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LA VENGANZA DE CHARLES BOVARY

Por Rafael Gumucio*

Juan Carlos Onetti, en una entrevista con amistosa ironía se burlaba de los horarios y puntillosidades de Vargas Llosa: “Tú tienes una relación marital con la literatura”, le decía el uruguayo, “mientras yo tengo una relación de amante”.
La boutade es más profunda de lo que parece. Onetti dibuja dos tipos de escritores, el que ama fugaz pero ardorosamente sus textos y el que se casa con sus personajes y vive con ellos en una cotidianidad aparentemente banal.
Estos dos tipos de escritores, el amante y el marido, dan distintos géneros literarios. La poesía, la crónica, el cuento y hasta la novela corta son las armas del amante, la novela es, por excelencia, el género nupcial.

Como en el matrimonio, en la novela se trata de extraer del fuego no las más altas llamas, sino las más duraderas brasas. El novelista, como los cónyuges, debe evitar decir de una vez y para siempre la verdad. Debe diseminarla en pequeñas verdades discretas o invisibles que van construyendo nudos de confianza mutua.
El que escribe versos y columnas y teatro y cuentos busca una y otra vez el acierto verbal. La frase o el verso, o la escena que lo dice todo. Cuando lo encuentra se acaba la columna, el poema o la escena. Los autores de novela tememos como a un lobo ese silencio que sigue al acierto. Así el buen novelista muchas veces tiene que borronear o pasar por alto la frase inteligente, el aforismo, o las revelaciones, el knock out del que hablaba Cortázar, sólo para seguir adelante.
Todo sea por seguir juntos. Ante todo seguir juntos, porque más allá, porque más adelante, los juramentos se van a cumplir, los milagros van a suceder, la trama va a cuajar, los hijos van a crecer.
Seguir adelante. Pasar por altos errores, y torpezas ortográficas, gramaticales, dramatúrgicas o sentimentales. Seguir a pesar de las infidelidades, las imprecisiones, las palabras quebradas, la verosimilitud engañada. Seguir adelante, guiado por una intuición nada certera de que algo incomprensible nos une.
Seguir, seguir ante todo, seguir porque a partir de un cierto punto ni la novela, ni la pareja, es la suma de sus partes, sino otra entidad superior que se llama nosotros, que se llama los otros, que se llama relato.

La novela y el matrimonio se sustentan en promesas que cuando están a punto de cumplirse se transforman en otras promesas. Ejercicio de secreta humildad; el amante, el poeta, o el columnista, no necesita de otro. Se enamora solo, y mide su amor por los delirios y acrobacias que le obligan a hacer a él y sólo a él.
La poesía, el periodismo o la pasión amorosa se completan en sí mismo mientras que el amor conyugal, como la escritura del novelista, es esencialmente incompleto, porque debe dejar tiempo al otro que lo complete. Nace del yo pero viaja siempre hacia el otro.
El matrimonio, como la novela, supone el dejar que tu vida, tu escritura y tus sentimientos ya no sean del todo tuyos. Dejar tiempo (y pide paciencia) y lugar para que la amada, la esposa, el esposo, los personajes, digan no sólo las frases que esperabas que dijeran, sino otras inesperadas que pueden cambiarlo todo.
Muchas veces la musa del novelista abandona el lecho conyugal para irse con el poeta un par de semanas. Pero finalmente siempre vuelve con el marido, por que la musa del novelista, como la esposa burguesa, no se enamora ni del escritor ni del marido, sino de la lealtad a un proyecto, real o completamente imaginario.

En búsqueda de esa lealtad el poeta Flaubert dejó el verso por la prosa y escribió en ella un retrato furibundo de un matrimonio de provincia en que la esposa le es infiel al marido.
En vez de decir “Madame Bovary c’est moi”, Flaubert debió decir “Les Bovary c’est moi”. Porque tarde o temprano todos los novelistas somos Charles Bovary. Todos en algún momento de la escritura somos el médico de provincia casado con una mujer por encima de sus medios. Ese pobre cornudo que intenta no ver lo evidente y termina a pesar de todo por ser heroicamente digno.
Al igual que el engañado marido, al novelista le toca el ingrato papel de ser testigo de las huidas de sus personajes. Se venga sobreviviéndola, siendo así guardián de su memoria, fiel cuando ella ya no puede verlo. Las novelas terminan siempre por convertirse en la venganza de Charles Bovary. Muerta la heroína, arrepentido el amante, sólo la novela le restituye al humillado una voz con la que contar la historia. Pero es otra novela que empieza cuando se ha cerrado la de Flaubert. Ésa es también la magia de la novela.

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* Rafael Gumucio (1970) es un escritor y humorista chileno. Ha sido también animador, guionista y realizador de programas de televisión como Gato por liebre (Rock & Pop Televisión, 1995-1998) y del programa de humor absurdo Plan Z. Es autor de la novela Memorias prematuras, entre otros cuentos, relatos y ensayos.

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de Miguel Angel Morelli

Es fama que el argentino Adolfo Bioy Casares y la mexicana Elena Garro formaron una de las parejas de amantes más explosivas de la literatura. Bioy estaba casado con Silvina Ocampo y Garro con Octavio Paz. Tan sólida y bien avenida resultaba la pareja antes los ojos del resto del mundo, que Ocampo y Paz decidieron tomar venganza. Ignoro si con la idea de matar a sus cónyuges de sendos balazos o para matarse también ellos, de amor, en una pieza de hotel. Lo cierto es que se citaron, una tarde, en una esquina de París. Claro que no contaron con dos detalles insignificantes: en esa esquina había dos cafeterías y ellos, encima, eran extremadamente cortos de vista, de modo que llegaron, esperaron, esperaron, y se terminaron mandando a mudar, ofendido cada uno con el otro. Recién al cabo de los años descubrieron el error, pero ya era tarde… para amarse.

“El beso”. Germán Renko, autor del libro “Con las Alas en Llamas”

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“AMANTES”
de Julián Beccaria
Publicado por Tela de Rayón

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Ella y yo estábamos tirados en quién sabe dónde, quién sabe cuándo. Y mirábamos las estrellas y nos reíamos, entre besos y miradas e inseguridades.Esas inseguridades de no saber qué va a pasar con cada inconcluso sentimiento del cuerpo, o de no saber cuándo la muerte nos alejaría, aunque supiéramos quesería físicamente y no de verdad. La única verdad que teníamos en ese momento es que estábamos ahí, el uno con el otro, fundiéndonos en un silencio armonioso, diciéndonos todo sin pronunciar palabra. Riéndonos de tener la dichosa desdicha de haber nacido y respirar, y de habernos cruzado y de respirarnos. Qué simpleza tan rebuscada esconden esos momentos planceteros en los que me salgo de mi cuerpo para irme a deambular a tus sueños, y tal vez a los de algún vecino, si sobra tiempo. Y ese día no existía el tiempo, solo existíamos nosotros incontextualmente abrazados, observándonos, oliéndonos,sintiéndonos el alma pura e invisible que nos brotaba del corazón del otro,como conociéndonos después de conocernos, como liberándonos transitoria e inmemoriosamente para fundirnos descalzos en esa cosita rara que nos aturdía pero nos gustaba, y que no podíamos describir pero nos habían contado que se llamaba amor. Y no nos arriesgábamos a encasillarlo con palabras, ese lenguaje tan útil e inútil, tan inexacto: lo encasillábamos con besos, tocándonos cada segundo del cuerpo en cada centímetro del tiempo que estuvimos allí. Maldito tiempo que perdura en la ansiedad y se vuela ante nuestros atónitos ojos cuando luchamos por enjaular esos momentos para que no terminen nunca. Y dejábamos las letras y las palabras y los lenguajes para después, cuando bajáramos de la luna y del embelesamiento y de los pensamientos y de las certidumbres. Las dejábamos para cuando volviéramos a ser inconclusos, para cuando volviera la duda, pero en ese momento, de un segundo o de mil años, no las necesitábamos, no necesitábamos más que vernos, y hasta incluso sin mirarnos, para entender todos y cada uno de nuestros miedos, y un poquito también, aunque fuera más difícil,todas o algunas de nuestras sutiles certezas.