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TEORÍA DE SUS OJOS

Los puertos de tus ojos buscándome en el viento.
Las sombras de tus ojos sonando en mi mirada.
Los pactos de tus ojos besándome en mis ojos.

¿Escuchas ya mi nombre llamándote en la noche?
Cascadas de tu risa agitan las campanas.
Las horas del olvido no llegan a mis ojos.
El aire es un reloj que siempre dice algo.
Las voces de tus ojos pegándome a tus ojos.

Empieza el alma a descarnar sus lágrimas.
El puente del otoño se carga de presagios.
¿Es acaso este otoño un símbolo del tiempo?
¿Tu ausencia está fijada al borde de las hojas?

Empieza a sollozar el día su naufragio.
Ha llegado el adiós como un grito en los ojos.
Entre los árboles se sienten los crepúsculos
con sus hembras distantes.
La tempestad del llanto comienza a ser relato.

Entonces ya no hay nada
sino la forma exacta que crece en tu mirada.
El mundo que levanta el mundo de tus ojos
mirando hacia mis ojos.
La boca de tus ojos mordiéndome el deseo
y la aventura nueva
con su nuevo misterio.

El canto de tus ojos.
La lluvia de tus ojos.
La bruma de tus ojos.
El pueblo de tus ojos mezclándose a mi sangre.
Los ojos de tus ojos metiéndose en mis ojos.

Después, sucede siempre, que sobran las palabras.

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Atilio Castelpoggi es un escritor argentino nacido en el Barrio de Boedo de Buenos Aires. Ensayista y poeta, fue también autor de tangos. Desde su primer premio en el 51 no dejó de publicar y obtener galardones. En su libro Una calle fuera del tiempo se hace visible su obsesión por rescatar la memoria barrial. Poeta, tanguero, ensayista. Aunque de perfil bajo, no escapó a los reconocimientos: Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, y ese mismo año (1996) Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores. Su pasión expresiva se podría resumir en el título de otro de sus trabajos, Apenas un cuidador de palabras. Tuvo una larga trayectoria. Uno de sus primeros libros Destino de Buenos Aires mereció en 1960 el Premio “Ciudad de Buenos Aires”. Por su libro El Exilio de mis Personajes, obtuvo el Primer Premio Municipal y el Segundo Premio Nacional. Además, fue Gran Premio de Honor de la Fundación Argentina para la Poesía, por Buenos Aires, mi Amante y el de la Fundación Dupuytren por Oratorio Menor de un Aborigen. Su obra fue una continua búsqueda de lo más oculto del pensamiento del hombre. Murió en el año 2001.

 

 

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Imagen: Collage, de Ricardo Ajler.

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SIN LLEVARLA

Griselda Gambaro*

¿Adónde? Fue siempre adonde quiso ir. Por lo menos, esto creyó durante mucho tiempo.

La familia siempre la consideró rara, pero con una de esas rarezas apacibles que no incomodan. Tenía un modo de decir sí a todo que provocaba en los otros una turbación pasajera, a veces tan escondida que ni la percibían. Resultaba placentera su aceptación, el existir borrándose, no de una manera dificultosa sino mansa y natural. Tenía deseos como todo el mundo, pero no le importaban demasiado. Consideraba que había conseguido lo mejor de la  vida, y que por esta razón todo lo demás era, en cierto sentido, accesorio.

La primera vez que se miró al espejo con una mirada no habitual, escrutadora y de reconocimiento, fue bastante tarde, había conseguido eso que era lo mejor de la vida, ya se había casado y tenía hijos; ella los imaginaba felices, y era cierto. Su existencia había sido favorecida enteramente en la desigual distribución de dicha y fatalidades. Sin embargo, sentía un difuso sentimiento de pérdida.

Ella se miró al espejo y su marido, un poco más atrás, miró también. Él la vio como siempre y le sonrió. Había cambiado apenas, era una mujer rolliza, de pelo muy negro, de cutis todavía lozano y boca generosa.

Él le sonrió con una sonrisa que confirmaba todo esto, lo que siempre ella había sido, lo que él amaba. Cuando se conocieron, la aceptó totalmente, mezcló defectos y virtudes, aspectos queribles e irritantes, como esa tendencia a la gordura, ese temperamento apático, sin distinguirlos ni juzgarlos en ese ser que había encontrado y que no pretendía distinto.

Ella respondió a la sonrisa con una acentuación amplia y tranquilizadora, porque sabía lo que él pensaba. Desde hacía treinta años él pensaba, sentía, que era él quien amaba más de los dos. No podía franquear el desnivel instaurado entre ellos desde el principio, desde la mirada inicial, el primer contacto. Como él decía, entre burlas y veras, contradecido sin saberlo en su deseo más hondo, en una relación de dos hay siempre uno que ama y otro que se deja amar. “El amor, mi joven amigo, por una vez que me enaltece, dos veces me humilla.” Ella no lo humillaba, por supuesto, o sí, de una manera sutil y poco generosa de la que estaba consciente. El dejarse amar era la primera humillación que le imponía, no era por amor que decía sí con tanta facilidad sino por indolencia, la conformidad sin esfuerzo quitaba peso y valía a los deseos de él. Aceptaba todos sus planes y propósitos, se plegaba dócilmente, y él sentía que no ganaba nada porque solo en la oposición hay fruto, solo en el doblegamiento amoroso que no borra a nadie sino que sitúa al otro por encima de uno.

Alguna vez ella había intentado decir no, oponerse y argüir vivamente “este es mi deseo”. Pero el impulso no le duraba, era una resistencia tibia, inconvincente. “Vayamos de vacaciones al mar”, y ella prefería la montaña, ¿pero cuánto la prefería? No demasiado. La naturaleza no era su pasión.

“Adónde?, preguntaba, tratando de mantener una terquedad fingida. “Me aburre la costa”, declaraba con un suspiro, e imaginaba, para sostenerse, el ruido de los altoparlantes en el pueblo y la multitud de ociosos luchando contra el tedio inconfesado, la obligatoriedad de la diversión. “Vayamos a la montaña”, proponía.

“Al mar” decía él. Al mar, con las largas caminatas y el crepúsculo abierto sobre el océano que miraban abrazados hasta que oscurecía.

El dibujo de las olas sobre la playa, pensaba ella, y en seguida se achataban las montañas, perdían sus arbustos y sus árboles, secos los riachos con cauce de piedras.

Y él se daba cuenta de que no era por amor hacia él que ella accedía, era porque la playa, el viento y la sal habían reemplazado sin trabajo las imágenes de cuestas y subidas, de rocas y riachos transparentes. Tanto le daba respirar un aire que otro, y esta aquiescencia le pesaba más que un rechazo rotundo porque accedía por la blandura de sus entusiasmos, no por amor.

Durante toda la vida, ella supo que era él quien amaba con absoluta necesidad y constancia.

En cambio, ella solía desear vagamente ausencias que no se producían, el recorrido silencioso por la casa desierta, donde ella se mostraría como era, desmañada en los gestos, desinteresada de la utilidad de las cosas y sobre todo ajena y sin lazos. Rodeada de esa afección inalterable, esto le provocaba la sensación penosa de disponer de un amor pequeño en un corazón tironeado por la indiferencia.

Buscaba la soledad en los momentos menos oportunos, cuando su presencia se requería íntegra. Cuando inclinaba la cabeza de un modo particular, frunciendo el ceño como si alguien le murmurara en el oído palabras que no entendía, y se demoraba con un plato a medio enjuagar entre las manos, él percibía que ella se alejaba. La miraba fijamente hasta que reanudaba su tarea y descubría los ojos de él clavados en ella con reproche. “¿Por qué te vas?” decían esos ojos en su inmovilidad atormentada, y ella contestaba “vuelvo”, pero la brecha estaba abierta, insignificante y sin embargo, capaz de producir dolor.

En la parentela numerosa siempre se festejaban cumpleaños, casamientos, y él aceptaba estoicamente el compromiso. Ella iba con alegría y una suerte de expectativa infantil, que no mantenía mucho rato. Ya en la fiesta, hablaba poco con la gente, su curiosidad frágil se fatigaba con rapidez y entonces, se aislaba en un rincón, perdida en algún lugar de sí misma, recorriendo casi a tientas un paisaje elusivamente familiar, más lleno de brumas que de precisiones. Dejaba su cuerpo como una cáscara y él, que concurría por obligación, aunque a la postre se integraba más que ella, se sentía estafado. Le ofrecía una copa que ella no veía, y le decía, entre cariñoso y molesto: “¿Que te pasa?”

Ella tenía entonces una sonrisa culpable y contestaba instantáneamente : “Nada”. Y por un momento charlaba y bebía hasta que el ruido, las risas, los saludos, tantos rostros que de puro distraída le costaba reconocer, la encerraban nuevamente en esa ensoñación incierta donde no entraba nadie, pero de la que ella volvería con ganas de mirar a los otros, de conversarles, de saber quiénes eran o qué hacían. Con decepción, él interrumpía el primer paso de su retorno, y en su impaciencia no podría saber nunca que ella volvería indefectiblemente, “¿qué te pasa?”, preguntaba estafado.

De regreso a la casa, él guardaba un silencio ominoso, y ella se prendía de su brazo, entrelazaba sus dedos con los de él, e intentaba hacerse perdonar. Charlaba comentando la fiesta como si en realidad hubiera estado allí todo el tiempo, una mujer rolliza vestida de azul, apenas maquillada, una copa en la mano y la sonrisa ligera atenta a las bromas. Le hacía sentir que reconocía su error y lo lamentaba; le infundía la seguridad de que en el futuro nunca se alejaría de él, ni aun en pensamiento. No podía explicar su actitud, salvo dicíendose que lo amaba, pero menos que él, quien jamás interponía ausencias y la incluía en todos sus instantes.

Cuando ese día se miró al espejo -la protectora sonrisa amparándola más atrás- descubrió entre su pelo un desgraciado mechón, amarillento y gris.

Él tendió la mano ocultándolo con otro que conservaba su color y ella, si no lo hubiera descubierto antes, habría pensado que sus cabellos se mantenían inalterablemente oscuros. Y después, ya no necesitó mirarse, se dio cuenta de que su cuerpo cambiaba  a través de su alma inmortal, de sus sentimientos que no le comían el corazón y le permitían apartarse en una especie de búsqueda que no guardaba relación con nadie, el pecado y la sed de soledad.

Estaban acostados y ella deslizaba la mano por las costillas de él, el hueco tierno del estómago, la curvatura del vientre, lo acariciaba en un reconocimiento antiguo y siempre nuevo, y sintió el cambio en su cuerpo, como si fuera su cuerpo el que recorriera y no el del hombre semidormido a su lado, lo percibió con esa veracidad inexorable que impone la carne cuando habla y dice: así soy. Tanteó sus senos y los encontró blandos y sin consistencia. Y más abajo, registró una hendidura sobre el estómago, un cauce estrecho y profundo formado a lo largo de los años por infinitas arrugas, hasta entonces discretas e imperceptibles. Se volvió de espaldas y no habló de su descubrimiento, como si señalara un término del bienestar e inaugurara otro, casi de vergüenza.

Y él se pegó a su cuerpo, y le acarició los hombros con un gesto que quedó detenido por el sueño.

Al día siguiente, ella observó otros mechones encanecidos, no ya un mechón aislado que era posible ocultar. Él tuvo una sonrisa de incomprensión. La tomó de la mano y la alejó del espejo. “Coqueta”, bromeó. “¿Viste?”, dijo ella. “Nada”, contestó él, definitivo, y la  abrazó con fuerza. Y de nuevo, la oprimió la mezquindad de sus inseguridades. Quien sabía querer no era precisamente ella; él la seguiría contemplando sin advertir desmedros, lozana como en una foto de juventud.

Salió de compras y un hombre ka abordó en la calle. Le preguntó una dirección mientras sonreía mostrando dientes muy blancos, incisivos voraces. “En realidad quiero charlar”, dijo, arrimándose un poco. Ella retrocedió, pero arrastrada por su indolencia, que en este caso podía confundirse equívocamente, le prestó oídos y él la invitó a tomar café. Si tenía tiempo. “Tengo”, dijo ella.

Sentada a la mesa de un bar, frente a ese desconocido que hablaba mucho y que abusaba risueño con repentinas confianzas, sujetarle la mano que retraía, tocarle los cabellos, asegurando su preferencia por esos mechones blancos que matizaban su pelo oscuro, ella se dijo que procedía mal. Se hurtaba al contacto fugaz, pero insistente, ocultaba sus pies bajo la silla, perseguidos y enlazados, y no experimentaba fastidio. La lisonjeaba el interés de ese hombre, más joven que ella, y lo miró con curiosidad, sin creer todavía que ella pudiera despertar algún interés en otro que no fuera ese único hombre que la había amado desde siempre y que la amaría con sus senos fláccidos y su cabellera encanecida. Y cuando volvió a su casa, no contó su encuentro casual en la calle, que había terminado con una solicitud directa que debía prever, con una propuesta expresada crudamente, o no, por que ella, en su ambigüedad, podía haber parecido propicia, y se sintió culpable de tener un secreto, aunque el secreto (el provocar deseos en otro) era como un homenaje hacía aquel único hombre con quien estaba en deuda de sentimientos.

También se sintió distinta con ese otro, y pensó si ella escondía por azar mujeres desconocidas con las que nunca había tratado, una ávida de aventuras oscuras, otra ligera e intrascendente, capaz de enhebrar una conversación cargada de sobreentendidos, capaz del juego, nunca practicado, del rechazo y la atracción, de rehuir con el mismo gesto una mano que se llama, pero este conocimiento la perturbó y clausuró enseguida la puerta a esas otras mujeres que no podía ser, que no quería ser, por miedo o elección.

Continuaron los días y se aferró a ellos porque adhería a su tranquilizadora sucesión, a las alternativas previsibles de la limpieza y las compras, del cansancio y del reposo. Los hijos y nueras venían a visitarlos y ella sufría un desasosiego que la desubicaba porque no podía ponerle nombre ni motivo. Los hijos bromeaban con sus canas aparecidas bruscamente, “la mala vida”, decían y ella fingía que sí y señalaba entre risas al causante, al inocente. No podía mencionar su desasosiego porque cuando insinuaba apenas un estado de inquietud la boca de él se plegaba en un rictus ceniciento, ya que lo entendía como desamor. Si la veía triste ahora, a ella, que siempre había tenido un carácter dulce y parejo, “no me amás más”, afirmaba, y entraba en un humor de tesitura huraña y melancólica. Si el pesar que le provocaba la reacción era prueba de lo contrario, ella se había acostumbrado a sospechar de lo que sentía, desconfiaba de su amor que no era sólido y perfecto, sino cambiante, sostenido en la cresta de una hola que iba y venía, se alzaba y descendía vertiginosa en espuma, inapresable como la misma hola en el movimiento del mar. Y ahora advertía que su amor tenía una cualidad nueva, profunda y dolorosa, que envolvía la raíz de su amor antiguo con otros significados donde no estaban ausentes la vejez ni la muerte, pero lo vivía sola, y una vez más debía reconocer en él una pasión más grande, sin espacios inaccesibles, sin reservas. Y renacía también la sensación de incapacidad, de no estar dotada para los sentimientos, de que había una falacia, quizás el desasosiego, en su corazón que mezclaba el amor por ese hombre con tantas cosas que ella no le dejaba compartir.

Cuando sus piernas se hincharon se agregó otro motivo de vergüenza o culpa. Descubrió que no podía estar de pie mucho tiempo. Y lo miraba a él, que se mantenía joven, erguido, que la acompañaba al médico y acrecentaba su devoción, volviéndose más tierno, imprecisamente secreto.

“¿Secreto?”, preguntó él, como una observación fuera de propósito y rió.

Ella se dijo “que tonta”. Yo soy la secreta porque busco la soledad, y el desasosiego se va transformando en una aceptación que tampoco comparto. Ya no estoy atareada, me han sacado de los hombros trabajos y ocupaciones, permanezco ociosa, mano sobre mano; como en mi infancia contemplo el polvillo que ilumina el sol y casi estoy contenta. Pero no sabía si debía estarlo. Él jamás desfallecía con un gesto de mal humor, sonreía, cálido y afectuoso, pero no la besaba en la boca ni tocaba sus senos, y ella resistía la maligna inquietud de que él miraba para atrás y no perdonaba. Que esta mujer que ahora se dejaba estar, esta mujer tan distinta de la que había sido, no tan distinta, simplemente cambiada, cometía una especie de traición. Que difícil explicarlo, porque ella sentía que de los dos quien amaba más era él.

Y después su leve enfermedad se complicó, le prohibieron comer dulces, que fueron apartados de su alcance con una protección cariñosa, incluso renunció a probarlos él, que siempre había sido muy goloso. Jamás formuló reproches ni evidenció fastidio, aunque ella hubiera podido tentarse. Sentada en su sillón casi todo el tiempo, lo observaba a hurtadillas, cómo deseaba que él envejeciera, que él enfermara, no mucho, un poco, para acompañarla de otra manera. Pero él estaba sano, como si fuera de una materia incorruptible, y la única vejez que había en su rostro era cierta expresión de melancolía, de desilusión. Entonces ella sintió que le renacía el desasosiego y lo cobijó como un sentimiento no deseado, en falta, ya que él estaba exento de todo reproche. Nadie podía cuidarla con mayor abnegación, con una fidelidad que desconocía quebraduras de ocios, de alejamientos. El amor invariable, qué esplendidez, de la que ella, envuelta en búsquedas brumosas e inconsistentes, no había sido capaz.

Él no había cambiado de la manera odiosa y triste que la agobiaba, la seguía contemplando con esa ciega adhesión de la primera juventud y del primer encuentro, con ese amor tan grande que se plegaba sin fisuras a la imagen de la mujer envejecida y taciturna que tenía enfrente.

Un día, ella le pidió un banquito para descansar su pierna enferma. Él abandonó el diario que estaba leyendo, la ayudo a colocar el pie con sus modos gentiles, y la miró largamente.

“¿Por qué me mirás?”, preguntó ella, incómoda, descubriéndose enemiga de aquella que había sido, inclinada sobre ella como una sombra, enemiga de él que miraba a aquella que había sido. Se movió inquieta y repitió la pregunta, que no le surgió mansa sino agresiva.

Y él contestó, con un acento de total sinceridad: “No cambiaste nada”.

Ella vio que él tenía varias arrugas nuevas, un rictus de dolor y amargura en la boca, ¿o nostalgia? También él envejecía, pero con la dignidad de la salud.

Tendió la mano y le acarició las sienes. Hubiera querido besarlo, pegar su boca a la de él con el reconocimiento de la lengua y la saliva. Desde los cimientos, ladrillo sobre ladrillo, él había construido una casa inmutable, pero en la casa, junto al sol de verano, había entrado la lluvia del invierno, la corrosión, el óxido. Entraría la muerte. Y por un momento ella pensó que hubiera sido hermoso esperarla juntos, los ojos abiertos hasta el fin, amarse en la verdad de lo que ya no eran.

“No cambiste nada”, repitió él, y le rozó los dedos en un gesto fraternal.

“No”, lo conformó.

“¿Y yo?”, preguntó él, con la timidez y aprensión de un chico ante un asunto menor que, sin embargo, le significa cuestión de vida o muerte.

“Tampoco”, contestó, vencida.

“No cambiamos”, dijo él y sonrió, borrada la nostalgia. Posó la mano sobre su hombro, y ella alzó la suya y la acarició. Mientras lo hacía, miró su pierna hinchada, cargó el peso y la desdicha de su cuerpo, y pensó en las montañas que ya no podría subir, olió la sal y el viento, las olas dibujando líneas sobre la playa, y recordó cuando los dos contemplaban el mar, en el crepúsculo, hasta que oscurecía. Entonces supo que se había equivocado en el balance de las culpas y los sentimientos, que el amor de él era su propia visión de ella y que no la veía; la había amado una vez, profunda, absolutamente, y había entrado en ese amor sin llevarla.

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*Griselda Gambaro (Buenos Aires, 1928) es narradora y dramaturga, es autora de novelas, cuentos, obras de teatro y textos periodísticos.  Ha recibido numerosas distinciones, como las otorgadas por el Estado de Puebla y Guadalajara, la UNESCO, el fondo Nacional de las Artes, Argentores, la Fundación Di Tella, la Academia Argentina de Letras y la Fundación Guggenheim.

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“Las personas curvas”, de Jesús Lizano.

Mi madre decía: a mí me gustan las personas rectas

A mí me gustan las personas curvas,
las ideas curvas,
los caminos curvos,
porque el mundo es curvo
y la tierra es curva
y el movimiento es curvo;
y me gustan las curvas
y los pechos curvos
y los culos curvos,
los sentimientos curvos;
la ebriedad: es curva;
las palabras curvas:
el amor es curvo;
¡el vientre es curvo!;
lo diverso es curvo.
A mí me gustan los mundos curvos;
el mar es curvo,
la risa es curva,
la alegría es curva,
el dolor es curvo;
las uvas: curvas;
las naranjas: curvas;
los labios: curvos;
y los sueños; curvos;
los paraísos, curvos
(no hay otros paraísos);
a mí me gusta la anarquía curva.
El día es curvo
y la noche es curva;
¡la aventura es curva!
Y no me gustan las personas rectas,
el…

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Viviana Ayilef *

Enfrascarse. Apunte sobre la lectura.
¿Vieron lo difícil que es abrir un frasco de mermelada? En mi caso, por ejemplo, envuelvo su base con un trapo y acerco la zona de arriba hacia el fuego. Esa técnica la aprendí de pequeña y no falla. Otros, los que tienen fuerza, a fuerza de brazos musculosos lo abren. Como sea, “enfrascarse” debe tener que ver con el carácter sellado, intransigente del que se mete en un frasco y se hace el difícil. Pero NO. No se hace: ES. Nadie es más difícil que el que aparece enfrascado en un libro. Puede haber un porno en desfile pero él no levanta la vista; puede literalmente romperse el mundo en pedazos, que el lector no se astilla. En mi caso, mis hijos me gritan: “¡No te vayas AL libro!”, “¡Otra vez EN tus libros!”, expresiones que dicen que el libro es un viaje, dimensión paralela a lo que pasa en el mundo: pero la dimensión elegida. Por eso, querido paseante, cuando usted cruce en una plaza o en un café de su ciudad a un lector enfrascado, no se acerque a saludarlo: su presencia molesta. Si el lector eligió el frasco y no su charla o la de cualquier homo sapiens, es porque se solaza en la mermelada, pegajosa y dulce, que disfruta lamiendo. Mermelada es una palabra que tiene en su origen, dicen, tanto al membrillo como a la manzana. Bueno, quería decirles que si el lector mordió ya la manzana y le trabó la puerta del frasco, pase derechito y chito: está llegando un orgasmo y si lo estorba fastidia. Salvo que tenga algún fuego como el de la hornalla que destape el frasco, o unos vigorosos brazos. Esa, es la única instancia en la que cualquier lectura puede negociarse.    

Arte poética

La poesía viene después.

Antes están los eternos compañeros,
las miradas de los hijos,
los viajes extendidos por los hombres,
—entre sus sombras,
sobre sus cuerpos,
por sus historias otras—.

Y la palabra
siempre— vendrá después:
antes la lluvia, el desplazarse.
Vivir migrando entre lo propio más ajeno:
en las ausencias,
en los despojos.

Porque si viene,
aunque tardía,
toda palabra llegará
únicamente
para calmarnos.

Antes la sed.
Antes,
la vida.

* Viviana Ayilef nació en 1981. Vive en Trelew, Chubut, Patagonia Argentina, y es Licenciada en Letras egresada de la Universidad Nacional de la Patagonia. Publicó en 2012 el poemario “Agua de otoño/ kelleñü”.

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Imagen: Mamá. Mariana Ruiz

Francisco Rodríguez Criado *

PECHOS

El rostro de la mujer, que no cumplía ya los cincuenta, moldeó una sonrisa amiga en cuanto hice acto de presencia. Eso fue lo primero que encontré después de tanta oscuridad: la caricia de una sonrisa que insinuaba: “Llevo años esperándote”. Para no malograr sus sueños, me enamoré locamente de ella. Diré la verdad: no era atractiva. Tenía un peinado algo anticuado. Nada de Coco Chanel o salones de belleza. Y además era mayor que yo… ¡Pero qué calor habría de emanar su fornido cuerpo! ¡Qué calidez en aquel envase a buen seguro sin utilizar! ¡Qué caudal de deseos sin satisfacer almacenados en los rincones de su alma! Yo (¡sí, yo!) haría de ella mi madre y mi amante al mismo tiempo. Durante unos instantes (toda una vida) retozaríamos por los jardines prohibidos del amor. Sin complejos. ¿Qué importaban la imperfección de sus curvas y mi falta de experiencia en el juego de la seducción? ¡Me lanzaría a su regazo y treparía hasta  hundirme en lo más profundo de aquellas inmensas y esponjosas ubres y, una vez en ellas, construiría una madriguera de la que nadie pudiese rescatarme! Este servidor, tan poco viajado, entendía aquellos brazos como el pasaporte a nuevos y fructíferos territorios sin explorar. Aquello sería un gran banquete pasional. ¡Un banquete lleno de pechos, pechos y nada más que pechos! Un buen comienzo a fin de cuentas, pensé. ¡Pero antes de asaltar el escote de mi querida enfermera habría que esperar a que alguien se dignase cortar el maldito cordón umbilical!

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  • Francisco Rodríguez Criado nació en Cáceres, España (1967) Es autor de cuatro libros de relatos: Sopa de pescado (Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2001), Los Bustamante, una familia del siglo XXI, (Diputación de Badajoz, 2001), Siete minutos(La bolsa de pipas, Palma de Mallorca, 2003) y Un elefante en Harrods (De la Luna Libros, Mérida, 2006). También es autor de la recopilación de articuentos Textamentos (Alcancía, Cáceres, 2005) y de la novela Historias de Ciconia (De la Luna Libros), novela ambientada íntegramente en la ciudad de Cáceres, publicada también en De la Luna Libros, en 2008.
    Algunos de sus cuentos han sido premiados o han resultado finalistas en diversos certámenes literarios. Artículos, poemas y cuentos suyos han visto la luz en revistas y periódicos de España y México. Es colaborador de “El Periódico” de Extremadura, donde mantiene desde diciembre de 2005 la columna semanal de opinión “Textamentos”, cuya versión digital puede visitarse en su blog Ciconia.

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Imagen: Christoph Niemann, Germany

Felisberto Hernández *

LAS DOS HISTORIAS

La visita

(…) Esta noche tuve que atender forzosamente a unos pensamientos. En los momentos que estaba cansado quería dejarlos aunque fuera por unos instantes; pero bien sabía yo la importancia que tenían, y no podía dejar de atenderlos. Solamente descansaba cuando alguien me interrumpía para preguntarme algo; pero si yo pretendía hacer algo para distraerme, yo mismo me obligaba a no hacerme trampa: estaba bien que los abandonara cuando espontáneamente ocurriera algo que me obligara a interrumpirme, pero yo no debía buscar la oportunidad; por el contrario, aunque la oportunidad se me presentara y yo me quedara contento porque descansaba, debía lamentar la interrupción. Me ocurría algo parecido cuando era niño y tenía que dar una lección que no sabía: si me venía tos me quedaba contento porque daba tregua a la tortura y porque a lo mejor, mientras tosía, podría ocurrir algo importante que me librara de la lección; pero si yo tosía a propósito, el maestro se daba cuenta. En aquel tiempo me hubiera parecido mentira que ahora, al ser grande, yo mismo me obligara a hacer una cosa como si tuviera al maestro dentro de mí.
Cuando se hizo muy tarde, llegó a mi casa, junto con mis hermanas, una muchacha rubia que tenía una cara grande, alegre y clara. Esa misma noche le confesé que mirándola descansaba de unos pensamientos que me torturaban, y que no me di cuenta cuándo fue que esos pensamientos se me fueron.
Ella me preguntó cómo eran esos pensamientos, y yo le dije que eran pensamientos inútiles, que mi cabeza era como un salón donde los pensamientos hacían gimnasia, y que cuando ella vino todos los pensamientos saltaron por las ventanas.

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* Felisberto Hernández (1902-1964) fue un compositor, pianista y escritor uruguayo, caracterizado por sus obras de literatura fantástica basadas en experiencias personales y lugares reales.
Para Julio Cortázar, es rechazable la mera etiqueta de ‘fantástica’ para su obra: “nadie como él para disolverla en un increíble enriquecimiento de la realidad total que no sólo contiene lo verificable sino que lo apuntala en el lomo del misterio”. Ha sido considerado un maestro tanto por éste como por Gabriel García Márquez.
Sus obras han sido traducidas, tardíamente, a varios idiomas: alemán, francés, inglés, italiano, griego y portugués.
El cuento publicado hoy es un fragmento de “Las dos historias”, cuento perteneciente al libro Cuentos selectos de F. Hermández, publicado por Corregidor (2014) Si te gusta, cómpralo.

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NUNCA ESTÁ DEMÁS

Nunca está demás
tener un alma de repuesto
una sucursal en la realidad
un espejo ecuánime
un escondite seguro
un plan perfecto
un domicilio desconocido
un destino incierto
una sombra domesticada
y un ancla de cadena muy larga
que se pueda echar
tanto al viento como a la mar
y tanto a tierra como a tu piel

Mauricio Feller, poeta y periodista chileno. (Ver entradas anteriores)

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Imagen: Catherina Romanelli. “Mujer con flor sobre nube” Material: papel. Técnica: tinta china, café, acuarela, bolsas de nailon.

Marosa di Giorgio *

EL ALHELÍ DE LA MISA

El peón miró el cielo, el aire verde y celeste de la chacra. Y caminó un poco más. Las flores del pasto, a las veras, y por todas partes, agitaban levísimas, las celestes alas.
El sol había cruzado el punto crítico.
Fue cuando topó a ese ser en medio del sendero. Y medio dormido. No era raro que alguna señora se durmiese. Había visto otras en el pasto, durmiendo.
Cerca se posó un ave; tenía cuatro patas y caminaba como exhibiéndolas. Él tomó una rama y tocó con cautela a la mujer. Le dijo: -Para empezar a hablar, mire, señora, esa paloma de cuatro piernas.
La señora se estremeció abajo de las envolturas verdes. Y se puso de pie con cierta lentitud porque era muy grande y muy maciza; en sus ojos se reflejaba todo el pasto. Llevaba la veste llena de flores y los senos fuera, como se usaba entonces, entre las señoras agrestes en el verano. Él le tocó uno, respetuosamente, como si le diese la mano. Ella le hizo una leve inclinación de cabeza.
Y contó: -Me dormí, no sé… son las flores, el perejil, las granadas, el benjuí.
Y parecía que iba a continuar la cuenta cuando él dijo: -Usted se lamentaba un poco mientras estaba en el sueño. Yo oía y creía que estaba poniendo o pariendo.
Ella se asustó y dijo: -No, no señor, si yo estoy virgen. No, no.
Se lo aclaró como un aviso a muchas cosas inciertas que pudieran venir.
-A veces se pare virgen- repuso él-. O se le podría haber metido algo allá, un rayo de este mismo sol, o un clavel, o un caracol.
Ella exlicó con sinceridad: -Sí. Un día, un caracol…
Pero quedó pálida y no dijo más.
Él esperó. Pero no dijo más.
Por el cielo pasó un biguá avisando que se iba hacia los lagos. Y la sombra del biguá por un segundo los separó. La chacra seguía de pie y esperaba.
-¿Vino a la cosecha de peras, usted? Ya están en sazón; si no las cortan ¿quién las querrá?
Él, debajo del ala, observó más al poderoso cuerpo campestre; parecía armado con mantos, finísimos percales, manteca celeste.
La abrazó de golpe, sin preámbulos, diciendo: -¿Vamos a bailar?
La dio unas vueltas, hubo un paso de tango que vaciló y se deshizo en vals.
El pájaro de cuatro pies los miraba sin interrupción con su cabecilla ladeada hacia los dos. Gritó el biguá.

Él preguntó, sin librarla: -¿Que hace, señora, usted? ¿Es la ama o es la hija? No entiendo su edad. Cuando se adurmió, ¿iba a la laguna? ¿O a buscar peras? Allí hay un peral, ya lo estoy viendo ¿Acaso copuló y no se acuerda? Mire su delantal. Tiene manchitas de sangre de amor, mírese bien.
Ella miró y dijo sencillamente: -No, señor, son frutillas. Pintadas frutillas. Si yo no tengo amor.
Lo observó. ¿Quien era éste? ¡Y que quería? ¿Adónde va? -pensó-. ¿A casa de señora Florinda? ¿Por qué me abraza y me hace bailar?
Miró hacia aquella casa -de señora Florinda- que se veía a lo lejos, llena de máculas y quizá de que objetos; tal vez, palanganas con sangre. Siempre creía así.
Cuando él ya le decía: -¿Donde iba señora? Acaso, a Buenos Aires?
-¿A Buenos Aires?! Pero, señor, ¿Cómo? Yo soy sólo de acá. No hice nada, lo juro. Sólo me adormí.
Él agregó: -Yo vengo de allá.
Sacó un cigarrillo y se lo puso en la boca, pero sin encender. Ella se alarmó ¿Sería un cigarrillo de… Buenos Aires, mi Dios?! (No se animó a preguntarle. Si iba a Florinda, a la que todos iban.)
El ave de cuatro pies dio un salto triste.
Ella murmuró: -Hay muchas flores, hoy, demasiadas. Yo me desmayo.
Pero no se desmayó, quedó en pie, tan maciza y temblando, el vestido y el ruedo con florecillas. Los pezones de un rojo violáceo, crustáceo, casi punzó, como si estuvieran sangrando. De uno cayó una gota, del otro un goterón.
Él estaba fijo bajo el ala. El cigarrillo, acababa de prenderse solo. Un leve humo, un velo, un alma, cruzó entre los dos.
Él le dijo, con voz ya distinta: -Yo ando buscando un alma. Usted, ¿dónde la tiene?
Y la volvió a apresar e hizo, repentinamente, los movimientos sexuales, de los que ella se protegió. Pero creyendo que era otro baile.
Al zafarse, corría un poco y se iba con rumbo a la casa; salía heliotropo de todo lo que había, un nomeolvides violento, de pétalos calientes, le goleó la nariz, otro se le paró en el pecho. Tropezaba con todas las lilas.
Y él detrás.
La volvió a cazar, volvieron a bailar. Él la respiró.
Ella era un mujerón sombrío, vio, lleno de cosas raras, cosas de antes, tendrá un broche de marfil delante de la mirilla íntima, un abanico de ébano, de azabache y granate, que no dejaría ver.
Pero los pezones, como bien se miraba, iban sueltos, para ellos no había protección? Era como si llevase en alto, posadas, dos gallinetas blancas, con sangriento pico. O dos grandes huevos de un gigantesco avestruz.
Le dijo: -Bueno, lechuza seria, es hora de proceder.
La tomó de un brazo.
¿Adónde iban?
¿Para las lagunas como el biguá?
¿A dar leche como vacas?
Él no dejaba de rozarle el pezón. Lo hacía con una ramita, un palillo. No con su mano. Y era peor. Y ella estaba así, siempre descalabrada, cerca de dar un grito o ponerse a rugir. Estaba siempre alerta. Y muy erizada. Todo el pelo se le abullonaba como si hubiese viento y no había.
Pero seguía caminando, seria y callada.
-Olvidé, señora, preguntarle el nombre.
-Alhelí… Alhelí. Así dicen en mi casa que me llamo yo.
-Bien, Alhelí, señora, señora Alhelí, ¿y su edad?
Ella vaciló.
Luego dijo: -Cuarenta… cuarenta. Y estoy sin noviar. Mi madre no lo permitiría. A veces bordo un pañuelo, hiervo una pera hasta que se queda roja, o… me duermo en el suelo, me duermo… de día.
Y quedó con la boca entreabierta.
El alma de la doncella se le escapaba por la boca como una cinta celeste y a veces negra, que salía y salía.
Él tiraba, tiraba, y se la empezó a comer.
Tiraba y se la comía.
Hasta que ella se puso muy tenuemente, pero muy tenuemente, a dar un gemido, a gemir y gemir, y luego a gemir y gritar. A gemir y gritar.
Estaban bajo el tremendo bosque de las peras cuando él dio un tirón supremo.
Y le comió todo el alma.

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* Marosa di Giogio (1932-2004) es una poetisa uruguaya (Salto) que se aventuró con la prosa erótica y la novela. Son dos los mecanismos a analizar en la obra de Marosa di Giorgio. Por un lado, el atentado verbal que opera sobre el lenguaje a través de la des-estructuración sintáctica y semántica y la recurrencia a un onirismo codificado; por otro, el cuestionamiento ideológico de categorías de control de la identidad y canalización del deseo. En su obra, un canto a la naturaleza y a sus mutaciones, la mitología es una constante. Es una de las voces poéticas más singulares de Latinoamérica. En sus recitales poéticos demostraba una capacidad interpretativa sui géneris, en la que se entremezclaban emociones como el miedo, la sorpresa, el desasosiego y el deseo, siempre con una voz trémula y delicada. Recibió numerosos premios, ha sido traducida al inglés, francés, portugués e italiano.

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Imagen: gallito antiguo de hojalata a cuerda alemán

Frank Abel Dopico *

Crecieron los enanos que huían de las flores.
Creció un arbusto seco tan alto que sostuvo el peso de los cielos.
Creció Yudith aunque sigue escuchando a las hormigas.
Creció el perro blanco a pesar de las piedras y los palos.
Creció el brazo derecho a pesar del brazo izquierdo y a pesar de los escalofríos y las playas.
Creció la tormenta. Sin lluvia.
Crecieron los mapas y los diccionarios a pesar de las barricadas del reloj.
Creció el príncipe pero no tiene el reinado prometido.
Creció la puesta del sol. Con algunos errores, eso sí.
Crecieron las muchachas de mi barrio, una a una, seno y aire.
Los muchachos también, de pronto, frente a la antigua bodega y con permiso de los padres.
Creció mi primer amor y mi segundo amor, el tercero y así hasta el infinito.
Fulano se hizo grande, no recuerdo su nombre, pero un día me golpeó sobre los ojos.
Creció mi país y salió de viaje por el mundo, como en las aventuras.
Creció el cuchillo del hombre que vendía atardeceres.
Creció la añoranza y ya no le sirven los vestidos.
A José, el mudo, no le hizo falta crecer porque cambió el crecer por su jardín de rosas.
Alguien, lejanamente, hace crecer sus sueños pintándole los labios.
Crecieron los piratas, ahora el mar les parece más pequeño, los tesoros abundan.
Creció la primavera, alta, pensante, con las uñas postizas.
Únicamente los juguetes conservan su estatura.

* Frank Abel Dopico (Villa Clara, Cuba, 1964) Poeta, actor y director de teatro. Ha publicado siete libros de poesía: “El correo de la noche” (1989), Premio David´88 y Premio de la Crítica, “Algunas elegías por Huck Finn” (1989), “Expediente del asesino” (1991), “Las islas del aire (1999)” y “El país de los caballos ciegos (2005)”. “Contrarcardia (2006)” se mantiene inédito. Reside en España.

arbol manos

Edward Estlin Cummings (e. e. cummings) *

69:466

ahora (amor) todos los dedos de este árbol tienen
manos, y todas las manos tienen gente; y
cada persona está (mi amor) más viva
de lo que podrían entender todos los mundos
y ahora eres y soy ahora y somos
un misterio que nunca más volverá a suceder,
un milagro que nunca antes había sucedido—
y este brillante ahora debe volverse entonces
nuestro entonces será alguna oscuridad en la que no
tengan manos los dedos; y no te tenga
yo a ti: y todos los árboles sean (cualquiera más
sin hojas que cada uno) su parasiempre nieve
silenciosa
—pero nunca tengas miedo (mía, hermosa,
en flor) porque el entonces es también un hasta
(1950)

e-e-cummings-1

* e. e. cummings (1894-1962) es un poeta, pintor, ensayista y dramaturgo estadounidense y uno de los escritores más experimentales e inventivos del siglo XX. Su estilo se caracteriza por su inconformismo tipográfico, sus distorsiones sintácticas, su puntuación inusual y el uso de neologismos (vocablo,acepción o giro nuevo en una lengua). Publicó más de 900 poemas, dos novelas, muchos ensayos y una gran cantidad de dibujos, bocetos y pinturas. Es considerado una de las voces más importantes de la poesía del Siglo XX.