor, un escritor de la extrañeza, del extrañamiento.

Es autor de novelas y varios libros de relatos: “Mundo animal” (1953), “El pentágono” (1955; reeditado en 1974 con el título “Anabella”), “Zama” (1956), “Grot” (1957; reeditado en 1969 con el título “Cuentos claros”), “Declinación y ángel” (1958), “El cariño de los tontos” (1961), “El silenciero” (1964), “Los suicidas” (1969), “Absurdos” (1978) y “Sombras nada más” (1984).
Además de narrador, Di Benedetto fue periodista y guionista de cine. Recibió numerosos premios y becas y sus libros han sido sucesivamente reeditados y traducidos a otros idiomas. Detenido por la dictadura militar en 1976, tras un año de cárcel se exilió en España, de donde regresó poco antes de su muerte.

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Stig Dagerman (Suecia, 1923-1954) escribió este duro cuento a petición de la Asociación Nacional de Seguridad Vial de Suecia, con la finalidad de disminuir la velocidad del tráfico y evitar los accidentes.

 

Matar a un niño

Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo, abrochándose la blusa. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día, en el tercer pueblo, un hombre feliz matará a un niño. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy darán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado del surtidor rojo de gasolina, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira por el visor de una máquina de fotos y ve un pequeño coche azul y, a su lado, a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de gasolina ajusta la tapa del depósito y les asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el coche y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, la muchacha, en el asiento delantero, oye lo que él dice; cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el automóvil se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y goza del brillo y del olor a gasolina y a ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el coche y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que en el primer pueblo el hombre cierra la puerta izquierda del coche y tira del botón de arranque, en el tercer pueblo la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que se ha abrochado la camisa y que se ha atado los cordones de los zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre la hierba. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la leche y las moscas. Sólo falta el azúcar, y la madre ordena a su hijo que corra a casa de los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, el padre le grita que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán hasta tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan ocho minutos de vida y que el bote permanecerá allí en donde está, todo el día y muchos otros días. No está lejos la casa de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño coche azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en la cocina con las tazas de café levantadas y observan al coche venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla el verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El coche se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los suaves botes del coche, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar con el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?

Después, todo es demasiado tarde. Después, hay un coche azul cruzado en el camino, y una mujer que grita, retira la mano de la boca y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beberse el café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.

Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e, igualmente, cura muy mal la congoja del hombre feliz, que lo mató..

Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue culpa suya. Pero sabe que esto es mentira, y en los sueños de muchas noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para “hacer este solo minuto diferente”.

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

 

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Éste cuento está incluido en dos colecciones póstumas de Stig Dagerman: Vårt behov av tröst (1955 –Nuestra necesidad de consuelo) y Dikter, noveller, prosafragment (1981 –Poemas, novelas y fragmentos de prosa)

A partir de 1996, y en honor a su memoria, la Sociedad Stig Dagerman entrega anualmente el premio de su nombre al escritor en cuya obra reconoce la importancia de la libertad de la palabra mediante la promoción de la comprensión intercultural. Algunos de los autores premiados han sido John Hron, Yasar Kemal, Ahmad Shamlou, Elise Johansson, Elfriede Jelinek, Göran Palm, Sigrid Kahle, J.M.G. Le Clézio y Eduardo Galeano.

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Dibujo de Andrés Casciani

Robert Walser *

SCHWENDIMANN

Había una vez un hombre singular. ¡Bueno, bueno!, pero ¿qué clase de hombre singular? ¿Qué edad tenía y de dónde era? Eso no lo sé. Tal vez puedas decirme cómo se llamaba. Se llamaba Schwendimann. ¡Ah, ya, Schwendimann! Bien, muy bien, tres bien, tres bien. Ve un poco más allá, si te parece bien y dinos qué quería entonces ese Schwendimann. ¿Que qué quería? Hum, eso no lo sabía ni él mismo exactamente. No quería mucho, sólo algo adecuado. ¿Qué buscaba, qué perseguía Schwendimann? No buscaba mucho, sólo buscaba algo adecuado. Extraviado, perdido en el ancho mundo estaba. ¿Sí? ¿Perdido? ¡Ah, extraviado!; Dios santo, dónde irá a parar este pobre hombre! ¿A la nada, al todo, adonde si no? ¡Temible pregunta! Todo el mundo le miraba inquisitivamente, y él a todo el mundo. ¡Oh, qué acongojado, qué lastimero! Así que iba andando cansina y pesadamente, con pasos inseguros y vacilantes, y los colegiales se le acercaban corriendo, se burlaban de él y le preguntaban: ¿Qué buscas, Schwendimann? Y él no buscaba mucho, tan sólo lo adecuado. Esperaba con el tiempo encontrar lo adecuado. “¡Ya llegará!”, murmuraba por entre su desgreñada barba negra. La barba de Schwendimann era hirsuta. ¿Cómo, cómo? ¿Hirsuta? ¡Sessa! ¡Voilá! Estupendo ¡De veras! ¡Muy interesante! Y así, de golpe y porrazo, se encontró delante de la Casa Consistorial. “No estoy para ayudas ni consejos”, se dijo, y como a su entender no se le había perdido nada en la Casa Consistorial, siguió andando poco a poco hasta que pasó por la Casa de Beneficencia. “Yo pobre sí que soy, pero no me corresponde la Casa de Beneficencia”, pensó, y siguió andando concien­zudamente hasta que un rato después llegó de modo inopinado al Edificio de Bomberos. “¡No hay nada ardiendo!”, masculló, y siguió andando adustamente. Unos pasos más allá, llegó a la Casa de Empeños. “No tengo nada que empeñar en este ancho mundo de Dios”, y un breve trecho más allá a la Casa de Baños. “¡No necesito bañarme!” Cuando después de un tiempo llegó al Edificio de las Escuelas, se dijo: “Los tiempos en que acudía a la escuela han pasado”, y siguió andando con sigilo mientras sacudía su peculiar cabeza. Poco a poco me voy acercan­do a la Casa adecuada”, se dijo. Y así, no mucho más tarde, Maese Schwendimann se encontró delante de un edificio grande y tenebroso. Era el Establecimiento Penitenciario. “No merezco castigo, merezco otra cosa”, dejó escapar sombríamente, y siguió caminando hasta que de pronto alcanzó otra casa, exactamente la Casa de Socorro, ante la cual dijo: “No estoy enfermo; estoy de otra manera. No necesito cuidado médico alguno; lo que necesito es algo completamente distinto”. Vacilante, siguió andando; claro y resplandeciente era el día, brillaba el sol y las hermosas calles estaban llenas de gente, y hacía un tiempo despejado y bonancible, pero Schwendimann no reparaba en la bondad del tiempo. Entonces llegó a la Casa Paterna, la querida Casa de la infancia, su Casa natal. “Me gustaría volver a ser un niño y tener padres, pero los padres han muerto, y la infancia ya no volverá”. Amargamente con pasos graves, siguió andando y vio el Salón de Baile, y cerca de él una Casa de Modas. Delante del Salón de Baile dijo: “No me gusta bailar”, y delante de la Casa de Modas: “No compro ni vendo nada”. La tarde fue cayendo paulatinamente. ¿Qué lugar le correspondía, pues, propiamente a Schwendimann? ¿El Lugar de Trabajo? Ya no tenía ganas de trabajar. ¿La Casa de Citas? “Se me fueron las ganas y la alegría”. No había transcurrido mucho tiempo cuando se encontró ante el Edificio del Juzgado, y entonces dijo: “No necesito juez alguno, necesito otra cosa”. Ante el Edificio del Matadero, pensó: “Yo no soy matarife”. En la Casa Parroquial no tenía, a su juicio, nada que hacer, y en el Edificio del Teatro a gente como Schwendimann apenas se le ha perdido nada, ni tampoco gente así pisa las Salas de Conciertos. Callada y mecánicamente siguió andando, casi sin poder mantener los ojos abiertos de tan cansado como estaba. Le parecía como si durmiera, como si caminara en sueños. ¿Cuándo llegarás a la Casa adecuada, Schwendimann? – ¡Paciencia y barajar! Llegó hasta una Casa de Duelos. “Estoy triste, pero no me corresponde la Casa de Duelos”, y siguió caminando; llegó a la Casa de Dios, y siguió andando sin decir palabra, y llegó hasta una Casa de Huéspedes, donde dijo: “No soy un buen huésped, y nadie me acoge de buena gana”, y prosiguió su camino. Por fin, tras larga caminata, al cabo de la cual había oscurecido ya, llegó a la casa adecuada, y en cuanto la vio, dijo: “Al fin he encontrado lo que buscaba. Este sitio me correspon­de”. Delante de la puerta había un esqueleto, y le preguntó: “¿Puedo entrar ahí a descansar?” El esqueleto soltó cariñosamente una risotada sardónica y dijo: “Buenas noches, Schwenndimann. A ti te conozco bien. Entra. Eres bienvenido”. Entró en la Casa que al final todos encontramos y en la que no sólo él, sino todos, tenemos reservado un sitio, y cuando estuvo dentro, se dejó caer muerto, pues había llegado a la Casa de los Muertos, y allí halló descanso.

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* Robert Otto Walser (1878-1956) fue un novelista, poeta y ensayista, de nacionalidad suiza. Viviendo en Berlín escribió tres novelas, Los hermanos Tanner (1907), El ayudante (1908) y Jakob von Gunten (1909), que dan una visión irónica y desapasionada de la vida cotidiana de Berlín. En 1909 regresó a Biel y allí escribió las narraciones cortas recogidas en El paseo y otros relatos (1917), pero durante ese periodo sufrió una gran depresión, acompañada de alucinaciones. A pesar de los tratamientos durante dos años, en 1930 se aconsejó su internación en una clínica psiquiátrica de Herisau, donde pasó el resto de su vida. Murió el 25 de diciembre de 1956. Aunque su obra, que incluye además poemas, ensayos y numerosos relatos, fue admirada por otros escritores, como Robert Musil, Walter Benjamin y Franz Kafka, no llegó a un público más amplio hasta finales de la década de los cincuenta.

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La férrea dureza de todas las debilidades.

La insistente valentía de todos los miedos.

La imaginaria fehaciencia de la realidad.

La madurez de sentimientos de toda infancia.

La creencia de saberlo todo de la ignorancia 

El continuo aprendizaje y, a la vez, enseñanza, de toda sabiduría.

La irrompible y liberadora atadura de una amistad.

La constante presencia de lo ausente en la melancolía.

La innecesaria causa de toda motivación.

La poderosa pobreza del dinero.

La estática movilidad de las ramas de un árbol.

La profunda libertad que da un abrazo.

La grandeza de hacerte diminuto.

La velocidad de un instante tranquilo

La estrepitosa caída de los párpados en unos ojos tristes.

El directo flechazo de la curvatura de una sonrisa.

La gracia y musicalidad de los bailes de letras.

La profunda esperanza de una mano alzada.

La perfecta entonación de las voces interiores.

La tranquila inquietud de poder verte.

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El 2 de febrero de 1882 nacía en Dublín, Irlanda el genial novelista y poeta James Joyce. Es considerado uno de los más importantes e influyentes escritores del siglo XX; su novela “Ulises” forma parte de las mejores novelas en lengua inglesa.

En sus poemas, como en otras obras de Joyce, el idioma se usa como medio de sátira, de destrucción por la burla; así “Gas from a Burner”, que literalmente quiere decir “Gas de un Mechero”, puede significar “fanfarronada”, dando su origen a una frase idiomática que, sin embargo, y tal vez por la poca difusión que estos poemas han tenido, no ha obtenido la aprobación popular, Joyce, conocedor hasta la médula del idioma inglés, gusta de crear nuevas frases o idiomas y de deshacer otras, ya establecidas, creando la confusión en el lector y la ambivalencia de sentido que todas las frases hechas poseen, exigiendo de aquél un análisis lógico del significado último de las mismas; de aquí que traducir a Joyce sea muy difícil.

GAS DE UN MECHERO

Damas y caballeros, estáis aquí reunidos
Para oír por qué cielo y tierra se conmovieron
Por culpa de las siniestras, negras artes
De un escritor irlandés en el extranjero.
Hace diez años que su libro me envió.
Más o menos lo leí unas cien veces,
De delante hacia atrás, de abajo a arriba,
A través de los dos extremos del telescopio.
Completo lo imprimí, hasta la mismísima última palabra.
Pero gracias a la merced del Señor,
Las tinieblas de mi mente se rasgaron,
Y vi el intento repugnante del autor.
Pues un deber tengo hacia Irlanda:
Su honor con mi mano guardo.
Esta hermosa tierra que siempre envió
Sus escritores y artistas el destierro,
Y con espíritu típico de chanza irlandesa
A sus adalides traicionó uno a uno.
Fue el seco, mojado humor de Irlanda
El que cal viva arrojó a los ojos de Parnell;
Son los cerebros irlandeses quienes de su destino
Salvan el resquebrajedo barco del Obispo de Roma,
Porque todo el mundo sabe que el Papa no puede
Eructar sin el consentimiento de Billy Walsh.
Oh Irlanda, primera y sola querencia mía,
Donde Cristo y César mano y guante son.
Oh hermosa tierra donde el trébol crece.
(Permitidme, señoras, que me suene).
No me importa un bledo deciros, para que me censuréis,
Que publiqué los poemas de Mountainy Mutton,
Y una comedia que escribió (seguro estoy
De que la leísteis) donde se habla de “bastardo”,
“Fornicador” y “ramera”, y otra obra
Sobre La Palabra y el Santo Pablo y de algunas
Piernas femeninas que no puedo recordar,
Todo ello escrito por Moore, caballero genuino,
Que vive del diez por ciento de su heredad
He impreso libros místicos por docenas:
El libro de recetas de Coussins, aunque
(Y os ruego que me perdonéis) sobre el verso diré
Que envidia daría a vuestros traseros el no haberlos
Escrito: El folklore del Norte y del Sur
Por Gregory, La de la Boca Dorada publiqué:
Tristes, tontos, solemnes poetas imprimí:
Patrick, cómo-se-llama-Colm: al ilustre
John Milicent Synge, quien el espíritu eleva
Sobre angélica ala con la muda del trotamundos,
Quien como hato la robó de la bolsa de viaje
De un director de Maunsel. Pero la cruz
Y raya trazo sobre ese condenado sujeto
Que por aquí anduvo, vestido de amarillo austriaco,
Declamando italiano que O’Leary Curtis
Y John Wyse Power pagaban por horas,
Quien escribió sobre Dublín, sucia, amada, de tal
Forma que ningún impresor, por muy africano,
De tan negro que sea, podría tolerarlo.
¡Mierda y cebollas! ¿Pensasteis que imprimiría
El nombre del monumento a Wellington,
El de Sydney Parade, y el del tranvía de Sandymount,
El de la pastelería de Downes, el del jamón
De William? ¡Maldito sea si así lo hago! iQue al fuego
Me condene! ¡Hablar sobre los Irish Names of Places!.
Me maravilla pensar, y sobre mi alma lo juro
El que el autor olvidara mencionar el Curly’s Hole.
No, señoras, mi imprenta no tomará parte
En un libelo tan basto sobre la Madrastra Erin.
Piedad tengo del pobre, por ello tomé
A un escocés pelirrojo para que vigile mi libro.
iEscocia, pobre hermana! Su destino es derrumbarse;
Más Estuardos que vender ya no encuentra
Delicada es mi conciencia como seda china:
Mi corazón tan suave como el requesón.
Como puede deciros que hice una rebaja
De cien libras sobre el presupuesto
Que le di para imprimir su Irish Review.
Amo a mi pais, ¡por los arenques que lo amo!
Quisiera que ver pudierais las lágrimas
Que sollozo al pensar en el barco, en el tren
De los emigrantes. Por tal causa para todo el mundo
Publico esta guía de ferrocarriles tan ilegible.
A la puertas de mi imprenta la pobre,
Digna prostituta, juega cada noche a la lucha libre
Con su británico artillero de calzones ajustados, y el extranjero
El don de la locuacidad aprende
De la borracha, desaliñada, ramera Dublín.
¿Quién fue el que dijo, «No resistid al mal»?.
Ese libro quemaré, aunque el diablo me lleve.
Cantaré un salmo mientras veo cómo se incendia,
Y las cenizas guardaré en un ánfora.
Penitencia haré con vientos y gemidos,
De hinojos, sobre mis canillas. La próxima
Cuaresma me desnudaré las penitentes
Nalgas al aire, y gimoteando, junto a la imprenta
Confesaré mi espantoso pecado.
Mi capataz irlandés, de Bannockburn,
Hundirá la mano derecha en la urna,
Y firmará con pulgar reverente una equis,
Memento homo sobre mi culo.

poemas manzana

Por Marcelo Luna:

No más de cincuenta poesías, escribió en su vida, pero su impronta aún hoy, no ha sido superada. Casi nadie incursionó por su universo crítico en la poesía inglesa e irlandesa actual, tuvo tal vez, más adeptos por estos lares hispanos,(Chile, Argentina) y que paradójicamente fue tardíamente traducido al español.
Sus monumentos en prosa, opacaron y le restaron mérito a una breve, pero valiosa poesía, junto a Pound y Eliot conformó la trilogía que revolucionó al idioma inglés .
Él mismo Joyce, poca importancia le daba a esas “pomas a penique cada una”(Poemas Manzanas) y probablemente junto a Música de Cámara, hubieran ido a parar a la hoguera del olvido. Su hermano Stanislaus, bregó y discutió duramente para que aceptara publicarlos.
La mayor parte de los Poemas Manzana fueron escritos entre 1904 y 1932,fechas y lugares tan disímiles como: Trieste, Pola, Dublín, Zurich y París, formaron un sorprendente itinerario pos-romántico.
En efecto, el tratamiento y la métrica lo sitúan entre los post- romanticistas y la lírica entre los autores isabelinos ingleses, amén de una clara influencia de la literatura provenzal en langue-doc, de los trovadores del Sur de Francia, a tanto llega, que en varias de sus poesías, el objeto de su amor, es netamente idílico y no correspondido, típico amor cortesano.
¿Qué lo hace entonces a Joyce tan importante? La clave radica en el tratamiento del lenguaje, Pound y Yeats notaron la cadencia musical de su obra, y en contraposición a su prosa en la maleabilidad que del inglés hizo en el Ulises, destruyendo y volviendo a elevar el idioma a una cima jamás alcanzada; en las poesías mantiene las convenciones lingüísticas de un Keats o de un Herrick.
Por momentos su lectura evoca a Rubén Darío y a Rosalía de Castro, como José M. Martín Triana acertadamente escribe en el prólogo a su traducción de Música de Cámara.
Sin embargo, el eco del vocabulario tiene una relación mas antigua, con Donne, Blake y seguramente Keats, nadie como Joyce conocía profundamente a los poetas ingleses.
Lo curioso de este irlandés genial, es el apego temático al amor, la vergüenza de ser un niño terrible e inocente a la par de la omnipresente naturaleza, con la música de cámara de fondo.
Con su Irlanda sucede algo parecido, pocas veces la denosta, ignora olímpicamente al campesino y pocas veces habla de Dublín, todo lo contrario de su prosa.
¿Son dos personas distintas ,el poeta y el prosista? No, naturalmente es un hijo de Erín, cantando a las rameras pero…Piensa Joyce como poeta y lo instrumenta (el tema vocabular) en prosa…¿Será el Ulises un inmenso poema en prosa? Finnnegans Wake definitivamente es un largo poema.
Tiene una singular peculiaridad la literatura inglesa de las postrimerías del siglo XIX y las tres cuartas partes del XX…Pound, Eliot, Joyce, O´Neill, Yeats, Wilde, Lady Gregory, Dylan Thomas, Shaw, etc…
Galeses, irlandeses, americanos, algunos indios, paquistaníes y recientemente antillanos angloparlantes son los responsables de un cambio radical en las letras sajonas.
A James Joyce le cupo la noble tarea de escribir tres ( por citar un mínimo) de los más perfectos poemas: Gas de un mechero, Ecce Puer y El Santo Oficio… Un trotamundos seudo rebelde, criptocatólico y con dejos de locura en su familia que supo enmascararse en sus versos…

James Joyce color primer plano en biblioteca

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ISIDORO BLAISTEN (Argentina, 1933-2004)

“EL MAGO” (1974)

El porqué de las bombachas (bragas) rosas o decálogo del escritor bombachista o carta abierta a un joven cuentista de sexo.

1°) En toda parte de sexo, de cualquier literatura, sexual o no, todas las bombachas deberán ser rosas. Únicamente rosas.
2°) Las bombachas verdes no inspiran confianza.
3°) Las bombachas negras dan mala impresión.
4°) Las bombachas blancas semejan mofa o burla hacia el lector.
5°) Las bombachas violetas semejan propaganda de supermercado.
6°) Bombachas índigo, tierra de siena, fucsia, ladrillo, té con leche, mostaza, rojo indio, rojo señal, rojo de cadmio, gris acerado, celeste imperio, ocre, amarillo de nápoles, tiza, bronce viejo, marfil de occidente, tierra de sombra tostado, ciclamen, borravino, pistacho, azul veronés, azul de ultramar, azul cobalto, azul brasso, azul de Prusia y todo es azul, descartadas por completo.
7°) En el relato de ficción, quien usare las bombachas deberá sufrir.
8°) Las formas de sacar la bombacha en forma sádica y brutal son infinitas y variadas. Por lo general no hay reglas fijas y todo depende de las distintas escuelas literarias:
a) Naturalista: con los dientes mientras la protagonista acaricia a dos
gatos de angora con ambas manos.
b) Realismo socialista: con una pinza pico de loro.
c) Objetivista o llamada también escuela de la mirada: el protagonista varón mirará fijamente durante catorce páginas una jofaina esmaltada mientras las bombachas van cayendo lentamente.
d) Clásica helénica: se unce el elástico a un carro de cuadriga. El auriga hace viborear el látigo y las bombachas estallan como ramos de jacintos.
e) Lenguaje coloquial: he aquí un ejemplo:
-Sacátelas, guacha.
(Ella): -Rodolfo (puede usarse otro nombre).
-Qué. ¿No te gusta? Una sacadita no más.
Rodolfo, seguía diciendo ella. Seguiste diciendo. Y me clavabas. Le clavabas. Las uñas. Las uñas. Las uñas.
f) Literatura de la tilde, llamada también del guión grande o designada con la locución familiar “de la rayita”: sobre el de-curso del cuerpo textual se es-curre la bombacha. Con-fusión de géneros. La escritura desanda y re-vela. ¿Vela o re-vela? Cuerpo des-velado, de-velado. ¿Cubre o des-cubre? Re-cae la culpa y cae la bombacha. Él no ceja. Él persevera. Je persévère. Je père sévère. Ne me quettez pas. Quitátela. Cae. Re-cae. La. Bomb-acha.
Debes ser muy preciso e indicar con absoluta precisión meridiana el lugar donde quedarán las bombachas una vez sacadas por cualquiera de los métodos ya especificados.
Los mejores lugares de tu preferencia serán:
a) Enroscadas en forma de sierpe alrededor de una pata de mesa veneciana del siglo dieciséis.
b) Al volar por el aire han quedado colgadas de un ángulo de un grabado de Piranesi que representa el pontón de Castel Sant’Angelo.
c) Han quedado desmayadas en forma de caléndula aterida junto al portarretrato que tiene una foto que representa a la hija (no importa de quién).
d) Es obvio indicar que cada tipo de literatura que se emplee usará la forma literaria de dejar caída la bombacha que le resultare más proclive. Verbigracia, para el tipo de literatura colonial los lugares podrían ser:
a-1) El álbum pisoteada de las fotos de casamiento (no importa de quién).
a-2) Papel de estraza todo engrasado y asqueroso con restos de salame o bondiola. Nunca leberwurst, cima rellena, jamón del diablo, jamón tiernizado y/o serrano ni menos todavía áspic de pavita aun cuando venga precedido de la connotación “cortado en fetas”.
a-3) La cama (mejor que cama, jergón, si fuera posible) deberá rechinar estrepitosamente. Acá Rodolfo puede tener un pensamiento interior o un fluir de la conciencia entre paréntesis y/o corchetes (nunca asteriscos): “La muerte. Guacha. Sos la muerte. La fábrica. Rodolfo. Rodolfo. Rodolfo. Tiene ruido a muerte. Rodolfo. Guacha. Fábrica. Rodolfo. Puta”.
a-4) El joven escritor sexual bombachista deberá estar alertado contra un peligro muy común de confundir el empleo de la técnica mixta con la mezcla de las escuelas literarias. Veamos un ejemplo:
Se incendia la Villa Miseria. Los amantes quedan carbonizados pero la bombacha se salva porque ha quedado aprisionada entre dos chapas de cinc canaleta. En ningún caso el joven escritor de sexo hará pronunciar al teniente de bomberos estas palabras mientras rescata la bombacha: “En Flandes se ha puesto el sol”.
He notado que muchos jóvenes en su afán efectista de sorprender al lector de sexo no paran mientes y atentan contra la pureza del estilo, inconsiderando que esta tesitura puede crear una generación de jóvenes sexuales desmañados, sin rigor, que caen en lo chabacano y corren el albur de que su literatura sexual muera con ellos.
Hace un mes, recibí una carta de un joven escritor del condado de Yorkshire. Su literatura sexual estaba encuadrada dentro del pragmatismo clásico helénico, no obstante lo cual no titubea en describir con caracteres rúnicos la bombacha rosa tiziano de la protagonista.
He aquí todo, joven cuentista. En la soledad recoleta de tu gabinete, trabaja, trabaja y trabaja. Si lo que acá se ha dicho te ha servido para el rigor, mi misión está cumplida. Pero tenlo presente: estas líneas no son un dogma sino una guía para la acción.
*Bragas

(De: “EL MAGO”, publicado originariamente en 1974, reescrito (con nuevos textos agregados), fue reeditado, en 1991, por Emecé. Bs.As., Argentina)

arte erótico japonés

EL PEZ FRÍO, de lady Onogoro.

Un cuento erótico del Japón del siglo XI.

Hanako, una joven bella, aunque atolondrada, tenía un amante escrupuloso y pulcro que gustaba de hacer el amor con guantes.
Antes de tocarla, el hombre vigilaba personalmente su baño y exigía que ella se fregara con piedra pómez de pies a cabeza, se depilara hasta el último vello y enjabonara cuanto pliegue y orificio había en su esbelto cuerpo, todo esto sin una palabra de afecto o de aprecio por sus encantos.
Ahora bien, en el jardín de Hanako había un estanque donde todavía nadaba una carpa enorme y venerable.
A pesar de sus cuarenta años de existencia, el viejo pez no tenia ninguna de las mañas del meticuloso enamorado de Hanako, por el contrario, era fuerte como un atleta y lleno de consideración, como deben ser los buenos amantes.
No es raro, por lo mismo, que ella lo prefiriera como compañero.
La joven solía sentarse a la orilla del agua y al llamarlo por su nombre él subía a la superficie a jugar con ella.

Una noche, después de recibir las higiénicas caricias del hombre con guantes, salió al jardín y se echó a la orilla del estanque a llorar.

Atraído por los sollozos, el gigante subió del fondo y acercándose a la mano lánguida que tocaba apenas el agua, le chupó uno a uno los dedos con sus fuertes labios.

Hanako sintió que su piel se erizaba y una sensualidad desconocida la recorría entera, sacudiéndola hasta la esencia misma de su ser.

Dejó caer un pie al agua y el pez besó también cada dedo con la misma dedicación, y luego la otra mano y el otro pie, y enseguida ella puso las piernas en el estanque y la carpa frotó las escamas de plata de su vientre contra la piel de la muchacha.

Hanako comprendió la invitación y se dejó caer en el barro del estanque, abierta y blanca como una flor de loto, mientras el atrevido pez rondaba en torno a ella acariciándola y besándola y obligándola a abrir las piernas y entregarse a sus caricias.

El pez le soplaba chorros de agua por las partes más sensibles y así, poco a poco, fue ganando terreno y conduciéndola por las rutas del placer más sublime, un placer que Hanako no había tenido jamás en brazos de hombre alguno y menos, por supuesto, del amante enguantado.

Más tarde ambos reposaron flotando contentos en el barro del estanque bajo el escrutinio de las estrellas.

ÍNTIMA, de Pedro Miguel Obligado*

¿Qué soledad, Dios mío, qué soledad es ésta?
He derrochado en vano mi bondad y cariño,
como quien echa flores a un arroyo que pasa;
he puesto el corazón ante todas mis cosas,
como escudo, y lo han roto con violencia los golpes;
he querido tener una casa en las nubes,
donde abrir una puerta, fuese ver una estrella;
y el viento se ha llevado las nubes y los astros…
Y sin embargo tengo, como todos, un alma.

¿Qué soledad, Dios mío, qué soledad es ésta?
No encuentro quien me quiera; ¿no es cierto que parece
una frase tan sólo para la poesía?
Y es la verdad: no encuentro…Yo he visto la mirada
celeste del cariño; pero la he visto siempre
como se ve una estrella caer sobre la tierra
y que nunca desciende donde estamos nosotros…
He observado caricias que extenuaban dos manos;
y he oído palabras que eran besos con nombre,
como unos pajaritos que iban para otra selva…
Y sin embargo tengo, como todos, un alma.

¿Qué soledad, Dios mío, qué soledad es ésta?
Y la vida se vuela, y la paso diciendo
lo que dicen: – ¡ qué hueco!- En silencio me marcho.
La maldad y el desprecio, las vilezas y el odio,
no han sido mis torturas; tú, sólo, Indiferencia,
cual hija de la nada, me cerraste la vida
con tu puerta de mármol, a donde tantas veces
como una aldaba inquieta golpeó mi corazón…

Tú, sorda, no sabías lo que yo te decía,
y te pusiste el dedo en los labios: – Silencio -…
Te pedí: – Deja que entre a la vida. Yo busco
quien me quiera…- No oías y cerraste la puerta…
Y me he quedado solo, así como esos perros
que vagan por las calles, rogando con sus ojos
humanos, que los lleven al calor de un hogar…
Y me he quedado solo, como una hoja mustia
barrido por el viento, en una primavera…
Y sin embargo tengo, como todos, un alma.

Pedro Miguel Obligado

* Pedro Miguel Obligado fue un poeta, profesor, ensayista, conferencista y guionista argentino que nació en Buenos Aires, Argentina, en 1892 y falleció en la misma ciudad en 1967. Su poesía era de raíz hondamente romántica. En 1918 publicó el libro Gris y luego El ala de la sombra (1920) con el cual obtuvo en 1926 el Primer Premio Municipal de Poesía. En 1926 publicó El hilo de oro que fue galardonado con el Premio Nacional de Letras de 1926, premio que volvió a recibir en 1933 por La isla de los cantos. Fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía de los años 1946, 1947 y 1948 por su obra Melancolía (1945); publicó Los altares (1959) y en 1971, póstumo, El andén con sus últimos poemas. Leopoldo Lugones afirmó: “Podríamos definir la poesía de Pedro Miguel Obligado con esta expresión titular: Historia de una melancolía.”
También realizó traducciones y escribió poemas en prosa, reunidos en El canto perdido (1925), ensayos y guiones cinematográficos. Entre sus ensayos se cuentan La tristeza de Sancho (1927) y Qué es el verso (1957) y entre sus traducciones de textos teatrales se encuentran obras de Fernand Crommelynck y William Shakespeare.1004703_565009093560052_1510018995_n
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LA ATLÁNTIDA

de Juan Rodolfo Wilcock* (1919-1978)

Cuando aquella vasta isla que los antiguos llamaban Atlántida comenzó a hundirse en el océano, los más sagaces de sus habitantes decidieron embarcarse y mudarse a otro continente. Lamentablemente sus barcos eran pequeños y bastó una sola tempestad para tragarse a todos los emigrantes. Pero la gran mayoría de los atlánticos se habían quedado en la isla; de hecho, todas las profecías preveían un gradual reelevamiento del nivel de las tierras, y los isleños, como sucede a menudo, creían más en las profecías que en la realidad de lo que veían con los ojos y tocaban con la mano. Por eso, inundadas las llanuras costeras y amenazadas por las olas las primeras colinas, los periódicos atlánticos continuaban alentando a la población: “Hemos tenido una nueva confirmación, venida de las más altas esferas científicas de la isla, de que está prevista la progresiva elevación de la plataforma continental atlántica, cuyo movimiento parece haber sido tan repentino que ha arrastrado consigo las aguas del océano; esto explica el hecho de que éstas hayan alcanzado en algunas localidades un nivel falsamente preocupante. En la espera del retorno, sin duda inminente de las aguas geológicamente impelidas, los habitantes y animales sobrevivientes se han refugiado en las montañas que rodean a la capital. El gobierno ha tomado las medidas apropiadas para evitar este temporario peligro, mediante oportunos diques y barreras, mientras los sacerdotes amorosamente se ocupan de bendecir los restos flotantes”.

Más subían las aguas, más optimistas se volvían los comunicados distribuidos por las agencias de noticias, más inminente era declarado el reflujo de la marea, con la consiguiente adquisición por parte del patrimonio nacional de nuevas e ilimitadas extensiones de tierra enriquecida por el fértil humus de milenios de vida submarina. Por eso nadie hizo nada, y cuando el último habitante, que era justamente el presidente del consejo, se encontró en la cima de la más alta montaña del país, con el agua al pecho, se oyó decir a los ministros que flotaban en torno suyo, cada uno aferrado a su propio escritorio: “Valor, excelencia, lo peor ya pasó”.

FIN

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* Juan Rodolfo Wilcock (1919-1978) fue un poeta, crítico, traductor y escritor nacido en Argentina y nacionalizado italiano.
Su primer libro de poesía, “Libro de poemas y canciones” (1940), obtuvo el Premio Martín Fierro de la Sociedad Argentina de Escritores. Un año después conoce a Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, con los que le une una gran amistad.
En 1957 se instala definitivamente en Italia, país en el que acabaría solicitando la nacionalidad. Allí reescribió varias de sus obras en italiano.
En 1964 hace su única aparición en el cine, en la película El Evangelio según San Mateo, de Pier Paolo Pasolini.
Wilcock muere el 16 de marzo de 1978, en su casa de campo de Lubriano, Italia.