Archivos para las entradas con etiqueta: memoria

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Manuel Rivas*

SOMOS LO QUE SOÑAMOS SER

Somos lo que soñamos ser
Y ese sueño, no es tanto una meta
Como una energía
Cada día es una crisálida

Cada día alumbra una metamorfosis
Caemos, nos levantamos
Cada día la vida empieza de nuevo
La vida es un acto de resistencia y de reexistencia
Vivimos, revivimos
Pero todos esos tienen la memoria

Somos lo que recordamos
La memoria es nuestro hogar nómada
Como las plantas o las aves emigrantes
Los recuerdos tienen la estrategia de la luz
Van hacia delante
A la manera del remero que se desplaza de espaldas para ver mejor
Hay un dolor parecido al dolor de muelas
A la pérdida física
Y es perder algún recuerdo que queremos
Esas fotos imprescindibles en el álbum de la vida
Por eso hay una clase de melancolía que no atrapa
Sino que nutre la libertad
En esa melancolía como espuma en las olas
Se alzan los sueños.

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* Manuel Rivas Barrós (1957, La Coruña), es un escritor, poeta, ensayista y periodista gallego que escribre mayormente en gallego. Sus trabajos poéticos están recogidos en la antología El pueblo de la noche, Do descoñecido ao descoñecido y Mohicania revisada. Su libro de cuentos ¿Que me queres, amor? (¿Qué me quieres, amor?) (1996) incluye el relato A lingua das bolboretas (La lengua de las mariposas), en el que se basó la película homónima. Su obra se completa con los libros de relatos Ela, maldita alma (Ella, maldita alma) (1999), La mano del emigrante (2001), y Las llamadas perdidas (2002). Además es autor de tres novelas cortas. En 2009 es elegido miembro de la Real Academia Gallega. En la actualidad escribe en el diario El País.

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A la memoria de Alejandro Sarries

Camilo José Cela*

EL AMIGO

El rabí don Sem Tob, judío de Carrión, cantó al amigo claro, leal y verdadero. No es difícil cantar ni pintar al amigo claro, leal y verdadero; lo difícil es disecarlo a tiempo, para que no pueda escapársenos jamás. En la cultura sumeria, a los amigos claros, leales y verdaderos se les enterraba en el barro para que la sequía que, tarde o temprano, siempre acaba por llegar, devolviese a la luz del precavido amigo enterrador el molde exacto de la amistad. Con esa paciente técnica, los próceres sumerios llegaron a gozar de la compañia de legiones enteras de amigos claros, leales y verdaderos, cortados todos por el prudente y exacto patrón de la claridad, la lealtad y la verdad. Después, la costumbre comenzó a caer en desuso y acabó, para desgracia de todos, perdiéndose entre las farragosas páginas de los tratados de arqueología, sumeriología y ciencias conexas.

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*Camilo José Cela es un escritor español (1916-2002) que destacó por igual como novelista, periodista, ensayista, editor de revistas literarias, conferencista editor de revistas literarias, conferencista, fue académico de la Real Academia Española durante 45 años y resultó galardonado, entre otros, con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1987, el Premio Nobel de Literatura en 1989 y el Premio Cervantes en 1995.

 

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Juan Pedro Aparicio *

LA OBRA MAESTRA

Compartían celda. Uno era alto y de ojos morunos, otro grueso y de porte nervioso, el tercero menudo y de poco espíritu. Un tribunal improvisado los había condenado a muerte. Eso era todo lo que sabían. Ni se habían molestado en leerles la sentencia ni les habían señalado día. De vez en cuando oían las voces de mando de los pelotones de ejecución provenientes de alguno de los patios y, en seguida, las descargas de fusilería.
Pasó el tiempo y la rutina de la muerte entró en sus carnes en forma de una fiebre que les mantenía en un estado de abandonado frenesí. El más grueso lamía a veces la piedra de la pared en busca de sabores, el más menudo se concentraba en las formas del muro, como dicen que había hecho Leonardo para buscar inspiración, el más alto escribía una novela. Pero, como no tenía papel, ni pluma, ni tiza, ni utensilio alguno para escribir, lo hacía en su mente, construía las frases cuidadosamente, las corregía, las leía en voz alta, las comentaba con sus compañeros y las volvía a corregir.
Así hizo una novela de más de trescientas páginas, trescientas treinta y tres exactamente, de 30 líneas por 60 espacios, según sus precisos cálculos mentales. Bien memorizada, se la leyó más de una vez a sus compañeros. Pero pasaban los días sin que se ejecutaran sus sentencias y, como aquella lectura a todos gustaba, fueron muchas las que hizo hasta que el más grueso de ellos logró retenerla también en su memoria, no sin hacer alguna corrección y sugerencia, discutidas y, en su caso, aceptadas por el autor de la novela. Entonces se les ocurrió que, por si alguno de ellos se salvaba, deberían los tres aprenderla de memoria para reproducirla en papel cuando los circunstancias lo permitieran. Los tres comulgaban con la idea de que era la mejor novela de la que ellos hubieran tenido noticia.
La novela mejoró todavía con las siguientes lecturas y correcciones, hasta el punto de que, cuando vinieron a buscarles, ninguno dudaba de su condición de obra maestra.
Un día se llevaron al más alto; otro al más grueso; pero el tercero, menudo y de poco espíritu, fue indultado. Nunca logró transcribir la novela. Su memoria, tan desconchada como los muros que recibían las descargas de la fusilería, era incapaz de presentársela entera. A duras penas lograba reconstruir el argumento completo. Sostenía, sin embargo, que era una obra maestra, una de las mejores novelas que jamás se habían escrito. Y así lo mantuvo siempre, incluso treinta años después de aquellos sucesos.

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* Juan Pedro Aparicio (1941) es un novelista español. Fue Premio Nadal en 1988 por “Retratos de ambigú” y recibió el Premio Castilla y León de las Letras en 2012 en reconocimiento al conjunto de su carrera. Aparte de la novela, ha cultivado también el ensayo, el artículo periodístico, el relato corto y el libro de viajes.

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Miguel Angel Morelli

EL BORGES NUESTRO DE CADA DIA

Si hoy tengo más cara de dormido que la habitual (suponiendo que esto fuera posible) no es tanto por el madrugón, sino porque anoche me quedé chateando hasta las 3 de la mañana con alguien que no entendía (o mejor, no entiende, porque no creo que lo haya convencido) que mi pasión por la literatura borgeana no me impide pensar que un enorme porcentaje de sus declaraciones políticas resultaron invenciblemente lamentables. Argumenté que Borges fue un escritor y no un pensador, por lo que su literatura resulta muy superior a sus ideas (a diferencia de Sartre, por ejemplo, cuya obra perdería muy poco espesor -o tal vez ninguno- si prescindiésemos de lo literario). En el fondo -dije también- Borges jamás dejó de ser un joven anarquista, pero no un anarquista social a lo Proudhon (y mucho menos a lo Bakunin), sino más bien alguien de la escuela de Thoreau, aquel anarquismo individualista que llevado al extremo acaba deviniendo otro romanticismo. En fin, terminé diciendo que todas sus opiniones políticas habían partido siempre desde lo íntimo, lo emocional, y que rara vez había logrado la distancia imprescindible para visualizar procesos por encima de circunstancias. Así como el propio Borges escribió en “Funes el memorioso” que la memoria poco y nada tiene que ver con la inteligencia, nosotros podemos añadir que la inteligencia tampoco tiene por qué ser el principal ingrediente del sentido común.

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En la mitología griega, Mnemósine o Mnemosina (en griego antiguo Μνημοσύνη Mnēmosýnē, de μνήμη mnếmē, ‘memoria’), a menudo confundida con Mneme, era la personificación de la memoria. Esta Titánide era la hija de Gea y Urano, y la madre de las Musas con Zeus.
En la Teogonía de Hesíodo, los reyes y los poetas recibían el poder de hablar con autoridad por su posesión de Mnemósine y su especial relación con las Musas. También se cuenta que Zeus se unió a Mnemósine nueve noches consecutivas y así engendró a las nueve Musas, que nacieron en un parto múltiple.
Mnemósine también era el nombre de un río del Hades, opuesto al Lete, de acuerdo con una serie de inscripciones funerarias griegas del siglo IV a. C. escritas en hexámetros dactílicos. Las almas de los muertos bebían del Lete para así no poder recordar sus vidas anteriores cuando se reencarnaban. Los iniciados eran animados a beber del río Mnemósine cuando morían, en lugar de hacerlo del Lete. Estas inscripciones podrían estar relacionadas con una religión mistérica secreta, o con la poesía de Orfeo.
Similarmente, a aquellos que deseaban consultar al oráculo de Trofonio en Beocia se les hacía beber alternativamente de dos fuentes llamadas «Lete» y «Mnemósine». Un procedimiento similar se describe en el mito de Er al final de La República de Platón.
Su equivalente romana era la diosa Moneta, aunque también se utilizaba su nombre griego.