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Ya está aquí Magdaleno, flaco y cabezón, que parece una olla de mono en su varita. Se mete de una vez hasta el patio, y esto es sabido: que un viejo como él necesita calentarse el estómago y sus hijas prenden tarde el fogón. Mi mujer le arrima un banquito a la
mesa y le pone su jarrito de café y su rueda de bollo limpio. Magdaleno se asienta, embucha gruñendo y no deja ni una gota ni miga. Es rápido, está de apuro y se levanta tumbando el banquito para seguir por ahí cayendo a tiempo en otras casas con el mismo
cuento. Cuántos desayunos le cabrán a Magdaleno, yo lo quisiera saber: y eso que tiene la barriga escurrida y el pescuezo cañutudo; aunque también es verdad que su boca de rayita lo espanta a uno cuando se la espernanca a la comida. Al salir me pasa por delante y sin detenerse me dice: “Tú siempre en el taburete del doctor”.

También Liborio viene por aquí, pero no todos los días. Él no es de muela sino de lengua. Tiene encima una buena pila de años como la mía y siempre me habla del tiempo en que nos juntábamos, allá por el año uno, de aquel día que y de la noche cuando y demás échale más y más, que no para. Y me va preguntando: ¿Te acuerdas?
Sí, yo me acuerdo. Y lo que más quisiera saber yo es eso de que uno se acuerde.
“Será un saco —digo yo— con la boca abierta y tragando que nos ha puesto Dios en el cuerpo para que apare todo lo que nos va pasando”.
“¿Y en qué parte del cuerpo tenemos el saco?” —pregunta Liborio.
“En el coco —digo—. La cosa puede caer por el ojo, o por la oreja, o por donde sea; pero allá va a dar, al saco en la cabeza”.
“Va a dar —dice Liborio. —¿Y cómo trabaja el saco?”
“Bueno —digo—. Tú ves a un individuo: esto quiere decir que te cayó al saco por el ojo. El saco lo coge y ya no se lo puedes quitar. Sacarlo sí puedes pero está como amarrado con caucho porque si lo sueltas vuelve al saco. Y te sirve para reconocer al individuo
si se te presenta otra vez, porque lo pones al confronte con el del saco y dices: ‘Este es’. Y el individuo queda recordado”.
“Saco es, tiene que ser saco —dice Liborio—. Pero fíjate que todo estará hecho un mazacote. Cae el individuo, y ahí mismo queda revuelto y empegostado.
¿Cómo lo despegas para sacarlo?”.
“Pues ahí tienes —digo yo— que no puedes sacar ninguna cosa que salga ella sola sin que se le vengan pegadas las otras. Vamos a ver. Saca de tu saco a Manuelita. ¿Te salió sola?”.
“Verdad —dice Liborio— se me han venido con ella los cinco pesos que me robó, la paliza que le di, la maldita vieja que se las echaba de su mamá; y párate, que aquí voy con las demás cosas que se le pegaron”.
“No, Liborio —digo— no sigas porque te va a salir con Manuelita todo lo que tienes en tu saco”.
“Párate, ya te lo avisé” —dice Liborio. Y siguió, saca que saca. Porque así es él. Descopuerta el chorro como Arroyo Mono en invierno, que quién lo va a atajar.

Liborio es un amigo y sus visitas no las quisiera yo perder. Pero a mí lo que más me gusta es estar aquí en mi taburete, solo, con mi saco sacando.
A mi taburete lo han bautizado con nombre y apellido como a un cristiano: se llama el taburete del doctor. Lo conoce todo el mundo. Bastante bulla hizo por todo el camino y en el pueblo cuando lo traje en mi burra.
Fue un día que me llamó el doctor para un encargo. Él estaba en una silla larga que parecía un mariapalito de las de palito. Allí estaba el doctor con el espinazo doblado en  una tira de lona que era como un pedazo de hamaca o, mejor, como una mochila.
Yo pensaba: “Ni está sentado, ni está acostado; lo que está es enmochilado”. El doctor no entendió la reparada que le di a su aparato y me dijo: “Sabroso estar aquí, ¿no?”. Yo le contesté: “No, doctor, eso no es para nosotros; si yo me pongo ahí,  me ahogo”. Miré
el taburete que estaba junto a la pared y le dije: “Allí sí, doctor; recostándolo”. El doctor se echó a reír y entonces fue a la cosa. “Si ese te gusta —dijo— te lo regalo; llévatelo de una vez”.
Cuando me presenté en la casa con el taburete, mi mujer quiso aguarme la fiesta. “Seguro que te lo dieron porque lo iban botar” —me dijo. Yo me puse bravo y le dije: “Tú qué tienes que ver. Este taburete es para mí solo, para sacarlo al patio y recostarlo en la
pared; en el taburete del doctor no se va a sentar nadie sino yo”.
El doctor era un forastero que le compró la finca a don Clodo y en ella se metió y de ella no salió más, hasta que le llegó su hora y lo sacaron en el baúl. Como pasó por el pueblo disparado en automóvil, un bulto se le escurrió a los mirones y los más curiosos
querían que yo les dijera cómo era el doctor. Vayan a verlo, es ahí arribita no más les decía yo, y no por negado sino porque eso de cómo es una persona no sé contestar bien contestado que es como a mí me gusta contestar. A mí pregúntenme por una vaca, y ya estoy dando con las palabras que la pintan hasta mejor que un retrato. También un burro lo puedo explicar que lo reconocen enseguida solo o entre otros burros. Pero si es gente, después te salen con que como dijiste era equivocado, y es porque tú dices cómo lo viste pero no sabes cómo lo va a ver el otro; porque ni la gente está lo mismo siempre ni tampoco el que la ve está siempre lo mismo. Yo lo más cerca que puedo llegar es poniendo comparación con alguna cosa o con algún animal, buscando parecido de figura o modo de ser, que el doctor no se lo encontraba.

Con mi muletilla de que mejor fueran a verlo me quitaba de encima a los averiguadores de la vida ajena; pero a mi mujer no me la pude sacudir, y le dije: “El doctor todavía puede ablandarse como en agua y media, su tamaño ni se le nota entre nosotros, y
anda como un sábado por la tardecita”. Mi mujer me repeló: “¡Qué gracioso! Ni que lo tuviera delante. Me dejas en ayunas”.
Pero si así era el doctor, con su pellejo que ya no era de pollo aunque no le pegaba todavía el dicho de no se cocina en dos aguas; y sin el casco de don Clodo que nos pasaba a todos la cabeza; y lo de tardecita de sábado lo dije porque a esa hora es cuando los que
paran en las tiendas para los tragos están apenas alegrones; pero esto fue el principio, que el doctor curioseaba por todos lados y hablaba cordial como un compañero. Después poco a poco se fue quedando más y más dentro de la casa y al fin no volvió a salir. Melchor se encargó de todo; y el doctor, añuquido en su mariapalito le sacaba las cuentas y también sacadas que le sacaba las uñas que Melchor quería meterles.

Cuando el doctor me regaló el taburete Melchor se me puso arisco; no que él quisiera taburete, pero Medardo por picarle las agallas le dijo que abriera el ojo, que yo lo iba a desbancar de la administración. A Melchor le entró la rasquiña de que podía ser verdad y se fue a decirle al doctor que yo era el gran flojo y que para el ordeño no servía. Pasé por allí y el doctor me llamó. “Oye —me dijo— aquí está Melchor diciéndome que tú eres un flojo y que no sabes ordeñar”. Yo levanté mis dos manos, las abrí, bien abiertas, y dije:
“Todo el que sepa de ubre de vaca tiene que ver que estos dedos son de ordeñador” y Melchor se puso de medio lado mirando para otra parte. “También puede ver cualquiera —seguí— que estas manos no son para escribir ni tampoco de administrador” y Melchor me dio el frente y lo dejé que me miraba bien las manos. Después dije: “Da lástima, doctor, que el miedo vuelva bruta a la gente” y Melchor bajó la cabeza y le puso atención a uno de sus pies que lo echaba para allá, lo echaba para acá, como patoco sapo tirando tarascadas. Así lo dejó el doctor su buen rato, observándolo con ojos que la risa aguantada le ponía chiquitos. Al fin no se rió, porque él con Melchor no
se reía; pero se le fue una sonrisita puyona y con ella le dijo: “Quedaste despachado”.
Mi mujer volvió a querer saber del doctor, que si era de medicina. Se lo pregunté y me dijo que no, que era de leyes. “De todos modos es doctor —le dije— y da lo mismo”. Riéndose me contestó: “Sí, en el fondo da lo mismo”. Yo le dije: “¿Usted me puede explicar eso, doctor, lo del fondo?”. Me contestó: “No, no te lo puedo explicar”. Yo dije: “Lo decía, doctor, porque un pleito que tenía Nicasio casi acaba con él, mismo que una enfermedad”. Y el doctor me dijo: “pues así queda bien explicado”. Cuando volví a la casa mi mujer me preguntó si le había hecho el mandado. “Sí —le contesté— es de leyes”. “Entonces no nos sirve” —dijo ella. “Mejor” dije yo, pensando en Nicasio.
Yo acostumbraba engancharme a descansar del ordeño en la horqueta de un palo de mango que había casi al frente de la casa del doctor. La horqueta era una rama mocha donde yo doblaba las corvas, la espalda pegada al tronco que se iba un poco atrás y con las nalgas sobre paso liso. Aquella me parecía la mejor postura hasta para dormir; por eso cuando vi el taburete del doctor me dije: Es como la horqueta y aún mejor. Allí me encontraba yo reposando una mañanita, y estaba ya para ponerme a averiguar con mi conciencia si sería verdad que yo era flojo; pero no acababa de darle el primer pasón al caso cuando el doctor me llamó para tratarme el mismo asunto.
“Quiero que honradamente me digas si tú eres flojo o no eres flojo” me dijo. “Doctor —contesté— yo siempre digo honradamente. Mire, doctor: uno es como camina. Yo camino lento, y así soy; y si soy así, así trabajo. Melchor me ve sentado, que no muevo ni el ojo; pero llámenme a una ocupación, y ahí voy; y si voy, ¿soy flojo? Yo le diría a Melchor: Tú ves el gato, quieto como muerto; pero tira la mano para cogerlo y el gato salta que ni la pulga: ¿es flojo el gato?”.
“Quieres decir que eres como el gato” —me dijo el doctor con una risita.
“No, doctor —le dije— no soy como el gato. Pero vamos a otro animal. Vamos al burro. Usted lo ve tan pachorrudo que a veces ni el pellejo lo guiña para espantarse la mosca. Pero póngale el sillón, móntese, doctor, y ya está el burro haciendo su trabajo”.
“Entonces —dijo el doctor— así como el burro sí eres tú: tranquilo, tardo, pero rendidor”.
“Muy bien dicho, doctor —dije— soy como el burro. Y que no me lo tomen en mala parte”.
Mucho se habla del trabajo, que lo ponen como una gran cosa buena para uno y hasta para recomendadores del amor al trabajo, los hay. Para fregarlos. Que no frieguen. Con lo que Dios mandó basta: que si no trabajas, no comes, y Melchor no me va a negar que
yo como. Ahora, si quiere darme fama de flojo, que me la dé. Daño por el lado del doctor no me llega porque él no le hace caso. Y si me lo quiere cargar como pecado de la Doctrina Cristiana, que me lo cargue, y vamos a ver qué hace conmigo el Padre Eterno, que hasta mejor me puede ir; porque una cosa que Melchor no ha pensado es que flojo era Adán antes de la maldición y entonces, flojo, era cuando Dios más lo quería y lo contemplaba en el Paraíso.
Melchor quedó retrechero conmigo y no podía disimular que le dolían las llamadas que me hacía el doctor, muchas veces con él mismo, que tenía que obedecer. Pero no era nada lo que yo hablaba con el doctor sino preguntas que me hacía para pasar el
rato.
“¿Tú sabes curar la mordedura de culebra?” —me dijo un día: “Lo primero, doctor —le contesté— esos animales malos, aunque es verdad que muerden porque cierran de golpe las quijadas, ya antecito dieron la chuzada con sus colmillos; pero el apretón no es nada, doctor, lo maluco es el pinchazo y yo por eso me voy a lo principal y no diga que las culebras muerden sino que pican. ¿Está mal doctor?”.
“No —dijo— viendo las cosas como tú las ves, está bien. ¿Y qué es lo segundo?”.
“Lo segundo y lo demás —le dije— es que, mire doctor, si una boquidorada de dos metros que no se ha tragado todavía su rata o su sapo clava los colmillos en carne limpia, la única salvación sería que otra serpiente igual ahí mismo metiera un contraveneno. Una contra sí existe pero nadie la conoce por aquí. Sucede, doctor, que hay un día y una hora en que pelean las culebras y la que es picada come una yerbita que le cura. Y le voy a contar lo que a mí me pasó. Una vez, en la hora y el día, vi una cascabel y una mapaná en  pelea que me cogió al pie de un barranco donde no me pude trepar, y ellas al frente,
en el limpio, y no tuve para dónde correr. Aquello daba miedo, doctor. Las culebras se paraban a veces en la punta del rabo y se veían como dos personas. También se retorcían en el suelo como un mondongo o como tripas con purgante; y cuando se tiraban seguido no les faltaba sino tronar para que uno creyera que eran relámpagos de verdad, verdad. De pronto la cascabel le metió los colmillos a la mapaná, esto tuvo que ser, porque la mapaná corrió que ni se veía para los matorrales; y ahí fue donde perdí la ocasión
porque ella iba a buscar la yerbita que saca el veneno; y si yo hubiese sabido entonces lo que iba a hacer, la sigo, doctor, y conocería la yerbita que es la única contra en el mundo”.
“Entonces si no hay remedio, ¿qué debe hacerse?” dijo el doctor.
“Ojo —dije— mucho ojo, doctor, para no pisarlas; y en un desmonte no meter la mano sino el garabato. Si uno no las molesta, a uno no le pasa nada. Menos la mapaná, porque ella se viene al golpe del machete”.
“Pero si las culebras no tienen oídos” —dijo el doctor.
“Bueno, doctor —dije— oirán por otra parte.
Y hay otra cosa de la que la gente no se puede librar, y es que las culebras maman teta y dejan seca a la recién parida, sin leche para el muchachito; y también maman ubre y si la vaca no se deja, ahí mismo amanece muerta”.
El doctor soltó su risa y dijo que las culebras, verdad,tenían sus cosas que eran de ellas  nada más, como la de que propiamente caminaban con las costillas; que sordas, sí son, pero que pegadas como están al suelo, sienten por la barriga y hasta dijo que por la lengua que la sacan para tantear el aire y que esto no era que oyeran pero sí como si oyeran. A lo de que mamaran, a eso sí no le dio pase por ningún lado. Me explicó
la cabeza de la culebra, que tiene la boca muy dura; que si yo puedo chupar es porque hago ventosa con los labios, que son blanditos y me preguntó que cómo haría yo para mamar si tuviera toda la boca callosa o de hueso. Le contesté: “Yo no sé cómo haría yo,
doctor, pero las culebras sí saben cómo lo hacen. Ahí está el caso, que usted quien lo dice, del caminado de ellas; y ¿cómo haría usted, doctor, para caminar con las costillas? Ya ve, doctor, lo mismo que la mamada: uno no sabe, pero las culebras sí”.

El doctor se reía de lo que yo hablaba, siempre se estaba burlando, qué iba yo a hacer, tan bueno era el doctor. Y también yo lo excusaba porque él era hombre de ciudad, no comprendía el monte, y ya no iba a aprender. Él no vino por aquí ni biche ni verde para madurar, sino maduro para pudrirse. Pudrirse digo, no para que se le coja el sentido malo que también tiene sino para dar a entender que a la ciruela, cuando ya está colorada no le entra más sabor ni más jugo.
Vamos a ver, que no ha acabado el sol su bajada y ya está el doctor prendiendo todas las luces adentro y hasta afuera de la casa. No, doctor, no haga eso en la noche del monte. Deje una luz pequeña en un cuarto y sálgase afuerita en lo oscuro a mirar y a escuchar
la noche dejándosela cerquita, no se la quite de encima espantándola con la electricidad. Para diversión nunca le faltará cualquier cosa como luciérnagas que parecen, digo yo, reventazón de topotoropos* que no echan semillas sino candelitas; o el canto del
bujío, que es su propio nombre y lo repite cada momento porque le gusta llamarse así; o el gritico sinvergüenza del conejo, que no le conviene darlo, pero lo da. Comience por ahí, doctor, con esos juguetes mientras aprende como nosotros a poner atención a
otras cosas que son vistas y oídas con ojos y orejas de adentro, y esto es un misterio y no se lo puedo explicar. Usted no me va a creer, doctor: cuando hay luna, se mueven por todas partes, caminando calladitos, los sueños que salen a repartirse entre la gente dormida y que son de toda clase, buenos y malos, pero a uno que está allí le toca el mejor. Y si no hay luna, entonces es un secreteo como una brisita de palabras que refresca cualquier mal de la persona. Métase, doctor, en la noche del monte, que usté la
necesita.
De eso quería yo hablarle al doctor, pero era como consejo que se lo pensaba decir, y cómo me iba a atrever. De su alegría y tranquila apariencia, ahí estábamos todos para testigos; pero sus risas, yo lo tenía visto, eran como esas campanadas que se desparraman sobre la maleza pero no tapan toda la mala yerba de abajo. El doctor estaba fallo, y eso no se me despintaba, y la noche del monte lo podía completar.
Un día comencé.

“Doctor, le dije, el día es muy bonito pero la noche es linda también; el día y la noche son
dos partes del mundo y dos fuerzas para el hombre; el día es fuerza para el cuerpo y la noche es fuerza para el alma”. El doctor se rió. “¿qué es esa letanía que me estás enjaretando” dijo. “Mi letanía, dije yo, no es más que esta: que de día puede uno ponerse a buscar a Dios, pero de noche hasta puede uno encontrarlo”. El doctor dijo: “¿Va a ser ahora un sermón?”. Yo le dije: “Pasa, doctor, que cuando uno aguanta las palabras
que deben ser se va en palabras que no son. Lo que yo estaba por decirle es que nunca lo he visto meterse en la noche de monte”. El doctor se rió más fuerte y dijo: “¿Qué es lo que tú quieres? ¿Que me aventure en la oscuridad para dar un tropezón y romperme
las narices, o para que me muerda una culebra y tú no sepas curarme?”. Le dije: “No tiene que salir, doctor”. Él seguía riéndose. “Lo que sucede, dijo, es que te gusta la noche porque eres animal nocturno”. “¿Animal nocturno, doctor?”. “Bueno, ordeñador, por
otro nombre”. Y ahí paró esto porque comenzó con sus preguntas: que si era verdad que al rey de los gallinazos los demás goleros lo dejan comer solo y se apartan por respeto a su condición superior; que si yo me había encontrado alguna bruja en forma de puerca arrancando yuca; que cuánto maíz me había piao yo. Yo le iba dando mis contestaciones y él se reía con su risa cariñosa que no ofendía. Bueno, doctor, siquiera me tenía a mí para un rato de diversión.
Muchas botellas vacías veíamos salir de la casa del doctor, y esto era para que los del corral se picaran el ojo y dijeran su chiste que no era más que uno: “No traga alpiste el turpialito*”, decían. Una vez que Patrocinio fue el encargado de traer una caja llena se
presentó con uno nuevo: “El doctor no es camello” dijo. Este dicho no lo supo explicar Patrocinio pero gustó más, acabó con el del alpiste y se quedó él solo dando el palo. Y si se  ponían con estas burlitas no era que no le tuvieran buena voluntad y respeto al doctor; pero es que nosotros no estamos acostumbrados a decirles palabras bonitas a las personas de nuestra estimación y más bien las linduras nos sirven para hacerle insulto a la gente con quien no comulgamos.
Yo pensaba: Esas botellas serán la noche en que se mete el doctor; porque la borrachera es como una noche, pero embustera y dañina, toda al revés de la verdadera noche que hizo el Señor.
De esto también quise decirle al doctor, aunque era más trabajoso; y después de meterle mucha cabeza me resolví y lo probé con una pregunta mañosa para irme llegando, si podía: le pregunté si la salud no era lo principal para el hombre. Me contestó un poquito
brusco: “¿Qué importa la salud?”. Yo no le saqué el cuerpo a la mala señal y dije con un tonito regañón: “¿Qué no importa, doctor? Usted dice eso”. Se suavizó; pero serio todavía dijo: “Sí, parecen palabras vacías. Pero la enfermedad no está en nuestras manos eludirla y lo primordial será, pues, prepararnos para recibirla cuando nos llegue. Si nos mantenemos con ánimo para acoger el padecimiento inevitable entonces podemos decir sin vaciedad: ¿Qué importa la salud? Yo dije: “¿Entonces, doctor? No entiendo.” “Sí,
entonces, y no entiendas” dijo él, y ahí mismo volvió a sus risas y echó a embromarme con sus preguntas de entretenimiento.
El día que oí que el doctor no había salido de su cuarto, fui a preguntar por él. Me oyó la voz y me llamó. Entré, lo hallé acostado en su cama y no le vi botella
cerca.
“¿Cómo está, doctor?” le pregunté.
“No sé —me contestó—. Una vez que me sentí muy mal creí que de esa no me escapaba y nada pasó. Ahora, cuando no pienso que esté de gravedad, tal
vez me tengan listo el tijeretazo”.
“Tampoco ahora va a pasar nada” le dije.
El doctor arrugó la frente y se le apretó más la seriedad que en ese momento se le había plantado en toda la cara.
“De eso —dijo— lo que suceda lo aguanto. Pero hay otra cosa: mi mujer está en camino para acá”.
“Yo no sabía que usted fuera casado, doctor —le dije— pero es bueno que ella venga porque así estará mejor cuidado.
Su buen rato se quedó callado el doctor. Hizo el movimiento, que yo le conocía, de coger la botella, aunque no había botella, y se dejó caer otra vez a su postura acostada. Después torció la boca como para que pareciera sonrisa, que no me pareció.
“¿Sabes cómo me siento? —dijo— como un burro moribundo que ve llegar el gallinazo”.
Yo, pensando qué clase de mujer sería aquella, cuando el doctor la ponía de golero, le dije: “Palo, es lo que va a encontrar aquí el gallinazo”.
Entonces se sonrió el doctor, de verdad, y el humor
le cambió.
“Ajá, ¿y qué hay del taburete, no te has aburrido de
él?”.
“No, doctor; él sigue siendo mi mejor amigo”.
“Cuando te lo di tenía más de cien años. De eso hace más de catorce. ¿Cuántos tiene ahora?”.
“¿Cuántos, doctor?”.
“Más de ciento catorce”.
“Y si lo viera, doctor, que todavía parece un jovencito. Su cuero de chivo no ha perdido ni un pelo y su madera está lisa y clara, casi del color y la suavidad de aquel tabaco que usted me dio, metido en un tubito que le habían hecho para él solo. ¿Cuántos años me dijo que tenía, doctor?”.
“Más de ciento catorce. Y los que le faltan”.
“Esos serán los mismos que me faltan a mí, porque lo que es él solamente vivirá hasta que yo muera”.
“¿Cómo es eso?”.
“Sí, doctor; porque mi última voluntad es que el taburete lo entierren conmigo”.
El día siguiente al anochecer murió el doctor. Su mujer llegó un poquito antes y no había bajado del automóvil cuando ya estaba Melchor aparándola. Al entrar ella al cuarto encontró al doctor boquiando.
Hoy no va a haber ordeño, pensamos todos, esta noche es de velorio. Pero vino Melchor y nos dijo: “Al corral, a su hora, manda la viuda”. Micaela tenía ya puesta la olla con el agua para el café y Melchor se la hizo quitar del fogón. “Nada de café —dijo— no hay
velorio”.
Después del ordeño me enganché en mi horqueta del palo de mango. La señora del doctor salió a la puerta y mientras yo la estaba reparando ella me vio, que ni me di cuenta porque tenía un modo de mirar de medio lado, como gallinazo. Cuando se asomó estaba un poquito encorvada, pero al verme se estiró. “Melchor —zumbó como alas de golero— ¿quién es aquel encaramado allí, que parece un loro?”. Melchor le contestó algo que no pude oír, porque lo dijo para que yo no lo oyera. Pero a ella sí la oí. “Despídelo enseguida. Ya estoy viendo que en esta finca hay más gente de la que se necesita”.

Ahí está Liborio, que no lo vi llegando sino cuando ya lo tuve encima.
“¿Sacando del saco?” me dice.
“Sí, le digo. Tenía afuera al doctor con el gallinazo pegado”.
Liborio se me sienta enfrente y se pone saca, saca de su saco cosas del año uno que también están en el mío. Y me pregunta: ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?

 

* toporopos: palomitas de maíz

** turpialito: ave de Colombia.

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José Félix Fuenmayor (1885- Barranquilla, Colombia -1966) Publicó el poemario modernista Musa del trópico (1910), la novela Cosme (1927), el relato fantástico Una triste aventura de catorce sabios (1928), pionero de la ciencia ficción en Colombia, y un puñado de excelentes cuentos, publicados en diferentes medios, recogidos póstumamente bajo el título de La muerte en la calle (1967) libro al que pertenece este cuento.
Cito: “En cuanto a la reivindicación de la figura del viejo José Félix, el «abuelo sabio» y, al  mismo tiempo, el más joven de los escritores del Grupo de Barranquilla, han desempeñado un papel protagónico sus discípulos más aventajados. La frase contundente de Álvaro Cepeda Samudio, «todos venimos del viejo Fuenmayor», ha
sido, desventuradamente, obliterada por la crítica, que la toma casi siempre como una expresión más de la ancestral propensión del Caribe por la desmesura. Olvidan,por igual,  que el magisterio de Fuenmayor fue reconocido de manera muy temprana por el propio García Márquez, al señalar en una de sus «Jirafas» de 1950, que el autor barranquillero supo aprovechar, como pocos, los mejores recursos de la narrativa norteamericana, a cuyos máximos representantes leía, discutía, rechazaba y aceptaba, simultánea y alternativamente, con vehemencia contradictoria. «Nos lleva ventaja a los jóvenes», confesó en su momento el promisorio discípulo, al percatarse de la beligerante y fértil actitud de su maestro. «Anda en otra órbita» (García Márquez, 2015, p. 294).
Orlando Araújo Fontalvo.
Profesor de la Universidad del Norte

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“El perro fue creado especialmente para los niños. Él es un dios de la diversión.”

Henry Ward Beecher

Mano
Stig Dagerman (Suecia, 1923-1954) escribió este duro cuento a petición de la Asociación Nacional de Seguridad Vial de Suecia, con la finalidad de disminuir la velocidad del tráfico y evitar los accidentes.

 

Matar a un niño

Es un día suave y el sol está oblicuo sobre la llanura. Pronto sonarán las campanas, porque es domingo. Entre dos campos de centeno, dos jóvenes han hallado una senda por la que nunca fueron antes, y en los tres pueblos de la planicie resplandecen los vidrios de las ventanas. Algunos hombres se afeitan frente a los espejos en las mesas de las cocinas, las mujeres cortan pan para el café, canturreando, y los niños están sentados en el suelo, abrochándose la blusa. Es la mañana feliz de un día desgraciado, porque este día, en el tercer pueblo, un hombre feliz matará a un niño. Todavía el niño está sentado en el suelo y abrocha su camisa, y el hombre que se afeita dice que hoy darán un paseo en bote por el riachuelo, y la mujer canturrea y coloca el pan, recién cortado, en un plato azul. Ninguna sombra atraviesa la cocina y, sin embargo, el hombre que matará al niño está al lado del surtidor rojo de gasolina, en el primer pueblo. Es un hombre feliz que mira por el visor de una máquina de fotos y ve un pequeño coche azul y, a su lado, a una muchacha que ríe. Mientras la muchacha ríe y el hombre toma la hermosa fotografía, el vendedor de gasolina ajusta la tapa del depósito y les asegura que tendrán un bonito día. La muchacha se sienta en el coche y el hombre que matará al niño saca su billetera del bolsillo y comenta que viajarán hasta el mar, y en el mar pedirán prestado un bote y remarán lejos, muy lejos. A través de los vidrios bajados, la muchacha, en el asiento delantero, oye lo que él dice; cierra los ojos, ve el mar y al hombre junto a sí en el bote. No es ningún hombre malo, es alegre y feliz, y antes de entrar en el automóvil se detiene un instante frente al radiador que centellea al sol, y goza del brillo y del olor a gasolina y a ciruelo silvestre. No cae ninguna sombra sobre el coche y el refulgente parachoques no tiene ninguna abolladura y no está rojo de sangre.

Pero, al mismo tiempo que en el primer pueblo el hombre cierra la puerta izquierda del coche y tira del botón de arranque, en el tercer pueblo la mujer abre su alacena, en la cocina, y no encuentra el azúcar. El niño, que se ha abrochado la camisa y que se ha atado los cordones de los zapatos, está de rodillas en el sofá y contempla el riachuelo que serpentea entre los alisos, y el negro bote que está medio varado sobre la hierba. El hombre que perderá a su hijo está recién afeitado y, en ese momento, pliega el soporte del espejo. En la mesa, las tazas de café, el pan, la leche y las moscas. Sólo falta el azúcar, y la madre ordena a su hijo que corra a casa de los Larsson y pida prestados algunos terrones. Y mientras el niño abre la puerta, el padre le grita que se dé prisa, porque el bote espera en la ribera. Remarán hasta tan lejos como nunca antes remaron. Cuando el niño corre a través del jardín, en todo momento piensa en el riachuelo y en los peces que saltan, y nadie le susurra que sólo le quedan ocho minutos de vida y que el bote permanecerá allí en donde está, todo el día y muchos otros días. No está lejos la casa de los Larsson: únicamente cruzar el camino, y mientras el niño corre atravesándolo, el pequeño coche azul entra en el otro pueblo. Es un pueblo pequeño con pequeñas casas rojas, con gente que acaba de despertar, que está en la cocina con las tazas de café levantadas y observan al coche venir por el otro lado del seto con grandes nubes de polvo detrás de sí. Va muy rápido, y el hombre ve cómo los álamos y los postes de telégrafo, recién alquitranados, pasan como sombras grises. Sopla el verano por la ventanilla. Salen velozmente del pueblo. El coche se mantiene seguro en medio del camino. Están solos todavía. Es placentero viajar completamente solos por un liso y ancho camino, y a campo abierto es mucho mejor aún. El hombre es feliz y fuerte, y en el codo derecho siente el cuerpo de su futura mujer. No es ningún hombre malo. Tiene prisa por alcanzar el mar. No sería capaz de matar a una mosca, pero sin embargo, pronto matará a un niño. Mientras avanzan hacía el tercer pueblo, cierra la muchacha otra vez los ojos y juega que no los abrirá hasta que puedan ver el mar, y al compás de los suaves botes del coche, sueña en lo terso que estará.

¿Por qué la vida está construida con tanta crueldad, que un minuto antes de que un hombre feliz mate a un niño, todavía es feliz y un minuto antes de que una mujer grite de horror, puede cerrar los ojos y soñar con el ancho mar, y durante el último minuto de la vida de un niño pueden sus padres estar sentados en una cocina y esperar el azúcar y hablar sobre los dientes blancos de su hijo y sobre un paseo en bote, y el niño mismo puede cerrar una verja y empezar a atravesar un camino con algunos terrones en la mano derecha envueltos en papel blanco; y durante este último minuto no ver otra cosa que un largo y brillante riachuelo con grandes peces y un ancho bote con callados remos?

Después, todo es demasiado tarde. Después, hay un coche azul cruzado en el camino, y una mujer que grita, retira la mano de la boca y la mano sangra. Después, un hombre abre la puerta de un coche y trata de mantenerse en pie, aunque tiene un abismo de terror dentro de sí. Después hay algunos terrones de azúcar blanca desparramados absurdamente entre la sangre y la arenilla, y un niño yace inmóvil boca abajo, con la cara duramente apretada contra el camino. Después, llegan dos lívidas personas que todavía no han podido beberse el café, que salen corriendo desde la verja y ven en el camino un espectáculo que jamás olvidarán.

Porque no es verdad que el tiempo cure todas las heridas. El tiempo no cura la herida de un niño muerto y cura muy mal el dolor de una madre que olvidó comprar azúcar y mandó a su hijo a través del camino para pedirla prestada; e, igualmente, cura muy mal la congoja del hombre feliz, que lo mató..

Porque el que ha matado a un niño, no va al mar. El que ha matado a un niño vuelve lentamente a casa en medio del silencio, y junto a sí lleva una mujer muda con la mano vendada; y en todos los pueblos por los que pasan ven que no hay ni una sola persona alegre. Todas las sombras son más oscuras, y cuando se separan todavía es en silencio; y el hombre que ha matado a un niño sabe que este silencio es su enemigo, y que va a necesitar años de su vida para vencerlo, gritando que no fue culpa suya. Pero sabe que esto es mentira, y en los sueños de muchas noches deseará en cambio tener un solo minuto de su vida pasada para “hacer este solo minuto diferente”.

Pero tan cruel es la vida para el que ha matado a un niño, que después todo es demasiado tarde.

 

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Éste cuento está incluido en dos colecciones póstumas de Stig Dagerman: Vårt behov av tröst (1955 –Nuestra necesidad de consuelo) y Dikter, noveller, prosafragment (1981 –Poemas, novelas y fragmentos de prosa)

A partir de 1996, y en honor a su memoria, la Sociedad Stig Dagerman entrega anualmente el premio de su nombre al escritor en cuya obra reconoce la importancia de la libertad de la palabra mediante la promoción de la comprensión intercultural. Algunos de los autores premiados han sido John Hron, Yasar Kemal, Ahmad Shamlou, Elise Johansson, Elfriede Jelinek, Göran Palm, Sigrid Kahle, J.M.G. Le Clézio y Eduardo Galeano.

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Dibujo de Andrés Casciani

Robert Walser *

SCHWENDIMANN

Había una vez un hombre singular. ¡Bueno, bueno!, pero ¿qué clase de hombre singular? ¿Qué edad tenía y de dónde era? Eso no lo sé. Tal vez puedas decirme cómo se llamaba. Se llamaba Schwendimann. ¡Ah, ya, Schwendimann! Bien, muy bien, tres bien, tres bien. Ve un poco más allá, si te parece bien y dinos qué quería entonces ese Schwendimann. ¿Que qué quería? Hum, eso no lo sabía ni él mismo exactamente. No quería mucho, sólo algo adecuado. ¿Qué buscaba, qué perseguía Schwendimann? No buscaba mucho, sólo buscaba algo adecuado. Extraviado, perdido en el ancho mundo estaba. ¿Sí? ¿Perdido? ¡Ah, extraviado!; Dios santo, dónde irá a parar este pobre hombre! ¿A la nada, al todo, adonde si no? ¡Temible pregunta! Todo el mundo le miraba inquisitivamente, y él a todo el mundo. ¡Oh, qué acongojado, qué lastimero! Así que iba andando cansina y pesadamente, con pasos inseguros y vacilantes, y los colegiales se le acercaban corriendo, se burlaban de él y le preguntaban: ¿Qué buscas, Schwendimann? Y él no buscaba mucho, tan sólo lo adecuado. Esperaba con el tiempo encontrar lo adecuado. “¡Ya llegará!”, murmuraba por entre su desgreñada barba negra. La barba de Schwendimann era hirsuta. ¿Cómo, cómo? ¿Hirsuta? ¡Sessa! ¡Voilá! Estupendo ¡De veras! ¡Muy interesante! Y así, de golpe y porrazo, se encontró delante de la Casa Consistorial. “No estoy para ayudas ni consejos”, se dijo, y como a su entender no se le había perdido nada en la Casa Consistorial, siguió andando poco a poco hasta que pasó por la Casa de Beneficencia. “Yo pobre sí que soy, pero no me corresponde la Casa de Beneficencia”, pensó, y siguió andando concien­zudamente hasta que un rato después llegó de modo inopinado al Edificio de Bomberos. “¡No hay nada ardiendo!”, masculló, y siguió andando adustamente. Unos pasos más allá, llegó a la Casa de Empeños. “No tengo nada que empeñar en este ancho mundo de Dios”, y un breve trecho más allá a la Casa de Baños. “¡No necesito bañarme!” Cuando después de un tiempo llegó al Edificio de las Escuelas, se dijo: “Los tiempos en que acudía a la escuela han pasado”, y siguió andando con sigilo mientras sacudía su peculiar cabeza. Poco a poco me voy acercan­do a la Casa adecuada”, se dijo. Y así, no mucho más tarde, Maese Schwendimann se encontró delante de un edificio grande y tenebroso. Era el Establecimiento Penitenciario. “No merezco castigo, merezco otra cosa”, dejó escapar sombríamente, y siguió caminando hasta que de pronto alcanzó otra casa, exactamente la Casa de Socorro, ante la cual dijo: “No estoy enfermo; estoy de otra manera. No necesito cuidado médico alguno; lo que necesito es algo completamente distinto”. Vacilante, siguió andando; claro y resplandeciente era el día, brillaba el sol y las hermosas calles estaban llenas de gente, y hacía un tiempo despejado y bonancible, pero Schwendimann no reparaba en la bondad del tiempo. Entonces llegó a la Casa Paterna, la querida Casa de la infancia, su Casa natal. “Me gustaría volver a ser un niño y tener padres, pero los padres han muerto, y la infancia ya no volverá”. Amargamente con pasos graves, siguió andando y vio el Salón de Baile, y cerca de él una Casa de Modas. Delante del Salón de Baile dijo: “No me gusta bailar”, y delante de la Casa de Modas: “No compro ni vendo nada”. La tarde fue cayendo paulatinamente. ¿Qué lugar le correspondía, pues, propiamente a Schwendimann? ¿El Lugar de Trabajo? Ya no tenía ganas de trabajar. ¿La Casa de Citas? “Se me fueron las ganas y la alegría”. No había transcurrido mucho tiempo cuando se encontró ante el Edificio del Juzgado, y entonces dijo: “No necesito juez alguno, necesito otra cosa”. Ante el Edificio del Matadero, pensó: “Yo no soy matarife”. En la Casa Parroquial no tenía, a su juicio, nada que hacer, y en el Edificio del Teatro a gente como Schwendimann apenas se le ha perdido nada, ni tampoco gente así pisa las Salas de Conciertos. Callada y mecánicamente siguió andando, casi sin poder mantener los ojos abiertos de tan cansado como estaba. Le parecía como si durmiera, como si caminara en sueños. ¿Cuándo llegarás a la Casa adecuada, Schwendimann? – ¡Paciencia y barajar! Llegó hasta una Casa de Duelos. “Estoy triste, pero no me corresponde la Casa de Duelos”, y siguió caminando; llegó a la Casa de Dios, y siguió andando sin decir palabra, y llegó hasta una Casa de Huéspedes, donde dijo: “No soy un buen huésped, y nadie me acoge de buena gana”, y prosiguió su camino. Por fin, tras larga caminata, al cabo de la cual había oscurecido ya, llegó a la casa adecuada, y en cuanto la vio, dijo: “Al fin he encontrado lo que buscaba. Este sitio me correspon­de”. Delante de la puerta había un esqueleto, y le preguntó: “¿Puedo entrar ahí a descansar?” El esqueleto soltó cariñosamente una risotada sardónica y dijo: “Buenas noches, Schwenndimann. A ti te conozco bien. Entra. Eres bienvenido”. Entró en la Casa que al final todos encontramos y en la que no sólo él, sino todos, tenemos reservado un sitio, y cuando estuvo dentro, se dejó caer muerto, pues había llegado a la Casa de los Muertos, y allí halló descanso.

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* Robert Otto Walser (1878-1956) fue un novelista, poeta y ensayista, de nacionalidad suiza. Viviendo en Berlín escribió tres novelas, Los hermanos Tanner (1907), El ayudante (1908) y Jakob von Gunten (1909), que dan una visión irónica y desapasionada de la vida cotidiana de Berlín. En 1909 regresó a Biel y allí escribió las narraciones cortas recogidas en El paseo y otros relatos (1917), pero durante ese periodo sufrió una gran depresión, acompañada de alucinaciones. A pesar de los tratamientos durante dos años, en 1930 se aconsejó su internación en una clínica psiquiátrica de Herisau, donde pasó el resto de su vida. Murió el 25 de diciembre de 1956. Aunque su obra, que incluye además poemas, ensayos y numerosos relatos, fue admirada por otros escritores, como Robert Musil, Walter Benjamin y Franz Kafka, no llegó a un público más amplio hasta finales de la década de los cincuenta.

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La férrea dureza de todas las debilidades.

La insistente valentía de todos los miedos.

La imaginaria fehaciencia de la realidad.

La madurez de sentimientos de toda infancia.

La creencia de saberlo todo de la ignorancia 

El continuo aprendizaje y, a la vez, enseñanza, de toda sabiduría.

La irrompible y liberadora atadura de una amistad.

La constante presencia de lo ausente en la melancolía.

La innecesaria causa de toda motivación.

La poderosa pobreza del dinero.

La estática movilidad de las ramas de un árbol.

La profunda libertad que da un abrazo.

La grandeza de hacerte diminuto.

La velocidad de un instante tranquilo

La estrepitosa caída de los párpados en unos ojos tristes.

El directo flechazo de la curvatura de una sonrisa.

La gracia y musicalidad de los bailes de letras.

La profunda esperanza de una mano alzada.

La perfecta entonación de las voces interiores.

La tranquila inquietud de poder verte.

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El 2 de febrero de 1882 nacía en Dublín, Irlanda el genial novelista y poeta James Joyce. Es considerado uno de los más importantes e influyentes escritores del siglo XX; su novela “Ulises” forma parte de las mejores novelas en lengua inglesa.

En sus poemas, como en otras obras de Joyce, el idioma se usa como medio de sátira, de destrucción por la burla; así “Gas from a Burner”, que literalmente quiere decir “Gas de un Mechero”, puede significar “fanfarronada”, dando su origen a una frase idiomática que, sin embargo, y tal vez por la poca difusión que estos poemas han tenido, no ha obtenido la aprobación popular, Joyce, conocedor hasta la médula del idioma inglés, gusta de crear nuevas frases o idiomas y de deshacer otras, ya establecidas, creando la confusión en el lector y la ambivalencia de sentido que todas las frases hechas poseen, exigiendo de aquél un análisis lógico del significado último de las mismas; de aquí que traducir a Joyce sea muy difícil.

GAS DE UN MECHERO

Damas y caballeros, estáis aquí reunidos
Para oír por qué cielo y tierra se conmovieron
Por culpa de las siniestras, negras artes
De un escritor irlandés en el extranjero.
Hace diez años que su libro me envió.
Más o menos lo leí unas cien veces,
De delante hacia atrás, de abajo a arriba,
A través de los dos extremos del telescopio.
Completo lo imprimí, hasta la mismísima última palabra.
Pero gracias a la merced del Señor,
Las tinieblas de mi mente se rasgaron,
Y vi el intento repugnante del autor.
Pues un deber tengo hacia Irlanda:
Su honor con mi mano guardo.
Esta hermosa tierra que siempre envió
Sus escritores y artistas el destierro,
Y con espíritu típico de chanza irlandesa
A sus adalides traicionó uno a uno.
Fue el seco, mojado humor de Irlanda
El que cal viva arrojó a los ojos de Parnell;
Son los cerebros irlandeses quienes de su destino
Salvan el resquebrajedo barco del Obispo de Roma,
Porque todo el mundo sabe que el Papa no puede
Eructar sin el consentimiento de Billy Walsh.
Oh Irlanda, primera y sola querencia mía,
Donde Cristo y César mano y guante son.
Oh hermosa tierra donde el trébol crece.
(Permitidme, señoras, que me suene).
No me importa un bledo deciros, para que me censuréis,
Que publiqué los poemas de Mountainy Mutton,
Y una comedia que escribió (seguro estoy
De que la leísteis) donde se habla de “bastardo”,
“Fornicador” y “ramera”, y otra obra
Sobre La Palabra y el Santo Pablo y de algunas
Piernas femeninas que no puedo recordar,
Todo ello escrito por Moore, caballero genuino,
Que vive del diez por ciento de su heredad
He impreso libros místicos por docenas:
El libro de recetas de Coussins, aunque
(Y os ruego que me perdonéis) sobre el verso diré
Que envidia daría a vuestros traseros el no haberlos
Escrito: El folklore del Norte y del Sur
Por Gregory, La de la Boca Dorada publiqué:
Tristes, tontos, solemnes poetas imprimí:
Patrick, cómo-se-llama-Colm: al ilustre
John Milicent Synge, quien el espíritu eleva
Sobre angélica ala con la muda del trotamundos,
Quien como hato la robó de la bolsa de viaje
De un director de Maunsel. Pero la cruz
Y raya trazo sobre ese condenado sujeto
Que por aquí anduvo, vestido de amarillo austriaco,
Declamando italiano que O’Leary Curtis
Y John Wyse Power pagaban por horas,
Quien escribió sobre Dublín, sucia, amada, de tal
Forma que ningún impresor, por muy africano,
De tan negro que sea, podría tolerarlo.
¡Mierda y cebollas! ¿Pensasteis que imprimiría
El nombre del monumento a Wellington,
El de Sydney Parade, y el del tranvía de Sandymount,
El de la pastelería de Downes, el del jamón
De William? ¡Maldito sea si así lo hago! iQue al fuego
Me condene! ¡Hablar sobre los Irish Names of Places!.
Me maravilla pensar, y sobre mi alma lo juro
El que el autor olvidara mencionar el Curly’s Hole.
No, señoras, mi imprenta no tomará parte
En un libelo tan basto sobre la Madrastra Erin.
Piedad tengo del pobre, por ello tomé
A un escocés pelirrojo para que vigile mi libro.
iEscocia, pobre hermana! Su destino es derrumbarse;
Más Estuardos que vender ya no encuentra
Delicada es mi conciencia como seda china:
Mi corazón tan suave como el requesón.
Como puede deciros que hice una rebaja
De cien libras sobre el presupuesto
Que le di para imprimir su Irish Review.
Amo a mi pais, ¡por los arenques que lo amo!
Quisiera que ver pudierais las lágrimas
Que sollozo al pensar en el barco, en el tren
De los emigrantes. Por tal causa para todo el mundo
Publico esta guía de ferrocarriles tan ilegible.
A la puertas de mi imprenta la pobre,
Digna prostituta, juega cada noche a la lucha libre
Con su británico artillero de calzones ajustados, y el extranjero
El don de la locuacidad aprende
De la borracha, desaliñada, ramera Dublín.
¿Quién fue el que dijo, «No resistid al mal»?.
Ese libro quemaré, aunque el diablo me lleve.
Cantaré un salmo mientras veo cómo se incendia,
Y las cenizas guardaré en un ánfora.
Penitencia haré con vientos y gemidos,
De hinojos, sobre mis canillas. La próxima
Cuaresma me desnudaré las penitentes
Nalgas al aire, y gimoteando, junto a la imprenta
Confesaré mi espantoso pecado.
Mi capataz irlandés, de Bannockburn,
Hundirá la mano derecha en la urna,
Y firmará con pulgar reverente una equis,
Memento homo sobre mi culo.

poemas manzana

Por Marcelo Luna:

No más de cincuenta poesías, escribió en su vida, pero su impronta aún hoy, no ha sido superada. Casi nadie incursionó por su universo crítico en la poesía inglesa e irlandesa actual, tuvo tal vez, más adeptos por estos lares hispanos,(Chile, Argentina) y que paradójicamente fue tardíamente traducido al español.
Sus monumentos en prosa, opacaron y le restaron mérito a una breve, pero valiosa poesía, junto a Pound y Eliot conformó la trilogía que revolucionó al idioma inglés .
Él mismo Joyce, poca importancia le daba a esas “pomas a penique cada una”(Poemas Manzanas) y probablemente junto a Música de Cámara, hubieran ido a parar a la hoguera del olvido. Su hermano Stanislaus, bregó y discutió duramente para que aceptara publicarlos.
La mayor parte de los Poemas Manzana fueron escritos entre 1904 y 1932,fechas y lugares tan disímiles como: Trieste, Pola, Dublín, Zurich y París, formaron un sorprendente itinerario pos-romántico.
En efecto, el tratamiento y la métrica lo sitúan entre los post- romanticistas y la lírica entre los autores isabelinos ingleses, amén de una clara influencia de la literatura provenzal en langue-doc, de los trovadores del Sur de Francia, a tanto llega, que en varias de sus poesías, el objeto de su amor, es netamente idílico y no correspondido, típico amor cortesano.
¿Qué lo hace entonces a Joyce tan importante? La clave radica en el tratamiento del lenguaje, Pound y Yeats notaron la cadencia musical de su obra, y en contraposición a su prosa en la maleabilidad que del inglés hizo en el Ulises, destruyendo y volviendo a elevar el idioma a una cima jamás alcanzada; en las poesías mantiene las convenciones lingüísticas de un Keats o de un Herrick.
Por momentos su lectura evoca a Rubén Darío y a Rosalía de Castro, como José M. Martín Triana acertadamente escribe en el prólogo a su traducción de Música de Cámara.
Sin embargo, el eco del vocabulario tiene una relación mas antigua, con Donne, Blake y seguramente Keats, nadie como Joyce conocía profundamente a los poetas ingleses.
Lo curioso de este irlandés genial, es el apego temático al amor, la vergüenza de ser un niño terrible e inocente a la par de la omnipresente naturaleza, con la música de cámara de fondo.
Con su Irlanda sucede algo parecido, pocas veces la denosta, ignora olímpicamente al campesino y pocas veces habla de Dublín, todo lo contrario de su prosa.
¿Son dos personas distintas ,el poeta y el prosista? No, naturalmente es un hijo de Erín, cantando a las rameras pero…Piensa Joyce como poeta y lo instrumenta (el tema vocabular) en prosa…¿Será el Ulises un inmenso poema en prosa? Finnnegans Wake definitivamente es un largo poema.
Tiene una singular peculiaridad la literatura inglesa de las postrimerías del siglo XIX y las tres cuartas partes del XX…Pound, Eliot, Joyce, O´Neill, Yeats, Wilde, Lady Gregory, Dylan Thomas, Shaw, etc…
Galeses, irlandeses, americanos, algunos indios, paquistaníes y recientemente antillanos angloparlantes son los responsables de un cambio radical en las letras sajonas.
A James Joyce le cupo la noble tarea de escribir tres ( por citar un mínimo) de los más perfectos poemas: Gas de un mechero, Ecce Puer y El Santo Oficio… Un trotamundos seudo rebelde, criptocatólico y con dejos de locura en su familia que supo enmascararse en sus versos…

James Joyce color primer plano en biblioteca

blaisten

ISIDORO BLAISTEN (Argentina, 1933-2004)

“EL MAGO” (1974)

El porqué de las bombachas (bragas) rosas o decálogo del escritor bombachista o carta abierta a un joven cuentista de sexo.

1°) En toda parte de sexo, de cualquier literatura, sexual o no, todas las bombachas deberán ser rosas. Únicamente rosas.
2°) Las bombachas verdes no inspiran confianza.
3°) Las bombachas negras dan mala impresión.
4°) Las bombachas blancas semejan mofa o burla hacia el lector.
5°) Las bombachas violetas semejan propaganda de supermercado.
6°) Bombachas índigo, tierra de siena, fucsia, ladrillo, té con leche, mostaza, rojo indio, rojo señal, rojo de cadmio, gris acerado, celeste imperio, ocre, amarillo de nápoles, tiza, bronce viejo, marfil de occidente, tierra de sombra tostado, ciclamen, borravino, pistacho, azul veronés, azul de ultramar, azul cobalto, azul brasso, azul de Prusia y todo es azul, descartadas por completo.
7°) En el relato de ficción, quien usare las bombachas deberá sufrir.
8°) Las formas de sacar la bombacha en forma sádica y brutal son infinitas y variadas. Por lo general no hay reglas fijas y todo depende de las distintas escuelas literarias:
a) Naturalista: con los dientes mientras la protagonista acaricia a dos
gatos de angora con ambas manos.
b) Realismo socialista: con una pinza pico de loro.
c) Objetivista o llamada también escuela de la mirada: el protagonista varón mirará fijamente durante catorce páginas una jofaina esmaltada mientras las bombachas van cayendo lentamente.
d) Clásica helénica: se unce el elástico a un carro de cuadriga. El auriga hace viborear el látigo y las bombachas estallan como ramos de jacintos.
e) Lenguaje coloquial: he aquí un ejemplo:
-Sacátelas, guacha.
(Ella): -Rodolfo (puede usarse otro nombre).
-Qué. ¿No te gusta? Una sacadita no más.
Rodolfo, seguía diciendo ella. Seguiste diciendo. Y me clavabas. Le clavabas. Las uñas. Las uñas. Las uñas.
f) Literatura de la tilde, llamada también del guión grande o designada con la locución familiar “de la rayita”: sobre el de-curso del cuerpo textual se es-curre la bombacha. Con-fusión de géneros. La escritura desanda y re-vela. ¿Vela o re-vela? Cuerpo des-velado, de-velado. ¿Cubre o des-cubre? Re-cae la culpa y cae la bombacha. Él no ceja. Él persevera. Je persévère. Je père sévère. Ne me quettez pas. Quitátela. Cae. Re-cae. La. Bomb-acha.
Debes ser muy preciso e indicar con absoluta precisión meridiana el lugar donde quedarán las bombachas una vez sacadas por cualquiera de los métodos ya especificados.
Los mejores lugares de tu preferencia serán:
a) Enroscadas en forma de sierpe alrededor de una pata de mesa veneciana del siglo dieciséis.
b) Al volar por el aire han quedado colgadas de un ángulo de un grabado de Piranesi que representa el pontón de Castel Sant’Angelo.
c) Han quedado desmayadas en forma de caléndula aterida junto al portarretrato que tiene una foto que representa a la hija (no importa de quién).
d) Es obvio indicar que cada tipo de literatura que se emplee usará la forma literaria de dejar caída la bombacha que le resultare más proclive. Verbigracia, para el tipo de literatura colonial los lugares podrían ser:
a-1) El álbum pisoteada de las fotos de casamiento (no importa de quién).
a-2) Papel de estraza todo engrasado y asqueroso con restos de salame o bondiola. Nunca leberwurst, cima rellena, jamón del diablo, jamón tiernizado y/o serrano ni menos todavía áspic de pavita aun cuando venga precedido de la connotación “cortado en fetas”.
a-3) La cama (mejor que cama, jergón, si fuera posible) deberá rechinar estrepitosamente. Acá Rodolfo puede tener un pensamiento interior o un fluir de la conciencia entre paréntesis y/o corchetes (nunca asteriscos): “La muerte. Guacha. Sos la muerte. La fábrica. Rodolfo. Rodolfo. Rodolfo. Tiene ruido a muerte. Rodolfo. Guacha. Fábrica. Rodolfo. Puta”.
a-4) El joven escritor sexual bombachista deberá estar alertado contra un peligro muy común de confundir el empleo de la técnica mixta con la mezcla de las escuelas literarias. Veamos un ejemplo:
Se incendia la Villa Miseria. Los amantes quedan carbonizados pero la bombacha se salva porque ha quedado aprisionada entre dos chapas de cinc canaleta. En ningún caso el joven escritor de sexo hará pronunciar al teniente de bomberos estas palabras mientras rescata la bombacha: “En Flandes se ha puesto el sol”.
He notado que muchos jóvenes en su afán efectista de sorprender al lector de sexo no paran mientes y atentan contra la pureza del estilo, inconsiderando que esta tesitura puede crear una generación de jóvenes sexuales desmañados, sin rigor, que caen en lo chabacano y corren el albur de que su literatura sexual muera con ellos.
Hace un mes, recibí una carta de un joven escritor del condado de Yorkshire. Su literatura sexual estaba encuadrada dentro del pragmatismo clásico helénico, no obstante lo cual no titubea en describir con caracteres rúnicos la bombacha rosa tiziano de la protagonista.
He aquí todo, joven cuentista. En la soledad recoleta de tu gabinete, trabaja, trabaja y trabaja. Si lo que acá se ha dicho te ha servido para el rigor, mi misión está cumplida. Pero tenlo presente: estas líneas no son un dogma sino una guía para la acción.
*Bragas

(De: “EL MAGO”, publicado originariamente en 1974, reescrito (con nuevos textos agregados), fue reeditado, en 1991, por Emecé. Bs.As., Argentina)

ÍNTIMA, de Pedro Miguel Obligado*

¿Qué soledad, Dios mío, qué soledad es ésta?
He derrochado en vano mi bondad y cariño,
como quien echa flores a un arroyo que pasa;
he puesto el corazón ante todas mis cosas,
como escudo, y lo han roto con violencia los golpes;
he querido tener una casa en las nubes,
donde abrir una puerta, fuese ver una estrella;
y el viento se ha llevado las nubes y los astros…
Y sin embargo tengo, como todos, un alma.

¿Qué soledad, Dios mío, qué soledad es ésta?
No encuentro quien me quiera; ¿no es cierto que parece
una frase tan sólo para la poesía?
Y es la verdad: no encuentro…Yo he visto la mirada
celeste del cariño; pero la he visto siempre
como se ve una estrella caer sobre la tierra
y que nunca desciende donde estamos nosotros…
He observado caricias que extenuaban dos manos;
y he oído palabras que eran besos con nombre,
como unos pajaritos que iban para otra selva…
Y sin embargo tengo, como todos, un alma.

¿Qué soledad, Dios mío, qué soledad es ésta?
Y la vida se vuela, y la paso diciendo
lo que dicen: – ¡ qué hueco!- En silencio me marcho.
La maldad y el desprecio, las vilezas y el odio,
no han sido mis torturas; tú, sólo, Indiferencia,
cual hija de la nada, me cerraste la vida
con tu puerta de mármol, a donde tantas veces
como una aldaba inquieta golpeó mi corazón…

Tú, sorda, no sabías lo que yo te decía,
y te pusiste el dedo en los labios: – Silencio -…
Te pedí: – Deja que entre a la vida. Yo busco
quien me quiera…- No oías y cerraste la puerta…
Y me he quedado solo, así como esos perros
que vagan por las calles, rogando con sus ojos
humanos, que los lleven al calor de un hogar…
Y me he quedado solo, como una hoja mustia
barrido por el viento, en una primavera…
Y sin embargo tengo, como todos, un alma.

Pedro Miguel Obligado

* Pedro Miguel Obligado fue un poeta, profesor, ensayista, conferencista y guionista argentino que nació en Buenos Aires, Argentina, en 1892 y falleció en la misma ciudad en 1967. Su poesía era de raíz hondamente romántica. En 1918 publicó el libro Gris y luego El ala de la sombra (1920) con el cual obtuvo en 1926 el Primer Premio Municipal de Poesía. En 1926 publicó El hilo de oro que fue galardonado con el Premio Nacional de Letras de 1926, premio que volvió a recibir en 1933 por La isla de los cantos. Fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía de los años 1946, 1947 y 1948 por su obra Melancolía (1945); publicó Los altares (1959) y en 1971, póstumo, El andén con sus últimos poemas. Leopoldo Lugones afirmó: “Podríamos definir la poesía de Pedro Miguel Obligado con esta expresión titular: Historia de una melancolía.”
También realizó traducciones y escribió poemas en prosa, reunidos en El canto perdido (1925), ensayos y guiones cinematográficos. Entre sus ensayos se cuentan La tristeza de Sancho (1927) y Qué es el verso (1957) y entre sus traducciones de textos teatrales se encuentran obras de Fernand Crommelynck y William Shakespeare.1004703_565009093560052_1510018995_n
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Alfonsina Storni (1892-1938)

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DOS PALABRAS

Esta noche al oído me has dicho dos palabras
Comunes. Dos palabras cansadas
De ser dichas. Palabras
Que de viejas son nuevas.

Dos palabras tan dulces que la luna que andaba
Filtrando entre las ramas
Se detuvo en mi boca. Tan dulces dos palabras
Que una hormiga pasea por mi cuello y no intento
Moverme para echarla.

Tan dulces dos palabras
?Que digo sin quererlo? ¡oh, qué bella, la vida!?
Tan dulces y tan mansas
Que aceites olorosos sobre el cuerpo derraman.

Tan dulces y tan bellas
Que nerviosos, mis dedos,
Se mueven hacia el cielo imitando tijeras.
Oh, mis dedos quisieran
Cortar estrellas.

Alfonsina Storni fue una poeta, escritora y maestra argentina nacida en Suiza. El escritor uruguayo Horacio Quiroga tuvo una gran influencia en su carrera literaria. Intervino en la creación de la Sociedad Argentina de Escritores y su participación en el gremialismo literario fue intensa. Sus obras màs destacadas son: El dulce daño (1918), Languidez (1920), La inquietud del rosal (1916), Morir sobre los campos (1918), Irremediablemente (1919) y Ocre (1925)
El 23 de octubre de 1938 viajó a la ciudad de Mar del Plata y en la madrugada del martes 25, Alfonsina Storni abandonó su habitación y se dirigió al mar. Descubrieron su cadáver en la playa. La noche anterior al suicidio, escribió un poema dirigido a su hijo que llamó “Poema de despedida” y lo envió al diario “La Nación”.

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GENTE NECESARIA
de Hamlet Lima Quintana

Hay gente que con solo decir una palabra
enciende la ilusión y los rosales,
que con sólo sonreír entre los ojos
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente,que con solo dar la mano
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas.
Que con solo empuñar una guitarra
hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con solo abrir la boca
llega hasta todos los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después, como si nada.

Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe, que a la vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria.

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Hamlet Lima Quintana nació en 1923 en Morón, provincia de Buenos Aires. Fue un poeta argentino, autor de más de cuatrocientas canciones entre ellas la popular “Zamba para no morir”. Desde Buenos Aires, Hamlet Lima Quintana componía canciones que acompañaron al movimiento artístico y cultural denominado Nuevo Cancionero (1962), que integraban también el poeta mendocino Armando Tejada Gómez y el músico Oscar Matus. Artistas de la talla de Mercedes Sosa y Horacio Guarany interpretaron sus composiciones. Falleció el 21 de febrero de 2002 en Buenos Aires.